Osos de ciudad

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Qué vacío deja la Navidad, qué agujero en la boca del estómago, qué socavón en lo hondo del corazón. Soy el oso de Cádiz dando tumbos por el mes de enero, paseándome solemne, avanzando torcido por un año que acaba de empezar. Me gustan las cabalgatas por el mismo motivo por el que me gusta el fútbol, por ese disloque que hace que un hombre de 50 años, si se descuida, pueda verse peleando por los suelos a muerte con una niña de siete por una pelota de goma valorada en 15 céntimos en el chino de la esquina. Hay gente que el 5 de enero cambiaría su reino por una bolsa de caramelos, y eso, me parece precioso. Ser capaz de sentirte niño por unas horas es mucho más satisfactorio que ser un niño. La juventud no se pierde, se olvida.

Nunca me ha gustado el roscón, solo la figurita. Encontrar el tesoro, prescindir del mapa, entregarme a lo desagradable para recoger la recompensa. Veo películas malas que tienen un par de escenas buenas, me gusta un verso de reguetón y lo recito en mi cabeza como poesía, escucho hablar a gente mayor y todo me suena revolucionario. El mundo está lleno de creadores de contenido que no saben que son creadores de contenido. Los regalos de Reyes no se estrenan en la calle, se publican en Instagram, con filtro Yakarta y la palabra ilusión en mayúsculas. Este año Baltasar me vio las stories y me reaccionó con fueguitos.

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Tengo un colega que se ha quedado a un número del Gordo del Niño, es una putada que la suerte te cafrée así, no es justo que lo injusto sea injusto. Todas las semanas echo un rasca y gana, me encantaría poder decir que me hice millonario rascando con una moneda de 50 céntimos. Nunca se sabe donde está enterrado el botín, cuál es la cruz de nuestro mapa, la cara de la moneda que he cambiado por un café. Las casualidades son los regalos de Reyes de la vida, las luces del puesto de Carlos y José al fondo de una calle oscura después de una fiesta, el gazpacho frío en la nevera en un despertar resacoso, el bar lleno y el futbolín vacío.

Busco la casualidad hasta en la decepción, a modo de impulso. Solo fallo por equivocación mía, yo en realidad estoy abocado al acierto. Lo único que me separa del éxito es lo cansado que es acertar. Equivocarse es aprender, fallar es intentar sin éxito, lamentarse es llorar sin motivo. La decepción es la línea circular del triunfo, muchas paradas tienen correspondencia con la gloria, solo hace falta ser capaz de pasar un poco de frío, hacerse inmune a los desengaños, aprender a tutearnos el orgullo. Hay tres carnés importantes en la vida de una persona, el DNI como justificación de la mayoría de edad, el de socio de tu equipo de fútbol y el de conducir.

Esta semana voy a examinarme por tercera vez del práctico del coche, esta vez en Sevilla, esto ya se ha convertido en una guerra personal contra la DGT, en un todo o nada, solo les digo que mi autoescuela se llama Sparta. Voy con todo, con la cabeza igual de alta que el oso de Cádiz.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Unsplash.

 

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