Hombres honrados

La sonrisa, si cabe, achica aún más los ojos del hombre con nevera colgada al cuello que aparece tras abrirse las puertas del autobús. Bien entrado en los sesenta, deduzco de un primer vistazo. Como indumentaria una sucia camiseta, un agujereado pantalón sujeto a la cintura por una cuerda, unas chanclas con suela de papel de fumar. Agarra con la mano izquierda el oxidado hierro que cumple la función de pasamanos y, sin perder la sonrisa en la cara, extiende la derecha. Una mano pequeña, nudosa, de la que puedo sentir su aspereza al estrecharse con la mía mientras que, impulsándose él desde el suelo y yo tirando desde arriba, logramos que suba los tres escalones con facilidad y rapidez.

Las puertas se cierran. El motor ruge como si de un momento a otro fuera a reventar bajo nuestros pies para, tras un fuerte racheo, continuar la marcha sobre la avenida. El calor es asfixiante. Abro aún más el cuello de la camisa, y dejo a un lado todo aquello que observaba tras el cristal: hileras de ropa colgadas en ventanas de edificios a medio construir, viejos taxis a las puertas de un gran y moderno centro comercial, la niña con mochila al hombro esperando frente al paso de peatones que algún coche (de los cientos que pasan en ese momento) detenga su marcha y poder así cruzar. Dejo todo eso, digo, para centrarme en el abuelo y verlo recorrer de punta a punta el pasillo ofreciendo su mercancía a los viajeros. Pronuncia unas palabras, y levanta la tapadera de su nevera. Algunos lo miran y niegan el ofrecimiento con un leve movimiento de cabeza. Otros siguen a lo suyo, con la vista al frente. Los más jóvenes teclean en el teléfono móvil bien agarrado entre las manos, ajenos a todo y a todos. En su celular, como dicen acá.

Siguiente parada. Me acerco al chófer y le pregunto si es en ésta en la que tengo que bajar. Una más. Muchas gracias. El autobús reanuda la marcha, y yo me dirijo hacia la puerta de salida sin soltar la barra del techo para no perder el equilibrio. Me coloco tras una señora con una cesta colgada al brazo y espero, cuando una voz rasgada dice algo a mi espalda y que no llego a entender. Al volverme están ahí la sonrisa y la nevera abierta. El abuelo vuelve a hablarme, pero en esta ocasión colocando ante mis ojos la palma de su mano con el dedo anular levantado. Una cicatriz cruza esa palma. Meto mano al bolsillo del pantalón. Tanteo unas monedas. Y mientras las siento entre los dedos mis ojos desenfoca la palma para volver a esa sonrisa tan parecida a aquella otra de finales de los noventa, primeras horas de una mañana de enero, a un par de kilómetros de Estepa y los olivos cargados de agua por la lluvia de anoche, cuando las primeras luces del día me dejan ver las ramas manchadas de sangre, el macaco manchado de sangre, el peldaño del banco manchado de sangre. Miro mis manos. La voz del manero me llama. Jiménez, abaja de ahí. De un salto (eran otros tiempos) bajo los cinco peldaños y estoy en tierra. Trae, ordena. Se pone el ducados en la boca, me coge la mano, abre el corte y, soltando la bocanada de humo me dice no es ná, los hombres honraos tienen manos duras, anchas, encallás, y más cuidao, sobre todo a primera hora que se ve poco y los olivos y los bancos aún están resbalosos. Se quita el ducados de la boca, sonríe, y de otro salto vuelvo a lo alto del banco.

Una ligera brisa de aire fresco me despeja. Se cierran las puertas del autobús a mi espalda. El abuelo pasa por mi lado con paso lento, monótono, hacia la otra esquina de la avenida señalizada como parada de autobuses y taxis, en busca de otros clientes, guardándose en el bolsillo la moneda que le he dado a cambio de un frío envoltorio de papel verde. Lo abro. Cojo el palito de madera y saco uno de esos helados de nieve que llaman Pirulo o algo así en España. Lo miro. También de color verde. No lo tome, me dice la señora mientras deja la cesta en el suelo y seca con un pañuelo el sudor de su frente. Seguro está malogrado. Los hacen en su casa, con agua sucia, sin hervir. Bótelo. Se pondrá enfermo si lo toma. Y no dice nada más. Tampoco responde a mi agradecimiento. Coge la cesta, la cuelga en su brazo y se marcha. Gracias, repito, aun sabiendo que ya no puede oírme. Me acerco a la papelera para tirar el Pirulo y justo al soltarlo me arrepiento de haberlo hecho. Miro hacia la parada y lo veo frente a un grupo de turistas que esperan o acaban de bajar de un autobús cargados de maletas y resguardados del fuerte sol bajo anchos sombreros. La tapadera abierta. La sonrisa. Dirijo mis pasos en dirección opuesta y llego a un paso de peatones en el que una niña espera poder cruzar. Un coche, de los  cientos que pasan, se detiene. Me fijo en quién va al volante y veo una cara de hombre pulcramente afeitada y una raya a un lado en el pelo perfectamente colocada. Camisa blanca y corbata negra. Las manos, finas. A primera hora se ve poco y los olivos y los bancos aún están resbalosos, recuerdo esta mañana por segunda vez. Se detiene otro coche. Y otro. Al cuarto la veo cruzar con paso ligero y su carpeta al hombro camino de la escuela.

Continuar Leyendo

Galgos y galgas

13 de enero. 23:30 horas. Hace bastante frío. La luna le susurra a su oído y su silbido sibilino silabea deslizándose hasta mis oídos. Debe ser que me hiere desde su lado lorquiano. Debe ser que me hiere el frío caluroso de su mirada. Y es consciente, él, o puede que sea ella. Y no es consciente, frente a mí, frente a ti. Y en esta oscuridad que me deslumbra desde sus ojos, encuentro el perdón lastimoso y lastimero que me condena.

Evita, esquivo, mi roce. Hace bien. Esboza, temblorosa, una finta ocre sobre verde para ahogar el negro de mis propios sustos. De espaldas a la nada, su yo construye la fuga donde se alinea un horizonte de victorias derrotadas. Y sin duda, su mirada, altiva por miserable, es ese espejo donde se funden su soledad y mi vanidad.

Ayer fueron sus alegrías la promesa de esta derrota. Y hoy, aquí, en el azabache de esta mirada huidiza, ya es lo que era: la nada. Y me huye porque huyo, porque huyendo le dijeron que era, porque su huida era la mía, porque esa carrera hacia la nada era la trampa donde viviría. Carrera y nada. Nada y yo. Nada y tú. Nada y nosotros. Nada y la nada.

Y, allí, en la cima de ese cerrito, entre azules, quiebra cintas amarillas. Y entre azules venera el estiércol de cada una de las alegrías. Y derrotado, o quizás derrotada, escala esa cima hacia la nada, esa cima donde se hunden nuestras victorias, donde en un último sarao sirve de escaparate para que un yunque insensible taconee sobre el tablao. Y allí, en ese ese cerrillo donde se alza la nada, amarillo, ocre y marrón, brinda con todos y con todas, compartiendo en su soledad la quimera de los pobres poderosos, lamiendo, quizás, el amargo dulzor de aquel ayer suyo que no tuvo nunca mañana. Pero, insisto, sólo digo quizás.

El frío me gana y me pierde, y siempre lo ha hecho. Y yo, lo admito, sigo. Y nosotros, lo intuyo, seguimos. Y ellos, me parece, siguen. Y él, quizás no sea sino ella, quizás no sea ni siquiera ni él ni ella, quiebra, da esquinazo al frío de esta noche del enero ursaonense donde los grandes y los pequeños, donde los sublimes y los ínfimos, donde los etéreos y los materialistas, donde tú y yo y él, o quizás sea ella, tratan de disfrutar con el vacío de cada gesto, con cada mortecina palabra. Porque en esta noche, en esta fría noche ducal, a él, o quizás sea ella, le está vedada la gloria, la gloria de los cantos, de las luces, de los humos, sólo le queda huir bajando por los calvarios de sus propias cruces, que son nuestras risas y nuestras misas, rancias, festivas, cautivas. Porque en esta noche ursaonense u osunera , en esta noche señorial, a él, o quizás sea ella, le aguardan el altar y el laurel de las mejores derrotas, aquellas que creyó ganar con cada carrera perdida. Porque en esta noche de señores y de señoras, tanto él como ella ya ganaron los oropeles de la nada. Porque hoy, en esta noche, en su carrera huidiza, ya tiene su premio. Y así su huida queda fijada, recortada y victoriosa sobre la luna, ¿o será el sol?, mientras brindan con fervor ferviente y fervoroso el noble y el jornalero, la duquesa y la costurera, la señora y la plebeya, el don poco y el mucho don, el amigo y el enemigo, mientras reza el ateo ante el altar de su fe y blasfema el creyente ante la fe de su altar.

Y así va. Rondando y rodando cerro arriba, este galgo que me huye, o quizás sea galga a la que asqueo, perdiéndose para mayor gloria y alabanza de todos; y así, cerro arriba, corre, huyendo de nuestras grandezas de cartón piedra, huyendo de la fumata blanca que nos señala que no hay nada; huyendo del circo y huyendo del pan; huyendo de aquel que, esta fría noche de enero, brinda a la luna, por haber abandonado a este galgo, o quizás sea galga, puede que hace un rato, esta misma noche, quizás esta mañana, quizás ayer, quizás de nuevo mañana.

Para quienes disfrutan entendiendo que detrás de toda hoguera de vanidades hay un contrapunto que, en ocasiones, nos permite comprender y comprendernos. Se me ocurre esta parrafada después de evitar a un galgo abandonado que rebuscaba algo de comida entre bolsas de basura, una realidad que me sirve de contrapunto, para disfrutar, mientras trato de comprender…algunas cosas que me son del todo incomprensibles, como quizás también puedan resultarselo a esos galgos que, abandonados, se pasean por las calles de nuestro pueblo en esto días, no sé si buscando a sus dueños o más bien huyendo de ellos.

Manuel Martín Santillana

Continuar Leyendo

La vivienda en Osuna

Casa de Madera by Freepik

Casa de Madera by Freepik

Como tantos temas preocupantes en Osuna, el mercado inmobiliario y la política que se desarrolla en Osuna presenta más dudas que sombras. Después de unos años en los que la construcción está paralizada y donde Osuna absorbió más de 500 viviendas de VPO, existen interrograntes y cuestiones que parecen interesantes afrontar.

La pérdida de población en el caso urbano y en barrios tradicionales parece poco menos que preocupante. Poco a poco la población local parece reducirse (baja natalidad y mortalidad creciente). Muchas son las calles que presentan casas vacías, en mal estado o solares vacíos. Raro es el barrio que no presenta estas características, al igual que existen determinadas parcelas (célebre la parcela que divide la zona del Eroski de la barriada de la autonomías)

Dicha pérdida se ha visto apacigüada con el boom universitario. Si usted quiere alquilar una vivienda en Osuna lo tendrá extremadamente difícil. Visite portales web de alquiler y verá que la oferta se ha reducido a prácticamente cero. Tal vez ésto nos puede hacer pensar que no existe problema alguno: si el mercado está al 100% ocupado, ya sea por propietarios o por arrendatarios

¿Dónde está el problema?

Tal vez el problema está en que el sistema no es limpio. Los precios que se van a pagar van a subir debido a la escasa oferta (no hay viviendas disponibles), a su vez esa oferta tiene una muy escasa calidad para futuros propietarios que tal vez puedan optar y deseen viviendas de cierta calidad.

Paralelamente no existen promociones en vigor ni políticas de ayuda, pero sobretodo lo que está claro es que nadie se va a tirar a construir sin seguridad. El lobby de la construcción lo tiene claro: sin pelotazo… va a construir usted. Es lógico: llevaban trabajando así mucho tiempo y realmente y salvo excepciones a nivel local no les ha ido tan mal.

El ursaonés se va a encontrar con problemas a medio y largo plazo que no parecen tener respuesta política ni social. No hay oferta de calidad (aún me pregunto cómo promociones estilo “Residencial Santa Clara” no se han repetido) y la poca que existe vuela (ejemplo la promoción de la Plaza Rodríguez Marín), no existen promociones disponibles a la venta y a su vez no hay incentivo alguno que haga atractivo vivir en el casco antiguo y restaurar antes que demoler y volver a construir (con el coste que ello posee).

En resumen, un mercado inmobiliario que podría renacer con el consiguiente aumento de trabajo y riqueza, pero que parece aún hundido en el pasado más cercano. Tal vez ese mercado debe buscar otro tipo de vivienda, más moderna, eficiente y barata. Una nueva “Barriada de Andalucía” moderna y construida en altura, que permita aumentar la calidad y reducir los precios para poder acercar las necesidades del ciudadano y las de su bolsillo real, no el hipotecario, a la realidad de hoy en día.

Ricardo Dadabría

Continuar Leyendo

Lametones en la herida

Cuando el verano del 76 se disponía a morir, comencé a tachar en el almanaque los días que pasaban hasta finiquitar el compromiso patriótico: El servicio militar. Meses  antes,  mientras cenaba  “sopas al cuarto de hora” en el cuartel  San Fernando de Sevilla, entablé amistad con un soldado catalán que compartimos literas y  tantas cosas inútiles.   

En un par de ocasiones me acompañó hasta Osuna haciendo auto stop. No escatimó elogios para la reflectante cal de las casas y el sillaroso patrimonio de mi pueblo. El color y el clima de Osuna en septiembre le fascinó.

“He ahí por qué no sabe igual una copa de fino aquí que en Sant Vicenç dels Horts” le dije.

Una tarde bajamos la calle Migolla vestidos de soldados y nos detuvimos en la alameda. Un grupo de jornaleros de Osuna ondeaban banderas andaluzas  reivindicando acabar con los surcos de miseria que aún seguían sembrados “post mortem” del dictador. Los ursaonenses allí convocados no superaban el medio centenar.

“Demasiados conventos para tan pocos feligreses” le dije a mi amigo al oído. “Mica en mica s,omple la pica”. Algo así como: “gota a gota se llena el barreño” respondió él.

Por un momento dudamos en detenernos para oír el discurso, no era aconsejable. Asistir o participar  de cualquier acto político, ilegal o no, podía ser castigado seriamente. Debido a que la policía militar (PM) en Osuna era inexistente y los cercanos municipales no tenían competencias, nos permitimos escuchar el mitin junto al cervantista Rodríguez Marín.

Un regate de la memoria me impide recordar el nombre de pila del seguidor de “Cristo, Marx o el Ché Guevara” que,  subido en un pollete, vociferaba la necesidad de remover la tierra calma. Sé que era un descamisado (bendecido por Diamantino García) de esos que brotaban como las amapolas en los barbechos de la campiña: Paco Casero, Manuel Gordillo, Diego Cañamero… o quizá algún incauto del recién fundado Partido Andalucista (PA) intentando inocular en la venas del campesinado los ideales de Blas Infante.

Lo cierto es que oímos a un líder de buena retórica llamado a liberar del yugo latifundista a los jornaleros que, miserablemente, seguían sometidos a precarias condiciones laborales. Todo parecía indicar que era el momento de curar la herida sangrante, que había llegado la hora de echar andar por la senda progresista que iba a llevar al andaluz dormido a ser lo que fue en Andalucía.

Con la cartilla en el bolsillo, mi amigo catalán me despidió con una reflexión manida: “El día que tu pueblo se dé cuenta del potencial de esta tierra recuperaréis la dignidad y la soberanía andaluza”. “El conformismo es la peor derrota” dijo. Es por eso que aquellos paisanos de puños cerrados en la alameda me congratularon. “Ojalá los jornaleros andaluces se apliquen la cultura de la queja que se emplea del delta del Ebro para arriba”, pensé.

Tres años antes de comenzar a marcar el paso ya había emigrado a Cataluña. Pertenezco al último envío franquista en masa a la región dónde se encontraba la brújula que indicaba el buen norte para los progres andaluces. Aquí me integré sin perder de vista a mi pueblo (es de ignorancia supina pensar que es incompatible).

Ha pasado mucho tiempo y nunca más supe del amigo catalán. Sin duda tendrá colgado en su balcón la bandera republicana. Es evidente que el franquismo dejó la piel del toro llena de perdigonazos y, desde entonces, todos a quejarse de las secuelas de la cacería. Hasta los hijos de los verdugos se quejan.

Y quiero hablar de los beneficios o no de las quejas.

A la izquierda radical de Cataluña: ERC, CUP…  no le interesa que la herida franquista cicatrice a cualquier precio y aprovechan los lametones en la misma para marcarse objetivos estratégicos. Sirva como ejemplo el secesionismo.

Lo conseguirán o no (yo no quiero) pero si alcanzan el “paraíso” continuarán quejándose (es genético) aunque sea para que el Barça, en tal caso, siga jugando en la liga de las estrellas… Lograr objetivos es dar pasos adelantes, progresar…, también es una victoria sobre el pensamiento facha que aquí elevan a la categoría de un orgasmo.

La altura de mira política de IU, SAT, SOC…,  partidos y sindicatos llamados a echar a andar al jornalero y dignificar las peonadas en el campo, no levanta un palmo del suelo y cuya meta marcada es la de importarles un mojón que Andalucía ostente el farolillo rojo en la clasificación de ámbito social en Europa. Ahí donde la “renta básica” se rechaza.  Y es que progresar no es sinónimo de recibir. La partida  de los Gordillos, Cañameros… sigue rentabilizando las quejas y lamentos sin cambiar ni una coma del originario guion populista: “La tierra no tiene dueño…, es para quien la trabaja”.

En la alameda comenzó un cuento aún sin acabar. Y la verdad del cuento son los lametones retóricos en la herida para que siga húmeda, sin más objetivo estratégico que ser los maltratados franquistas mejor aceptados de España. En la hoja de ruta solo se oye el lamento consolador de su pasado convertido en una peligrosa adicción que acarrea el conformismo de los que le siguen.

Cuarenta años después, gracias al oportunismo y al aplauso mediático que produce la utopía, Diego Cañamero se sienta en un escaño en Las Cortes de este país. La “casta pura” se aliña con el modelo transversal.  Ahora toca ponerle el cascabel al gato. O lo que es lo mismo:  “a ver cómo le explica Pablo Iglesias al “bandolero de la campiña” en qué consiste el progreso”.

¡Ah! El clima,  que tendrá el clima, amigo.

Continuar Leyendo

Osuna: ¡Qué poco te quieren!

osunapuebloNo me queda otra visión. ¡Qué nivel de abandono y qué dejadez por parte de todos! Cierto es que el ciudadano lo tiene muy claro. Ahí están los resultados electorales, pero mi visión me hace pensar que tal vez la culpa no sea del gobierno local.

Tal vez la responsabilidad esté en la oposición. ¿Existe ésta? Creo que no. No existe porque el ciudadano no se entera de nada, salvo por la calle y por la información que busca o consigue casi sin buscarla. Los señores Araúz, Querol y Ojeda, junto a todos sus equipos… ¿Dónde están? ¿Están de vacaciones también? Tal vez lo estén desde que acabaron las elecciones y tal vez reaparezcan cuando queden 3-6 meses para las próximas elecciones, pero… eso no es lo que necesita Osuna. Ni el Ave va a pasar por Osuna, ni se va a construir un campo de golf, ni la crisis se va a esfumar sentados en nuestros cómodos sillones.

Humildemente, Osuna necesita una alternativa, tal vez ni siquiera radical, tal vez ni siquiera brillante. Pero necesita una. Necesita al menos que alguien pregunte por el estado de las cosas, de los futuros proyectos, de los problemas actuales. La desidia es tal, que parece que a nadie le importa un carajo. Pero… ¿cómo no le va a importar a nadie? Existen tantos problemas y es tan negativa la situación y la gestión de la misma, que a uno le duele pensar que a nadie le importe.

Valga un ejemplo: la súper pantalla que han colocado en la Avenida de la Constitución. ¿Quién la va a explotar? ¿Cómo ha conseguido esa explotación? ¿Por qué la ha conseguido una empresa y no otra? ¿Ha existido concurso público para su licitación de un espacio que es de todos? ¿Esa era la mejor ubicación (al lado de una glorieta)? ¿ Qué ingresos le va a dar al Consistorio?

Muchas preguntas, pero creo que son las que hay que hacer. Se me vienen a la cabeza muchas más: ¿Dónde está Asempro? ¿Es éste el peor verano en ventas de los comerciantes de La Carrera? ¿Qué estrategia urbanística hay planteada para evitar que gran parte del centro del pueblo quede vacío en cuestión de 10 años? ¿ Cómo se pretende frenar el éxodo de la juventud y la pérdida de población?

Son muchas, pero podría llenar varios documentos. Me preguntó: ¿Sólo me las hago yo? ¿ Sólo me preocupan a mí? No creo que sea la persona que más ame a su pueblo, ni de lejos, pero creo que todas estas cuestiones y muchas otras son básicas para el mañana… al que le va a importar un carajo la lucha entre ideologías pasadas de modas, la guerra civil o el PP de Madrid.

Ricardo Dadabría

El Pespunte no se hace responsable de la opinión aquí vertida por colaboradores y/o lectores, únicamente ofrecemos este espacio para garantizar la libertad de expresión. La publicación de los distintos artículos de opinión no significa siempre que este medio comparta el texto que se publique pero sí su derecho a expresarlo.
Continuar Leyendo

Respuesta a un cerdo

Aquí me tienes, imbécil, cumpliendo la palabra dada. Soy yo, en efecto, el sevillano, el mismo que estuvo sentado frente a ti en aquel Cien Montaditos del centro de Madrid, viernes noche en calle Príncipe, ya sabes. Montadito de lomo con pimiento y zumo de naranja. ¿Te acuerdas?, pues el mismo. El hijoputa que se la daba de enterado de la vida respondiendo a tus preguntas con una leve mueca sonriente, un silencio, un trago al zumo. Coger una servilleta de papel, limpiarme la boca, y seguir comiendo. El que miraba la pantalla plasma del televisor —yo, que en mi vida he visto un videoclip de la MTV de principio a fin— pasando muy mucho de tus charlas y de las del resto de tus camaradas sentados a la mesa. El que de vez en cuando —tú llevabas la voz cantante— te miraba durante tres segundos así como medio raro. Ese engreído que, para que cerraras de una vez la asquerosidad que tienes entre la nariz y la barbilla, te dijo poco antes de levantarnos de la mesa aquello de te responderé por escrito. El Pespunte punto es. ¿Me recuerdas ya? Pues eso.

Y a ello me dispongo, a responderte. Nada más entraste en el local ya vi que apuntabas maneras. Nuestro amigo en común, tus compinches y yo llevábamos buen rato sentados a la mesa, porque a diferencia de ti —un par de minutos arriba, un par de minutos abajo— llegamos todos a la hora acordada, cuando te dignaste aparecer con tu paso lento y cargado sobre dos playeras renegridas, unas piernas anchas y peludas asomando por un pantalón corto el cual podría pasar mejor por bañador masculino, y una camiseta con resecos surcos en la parte de las axilas. Por un momento tuve la sensación de que en vez de estar en un bar del centro de Madrid había vuelto a uno de aquellos llanos andaluces en los que se cortan y pelan ajos a destajo. Aquí lo tienes, me dije. Ropa cómoda y fresca para los meses de verano. Dónde carajo se creería que iba a cenar el colega, y con quién. Ya una vez sentado frente a mí pude verte el careto. Treinta y tantos. De mi quinta, año arriba año abajo. Y a pesar del reloj Casio efe no sé cuántos que gastas cogido a la muñeca por dos gomillas de un dudoso color negro, mantuve la esperanza en pasar una buena noche en compañía de mi amigo, de tus colegas y de ti. Porque no hay que dejarse llevar por las apariencias, y lo mismo venías de ayudar a hacer una mudanza, o de trabajar como técnico en algún concierto y la furgoneta te había soltado en Puerta del Sol, o en Antón Martín, y antes de ir a casa preferiste pasarte y cenar con los amigos, por qué no, y pasar un buen rato. Y es que no se puede ir por el mundo juzgando a las personas por el atuendo, Álvaro, hombre. Que eres un mal pensado y un cabrón. Un superficial, como dicen los finolis.

Luego me di cuenta que no. Ya con los montaditos y las patatas en la mesa uno de tus colegas te preguntó de dónde venías, y ni mudanzas, ni concierto ni nada. De la biblioteca, respondiste, como si la duda te doliera en el alma. Y te dolió, no lo dudo. Pero no más que a mí al quitárseme el hambre cuando levantaste una pierna para apoyarla en la rodilla de la otra y tu pie descalzado quedó ahí, a la altura de la mesa. ¿Se puede llegar a tener más mierda entre los dedos y bajo las uñas de los pies? No, cacho cabrón, no se puede. Tragué como pude ayudado por el zumo la pelota de pan y pimiento que se me hizo en la glotis, y ya me disponía a despedirme de mi amigo para largarme cuando tu respuesta a la segunda pregunta de tu compinche me dejó clavado en la silla. A las tías nada más que le van los nenes de gimnasio y con ropa de marca, soltaste por esa cosa con la que engullías la comida. Miré a mi amigo. Él me miró a mí. Y cumplir el ruego de sus ojos me llevó a seguir sentado, callar y desviar la mirada hacia la pantalla plasma del televisor, parando antes durante tres segundos en tu cara. En tu asquerosa cara.

A partir de ese momento empezaste a mosquearte un poco, reconócelo. Incluso te costaba quitarme los ojos de encima, por lo que nuestro amigo en común se quedó sin que nadie le hiciera el más mínimo caso. En la mesa se hablaba de lo que les pone el chichi como agüita de limón a las mujeres, y qué puede saber un gay sobre chichis ni limones, ¿verdad? Vosotros sí lo sabíais, lo sabéis. Sobre todo tú, la voz cantante del grupo. Lo que les gusta y lo que no. Lo que aceptan y lo que rechazan.

Y qué rechazas tú, soplapollas. ¿Acaso cuando vas por la calle te fijas en las que van con el pelo grasoso, las uñas llenas de mierda, o la camisa con más lámparas que la casa de un hebreo? Cuando estás de copas en una discoteca, detrás de quién se te van los ojos. Al ojear fotos colgadas en alguna de esas redes sociales, ¿miras el currículum antes de pulsar sobre la pestañita del Me Gusta? No sé por qué, pero me da a mí que no, que no lo miras. Pero déjame decirte algo más. Detrás de esos bíceps, tríceps, abdominales en forma de tabletitas de chocolate con leche o a la taza y culitos prietos hay —no siempre, pero te aseguro que los hay— un arquitecto, un médico, un astrólogo, un camarero o el recepcionista de un hotel a los que les encanta y disfrutan de su trabajo. Y muchos de ellos conocen y leen a Horacio, Homero, María Zambrano, Nietzsche o Virginia Woolf, por decir unos cuantos. Y tras ocho o nueve horas de biblioteca, o tras la barra de un bar, en lugar de ir a casa para tirarse en el sofá con una cerveza en una mano y un kebab en la otra frente al Juego de Tronos, al Horror Americano o al Brekin Bad o como carajo se escriba eso, hacen un esfuerzo más y se meten en el gimnasio, a sudar la gota gorda. Y llevan una dieta equilibrada, saludable, día a día, cuidando su aspecto para mantener una imagen que les guste a ellos y, por qué no, atractiva para alguna que otra mujer, o algún que otro hombre. Porque de todo hay en la viña del Señor. Incluso cerdos como tú.

Continuar Leyendo

El Pespunte renueva su web y añade nuevas secciones

El Pespunte se renuevaCon este artículo damos comienzo a una nueva etapa en El Pespunte, concretamente, estamos ante nuestro 10º Aniversario que se cumple a finales de este año y por ello, hemos querido renovarnos con un nuevo diseño de nuestra web haciéndola más cómoda y accesible.

A pesar de que nuestra anterior web ha estado parada las últimas semanas a nivel de publicación de contenidos –y por lo que pedimos disculpas- internamente hemos trabajado muchísimo para ofrecer a Osuna un nuevo formato de nuestro periódico digital en el que todos podamos navegar cómodamente por la nueva web de una forma rápida y sencilla.

Además del importante cambio en la estética, hemos incorporado también dos nuevas secciones: Agenda Cultural y Empleo.

En la primera de ellas ofreceremos toda la oferta cultural y deportiva que se desarrolle en nuestro pueblo teniendo posibilidad de ser filtrada según la temática de la que se trate: Música, Teatro, Conferencias, Deportes, etc. Y en la segunda de ellas, hemos querido darle el sitio que se merece a un punto de encuentro entre empresas y desempleados en el que tanto unos como otros puedan interactuar y ofrecer ofertas laborales que se adecuen a los ursaonenses favoreciendo el que existan más posibilidades de encontrar un trabajo en Osuna o alrededores, evitando así que tengan que irse fuera de nuestro pueblo.

En definitiva, estamos de enhorabuena, pues además de ser éste el año en el que cumplimos nuestro 10º aniversario también nos vamos renovando y mejorando con el paso del tiempo y seguiremos siendo testigos de la actualidad y la opinión independiente en Osuna de la que vosotros sois parte importantísima. ¡Muchísimas gracias por vuestro constante apoyo!

Continuar Leyendo