El pan de mi pueblo

Hace un par de semanas se jubiló el panadero de mi barrio. Me alegro por él, porque además de buen profesional es buena persona, y hace no mucho la salud le dio un sustillo de esos que hacen que uno se replantee algunas cosas. Después de unos días en que ha permanecido cerrado he vuelto a comprar pan al mismo lugar. Pero ya no es una panadería. Lo regenta la siguiente generación, a los que además deseo la mayor de las suertes en esta nueva andadura, y el pan nuevo es bueno, muy bueno, pero ya no es “el pan de Mariano”. Entiendo que la profesión es muy dura, con unos horarios complicados, que es difícil competir comercialmente con el pan industrial, pero…

El pan quizás sea uno de los primeros alimentos procesados por el hombre. Desde la antigüedad el pan acompaña a los humanos en su alimentación, se ha consumido y consume en todas las casas y estratos sociales, tiene un simbolismo importante en la religión católica, y hasta tiene incidencia en uno de los índices económicos de referencia, el IPC. Se consume, de una u otra forma, en multitud de países del mundo, y constituye uno de los pilares de la pirámide alimenticia, por mucho que las dietas hipocalóricas de las últimas décadas hayan pretendido desterrarlo de nuestras mesas.

Pero es mucho más. Es seña de identidad de un territorio, de un pueblo. A poco que viajemos, nos damos cuenta cómo el pan de un pueblo o una ciudad tiene poco que ver con el del vecino. Pese a contar con los mismas materias primas y semejante proceso de elaboración, son muchos los matices que lo hacen distinto. Desde el tamaño, la forma, el tipo o tiempo de cocción,  muchas son las diferencias, que se hacen aún más patentes cuando viajamos a otras comunidades autónomas o incluso a otros países. Pese a compartir como he dicho ingredientes comunes y el nombre, nos encontramos con sabores y texturas totalmente diferentes. Resulta difícil pensar como con unos ingredientes tan simples y básicos (harina, agua, sal y levadura) pueden elaborarse tantas variedades del mismo producto. No te quiero ni contar cuando se sustituye la harina de trigo (la más común) por la de cualquier otro cereal, entonces ya un abismo.

Pues bien, algo tan simple y elemental como el pan de pueblo se está perdiendo, pese a que con ese nombre lo comercialicen algunas cadenas de alimentación. Primero fue la sustitución de los hornos de leña por los eléctricos o de gas. Y ahora cada vez somos más los que acudimos a comprar este rico alimento a despachos en los que se anuncia como recién horneado, principalmente los festivos en los que los panaderos de toda la vida descansan. Pero allí no entran la harina por un lado, la sal y la levadura por otro, y estos ingredientes no son tratados por un artesano que indefectiblemente le da su toque personal. Son barras y bollos de pan salidos de un proceso industrial, en los que después de someterlos a un proceso de cocción intermedio son congelados, empaquetados, y transportados a diferentes lugares. Está bueno, no digo que no, sobre todo si lo consumes en un corto período de tiempo (lo de comerlo por la noche o al día siguiente es otro yantar). Y permite disfrutar de diferentes tipos de pan. Pero siento que vamos a terminar perdiendo, casi sin darnos cuenta, algo de lo que luego nos arrepentiremos. Y en Osuna especialmente, porque siempre hemos presumido, con razón, de nuestro pan.

Siempre he defendido que la cultura no la descubres encerrada entre las paredes de una biblioteca o un museo, que también, sino principalmente en la calle, en el día a día, en la forma de hablar, en la forma de vivir, de relacionarse, de vestirse, de cantar, de comer…; ahí es donde radica la idiosincrasia de un pueblo y su Cultura con mayúscula. Me encantan los intercambios y las simbiosis interculturales, pero con las cosas de comer no se juega, y esta globalización panificadora no me agrada.

Si no ponemos remedios a esto, y yo no sé cómo hacerlo, algún día les contaremos a nuestros descendientes que el pan se hacía en el pueblo, unos señores vestidos de blanco que se despertaban para trabajar a medianoche, cuando los demás dormían, igual que ahora ya les explican a los niños en la granja-escuela que la leche se saca de las tetas de las vacas, y no de los tetra brik de la nevera.

 

Carlos Querol

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Mínimo común múltiplo

De un tiempo a esta parte se están introduciendo en nuestro lenguaje cotidiano una serie de términos y expresiones que hasta hace cuatro días desconocíamos, y que dudo mucho que sepamos bien lo que significan aún, pero las usamos cual expertos en economía: primas de riesgo, agencias de calificación, pasivos financieros, eurobonos, ibex… y ni te digo cuando tales términos son en otra lengua: stock options, subprime, lockout, trust

Uno hace un esfuerzo poniéndose al día en toda esta terminología tecnicista, pero aún así tengo que reconocer que cuesta. Sin embargo, términos que nuestros maestros intentaron inculcárnoslos con determinación en nuestra infancia, y aún hoy siguen en los temarios escolares, pasan hoy desapercibidos, como el mínimo común múltiplo (m.c.m.), que no es sino el menor número natural que es múltiplo de dos o varios números naturales. La mínima expresión de coincidencia de una serie infinitesimal de números.

Pues bien, tal y como se está poniendo la cosa, al final creo que vamos a tener que recurrir más al m.c.m. para poder hacer frente a los que se nos viene encima. Nos encontramos por un lado con un Gobierno con mayoría absoluta parlamentaria (con el apoyo de poco más del 30% del total censo electoral), dispuesto a ejercer sus facultades con determinación, sin que le tiemble el pulso, ni siquiera frente a estudiantes menores de edad armados con libretas de espiral; haciendo “las cosas como Dios manda” (Rajoy dixit). Y por otro con una ciudadanía cada vez más oprimida, con serios problemas económicos para llegar a final de mes, siquiera a mediados, con más de 5 millones y medio de parados y en aumento, que debe empezar a sacudirse el miedo con el que intentan convencernos de lo necesario de las medidas, y que se está dando cuenta que es un error seguir los dictados de quienes nos metieron en la crisis para salir de ella.

Se avecinan tiempos de lucha por defender derechos sociales y civiles que costaron mucho obtener a nuestros abuelos y abuelas, a nuestros padres y madres, y a nosotros mismos. Pues bien, busquemos puntos comunes y no distantes, ideas que nos unan y descartemos las que nos separan, hagamos un esfuerzo de convergencia y coincidencia.

Hagamos causa común con los movimientos sociales emergentes y con el movimiento sindical, tan necesario. Incluso con los sindicatos mayoritarios, que llevan un tiempo con el norte perdido pero que tan influyentes y decisivos fueron en la transición democrática y en la consecución de muchos de esos derechos que ahora pretenden arrebatarnos. No hagamos ascos a convocatorias de huelgas y movilizaciones justificando que provienen de barrigas agradecidas, porque hay muchos y buenos sindicalistas tanto en UGT como en CCOO. No le hagamos el juego a la derecha y su cohorte mediática, tan sibilina y audaz que lo mismo te vende una subida en el recibo de la luz como el despido libre como la mejor de las soluciones.

No caigamos en las manipulaciones gubernamentales, que identifican sin identificar alborotadores en movilizaciones como las recientemente acaecidas en Valencia, para justificar una salvaje y desproporcionada intervención policial, propia de tiempos que creíamos ya pasados. Mucho me temo que esto es un aviso de lo que se nos viene encima.

Pero no tengamos miedo, no debemos temer a la fuerza porque nosotros no necesitamos recurrir a ella para defender lo nuestro, porque nuestras armas son más poderosas que cualquier gas lacrimógeno o cualquier lanza-pelotas. Nos ampara la razón, y tenemos la obligación histórica y moral de defenderla.

Busquemos el mínimo común múltiplo, y hagamos cierta la sentencia del fabulista Esopo: LA UNIÓN HACE LA FUERZA.

Carlos Querol

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Elecciones andaluzas

El lunes 30 de enero el Presidente de la Junta de Andalucía, José Antonio Griñán, firmaba el Decreto de disolución del Parlamento andaluz y convocatoria de las elecciones autonómicas para el próximo 25 de marzo. Se daba así el pistoletazo de salida para la celebración de los novenos comicios andaluces, con una importante y destacada particularidad: por primera vez desde 1990 se celebrarán en solitario, o casi, por la convocatoria a última hora de Álvarez Cascos, incapaz de ponerse de acuerdo con nadie para gobernar Asturias. Se rompe así con una tradición del anterior Presidente, Manuel Chaves, que siempre había hecho coincidir, en contra de lo anunciado en ocasiones, las votaciones al Parlamento andaluz con otras de diferente índole, normalmente con Elecciones Generales, anteponiendo tal vez intereses partidistas a los del Pueblo andaluz. Puede parecer una cuestión baladí o anecdótica, pero no lo es.

Hagamos un poco de memoria. El día 4 de diciembre de 1977 un millón y medio de andaluces nos manifestamos en las capitales de provincia respondiendo a la convocatoria de los Diputados y Senadores elegidos por las provincias andaluzas. Yo tenía solo 11 añitos, vivía en Córdoba, y no sabía muy bien de que iba aquello, pero iba de la mano de mi padre, catalán por cierto, y en la otra empuñaba una bandera blanca y verde, y cantábamos por la calle una canción que hablaba de paz y esperanza.

Andalucía quería romper con el tradicional abandono a que se había visto sometida a largo de décadas desde el Gobierno central, donde las inversiones en infraestructuras y desarrollo se habían concentrado en otras partes del territorio. Andalucía quería tomar las riendas de su destino, tener su propio parlamento, sus propias leyes. Andalucía quería autonomía.

Después vino la Constitución de 1978, que entre sus varias chapuzas incluía una diferenciación del poder autonómico, estableciendo dos fórmulas distintas, quizás por aquello del consenso, porque el Título VIII fue de los duros de pelar, con algunos de la vieja guardia del franquismo reconvertidos en padres del texto constitucional, a los que aquello de las autonomías no les casaba con lo de una, grande y libre.

Simultáneamente, todos los partidos políticos implantados en Andalucía unificaron esfuerzos y voluntades en el histórico Pacto de Antequera (diciembre de 1978), por el que se comprometían a trabajar conjuntamente para conseguir en el menor tiempo posible la autonomía.

Finalmente, el 28 de febrero de 1980 se celebra el Referéndum sobre la iniciativa del proceso autonómico de Andalucía, que contó con mil y una trabas por parte de la entonces gobernante Unión de Centro Democrático (UCD), desde un férreo control de la campaña a través de los medios de comunicación públicos, hasta la imposición del texto de la farragosa pregunta que se planteaba a los votantes. La UCD y Alianza Popular pidieron el voto en blanco o la abstención (curioso). No se cumplieron los requisitos formales planteados, pues no se llegó a alcanzar la mayoría absoluta en la provincia de Almería, pero quedó de manifiesto la voluntad del pueblo andaluz de acceder a cuotas de autogobierno que habían sido cercenadas 45 años por un golpe de estado, y condicionadas constitucionalmente. Los Acuerdos Autonómicos de 1981 terminaron con aquella absurda limitación.

Fue un duro camino, pero entonces, los andaluces, al igual que el  resto de españoles, se encontraban sedientos de democracia y libertad, y se luchaba por ellas con ilusión.

Hoy, 30 años después, cuando la democracia se encuentra consolidada y cada vez más anquilosada y apoltronada, con unas instituciones que no cumplen las expectativas de gran parte de la ciudadanía, con una clase política cada vez más denostada y salpicada por casos de corrupción, con EREs, chanchullos y trajes de por medio, aunque sean “no culpables” a ojos de la Justicia, nos encontramos frente a unas elecciones en las que se decide el futuro político de nuestra comunidad autónoma para los próximos cuatro años. Espero y deseo que el debate se centre en nuestra tierra, en su presente, sin perder de vista el pasado, pero sobre todo mirando al futuro. Que de verdad oigamos a los candidatos plantear propuestas, medidas concretas, proyectos, que se hable de Andalucía, de sus problemas, de sus matices, de sus peculiaridades, de sus posibilidades. Espero y deseo que los andaluces recuperemos la ilusión y el espíritu de la transición, que participemos, que busquemos cauces alternativos a los oficiales para recabar información de partidos minoritarios y alternativos, que sintamos que podemos cambiar las cosas, que nos movilicemos.

Así que sin entrar a valorar si en esta ocasión han primado los intereses del Partido Socialista o los de Andalucía a la hora de tomar la decisión, cosa que desconozco, quiero aplaudir desde esta tribuna la medida adoptada por Griñán. Que se hable de, por y para Andalucía. Que los partidos políticos aprovechen la oportunidad y centren sus miras en nuestra tierra, que falta le hace.

¡Andaluces levantaos!

Carlos Querol

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Por qué

Es lo primero que me viene a la cabeza cuando me siento delante del ordenador, abro un documento en blanco en el procesador de textos, y me propongo escribir mi primera columna para la nueva edición digital de “El Pespunte”. Además, tengo el convencimiento que a lo largo de este nuevo proyecto que me ocupa no será la primera vez que me haga esta pregunta.

Y la verdad es que se me ocurren varias respuestas. Quizás sea por mi frustrada y pocas veces confesada vocación periodística, que me ha llevado a colaborar puntualmente con “El Pespunte”: como redactor en la edición digital en ocasiones; como columnista en la edición impresa, con un artículo mensual sobre otra de mis aficiones, el pádel; e incluso atreviéndome con algún que otro artículo de opinión. Llegué a probar con la radio, que me enamoró aún más desde dentro de lo que me tenía desde fuera, en un programa con mi amigo Ángel Segura, y la verdad es que no me importaría repetir si hay ocasión, pero como cantaban los Golpes Bajos, son malos tiempos para la lírica.

Tal vez porque me ilusionan los retos -menudo se presenta este- y hacer cosas nuevas, y porque a veces pienso poco la respuesta cuando me proponen uno. Alguna vez me han recomendado que me centre, que no pretenda abarcar demasiado, que no sea tan osado; pero soy así, me gustan los charcos, y en cuanto veo uno me tiro a él de cabeza como un guarro. Prefiero hacer las cosas y equivocarme antes que arrepentirme por no haberlo intentado.

A lo peor es una vanidad mal disimulada, que hace que me sienta bien cuando me siento observado. Vete tú a saber. Seguro que a algunas de las personas que lean estas líneas se les ocurrirán otros motivos, y no les faltará razón.

Pero entre todas las razones que me llevan a embarcarme en esta aventura, probablemente la de más peso sea que se trata de colaborar con la que quizás sea la iniciativa cultural y social más importante de nuestro pueblo de los últimos años. Un proyecto informativo que cumple cinco años como periódico digital, con más de un millón y cuarto de visitas a su página web, a lo largo de los cuales ha conseguido sacar a la calle durante año y pico una edición mensual en papel y poner en marcha una radio cultural. Y todo ello de una forma totalmente desinteresada, por unos niñatos barbilampiños, como he escuchado en alguna ocasión, a los que les gusta tremendamente su pueblo y el mundo de la comunicación. Que se han hecho cosas mal, por supuesto, pero más importante es lo que se ha hecho.

Así que aquí estoy, no sin muchas dudas acerca de mi capacidad para esta tarea, y aquí me podréis encontrar al menos una vez al mes con algo nuevo. Opiniones personales sobre temas de actualidad, principalmente locales, aunque también de ámbito nacional o internacional (ya he dicho que soy muy atrevido). De todo un poco, y también como no para hablar de otra de mis pasiones, la política. Así que como hacían los geniales Tip y Coll, me despido hasta la próxima: la semana que viene… hablaremos del Gobierno.

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