La librería “Mercedes”

Una de las mañanas de sábado mejor empleadas que puedo tener cuando llega el otoño, es la ocupada en visitar la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, que estos días se está celebrando en la Plaza Nueva de Sevilla. Este año no he faltado a la cita. Después de deambular perezosamente por varios puestos, empezando por los más soleados —la mañana no se prestaba a muchos divagaciones por la sombra—, llegué al perteneciente a la librería “El Desván”, donde hace ahora veinticuatro años compré una edición bilingüe de poemas de Baudelaire que lleva acompañándome desde entonces en mis sucesivas mudanzas. Me quedé curioseando un rato desde la segunda fila, había bastante público, y cuando me llegó el turno empecé a pasear la mirada por los lomos de los libros que se apretaban sobre el mostrador, ediciones baratas de autores contemporáneos. Distraído, y un poco ausente, recordando con cierta nostalgia mis años sevillanos, me topé con una primera edición de La crisopa, novela de nuestro olvidado paisano Emilio Mansera Conde (Osuna, 1929-Madrid, 1980), obra finalista del Premio Nadal en 1976. La sorpresa fue mayúscula, y más cuando pude comprarla por sólo dos euros y medio. Le había pagado a Luis, el librero, y ya me iba cuando me dio un folleto de apenas treinta páginas titulado Paseo por las librerías de viejo de Sevilla, firmado por Juan Bonilla y editado en 2011. Aprovechando la presencia de un quinteto de metales que interpretaba pasodobles en la puerta del Ayuntamiento, me puse el sol y lo ojeé distraídamente. Se trataba de la descripción de un recorrido por las librerías de viejo de la Sevilla de principios de los noventa, la época en la que yo estaba en Sevilla estudiando filología y en la que me aficioné a este tipo de librerías, hoy día muy menguadas en número y en espacio gracias al comercio de libros por Internet. Entonces me vino a la memoria la librería “Mercedes”, situada en la calle Cerrajería en aquella época, y regentada por una mujer con ese nombre, ya anciana en aquellos años. Aunque suponía que llevaba muerta mucho tiempo, volví a colocarme en el último de los anillos que asediaban el puesto de Luis y, llegado mi turno, le pregunté por ella. La respuesta fue sorprendente: Mercedes había muerto hacía unos días, cuando ya había soplado las velas de su noventa y tantos cumpleaños. En ese momento se agolparon en mi memoria unos recuerdos que creía perdidos y, ya en Osuna, ignorando la cena y el Madrid-Atlético que se juega esta noche, me he sentado ante el teclado porque Mercedes se merece un homenaje, aunque sea un homenaje humilde, escrito por un ursaonense, y que ve la luz en un medio de Osuna, un pueblo que algunos creen perdido de la mano de Dios y del progreso. Hoy, un día, por cierto, de gratos reencuentros, en El Salvador me he encontrado con un antiguo conocido mío, novelista de éxito en la actualidad, que habla de él en tercera persona y, aunque vive en Sevilla, me ha confesado que nunca ha visitado Osuna. Imperdonable.

En la obra de Bonilla no aparece la librería de Mercedes, ni siquiera la nombra de pasada. Dedica sus páginas a “El Desván”, “Trueque”, “Antonio Castro”, “Los Terceros”, “Renacimiento”, etc., todas muy conocidas; algunas, sobre todo “Renacimiento”, de fama internacional gracias al fondo de más de un millón de volúmenes que adquirió en Nueva York, librería que en aquellos años estaba en Mateos Gago y hoy se encuentra, créanme, en un polígono de Valencina de la Concepción. La de Mercedes era distinta. No tenía ínfulas londinenses o neoyorquinas, ni siquiera madrileñas; tampoco poseía grandes fondos de primeras ediciones o ejemplares dedicados por Juan Ramón o Nicolás Guillén. Sus libros, eso sí, estaban perfectamente dispuestos en las estanterías que tapizaban las cuatro paredes de su local, una habitación pequeña, de unos cuatro metros cuadrados, a la que se accedía desde la calle Cerrajería, en la acera de la izquierda si uno iba andando desde Sierpes a Cuna.

La encontré por casualidad, callejeando, una tarde de otoño. Cuando entré, el negocio parecía abandonado por sus dueños porque no se veía a nadie, sólo los libros, dispuestos con esmero y pulcritud en los anaqueles, algo extraordinario en una librería de viejo, donde, como bien escribe Bonilla, muchas veces hay que entrar con una escafandra para escapar del polvo y luchar con las leyes del equilibrio para no tirar al suelo los libros, apilados de cualquier manera. En la pared del fondo se veía una cortina oscura, y de allí provenía el sonido de una guitarra flamenca, con la que alguien se solazaba tocando por alegrías. El lugar y el momento eran perfectos: una librería sola para mí a la que alguien ponía música en directo. Estuvo tocando un rato. Yo contenía la respiración mientras miraba distraídamente los lomos de los libros. Fuera, ajena por completo a este milagro, la gente pasaba por la calle. La guitarra calló y se arrancó por bulerías. Así durante un buen rato. Iba ya a irme pero no quería hacerlo sin conocer al librero-músico que solazaba de esta manera a sus parroquianos. Carraspeé un par de veces, la guitarra se calló, se alzó la cortina y apareció la cabeza plateada de una abuela de las de antes, vestida de negro y con cabellos ondulados, de un color gris con tonos azules. Con su mano derecha, agarrada por el mástil, sostenía la guitarra. Era Mercedes.

Desde ese día, cada vez que tenía un ratito, o que mis pasos, distraídos, me llevaban hasta allí, entraba a verla. No recuerdo haberle comprado jamás un libro, ni tampoco que ella me lo recriminara de alguna manera. Seguramente se sentía pagada con la devoción que le demostraba el mozalbete sensible que era yo entonces, que realmente admiraba a aquella mujer. Según me comentaron hombres mayores, y yo pude deducir de nuestras conversaciones, en su juventud había conocido y tratado a muchos de los poetas del 27. Una vez, recuerdo, intentaba yo que me hiciera confidencias sobre aquellos poetas, que me contara anécdotas de aquellos tiempos, y sólo me dijo:

—Cuídate de los poetas, niño, que tienen todos muy mala leche.

Pasó el tiempo. Yo me fui de Sevilla y mis años mozos me llevaron por lugares muy distantes y distintos de la librería “Mercedes”. Ahora, al cabo de más de dos décadas, he vuelto a reencontrarme con ella, aunque haya sido sólo en espíritu, y a recordar aquellas conversaciones y aquel lugar tan alejado del mercantilismo y del interés comercial, aquel paraíso de letras y vivencias situado en pleno centro de Sevilla. Con el tiempo he comprobado que no es cierto que los poetas tengan todos muy mala leche, y he pensado que, seguramente, a Mercedes, allá por los años treinta, le rompió el corazón un mozalbete que escribía versos.

Descansa en paz, Mercedes, y, créeme: aquel muchacho de tu juventud era sólo eso, un muchacho, aún por madurar, que pasaba las tardes emborronando papeles y no sabía todavía cómo se debe cuidar una flor delicada.

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