El hijo predilecto

 La ceremonia de inauguración del monumento a Rodríguez Marín tuvo lugar el 4 de octubre de 1943. Formó parte de un homenaje que llevaba tiempo organizándose y que, a pesar de la muerte de don Francisco, ocurrida en el mes de junio anterior, se llevó a cabo tal y como se había planeado. Incluso pudieron oírse las palabras que el estudioso ursaonense había mandado para que fueran leídas durante la “Fiesta literaria”, que se celebró en el salón de actos de la antigua Universidad; de todas formas, aunque hubiera podido acudir, algo muy improbable porque murió con ochenta y siete años y llevaba tiempo muy débil, no las hubiera podido leer: hacía cuarenta años que no hablaba en público, desde que había sido operado de la garganta a principios de siglo y sólo le había quedado un hilillo de voz, apenas audible. El acto en sí de inauguración del monumento fue sencillo. La banda dirigida por Antonio Cuevas Lira, que en aquellos momentos hacía las veces de Banda Municipal —esta no se constituiría oficialmente hasta noviembre de 1947—, interpretó el Himno Nacional y otros himnos propios del momento y, acabada la música, el alcalde, en aquellos días Antonio Gutiérrez Praderes, procedió a descubrir el busto. Su emplazamiento original, como recordarán los ursaonenses de más edad, fue el centro de la Plaza de España, y allí se celebró el acto. Desde ese lugar, y ya en junio de 1968, se trasladó al que ocupa actualmente, uno de los puntos donde estuvo emplazada la Fuente Nueva, en la Plaza de Santo Domingo.

El autor del busto fue Enrique Pérez Comendador (1900-1981), uno de los escultores más prestigiosos de la época en España. Aunque nació en la pequeña localidad cacereña de Hervás, población de sorprendente belleza, y allí vivió sus primeros años, en 1906 se trasladó con su familia a Sevilla, y fue en la ciudad hispalense donde dio sus primeros pasos como escultor. Gracias a la acertada política de becas existente en la primera mitad de los años treinta, y a la ayuda del duque del Infantado, uno de sus mecenas, Pérez Comendador pudo pasar en Roma cinco años, temporada larga y que, a juzgar por su obra, supo aprovechar. El busto de Rodríguez Marín, que adorna la Plaza de Santo Domingo, fue una de las primeras obras que llevó a cabo tras su vuelta de Italia y, según los entendidos, en ella se advierte el gran dominio de la técnica que poseía su autor. En la época en la que realizó esta obra, Pérez Comendador era Catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Tras la jubilación en ese puesto, ocupó el de director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, la misma institución de la que había recibido la beca y el mismo puesto que habían ocupado personalidades de la talla del genial escritor Ramón María del Valle Inclán o del también escultor Mariano Benlliure. Una réplica a menor escala del busto del polígrafo ursaonense, por cierto, obra también de Pérez Comendador, se encuentra en Madrid, en la Real Academia de la Historia.

En cuanto a don Francisco Rodríguez Marín, precisamente en 2005 se cumplieron los ciento cincuenta años de su nacimiento, que tuvo lugar el 27 de enero de 1855, y el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, obra que estudió de forma apasionada y a la que dedicó trabajos que hoy día, aunque algo superados, se siguen considerando de lectura obligada para cualquier interesado en conocer bien la obra cervantina. Los méritos de don Francisco son muchos, algunos de ellos poco conocidos por el gran público. Fue director de la Biblioteca Nacional entre 1912 y 1930, lo que supone, desde 1712 hasta la fecha, el segundo periodo de tiempo de dirección más largo de toda su historia. Fue miembro también de la Real Academia de la Lengua, donde ingresó oficialmente en 1907, dos años después de haber sido nombrado hijo predilecto de Osuna por la Corporación Municipal. En una fotografía realizada en 1907 y que se encuentra entre los fondos de la Biblioteca Nacional —imagen en la que Rodríguez Marín aparece de medio cuerpo, en pie, un poco girado a su derecha, vestido de oscuro, con el pulgar de la mano derecha introducido en el bolsillo del chaleco, barba recortada y grandes bigotes—, contemplamos a una persona con cara de satisfacción, la que corresponde al hijo del dueño de un modesto taller de sombrerería de un pueblo sevillano que, con sólo cincuenta y dos años, ha conseguido algo que quizá había soñado desde niño, cuando, gracias a la influencia, entre otras muchas, del Padre Morillo, aquel cura un poco loco que guardaba en tinajas documentos antiguos, se despertó en él una irrefrenable vocación por el noble estudio de la Historia y la Literatura. Esa vocación, esa llamada, junto con las campanas del Convento de la Concepción, allá en la lejana Osuna de la segunda mitad del XIX, lo despertaban cada mañana y lo invitaban a entregarse a la lectura con las primeras luces del día, ayudadas por uno de los mecheros del veloncito de aceite de su cuarto. Sería interesante, desde luego, comprobar la decisiva influencia que ha tenido la obra de don Francisco en el nacimiento de la vocación por el estudio de las Humanidades de muchos ursaonenses, entre ellos este que les escribe.

Durante los treinta y seis años en los que perteneció a la Real Academia, don Francisco tuvo de compañeros y, por lo tanto, de colegas, a figuras como los hermanos Álvarez Quintero, Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Ramiro de Maeztu, Pérez Galdós, Antonio y Manuel Machado, Azorín, Unamuno, Pío Baroja, Benavente, Ortega y Gasset y Menéndez Pidal, entre muchos otros, por lo cual debemos tener siempre presente que, cuando hablamos de Rodríguez Marín, lo estamos haciendo de uno de los intelectuales españoles más importantes de la primera mitad del siglo XX.

Fue nombrado presidente del Comité Ejecutivo del Tercer Centenario de la Muerte de Cervantes y, por tanto, fue responsable directo de la construcción del conocido Monumento a Miguel de Cervantes que se encuentra en la Plaza de España de Madrid, obra en la que también tuvo una actuación destacada el escultor marchenero Lorenzo Coullaut Valera. Sin embargo, quiero hacer especial mención de su vertiente de estudioso de los cantos populares, afición que le llevó intimar en su juventud con personajes como Antonio María García Blanco, Luis Montoto, Joaquín Guichot, Antonio Machado Núñez y Antonio Machado Álvarez, los dos últimos abuelo y padre respectivamente de los hermanos Machado, los poetas, Manuel y Antonio. Machado Álvarez, que firmaba con el seudónimo de Demófilo, fue el fundador de los estudios sobre folclore en España y amigo personal de don Francisco; ambos colaboraban en las mismas publicaciones sobre el estudio del folclore, en las cuales el flamenco no podía estar ausente.

Esa afición por el cante, la manifestación cultural menos elitista, llevó también a don Francisco a escribir, entre otras obras de esta temática, los Cantos populares españoles, cinco tomos publicados entre 1882 y 1883, y un libro titulado El alma de Andalucía, que vio la luz en Madrid en 1929, en el que pone a disposición de los lectores varios centenares de letras de coplas y cantes de tema amoroso, comentados y ordenados en apartados como “Ausencia”, “Desdenes” o “Reconciliación”; los escogió entre los más de veintidós mil que llevaba recopilados. No necesito añadir que, de las que he leído, es la obra de don Francisco que más me gusta.

Acompañado por el padre de los Machado, Rodríguez Marín acudía a menudo al café cantante que tenía en la calle Rosario de Sevilla aquel cantaor gigantesco criado en Morón y de padre romano llamado Silverio Franconetti, un hombre tan corpulento que, cuando falleció, según cuentas las crónicas, su féretro tuvo que ser descolgado por un balcón porque no cabía por las escaleras de su casa. En el café de la calle Rosario intimaban con Silverio, se divertían y recogían letras para sus obras. Así que no debemos pensar que Rodríguez Marín se pasó toda la vida entre libros y papeles o que era una persona elitista y con prejuicios sociales. De hecho, y como puede leerse en una excelente obra de investigación del tristemente fallecido Rodolfo Álvarez Santaló, centrada en la labor como periodista de Rodríguez Marín, en su juventud fue un gran defensor de los más necesitados, actitud que le llevó en su madurez a ser mucho más prudente, pues sus denuncias de los abusos de algunos poderosos sobre los humildes le llevaron incluso a temer por su vida.

Los últimos años de su existencia, en los que, en medio de una España dividida y muy violenta, mostró sus inclinaciones por el bando vencedor en la Guerra Civil, que le había librado de la persecución que sufría, han servido de motivo para que, por razones que nada tienen que ver con los extraordinarios méritos de su obra, se le haya arrinconado y apenas se le tenga en cuenta, cuando es uno de los cervantistas y de los folcloristas españoles más importantes de todos los tiempos. Y no lo digo sólo yo; lo dicen voces mucho más autorizadas que la mía, pues nadie hasta ahora ha realizado cuatro ediciones críticas del Quijote, ni siquiera hoy día con los medios informáticos, que tanto facilitan tareas como la suya. Resulta obvio que algunos de sus trabajos como cervantista no han resistido bien el paso del tiempo, pero díganme una ciencia, sólo una, que no pare de progresar.

Todos los que quieran saber más sobre Rodríguez Marín —estas líneas, como comprenderán, no pretenden ser exhaustivas—, pueden leer, entre otras, la obra de Joaquín Rayego Gutiérrez titulada Vida y personalidad de D. Francisco Rodríguez Marín, “Bachiller de Osuna, libro al que debo algunos de los datos que he mencionado. Don Francisco, y con esto acabo, jamás puso la pluma al servicio de unas ideas que no fueran las suyas: ni en su juventud, cuando siendo fuerte defendió al débil, ni en su vejez, cuando siendo débil buscó la protección del fuerte. Sus textos y acciones estuvieron siempre guiados por ideas de humanidad, bondad y justicia, y debe ser un orgullo para todos los amantes de las letras y para todos los ursaonenses en general.

Ya es hora, pues, de que sea restaurada la lápida que acompaña su busto, y que su contenido —OSUNA / A SU HIJO / PREDILECTO / FRANCISCO / RODRÍGUEZ MARÍN / IV-X- / MCMXLIII—, vuelva a ser legible. A día de hoy, y por la pérdida de la mayoría de sus caracteres, el paseante curioso que se acerca a la lápida sólo puede intentar leer unas líneas incomprensibles. Entiendo que desde 1943 ha llovido, y mucho —han pasado setenta años—, pero también que la memoria de Rodríguez Marín, a quien tantos ursaonenses deben el amor por las letras, se merece, por nuestra parte, algo más de atención, de cuidado y de cariño. Es nuestro hijo predilecto.

 

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Aquellas cartas

 

Cuando era un jovenzuelo de apenas quince años, hace de eso más tiempo del que quisiera, tenía la costumbre de escribir cartas. Podían ser amorosas, amistosas o familiares, pero todas estaban escritas con la letra redondita y discontinua que tenía yo entonces y, además, llenas de dudas sobre el estilo y la ortografía, inseguridades, por cierto, que todavía tengo cuando escribo y me obligan a consultar el diccionario continuamente. Eso sí, estaban escritas de mi puño y letra, no de mi teclado y letra de un tal Times New Roman o un tal Courier New, igualita, por cierto, a la letra de cientos de millones de personas. Aquellas sí eran cartas personales y fáciles de personalizar, no las de ahora. Además, si el amigo, o la amiga, a la que iba dirigida vivía con adultos inquisidores y poco respetuosos con su intimidad, aquellos que leían todas las cartas que llegaban a su casa, quedaba el recurso de escribir los párrafos más comprometedores con el zumo de cierta fruta, una “tinta” invisible en apariencia que se visualizaba con métodos que no voy a desvelar. Lo más curioso del caso es que las cartas, hasta hace unos años y a grandes rasgos, se han venido escribiendo de esa manera —como las escribía cuando era un chaval— desde hace miles de años. Obviamente, si uno se remonta en el tiempo aún mas décadas de las que tengo, que apenas son cinco, se encuentra con que la escritura en general, y de cartas en particular, era un arte que practicaba poca gente, pues poca era la que sabía escribir. Hace pocos días leía en no me acuerdo qué dominical un artículo sobre los escribientes de cartas e instancias que aún quedan en algunos países islámicos, personas que aprendieron a escribir cuando eran pequeñas y hoy día se ganan la vida escribiendo por los que no saben o no pueden hacerlo. Cuando hice la mili, a principios de las ochenta, en mi compañía había un santanderino que se ganaba unas cervezas extras de esa manera, escribiendo cartas, en este caso amorosas, a la manera de un Cyrano de nuestra época. Ese oficio, el de escribiente, aún queda en muchos países subdesarrollados, pues una sociedad donde una parte importante de su población es analfabeta está aún por desarrollar; creo que en eso estaremos todos de acuerdo.

La nuestra, que parece estar alfabetizada, es, según ese razonamiento, una sociedad desarrollada. Una sociedad desarrollada que, sobre todo, escribe. Y lo hace sin parar, incluso andando por la calle. Escribe mensajes de texto (SMS) en los móviles, escribe mensajes a través de WhatsApp, de Twitter, de Facebook o de cualquiera de las redes sociales y de comunicación que existen. Escribe también e-mails, lo más parecido a las cartas tal como han sido éstas desde el principio de los tiempos. Según veo en el archivo de mi correo electrónico, en los últimos diez años he recibido y contestado más de dos mil cartas, sin incluir en este número, por supuesto, aquellas que forman parte de envíos masivos, a muchas direcciones al mismo tiempo, con copia oculta o sin ella, que en el noventa y nueve por ciento de los casos sólo sirven para hacernos perder el tiempo. Tampoco incluyo las cartas de propaganda o aquellas generadas por sistemas informáticos de manera más o menos automática.

El día que este servidor de ustedes quede imposibilitado para comunicarse, el día que se muera, ese archivo de cartas se perderá. A no ser que tenga la previsión de imprimirlas o de dejar escrito en cualquier parte la clave de mi correo, o que alguien con los suficientes conocimientos informáticos consiga acceder a ese archivo de cartas, estas desaparecerán de la faz de la tierra. Será una pérdida, sobre todos para mis allegados, pero algo insignificante para el mundo de la cultura, para el cual, salvó a nivel local, el que les escribe no ha existido nunca. Olvídense pues, desde ya y gracias a la revolución tecnológica, de aquellos hallazgos de cartas en el desván —quizá de una tía bisabuela que leía a Bécquer y se dejó seducir por las románticas palabras de un pollo conquistador, o de un tío bisabuelo que se fue a hacer las Américas dejando aquí a la mujer y los niños—; olvídense de esos papeles amarillentos, y a veces quebradizos, que uno lee con devoción y emoción contenida, con poca luz y en una postura inverosímil, mientras la tarde cae sobre el valle. Este romanticismo, ese calor que traían las cartas, esa evidencia del estado de ánimo del que escribía, que se deducía a veces de la inclinación de las líneas, o del borrón que había dejado una lágrima cerca de uno de los márgenes, se ha perdido. Y lo ha hecho para siempre.

Esta circunstancia, la pérdida física de la correspondencia, no ha sido, hasta ahora, el caso de la perteneciente a muchos de los grandes escritores, intelectuales y hombres de ciencia. Hace unos meses se ha publicado el segundo volumen de la correspondencia personal de Juan Ramón Jiménez, más de quinientas cartas intercambiadas por el poeta de Moguer entre 1916 y 1936 con personalidades españolas de la talla de García Lorca, Joaquín Sorolla, Ortega y Gasset, Cernuda, etc. De Hermann Hesse se cuenta que, después de haberle sido entregado el Nobel, recibía tal aluvión de cartas, sobre todo de jóvenes escritores alemanes pidiéndole orientación, que escribía más de ciento cincuenta páginas diarias de correspondencia. Se ha conservado también el epistolario de Freud, de conocimiento imprescindible para poder reconstruir la historia del sicoanálisis. Atesoramos, y podemos leer, cartas de Rodríguez Marín gracias a las ediciones del “Padre Juanito” y del profesor José Manuel Ramírez Olid, correspondencia cuya lectura permite evocar la vida de nuestro ilustre cervantista. Sería imposible reconstruir el día a día de la casa nobiliaria más importante de España a comienzos del XIX, la de Osuna, si no se conservase la abundante correspondencia que mantuvo la condesa-duquesa de Benavente a lo largo de toda se vida, cartas sin las cuales tampoco hubiera sido posible la publicación de Capricho, la última novela de Almudena de Arteaga, de lectura obligada para cualquier amante de nuestra historia local. Nuestro paisano Francisco Luis Díaz Torrejón publicó en 2003 las cartas que entre 1808 y 1810 escribió José Bonaparte al conde de Cabarrús, su ministro de Hacienda. La lista de epistolarios de interés publicados sería inacabable, Sin olvidar, por supuesto, las novelas o ensayos llamados epistolares, que tanto proliferaron en los siglos XVIII, XIX e incluso XX: Cartas persas, Cartas marruecas, Las amistades peligrosas, Drácula, Frankenstein, Pepita Jiménez, Cartas a ursaonenses que ya no viven, etc.

Está claro que la cultura está en crisis, que sus formas de expresión y comunicación están cambiando a un ritmo cada vez mayor, que muchos de los hábitos y los medios de comunicación que practicábamos han desaparecido para siempre, y que esos cambios, la mayoría positivos, nos plantean unos retos, en este caso el de la conservación de la correspondencia, que no podemos dejar de afrontar. Quizá por eso, no puedo evitar mirar hacia atrás y recordar con nostalgia aquellos años en los que mandar una carta era algo mucho más elaborado, cálido y humano que teclear en una máquina y hacer clic con el ratón. La escritura y el envío de la carta formaban parte de un ceremonial que uno practicaba con auténtica veneración, actos que uno valoraba, y que se prestaban a todo tipo de novelerías y encuentros casuales. Hoy día basta con un clic para que la carta haya llegado a su destino, aunque éste sea Papeete; el envío lo haces sin moverte de tu casa y la carta llega en cuestión de segundos. Hace treinta años era muy distinto. Una vez escrita la carta, salías a la calle e ibas caminando con tu escrito celosamente guardado en el bolsillo. Entrabas en el estanco. Comprabas el sobre. El dependiente procedía a pesar el sobre con tu carta dentro mientras tú rezabas para que el peso del envío no sobrepasase el peso normal, porque de ser así te costaba más el franqueo. Una vez franqueada la carta, te encaminabas a correos o al buzón más cercano. Llegabas, te situabas ante el orificio rectangular por el que tenías que arrojar la carta y, antes de hacerlo y de que desapareciese definitivamente de tu vista, la mirabas de nuevo, comprobabas la dirección y el remite una vez más, le deseabas buen viaje y la veías desaparecer de tu vista para siempre. De camino a tu casa, y durante los dos o tres días siguientes, podías entretenerte en imaginar el viaje que la carta estaba haciendo, las manos por las que estaba pasando y los vehículos en los que estaba siendo transportada hasta llegar a manos de la persona a la que iba dirigida. Por cierto, muy pocas cartas se perdían: sólo aquellas que no enviabas. ¿Te acuerdas? Pero esa es otra historia.

Confiemos en que los Juan Ramón Jiménez y los Freud del mañana, que seguro que andan ya por este mundo, sean previsores en relación a la conservación de su correspondencia, y en el futuro podamos disfrutar de ella. Si no lo son y nadie lo remedia, la civilización actual, tan tecnificada y “adelantada”, está abocada a la pérdida de una de las principales fuentes de conocimiento de la vida y la obra de las personas que crean la cultura, una faceta de la actividad humana que, según ha demostrado la Historia, resulta vital para nuestra existencia.

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La librería «Mercedes»

Una de las mañanas de sábado mejor empleadas que puedo tener cuando llega el otoño, es la ocupada en visitar la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, que estos días se está celebrando en la Plaza Nueva de Sevilla. Este año no he faltado a la cita. Después de deambular perezosamente por varios puestos, empezando por los más soleados —la mañana no se prestaba a muchos divagaciones por la sombra—, llegué al perteneciente a la librería “El Desván”, donde hace ahora veinticuatro años compré una edición bilingüe de poemas de Baudelaire que lleva acompañándome desde entonces en mis sucesivas mudanzas. Me quedé curioseando un rato desde la segunda fila, había bastante público, y cuando me llegó el turno empecé a pasear la mirada por los lomos de los libros que se apretaban sobre el mostrador, ediciones baratas de autores contemporáneos. Distraído, y un poco ausente, recordando con cierta nostalgia mis años sevillanos, me topé con una primera edición de La crisopa, novela de nuestro olvidado paisano Emilio Mansera Conde (Osuna, 1929-Madrid, 1980), obra finalista del Premio Nadal en 1976. La sorpresa fue mayúscula, y más cuando pude comprarla por sólo dos euros y medio. Le había pagado a Luis, el librero, y ya me iba cuando me dio un folleto de apenas treinta páginas titulado Paseo por las librerías de viejo de Sevilla, firmado por Juan Bonilla y editado en 2011. Aprovechando la presencia de un quinteto de metales que interpretaba pasodobles en la puerta del Ayuntamiento, me puse el sol y lo ojeé distraídamente. Se trataba de la descripción de un recorrido por las librerías de viejo de la Sevilla de principios de los noventa, la época en la que yo estaba en Sevilla estudiando filología y en la que me aficioné a este tipo de librerías, hoy día muy menguadas en número y en espacio gracias al comercio de libros por Internet. Entonces me vino a la memoria la librería “Mercedes”, situada en la calle Cerrajería en aquella época, y regentada por una mujer con ese nombre, ya anciana en aquellos años. Aunque suponía que llevaba muerta mucho tiempo, volví a colocarme en el último de los anillos que asediaban el puesto de Luis y, llegado mi turno, le pregunté por ella. La respuesta fue sorprendente: Mercedes había muerto hacía unos días, cuando ya había soplado las velas de su noventa y tantos cumpleaños. En ese momento se agolparon en mi memoria unos recuerdos que creía perdidos y, ya en Osuna, ignorando la cena y el Madrid-Atlético que se juega esta noche, me he sentado ante el teclado porque Mercedes se merece un homenaje, aunque sea un homenaje humilde, escrito por un ursaonense, y que ve la luz en un medio de Osuna, un pueblo que algunos creen perdido de la mano de Dios y del progreso. Hoy, un día, por cierto, de gratos reencuentros, en El Salvador me he encontrado con un antiguo conocido mío, novelista de éxito en la actualidad, que habla de él en tercera persona y, aunque vive en Sevilla, me ha confesado que nunca ha visitado Osuna. Imperdonable.

En la obra de Bonilla no aparece la librería de Mercedes, ni siquiera la nombra de pasada. Dedica sus páginas a “El Desván”, “Trueque”, “Antonio Castro”, “Los Terceros”, “Renacimiento”, etc., todas muy conocidas; algunas, sobre todo “Renacimiento”, de fama internacional gracias al fondo de más de un millón de volúmenes que adquirió en Nueva York, librería que en aquellos años estaba en Mateos Gago y hoy se encuentra, créanme, en un polígono de Valencina de la Concepción. La de Mercedes era distinta. No tenía ínfulas londinenses o neoyorquinas, ni siquiera madrileñas; tampoco poseía grandes fondos de primeras ediciones o ejemplares dedicados por Juan Ramón o Nicolás Guillén. Sus libros, eso sí, estaban perfectamente dispuestos en las estanterías que tapizaban las cuatro paredes de su local, una habitación pequeña, de unos cuatro metros cuadrados, a la que se accedía desde la calle Cerrajería, en la acera de la izquierda si uno iba andando desde Sierpes a Cuna.

La encontré por casualidad, callejeando, una tarde de otoño. Cuando entré, el negocio parecía abandonado por sus dueños porque no se veía a nadie, sólo los libros, dispuestos con esmero y pulcritud en los anaqueles, algo extraordinario en una librería de viejo, donde, como bien escribe Bonilla, muchas veces hay que entrar con una escafandra para escapar del polvo y luchar con las leyes del equilibrio para no tirar al suelo los libros, apilados de cualquier manera. En la pared del fondo se veía una cortina oscura, y de allí provenía el sonido de una guitarra flamenca, con la que alguien se solazaba tocando por alegrías. El lugar y el momento eran perfectos: una librería sola para mí a la que alguien ponía música en directo. Estuvo tocando un rato. Yo contenía la respiración mientras miraba distraídamente los lomos de los libros. Fuera, ajena por completo a este milagro, la gente pasaba por la calle. La guitarra calló y se arrancó por bulerías. Así durante un buen rato. Iba ya a irme pero no quería hacerlo sin conocer al librero-músico que solazaba de esta manera a sus parroquianos. Carraspeé un par de veces, la guitarra se calló, se alzó la cortina y apareció la cabeza plateada de una abuela de las de antes, vestida de negro y con cabellos ondulados, de un color gris con tonos azules. Con su mano derecha, agarrada por el mástil, sostenía la guitarra. Era Mercedes.

Desde ese día, cada vez que tenía un ratito, o que mis pasos, distraídos, me llevaban hasta allí, entraba a verla. No recuerdo haberle comprado jamás un libro, ni tampoco que ella me lo recriminara de alguna manera. Seguramente se sentía pagada con la devoción que le demostraba el mozalbete sensible que era yo entonces, que realmente admiraba a aquella mujer. Según me comentaron hombres mayores, y yo pude deducir de nuestras conversaciones, en su juventud había conocido y tratado a muchos de los poetas del 27. Una vez, recuerdo, intentaba yo que me hiciera confidencias sobre aquellos poetas, que me contara anécdotas de aquellos tiempos, y sólo me dijo:

—Cuídate de los poetas, niño, que tienen todos muy mala leche.

Pasó el tiempo. Yo me fui de Sevilla y mis años mozos me llevaron por lugares muy distantes y distintos de la librería “Mercedes”. Ahora, al cabo de más de dos décadas, he vuelto a reencontrarme con ella, aunque haya sido sólo en espíritu, y a recordar aquellas conversaciones y aquel lugar tan alejado del mercantilismo y del interés comercial, aquel paraíso de letras y vivencias situado en pleno centro de Sevilla. Con el tiempo he comprobado que no es cierto que los poetas tengan todos muy mala leche, y he pensado que, seguramente, a Mercedes, allá por los años treinta, le rompió el corazón un mozalbete que escribía versos.

Descansa en paz, Mercedes, y, créeme: aquel muchacho de tu juventud era sólo eso, un muchacho, aún por madurar, que pasaba las tardes emborronando papeles y no sabía todavía cómo se debe cuidar una flor delicada.

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