Osuna y Manuel Infante

Ahora que ya ha pasado la celebración de los Premios Goya, y “La Isla Mínima”, la película en la que trabaja nuestra Ángela Vega, ha conseguido merecidos premios —nada menos que diez—, quiero hablarles de otro paisano nuestro, ursaonés de nacimiento, cuya obra también merece nuestra atención, nuestro respeto y nuestro reconocimiento. Se trata de Manuel Infante Brieva, nacido a las diez de la mañana del 29 de julio de 1883 en la casa rotulada con el número 6 de la calle Juan de Vera —dato que he podido establecer con tal exactitud gracias a los datos contenidos en el Registro Civil—, y fallecido en París el 21 de abril de 1958. Fue un compositor e intérprete de piano muy conocido en el país que lo acogió como hijo suyo, Francia, donde se casó y desarrolló la mayor parte de su actividad profesional, aunque sus principales años de formación —los de infancia y primera juventud— transcurrieron en España, principalmente en Madrid, donde obtuvo reconocimientos oficiales por su talento interpretativo, como el primer premio del Conservatorio de Madrid (1898) o el primer premio de la Real Academia de Música (1900). De nuestro país, después de haber pasado también por Barcelona, donde recibió clases de Enrique Morera —quien, a su vez, había sido condiscípulo de Isaac Albéniz en las clases de Felipe Pedrell—, Infante, becado gracias a su talento, dio el salto a París, la meca de los artistas de la época, donde compartió espacio físico con personalidades como Picasso o ErikSatie. En la capital francesa trabajó de manera incansable durante años y empezó a publicar sus composiciones, partituras de aire andalucista, que le llevarían a la fama. Quizá sus años de mayor celebridad fueron los treinta. Así, en 1931 aparece como director de la orquesta del Teatro de la Ópera de París durante el concierto del 14 de julio, día de la fiesta nacional francesa. Ese día, y como resultado, sin duda, del gran atractivo que ya tenía la cultura española, la orquesta interpretó a las órdenes de su batuta la “Vida Breve” de Manuel de Falla, el “Canto de España” de Isaac Albéniz y las “Escenas Gitanas”, esta última del propio Infante. Sus obras no empezarían a interpretarse en España hasta finales de los años cuarenta, de la mano del célebre pianista valenciano José Iturbi. Hoy día, la labor de interpretación y divulgación de su obra la está llevando a cabo de manera excelente Eugenia Gabrieluk, célebre concertista de piano española, formada en los conservatorios de Moscú, San Petersburgo y Madrid. A lo largo de su vida, Manuel Infante alcanzó fama y reconocimiento internacionales pero, que yo sepa, nunca ha tenido protagonismo alguno en Osuna, precisamente donde vino al mundo. El tiempo y la sensibilidad de los ursaonenses pondrán las cosas en su sitio.

            Los que estén interesados en conocer más sobre su vida y su obra pueden leer el artículo titulado “Acerca del compositor ursaonense Manuel Infante”, publicado en el número 15 (2013) de la revista CUADERNO DE LOS AMIGOS DE LOS MUSEOS DE OSUNA; existe la posibilidad de leerlo en pdf en la página de Dialnet (http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4736027). En él encontrarán amplia información sobre este insigne músico ursaonés, nacido, curiosamente, muy cerca de la casa donde nacería, ya en 1936, otro célebre músico ursaonés, José Romero Jiménez, más conocido como Pepe Romero. Ambos, pero sobre todo Infante —aún casi ignorado entre nosotros—, necesitan una divulgación de sus obras.

Creo que es propio de sociedades generosas e inteligentes el reconocimiento de la obra de sus hijos más ilustres, y Manuel Infante Brieva, sin duda, es uno de ellos. Ojalá lo veamos.

Continuar Leyendo

Ángela y La isla mínima

Ángela y La isla mínima

Joaquín Aya Abaurre (1955-2007), más conocido como Atín Aya, era un sevillano licenciado en Ciencias de la Educación y en Psicología que, sobre todo, era fotoperiodista y persona, persona de una gran sensibilidad, que dejó miles de imágenes de esos hombres y mujeres cuyos nombres y apellidos no suelen pasar a los libros de historia, de las personas anónimas que construyen día a día el edificio de la vida de las aldeas, los pueblos y las ciudades. Son fotografías donde Aya estudia la distribución de  objetos y volúmenes como si se tratase de cuadros, y donde la luz juega un papel esencial. Por supuesto, son fotografías en blanco y negro. Si el fotógrafo paseaba por Sevilla, fotografiaba al mendigo, al músico callejero, a la carbonera, a la más humilde kiosquera. Si se movía por las Marismas del Guadalquivir, fotografiaba al cazador, al segador, al pastor, al pescador y también, cómo no, esos inmensos paisajes marismeños, donde la horizontalidad condiciona irremediablemente cualquier composición fotográfica. Y Alberto Rodríguez, director de cine sevillano, enamorado de estas fotografías marismeñas de Atín Aya, ha querido darle un homenaje dedicándole todo un largometraje, inspirándose en su obra para filmar una película de cine negro con sabor, paisaje, alma y espíritu andaluces, una película que ha resultado una verdadera obra de arte y en la cual, mire usted por dónde, tiene un papel Ángela Vega, ursaonense, cuya mirada, profunda y escrutadora, llena por completo la pantalla, atraviesa los cuerpos y logra desvelar los secretos más íntimos de las personas. Señora de su isla flotante, Ángela desempeña un papel corto, pero crucial, en la historia.

Cuando tengan tiempo, háganse un favor: vayan a ver esta película y procuren no perderse ni un detalle. Los planos cenitales, alucinados y alucinantes, geniales, altísimos, filmados gracias a la existencia de drones, nos muestran unas perspectivas totalmente nuevas de las marismas. Son planos que muestran la pequeñez y la debilidad de la gran mayoría de los personajes, enfrentados a una existencia cruda y problemática. Por cierto, no lo duden: la Isla Mínima existe, pasé por ella hace un par de días, cerca de los Palacios, volviendo de Cádiz. Mientras conducía, vi algo. Mari Carmen iba dormida y no quise despertarla, pero estaban ahí, los distinguí perfectamente: muy cerca de la carretera, dos hombres con sacos a la espalda caminaban hacia la inmensidad de la marisma. A saber lo que llevaban.

Continuar Leyendo

García Márquez, Osuna y un servidor de ustedes

“Apártense, vacas, que la vida es corta” (Aureliano Segundo).

 

La noche del Jueves Santo, la noticia daba el salto a la primera página de los diarios digitales, que la anunciaban con titulares a cinco columnas: García Márquez había fallecido. A mí, como persona individual que soy, o intento ser, me cogió de copas en algún bar donde unos músicos intentaban alegrar a la parroquia, ya de por sí alegre por el continuo cubateo. La leí en el móvil, con trabajo e incredulidad, invadido por la desesperanza por el paso del tiempo y sorprendido por la llegada de lo inesperado pero inevitable, que nos asalta en cualquier momento, en la cola de un baño, por ejemplo, o sentado en la terraza de un bar donde un violinista húngaro intenta añadir aún más poesía a la noche de primavera. Miré a los demás, totalmente ajenos al drama interior que yo estaba viviendo, sonrientes, fumadores, inconscientes, ignorantes aún de la noticia. Ellos seguían riendo, haciendo bromas, y yo empecé a verlos cada vez más lejos, distorsionados por la distancia, ajenos a mí, el sonido de sus voces como ensordecido, como producido bajo el agua, lejano y retardado. Y durante unos minutos me ausenté de allí.

 

Me encontré de nuevo en el Instituto Rodríguez Marín de Osuna, intentando aprobar COU. Corría el año 1979. Yo tenía un corazón incansable, nada en los bolsillos y unas ganas terribles de estar en cualquier sitio menos entre las cuatro paredes del instituto. Para colmo de males, ese año había llegado nuevo un profesor de Literatura que se creía y se veía muy moderno, seguramente lo era, pero resultaba literalmente incapaz de contactar con los varones de la clase, a los que sacaba a la pizarra más de lo que éstos hubieran deseado. Iba siempre vestido de negro, un pañuelo rojo al cuello; corrían aires de libertad, la Transición y todo eso. Nosotros, como comprenderá el lector, éramos sólo adolescentes que únicamente queríamos alcanzar el mínimo de felicidad necesario para vivir, y no que nos liasen en carnavales donde hubiera que vestirse de viuda desconsolada o en recitales de poesía dadaísta interpretados alrededor del antiguo patio de la Universidad de Osuna, poniendo a prueba nuestro ancestral e hipertrofiado sentido del ridículo. Digamos que aquel profesor resultaba demasiado avanzado para nosotros, un poco embrutecidos por nuestras vivencias rurales, receptores de una educación conservadora, quizá demasiado inmovilista, incapaces de comprender los aires de sofisticación que entraban en el aula cada vez que lo hacía el profesor. No estábamos acostumbrados, la verdad, a profesores así, tan modernos, tan a la última.

Y llegó un día en que nos hartamos, yo al menos lo hice, y dejamos de ir a clase. Sus clases resultaban incómodas y nada instructivas. ¡Al cuerno —pensábamos— con la asignatura! Luego llegó junio. Encastillada en sus posiciones, la panda de adolescentes contestatarios y rebeldes de la que formaba parte no se presentó al examen. Resultado: un cero patatero. Tuve que ir a hablar con él a la Sala de Profesores:

—Mal, muy mal. No has hecho los exámenes y no me has asistido a clase desde el mes de marzo…

—Lo siento —mentí—. ¿Qué puedo hacer ahora para aprobar la asignatura?

—Tendrías que leerte una serie de novelas durante el verano y realizar un trabajo sobre cada una de ellas, escribir un texto que yo vea que no es copiado y me demuestre que te las has leído.

—¡Perfecto!

—Toma nota.

Todos eran autores conocidos por mí salvo un tal Gabriel García Márquez, un señor del que nunca había oído hablar. La novela se titulaba Cien años de soledad. Comenzar a leerla fue como oler la alhucema o la dama de noche por primera ver. Una sensación de plenitud, de satisfacción, recorrió mi cuerpo y todos mis sentidos no relacionados con los actos de leer e imaginar quedaron anulados, como cuando uno huele un perfume maravilloso y para él, cerrados los ojos, sólo existe en ese momento el sentido del olfato.

La devoré, literalmente. No salía de mi cuarto, algo que seguramente preocupaba a mi madre, acostumbrada a que sólo apareciera por la casa a las horas de comer. Confuso con la continua sucesión de José Arcadios y Aurelianos, durante la segunda lectura, que comencé nada más haber acabado la primera —aquello fue como cuando ves una película que te gusta tanto que estás dispuesto a meterte en el cine inmediatamente otra vez para volver a verla—, me confeccioné un árbol genealógico de la familia Buendía. La edición de la novela que yo leía no tenía, por supuesto, aparato crítico ni material adicional de ningún tipo. La de la Real Academia Española (2007) lleva al final hasta un índice de nombre propios, páginas que facilitan la lectura y el análisis de la novela.

Aquel profesor, que había empezando odiando, que me resultaba repulsivo en un principio, había acabado descubriéndome una de las mejores novelas de la literatura de todos los tiempos y en todas las lenguas. Ahora lo quería y lo admiraba. ¡Lo que son las cosas…!

Tras la lectura de Cien años de soledad, y a lo largo de los años, fui leyendo todas las novelas de García Márquez anteriores a ella —La hojarasca, El coronel no tiene quien que le escriba, La mala hora y Los funerales de la Mamá Grande —, y que sólo son una preparación para llegar a ella, fruto de la lucha del escritor por lograr contar lo que de verdad quiere contar, por lograr domar, ordenar, sistematizar y acabar expresando con una forma precisa todo su mundo interior, a menudo forjado en la infancia. En ese sentido, García Márquez debe ser un ejemplo para todos los escritores que desean lograr escribir su novela, la novela de su mundo, de sus vivencias personales, pues no existe una vida que no merezca ser literaturizada, contada de forma artística. A fin de cuentas, Cien años de soledad es ante todo eso, el resultado exitoso de una persona que llevaba años, desde los veinte, intentando contar su vida y la de sus antepasados.

Después, con el paso de los años, descubrí un García Márquez político y politizado, el amigo de Fidel, el que acudió a recoger el Nobel con la guayabera, el usado como bandera por políticos militantes, que, sinceramente, me interesa mucho menos. Para mí, la cultura, y todo lo relacionado con ella, debe estar lo más alejado posible de la política, pues la verdadera expresión artística debe ser libre, independiente de cualquier poder o grupo de presión.

Hace ahora un tiempo, y en El Pespunte, leí unas líneas sobre la posible relación que pueda existir entre Osuna y Macondo, algo sobre una alusión que había hecho García Márquez en una conferencia (véase el Editorial fechado el 26 de agosto de 2007). Desde luego, llama la atención el uso del apellido Buendía, muy común en la zona, y, sobre todo, el uso del nombre Arcadio, que, como si de cualquier familia ursaonense se tratase, va pasando de generación, pues hay Arcadios, al menos, en cinco de las siete generaciones de cuya existencia trata la novela. También llama la atención el uso de otros apellidos y nombres muy corrientes en Osuna, como Aguilar, Remedios o Carmelita, pero de ahí a poder afirmar, de manera fehaciente, algo que sería una noticia de un alcance tremendo para la localidad ursaonense, hay un largo trecho. Ojalá sea así y pueda demostrarse.

Ahora vuelvo al bar del Jueves Santo, a dar la noticia a los amigos de copas, que capaces son de no haberse enterado todavía, los muy juerguistas.


Víctor Espuny Rodríguez

Continuar Leyendo

Presentación virtual de “El proyecto de Mariano”

Muy buenas, querido lector. Hoy es un día muy especial para mí. Vengo acompañado por alguien que quiero presentarle. Como ya habrá adivinado, se trata de un libro, una novela en este caso, que acaba de salir, que aún, incluso, está calentita, como el pan o un bizcocho recién salidos del horno. Lleva tan poco tiempo elaborada que aún no la he tenido en la mano, de ahí que ese calor que desprende sea sólo virtual, de e-book, aunque no deje de desprender calor y de oler a nuevo. He aquí cómo la presentan los hacedores de avances cinematográficos de libros, herramientas divulgativas más conocidas como booktráilers: http://www.youtube.com/watch?v=v99hFHFyK9Q

 

Yo, la verdad, en la producción de este vídeo no he tenido nada que ver. De ser así, hubiera cambiado algunas cosas y hubiera suprimido y añadido otras, pero en general me gusta, por eso lo difundo a los cuatro vientos, deseoso de que mi obra sea conocida y divulgada, el sueño de casi cualquier creador.

Ahora, después de estos prolegómenos, necesarios para situarle un poco, lector, vamos a hablar un poco de la novela, que para eso estamos aquí, dirá usted.

Durante los últimos quince años he estado dejándome pestañas y alimentando mis dioptrías y mi presbicia en hemerotecas y archivos de media España, archivos históricos, municipales, privados y eclesiásticos, en los que he vivido miles de horas de paz y tranquilidad absolutas mientras buceaba en nuestra borrascosa historia. Esto me ha permitido pergeñar varios artículos de investigación, algunos de los cuales pueden consultarse en

http://dialnet.unirioja.es/servlet/busquedadoc?t=V%C3%ADctor+Espuny+Rodr%C3%ADguez&db=2&td=ARTREV,

escribir cerca de mil páginas de anotaciones sobre los temas más diversos y, finalmente, llegar a la conclusión de que este país no ha evolucionado nada, en las cuestiones esenciales, durante los últimos doscientos años. Aquí en Andalucía, por ejemplo, desde donde le escribo, en Osuna concretamente, se discutían más o menos los mismos asuntos. Las arcas municipales estaban más secas que el ojo de Perico, no había ni un maravedí, y se hacían obras públicas para comprar la paz social gracias al mantenimiento de los desposeídos, que eran legión en la época preindustrial. Lea, si es tan amable, estas anotaciones, que tomé durante la lectura del acta del cabildo que la Corporación Municipal ursaonense celebró el 28 de julio de 1784:

“Cabildo monográfico, en el que José de Figueroa y Silva Laso de la Vega, realiza una exposición y la subsiguiente propuesta. Menciona la “estirilissima cosecha de granos del presste año”, circunstancia que venía dándose desde 1775. Ésta, unida a las también raquíticas de uva y aceite que se esperaban para este año, y al hecho de existir en el término “Pobres Jornaleros del Campo de que abunda en crecido número”, hacían presumir “malas consecuencias” para los meses venideros. Dado que resultaban necesarias varias obras públicas, para las cuales los Caudales de Propios carecían de fondos, se acuerda pedirlos al Consejo de Castilla. La obra que se propone realizar es allanar el cerro inmediato al Paseo público de la Alameda, [el lugar donde un siglo y pico después se construyó la Plaza de Toros]. Se trataba de que los jornaleros y sus familias tuvieran formas de subsistencia y de evitar “por este medio la ociosidad que de no tenerlos ocupados en perjuicio de la causa pública y tranquilidad del pueblo puede causarse”.

En fin, que me he aburrido, que me he cansado de dar vueltas y vueltas, como el burro atado al palo de la noria, para sacar siempre las mismas conclusiones y volver al mismo sitio. Y me he refugiado en la novela. En la prosa de ficción el escritor se convierte en una especie de ser todopoderoso que puede alterar la realidad según le plazca, que puede resucitar a los muertos y crear de la nada lo que le apetezca y le ilusione. Y he de confesarle, paciente lector, que me divierto mucho más que antes. Tomemos, como ejemplo, la novela que le estoy presentando. Partí de la amistad existente entre dos hombres que se encuentran ya en la mitad de su vida y se alían para lograr desentrañar un misterio que los mantiene convulsos y casi inapetentes, aunque esto último en su caso sea casi imposible porque son grandes comilones. Conseguir desentrañar ese misterio va a mantener en tensión durante toda la novela tanto a Antonio y a Marcos, los protagonistas, como a los lectores, que los van a acompañar en un viaje descerebrado y casi imposible por media España.

En cuanto a mi manera de escribir, en concreto al vocabulario que uso, debo confesarle que he realizado grandes esfuerzos por conseguir un texto claro, inteligible. Creo que sólo he usado una palabra un tanto rebuscada, aunque sólo en apariencia, pues no he encontrado un equivalente que pertenezca a un registro más llano. Se trata del adjetivo “alóctono” (pág. 85), que el Diccionario de la Real Academia define como “Que no es originario del lugar donde se encuentra”. Se me puede argüir que podía haber usado ‘extraño’, pero no es exactamente lo mismo, pues yo andaba buscando el antónimo de ‘autóctono’ y ese no es otro que ‘alóctono’. En fin, que no hay excusa para no leer la novela.

Estoy seguro, me apuesto lo que quiera, que va a pasar un rato muy entretenido leyéndola y además, le va ayudar a sacar ciertas conclusiones, pues para escribir cositas ligeras por el mero afán de entretener al público siempre hay tiempo.

Que pase usted un buen día, amigo lector. Yo sigo con mi tarea.

 

Ducalópolis, 25 de octubre de 2013

Continuar Leyendo

Presentación de Ni mitos, ni lisonjas

Título completo: Ni mitos, ni lisonjas (de los cuadernos de Arcadio).

Autor: Eloy Reina Sierra.

Lugar: Salones altos del Casino de Osuna.

Fecha y hora: 11 de octubre de 2013, 20’30.

Presentador: Víctor Espuny Rodríguez.


 

Señor Presidente del Casino, señor Presidente de los Amigos de los Museos, señora Delegada de Cultura, otros miembros de la Corporación Municipal, estimado Eloy, señoras y señores; muy buenas noches a todos.

Es para mi un honor y una gran satisfacción personal el estar aquí hoy para participar en la presentación pública de Ni mitos, ni lisonjas, la última de las obras publicadas de Eloy Reina Sierra. Como ya dije en otra ocasión, estamos ante un escritor cuyos trabajos son de conocimiento imprescindible para cualquiera que busque en la lectura algo más que un entretenimiento intrascendente y sea un enamorado de Andalucía y, sobre todo, de Osuna. El libro que presentamos hoy viene a completar una trilogía, la iniciada por A partir de la luz, publicado en 1989, y continuada por Cuadernos de Arcadio, presentado en estos mismos salones en el mes de diciembre de 2006. Estos tres libros, de lectura necesaria para cualquier amante de Osuna, de la poesía y, en general, de la vida, constituyen los tres firmes pilares en los que se asienta el universo poético de Eloy, pues las tres obras se encuentran interconectadas, se enriquecen unas a otras y llegan a formar un todo interrelacionado de alusiones vitales y formas poéticas que, estoy seguro, algún día será estudiado, analizado y comentado como se merece. A este edificio creativo, sin embargo, hay que añadir un soporte más, un pilar básico pero un poco alejado en el tiempo, sin el cual el universo creativo de nuestro poeta resultaría incompleto. Me refiero, como no, a la revista Arcadio, fundada por Manuel Rodríguez-Buzón y por el mismo Eloy en la segunda mitad de los años cincuenta, publicación de gran nivel intelectual en la que, entre otros, colaboraban asiduamente autores de la talla de Antonio Pedro Rodríguez-Buzón —aquel poeta de Osuna que fue capaz de emocionar a Sevilla entera con su pregón apasionado—, de Felipe Cortines Murube —el poeta modernista palaciego, colaborador de Menéndez Pelayo—, de Manuel Ferrand —redactor jefe del diario ABC, colaborador de La Codorniz y Premio Planeta en 1968—, de Juan Camúñez —el fino escritor y abogado urasonés— y de Alberto García Ulecia —el poeta, flamencólogo y profesor de universidad natural de Morón de la Frontera. Entre todos ellos existió siempre una gran amistad y a la memoria de algunos dedica Eloy versos memorables. Sirvan, como ejemplo, estos dedicados a García Ulecia, pertenecientes al poema titulado “Una carta de Alberto”:

 

“¡Eras tan fino

y tan alegre y tan desenfadado

el aire de tu estilo!…

que sólo tu presencia

hacia cantar al pájaro en su nido,

presintiendo gozoso

salir favorecido

enredado en las ramas

de unos versos sencillos”.

 

Ciertas facetas de la personalidad de Eloy, la sensibilidad, la generosidad, el desprendimiento, están presentes en todas y cada una de las páginas de Ni mitos, ni lisonjas, un libro en el que está compendiada la experiencia y la sabiduría vital de su autor, una obra escrita por una persona que, a sus ochenta años, sigue escribiendo con la misma ilusión y energía que un joven pero con el atractivo añadido del que viene de vuelta de muchas cosas y puede opinar sobre ellas de forma racional y desapasionada. Desde este punto de vista, Ni mitos, ni lisonjas debe ser considerada como una obra dictada por la experiencia que viene acompañada por ese halo de respeto y venerabilidad que desde siempre, hasta en las culturas más primitivas, ha acompañado la palabra de la persona mayor, la más sabia y experta.

La obra, prologada de manera excelente por Mariano Zamora Torres e ilustrada con unas atractivas acuarelas de José María Catret Suay, está dividida en distintas secciones temáticas. Cada una de ellas, como si del joyero de una antigua reina se tratase, contiene piezas de gran valor, tanto que resulta difícil decidir cuál sea la más preciada. Esa labor de selección es la que yo he realizado, y ha dado como fruto las reflexiones y observaciones que a continuación les expongo.

La primera sección, titulada “DOSUNA”, toma el título de ese gentilicio espontáneo relativo a Osuna que todos hemos pronunciado alguna vez. “Yo soy d’Osuna” decimos, como otros dicen yo soy de Carmona, o de Utrera. Rara vez, la verdad, decimos que somos ursaonenses o osunenses, pues estos son términos demasiado elevados para la mayoría de nuestras conversaciones cotidianas. Esta sección, la primera, está dedicada, pues, a Osuna, a situarnos en el mapa de nuestras nostalgias y nuestros recuerdos, a recordarnos de donde venimos y por donde nos movemos cada vez que salimos a la calle. En ella encontramos varios poemas que sirven a nuestro autor para recordar, y seguir, el impulso restaurador y conservador de nuestro patrimonio histórico artístico encabezado en su día por nuestro llorado Manuel Rodríguez-Buzón. Entre ellos, el titulado “Monumento”, que tiene como fin recordarnos la inexplicable ausencia en Osuna de un monumento público dedicado a Don Juan Téllez-Girón, hacedor de los conjuntos monumentales que hoy disfrutamos los habitantes y los visitantes de Osuna, Morón, Olvera, Archidona, etc. etc. Escribe Eloy:

 

“Sentado en una jamuga

con doña María a su lado,

yo veo a nuestro fundador,

nunca bien justipreciado,

en un monumento pétreo

en lugar privilegiado,

como muestra del afecto

al que estamos obligados.

 

Y escrito en el pedestal

lo que es justo y necesario:

AL CUARTO CONDE DE UREÑA,

DON JUAN TÉLLEZ, GRAN CRISTIANO,

FUNDADOR DE CUANTO VEIS

EN ESTA VILLA Y SU ESTADO”.

 

En esta misma sección se halla un poema titulado “Federico y el duende”, una composición cincelada en los bellos y elaborados endecasílabos de Eloy que viene a recordarnos la más que probable realización de una visita de Federico García Lorca a Osuna y una de sus conferencias más célebres, la titulada “Juego y teoría del duende”, pronunciada por el escritor granadino por primera vez en Buenos Aires, en la sede de la Sociedad de Amigos del Arte, el 20 de octubre de 1933. Dicha conferencia, según los estudiosos —en particular José Martínez Hernández—, contiene una de las más profundas reflexiones sobre la creación artística que se han dado desde la cultura española y, además, está repleta de intuiciones, aún no superadas, sobre la esencia del arte español y sobre el origen de la emoción estética más profunda. En ella, Federico diferencia entre el Ángel y la Musa, elementos inspiradores de la creación artística externos al artista, y el Duende, el más real de los personajes irreales, que vive adormecido “en las últimas habitaciones de la sangre” y que sólo despierta y aflora al exterior en contadas ocasiones, aquellas en las que el artista realiza sus mejores obras. El Duende, por definición, realiza obras únicas e irrepetibles, por lo que, en general, sólo se manifiesta en artes temporales tales como la música, la danza y la poesía hablada. Sin embargo, en su exposición García Lorca menciona varias obras materiales producto del arte y la cultura españolas en las que el duende del artista se manifestó de forma clara, y una de ellas, precisamente, es “la cripta de la casa ducal de Osuna”, así lo escribe Lorca, una obra relacionada con la muerte, como suele estarlo el duende, que aflora desde las últimas potencias del alma, desde las entrañas mismas. Recomiendo encarecidamente tanto la lectura de la conferencia de Lorca como, por supuesto, la composición de Eloy, quizá el poema más profundo, inquietante y sugerente del libro que presentamos hoy y, sin duda, el más valioso, para los historiadores de la literatura, de los que se han escrito en Osuna en las últimas décadas, y ya sabemos que Osuna, afortunadamente, es un pueblo de poetas.

La segunda de las secciones del libro de titula “CUADERNO DE APUNTES DIVERSOS”.  Uno de sus poemas más característicos, titulado “La Turquilla”, viene a mostrarnos cómo, una vez más, lo popular, lo rural, lo agrario, tiene una fuerte presencia en el universo poético de Eloy, un escritor muy sensible a la realidad que le rodea. Como decía Juan de Mairena, aquel profesor de gimnasia que desaconsejaba el esfuerzo físico y el más célebre de los heterónimos de Antonio Machado, “si vais para poetas cuidad vuestro folklore, porque la verdadera poesía la hace el pueblo”. Y eso, precisamente, es lo que hace Eloy en este poema, que se encuentra salpicado de términos populares que quizá nunca soñaron con aparecer en un libro de poesía teóricamente culta, aunque no cultista, palabras de bella sonoridad que nuestro poeta emplea con la mayor propiedad, elevándolas y dignificándolas. Oigan, si no:

 

“Los patos sobrevuelan las lagunas

con el buche atestado de espiguillas.

Se asoma una avutarda

al balcón de una herriza

y cruzan en bandadas por el cielo

las grullas señoritas

muy cerca del majuelo

que a duras penas crece entre las ricias”.

     

Esta sección, ”CUADERNO DE APUNTES DIVERSOS”, se nutre también de poemas en los que Eloy recrea personajes tipo, que también pueden ser reales, muchos de ellos reconocibles por los lectores, sobre todo por aquellos que vivieron la Osuna de la posguerra, un época llena de luces y sombras pero de indudable interés desde el punto de vista sociológico. Eloy retrata estraperlistas, señoritos y señorones, personajes impensables hoy día, pero que en aquella época eran perfectamente reales y aceptados por la sociedad, que incluso les bailaba el agua cuando lo creía necesario.

La siguiente sección es quizá la más humana de todas, la más llena de ternura. Lleva por título “EL MUNDO DE MANOLO” y, como ya habrán adivinado alguno de los oyentes, está dedicada a Manolo Calvo, aquel señor de caballerescas y señoriales maneras que llenaba de magia y amabilidad los momentos que vivía. Los que tuvimos la fortuna de conocerlo y apreciarlo siempre nos consideraremos unos privilegiados, pues era uno de esos personajes que se dan cada siglo y sólo pueden nacer y desarrollarse en culturas y sociedades como la nuestra, mediterránea, donde el desprecio por el valor del tiempo y el aprecio por una buena conversación son capaces de alterar la agenda del más pintado. Eloy describe magistralmente su personalidad y sus maneras con estos versos que he escogido:

 

“¡Cómo detalla el gesto y el ornato!

¡Cómo aprovecha el tiempo que malgasta!

¡Cómo presume de algo

que pocos saben el valor que alcanza!

 

Parece estéril su saber estar,

su empaque y su prestancia.

Mas como hicieran Catulo y Pretorio

sabe mostrar con sátira

los vicios y virtudes de unos seres

—compadres prescindibles de una casta—

que preguntan a veces —ignorantes—

con decir esas cosas, ¿cuánto gana?”

 

Bellos y profundos versos, sin duda, que nos alejan del desinterés y el mercantilismo, los principales enemigos de la poesía.

En relación a esta sección, quiero contarles una anécdota que retrata muy bien a Manolo. Cuando ya la tenía escrita, Eloy lo invitó un día a su casa para leérsela. En la versión primera, y con intención de preservar su identidad, Eloy había escrito Manolo Hidalgo en vez de Manolo Calvo, una secuencia que fonética y prosódicamente resulta equivalente. Manolo, durante la lectura, estuvo todo el tiempo callado, muy atento, serio, reconcentrado. Al acabarla se despidieron, y Eloy se quedó un poco preocupado, pensando que los versos no le habían gustado nada, pues no había hecho ningún comentario elogioso. La sensación, sin embargo, desapareció al cabo de un par de días, cuando Manolo, en medio de una conversación sobre el poema, le preguntó por qué había escrito Manolo Hidalgo. Cuando Eloy se lo explicó, él, simplemente, le dijo: “¿Y por qué va a aparecer Manolo Hidalgo en vez de Manolo Calvo?”. Así era Manolo, tan atento y considerado que le costaba trabajo pedir aun lo que le correspondía de pleno derecho.

Tampoco está ausente de la obra de Eloy uno de los motores económicos de Osuna, el cultivo del olivo, ese árbol siempre verde que hace de ciertas provincias de Andalucía y parte del término de Osuna un bosque continuo en el que no existen tonos otoñales ni ramas desnudas. No encontrará el lector otra región de España tan arbolada como Andalucía, ni una población que pueda rivalizar con Osuna en la calidad de sus aceites. Eloy dedica inspirados versos al cultivo del árbol y deja también constancia de aquellos pregones del aceite que trajeron a Osuna a algunos de los mejores literatos de la lengua castellana, como su admirado José Manuel Caballero Bonald y el Premio Nobel Mario Vargas Llosa.

Pero no queda ahí el libro de Eloy, pues a lo largo de sus más de ciento setenta páginas nos sigue regalando con valiosas joyas literarias.

A Jerez dedica un poema, y otro a Sevilla, dejándonos en este último, titulado “La Campana”, un fiel retrato de la vida del corazón de la ciudad hispalense en los años cincuenta y sesenta. En él, retrata aquella irrecuperable época dorada del flamenco, diciendo:

 

“Los ancestrales ecos de la tierra

desde una esquina a la otra se escapaban

tropezando en los quicios de una historia

metida en un fandango de palanca.

 

De un Madrid de tugurios y mesones

aparecía Vallejo en el bar Plata.

En la otra acera, el Pinto y la Pastora,

los dos pontificaban

con Antonio Mairena, que escuchaba,

y en el balcón de la confitería

pronto abriría su primera cátedra”.

 

También, en el mismo poema, nos recuerda Eloy la irrecuperable pérdida que supuso el derribo del la casa de los Sánchez Dalp y otras vecinas, en la plaza del Duque, y la justificación bastarda que esgrimían los defensores de aquel atentado estético:

 

“Un poco más allá en la otra plaza

había señales de modernidad.

Derribos de la noche a la mañana.

Era el tiempo cumplido, como dicen

los que engañan al mundo con palabras.

Palacios neogóticos ¿pastiches?

borrados de la perspectiva urbana,

pasaron a ser lonja compulsiva

y pusieron de moda las rebajas”.

 

La sección que lleva por título “HOJAS DE UN DIARIO”, situada casi al final del libro es, quizá, la más personal de todas, dictada por las reflexiones íntimas, pero expresadas en voz alta, de un hombre que ha visto en la vida tantas y tantas cosas que ya distingue perfectamente lo fundamental de lo superfluo, y sabe, de verdad, aquello por lo que vale la pena vivir y escribir. Desde el punto de vista formal, es la más libre de todas. El verso blanco, dominado siempre, eso sí, por un endecasílabo de ritmo pausado y elegante, es el cauce en el que mejor expresa el autor sus inquietudes más íntimas y por el que fluyen sus sabias y reflexivas advertencias vitales. Estas páginas del libro  parecen lo que en realidad son: un pequeño tratado de ética en el que Eloy nos lega la sabiduría que la experiencia le ha dado a lo largo de los años.

 

“Yo no cuento [, escribe Eloy,] los días y las horas

sino por lo que tienen

de discreción y estudio.

Un día puede ser

casi una eternidad,

por todo lo que tuvo de provecho”.

 

Y llegamos al final del libro, como indica el título de la última sección, subtitulada por Eloy con la palabra “cartas”. Este apartado se compone de poemas con los que el autor, emocionado, hace balance de lo que lleva vivido y se despide de algunos de sus colegas. Tal es el caso de la poesía dedicada a Alberto García Ulecia, de la cual leímos un fragmento al inicio de la presentación, y, también, de la titulada “Una ausencia más”, carta, en forma poética, dirigida a Rafael González Rodríguez, natural de Aguadulce pero criado en Osuna, escritor y periodista, director que fue de El Ideal Gallego, El Correo de Andalucía y el diario Ya, fallecido a comienzos de 2013, y amigo personal de Eloy. Esta última sección nos deja también poemas en los que el autor condensa parte de su experiencia vital, como los titulados “Consejo” y “Sin novedad en la vida”, de muy recomendable lectura para entender el proceso creativo en la poesía y para conocer las claves de una vida larga y fructífera, como es la de Eloy, un autor que no quiere para Osuna ni mitos ni lisonjas pues, como escribe en su libro,

 

“El mito es la moneda que se guarda

de todo lo que queda por decir

después de dicho todo”.

 

Muchas gracias

Continuar Leyendo

Hasta siempre, Antonio

Antonio Díaz Moreno se nos ha ido. Se nos fue hace ya unos meses. Desde su muerte he estado pensando en cómo enfocar este artículo, pues para mí no es fácil. Creo que lo más sencillo, y, quizá, lo más adecuado, va a ser que cuente las cosas como yo las viví, simplemente eso.

Mi afición por la música y por la guitarra viene de cuando era muy pequeñito, no sabría decir desde cuándo. En el mes de mayo, con la Feria de Osuna, me dedicaba a ir por las casetas que tenían orquesta buscando la que más me gustaba. Cuando la encontraba me ponía a darle la lata al portero para que me dejara entrar y, cuando lo conseguía, me sentaba junto a los músicos, a escuchar y a observarlos. Así conocí a Los Bombines, Los Lentos y a otras grandes orquestas de animación de los últimos años de los sesenta y principios de los setenta. Algunos años después se formarían en Osuna orquestas similares y también aceptables, como, sobre todo, Abraxas, de la que hemos perdido también a uno de sus músicos, el batería, Manolo Gracia, hace ya unos años. A principios de los setenta, sin embargo, todavía no existía ese grupo ursaonés con ese nombre y ese cometido —interpretar música en los bailes y fiestas—, aunque algunos de sus integrantes tocaban la música que les gustaba en locales de ensayo que algún alma samaritana les prestaba. Recuerdo, como si lo estuviera viviendo ahora mismo, la primera vez que entré en la Casa de la Juventud, en la calle Sevilla, atraído por el sonido de timbales, platillos y amplificadores que salía de allí. Poco después conseguí mi guitarra, que aún conservo, y empecé a aprender mis primeros acordes, que hoy, aunque los recuerdo visualmente, no puedo poner ya por tener la mano izquierda inutilizada para ciertos menesteres. Aprendí medio a tocar Sevillanas, Fandangos de Huelva y las canciones modernas que entonces rulaban de mano en mano entre los músicos jóvenes ursaonenses: “La casa del sol naciente”, de Animals; “Angie” y “Jumpin’ Jack Flash”, de los Rolling; “Noches de blanco satén”, de los Moody Blues, etc. Y a mediados de la década de los setenta llegó LA CANCIÓN, así, con mayúsculas. Según Luis Clemente, en su Historia del rock sevillano (Sevilla, 1996; pág. 91), “es el momento culmen del flamenco-rock: violines y guitarras flamenca y eléctrica sucediéndose en los tres minutos treinta y tres segundos mejor aprovechados de este rock con raíces en la década de los 70”. El tema se titula “Tarantos para Jimi Hendrix”, y fue grabada por Gualberto García Pérez y otros músicos, entre ellos Antonio Díaz Moreno al bajo, para el LP A la vida / Al dolor (1975). A continuación les ofrezco sus acordes tal y como me los escribió Antonio Cuevas, el “Nene”, hace ya unos años:

FA#M

SOL

LA

FA#M

RE

DO

FA RE SOL

FA#M

SIm

MI

SIm SOL LA

SOL

DO#m RE

DO#m / RE / MI

FA# / SOL / LA

Sim

SOL LA

SIm

SOL LA

SIm

SOL LA

 

etc… En este tema, en la rueda de acordes del final, en el solo de guitarra eléctrica, Gualberto, arropado por batería, bajo, palmas, violín y guitarra flamenca —interpretada por él mismo—, sube de repente a una serie de notas agudas que tiene el don de emocionar a todo el que la oye, incluido este que les escribe. Quien no la conozca puede oírla en el siguiente enlace http://www.youtube.com/watch?v=0D4TmXjQCKw . Entre los vídeos de esta página, hay uno, en http://www.youtube.com/watch?v=Hio5_iSfDAQ , subido por Gualberto, que recoge el solo en cuestión pero con variaciones por ser en directo, y a mí, personalmente, me gusta menos; tiene la virtud, eso sí, de contener imágenes de Antonio de la época en la que se grabó el disco, con una barba muy cerrada y muy delgado. Se le ve pendiente del batería, conscientes los dos de la importancia que tiene una base rítmica regular y constante. Resulta a veces frustrante la poca importancia que suele darse a esos músicos, lo que crean la base rítmica, por lo general alejados de los primeros planos y con letra muy pequeña en los carteles, cuando son fundamentales para la construcción de una canción: sin su trabajo el tema no se sostendría, y sin embargo muy poca gente los conoce o habla de ellos.

Como ya supondrá el lector, Antonio comenzó su andadura como músico años antes de la grabación de ese LP. Fue con el Grupo 68, una formación de Osuna que estaba formada por Francisco Jiménez (batería), su hermano Antonio (bajo), Pedro Santana (guitarra rítmica), José Ángel Sánchez Fajardo (guitarra solista) y, como vocalistas, Paco —un chaval de Sevilla que sólo estuvo al principio—, Javier Caro y Antonio Díaz. José Ángel era el que más conocimientos musicales tenía, y el que, de alguna manera, imprimió un sello personal al grupo, descartando los temas que le parecían demasiado ambiciosos y no pudieran salir redondos. En esta foto faltan algunos, pero está Antonio, muy serio, con cara de circunstancias y un refresco en la mano. Aparece también Pepe Perona, el técnico de sonido. Sobre este grupo ya escribí un artículo en la revista de Feria de Osuna (Excmo. Ayuntamiento de Osuna, 2007), por lo cual invito a los interesados a buscarla allí para no repetirme en exceso.

El Grupo 68 duró sólo dos años pero, tras su disolución, Antonio tenía ya el gusanillo del rock metido en el cuerpo. Rafael, su hermano mayor, había conocido en Sevilla a Gualberto y gracias a Rafael muchos ursaonenses entraron en contacto con él y Gualberto entró en contacto con Osuna, enamorándose muy pronto del pueblo, de sus rincones y de su ambiente flamenco. Gualberto, y esto es historia conocida —puede encontrarse en muchas páginas de Internet—, viaja a finales de los 60 a EE UU, donde pasa unos años durante los cuales amplía sus conocimientos musicales, asiste a macroconciertos como el celebrado en las cercanías de Woodstock y conoce muchos y excelentes músicos, algunos de los cuales le acompañan cuando vuelve a España: el violinista (Arthur Wohl), fallecido en accidente de tráfico en 1989, y un cantante (Todd Purcell), también guitarrista. Con ellos y con otros de esta tierra, Enrique Morente y nuestro paisano Antonio Díaz entre otros, graba el LP ya mencionado y el que vendría después, Vericuetos (1976), compuesto parcialmente en Osuna, en la mismísima Rehoya. En este ya no aparece Enrique Morente, que había colaborado en A la vida / Al dolor como músico de estudio, ni el batería, Willie Rodríguez de Trujillo, muerto de manera prematura; en su lugar toma los palillos un valenciano, Tico Balanza, y al grupo se añade nada más y nada menos que Marcos Mantero, el teclista que años más tarde nos deslumbraría a todos con el grupo Imán y su LP Imán califato independiente (1978). La siguiente fotografía, tomada por Rafael Díaz, parece sacada durante las sesiones de grabación de ese segundo LP. Antonio aparece de pie, sonriente, el pelo largo, apoyado en el pilar, detrás de Gualberto. En una entrevista realizada a este último por Mariano Zamora, y publicada en El Paleto 2ª Época (Osuna, mayo de 1983), el célebre intérprete de “sitar flamenco” declaraba: «Estoy ligado a Osuna desde antes de hacer la mili. Yo vine con Rafael Díaz Moreno con 19 años. Rafael estaba en Sevilla estudiando en la academia IFAR y yo andaba siempre por el barrio de Santa Cruz tocando la guitarra. Él era un aficionado a la música —Elvis, Beatles, Rolling…— y nos hicimos amigos. Luego he conocido a Ricardo [Cordón], al hermano de Rafael, Antonio (que ha tocado conmigo en los dos primeros discos que hice), y después Osuna entera: el “Nene”, el “Caracolé”, el Frasquito, el Redondo… me conozco toda Osuna en realidad. Y no sólo los amigos, el pueblo entero me gusta. Me acuerdo que había una foto de Osuna en la guía telefónica, y cuando la veía decía ¡Ay que ver, esos balcones salíos por fuera! Me gusta Andalucía entera, pero Osuna es lo que mejor conozco. Casi toda la música que he hecho la he hecho aquí, además de en Sevilla y en Triana. La cara A del disco clásico [Otros días, 1978] que hemos oído esta tarde, “Callejeando”, la compuse en la Rehoya, en la casa de la madre de Ricardo. Por eso me encantaría dar un concierto en Osuna de todo lo que he hecho aquí». Y más adelante: «En el disco Vericuetos hay una cosa que hice escuchando las campanas de la Colegiata, que les cogí el tono. Concretamente al principio y al final de “La noche de Rota”. Tú sabes que cuando escuchas una campana se oye una nota, pero después esta nota se abre y escuchas los sonidos armónicos, ¿no? Entonces lo que yo he intentado es coger los armónicos de esa campana, y los he puesto con el piano, la guitarra y el plato de la batería». Son palabras del músico genial con el que Antonio Díaz grabó esos dos discos, tan ligados a Osuna, como vemos.

Después de la grabación de los dos discos y de la interpretación de conciertos por media España (esta imagen, de Antonio con Gualberto, pertenece a uno celebrado en una facultad universitaria sevillana), el grupo se fue de gira por Francia y Holanda. Acabada la gira, circunstancias de la vida que las personas no podemos controlar, y que muchas veces nos llevan por donde no esperábamos, devolvieron a Antonio a Osuna, y aquí se quedó practicando el noble oficio del comercio textil. A principios de los ochenta volvió a formar parte de otro grupo musical con su hermano Juan Carlos (guitarra rítmica), José Mari Jiménez (batería), Antonio Cuevas, el “Nene”, (guitarra solista) y él con el bajo, por supuesto, amigos que, ya sin Antonio, siguen reuniéndose para echar un rato de vez en cuando y mantienen viva esa luz que se encendió en Osuna en aquella época dorada del rock andaluz.

Ahora volvamos al principio. Como ya dije, yo había aprendido más mal que bien a tocar la guitarra y, con el paso de los años, me acostumbré a llevarla conmigo allá donde fuera. Me hacía compañía, me daba calor y me ayudaba a expresarme. Yo había pertenecido a distintos grupitos de rock o pop, siempre tocando la guitarra rítmica. En la segunda mitad de los ochenta, aunque vivía en Sevilla, habíamos formado uno en Osuna integrado por Salvador Rodríguez (bajo), Carlos Sánchez (batería), Gonzo, ese genial y desconocido músico ursaonés (guitarra solista), y este que les escribe. Ensayábamos todo lo que podíamos, sobre todo en fines de semana, canciones compuestas por Gonzo, y tocamos en varias fiestas de amigos en el campo. En una de ellas, una noche de verano, en un cortijo abarrotado de jóvenes con la hormona revuelta y la sensibilidad a flor de piel, se destacó del público un hombre mayor que nosotros que yo no conocía, y habló unas palabras con Salvador, que era, como si dijéramos, nuestro relaciones públicas. Por supuesto, yo no oí qué habían hablado. El hombre subió al escenario, cogió el micrófono, y Salvador, después de consultar con Gonzo, transmitió la orden:

—Vámonos por “Let it be”.

Después de los compases iniciales de la archiconocida canción de los Beatles, el vocalista espontáneo empezó a cantar, y lo hizo de una forma tan afinada, desgarradora y pasional que nos puso a todos la carne de gallina, tanto que el público, entregado, se unió formando los coros y acabó regalándonos con el mayor de los aplausos que habíamos recibido nunca. El vocalista espontáneo era, como ya habrán supuesto, Antonio Díaz.

Cuando me di cuenta de que era el mismo que aparecía en los discos de Gualberto me hice amigo de él, aunque sólo fuera por ver si se me pegaba algo de la magia que poseían aquellos discos. Hablábamos de música sin parar, en interminables veladas nocturnas con las que cerrábamos los bares. Eran otros tiempos. En los 90 creé una revista literaria, La Fuente Nueva, y él quiso colaborar, escribiendo eruditos artículos sobre ajedrez, otra de sus grandes pasiones. Firmaba sus colaboraciones con su nombre pero leído de forma especular: “Oinotna zaid”. Pasados unos años, decidió empezar una nueva vida en Canarias. Me llegaron noticias de él, algunas de ellas relativas a su actividad musical, pues había entrado a formar parte, como bajista, de un grupo que interpretaba vallenatos, música caribeña. Y allí, en aquella tierra tan lejana, le sorprendió la muerte hace unos meses.

Espero que el recuerdo de su actividad musical, sobre todo por su colaboración en aquellos dos inolvidables discos de Gualberto, le sobreviva en el tiempo. El genial compositor lo tiene presente en su blog, www.gualbertogarcia.wordpress.com, donde lo menciona, a veces, en los comentarios que escribe a sus “tapitas musicales”. Por ejemplo, en este del 20 de marzo de este año: «Empieza la canción [se refiere a “Canción del arco iris”, de A la vida / al dolor] con cuatro notas tocadas en el bajo por mi inolvidable amigo Antonio Díaz Moreno, al que cariñosamente llamábamos “el Gaché”, hombre de alma bondadosa que no se inmutaba y tocaba sin irse ni un ápice del tempo: a pesar de todas las síncopas, contrarritmos, aceleramientos, desaceleramientos, pausas, calderones y otras cosas que se me ocurrían muy a menudo tanto a mí como a Arthur el violinista, y no digamos a Willy Trujillo, el genial batería, todos nadábamos alrededor de la isla del “Gaché”».

Con referencias como esta, Antonio, no te va a faltar trabajo allá arriba. Hasta siempre.

Continuar Leyendo

El hijo predilecto

 La ceremonia de inauguración del monumento a Rodríguez Marín tuvo lugar el 4 de octubre de 1943. Formó parte de un homenaje que llevaba tiempo organizándose y que, a pesar de la muerte de don Francisco, ocurrida en el mes de junio anterior, se llevó a cabo tal y como se había planeado. Incluso pudieron oírse las palabras que el estudioso ursaonense había mandado para que fueran leídas durante la “Fiesta literaria”, que se celebró en el salón de actos de la antigua Universidad; de todas formas, aunque hubiera podido acudir, algo muy improbable porque murió con ochenta y siete años y llevaba tiempo muy débil, no las hubiera podido leer: hacía cuarenta años que no hablaba en público, desde que había sido operado de la garganta a principios de siglo y sólo le había quedado un hilillo de voz, apenas audible. El acto en sí de inauguración del monumento fue sencillo. La banda dirigida por Antonio Cuevas Lira, que en aquellos momentos hacía las veces de Banda Municipal —esta no se constituiría oficialmente hasta noviembre de 1947—, interpretó el Himno Nacional y otros himnos propios del momento y, acabada la música, el alcalde, en aquellos días Antonio Gutiérrez Praderes, procedió a descubrir el busto. Su emplazamiento original, como recordarán los ursaonenses de más edad, fue el centro de la Plaza de España, y allí se celebró el acto. Desde ese lugar, y ya en junio de 1968, se trasladó al que ocupa actualmente, uno de los puntos donde estuvo emplazada la Fuente Nueva, en la Plaza de Santo Domingo.

El autor del busto fue Enrique Pérez Comendador (1900-1981), uno de los escultores más prestigiosos de la época en España. Aunque nació en la pequeña localidad cacereña de Hervás, población de sorprendente belleza, y allí vivió sus primeros años, en 1906 se trasladó con su familia a Sevilla, y fue en la ciudad hispalense donde dio sus primeros pasos como escultor. Gracias a la acertada política de becas existente en la primera mitad de los años treinta, y a la ayuda del duque del Infantado, uno de sus mecenas, Pérez Comendador pudo pasar en Roma cinco años, temporada larga y que, a juzgar por su obra, supo aprovechar. El busto de Rodríguez Marín, que adorna la Plaza de Santo Domingo, fue una de las primeras obras que llevó a cabo tras su vuelta de Italia y, según los entendidos, en ella se advierte el gran dominio de la técnica que poseía su autor. En la época en la que realizó esta obra, Pérez Comendador era Catedrático de la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Tras la jubilación en ese puesto, ocupó el de director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, la misma institución de la que había recibido la beca y el mismo puesto que habían ocupado personalidades de la talla del genial escritor Ramón María del Valle Inclán o del también escultor Mariano Benlliure. Una réplica a menor escala del busto del polígrafo ursaonense, por cierto, obra también de Pérez Comendador, se encuentra en Madrid, en la Real Academia de la Historia.

En cuanto a don Francisco Rodríguez Marín, precisamente en 2005 se cumplieron los ciento cincuenta años de su nacimiento, que tuvo lugar el 27 de enero de 1855, y el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, obra que estudió de forma apasionada y a la que dedicó trabajos que hoy día, aunque algo superados, se siguen considerando de lectura obligada para cualquier interesado en conocer bien la obra cervantina. Los méritos de don Francisco son muchos, algunos de ellos poco conocidos por el gran público. Fue director de la Biblioteca Nacional entre 1912 y 1930, lo que supone, desde 1712 hasta la fecha, el segundo periodo de tiempo de dirección más largo de toda su historia. Fue miembro también de la Real Academia de la Lengua, donde ingresó oficialmente en 1907, dos años después de haber sido nombrado hijo predilecto de Osuna por la Corporación Municipal. En una fotografía realizada en 1907 y que se encuentra entre los fondos de la Biblioteca Nacional —imagen en la que Rodríguez Marín aparece de medio cuerpo, en pie, un poco girado a su derecha, vestido de oscuro, con el pulgar de la mano derecha introducido en el bolsillo del chaleco, barba recortada y grandes bigotes—, contemplamos a una persona con cara de satisfacción, la que corresponde al hijo del dueño de un modesto taller de sombrerería de un pueblo sevillano que, con sólo cincuenta y dos años, ha conseguido algo que quizá había soñado desde niño, cuando, gracias a la influencia, entre otras muchas, del Padre Morillo, aquel cura un poco loco que guardaba en tinajas documentos antiguos, se despertó en él una irrefrenable vocación por el noble estudio de la Historia y la Literatura. Esa vocación, esa llamada, junto con las campanas del Convento de la Concepción, allá en la lejana Osuna de la segunda mitad del XIX, lo despertaban cada mañana y lo invitaban a entregarse a la lectura con las primeras luces del día, ayudadas por uno de los mecheros del veloncito de aceite de su cuarto. Sería interesante, desde luego, comprobar la decisiva influencia que ha tenido la obra de don Francisco en el nacimiento de la vocación por el estudio de las Humanidades de muchos ursaonenses, entre ellos este que les escribe.

Durante los treinta y seis años en los que perteneció a la Real Academia, don Francisco tuvo de compañeros y, por lo tanto, de colegas, a figuras como los hermanos Álvarez Quintero, Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Ramiro de Maeztu, Pérez Galdós, Antonio y Manuel Machado, Azorín, Unamuno, Pío Baroja, Benavente, Ortega y Gasset y Menéndez Pidal, entre muchos otros, por lo cual debemos tener siempre presente que, cuando hablamos de Rodríguez Marín, lo estamos haciendo de uno de los intelectuales españoles más importantes de la primera mitad del siglo XX.

Fue nombrado presidente del Comité Ejecutivo del Tercer Centenario de la Muerte de Cervantes y, por tanto, fue responsable directo de la construcción del conocido Monumento a Miguel de Cervantes que se encuentra en la Plaza de España de Madrid, obra en la que también tuvo una actuación destacada el escultor marchenero Lorenzo Coullaut Valera. Sin embargo, quiero hacer especial mención de su vertiente de estudioso de los cantos populares, afición que le llevó intimar en su juventud con personajes como Antonio María García Blanco, Luis Montoto, Joaquín Guichot, Antonio Machado Núñez y Antonio Machado Álvarez, los dos últimos abuelo y padre respectivamente de los hermanos Machado, los poetas, Manuel y Antonio. Machado Álvarez, que firmaba con el seudónimo de Demófilo, fue el fundador de los estudios sobre folclore en España y amigo personal de don Francisco; ambos colaboraban en las mismas publicaciones sobre el estudio del folclore, en las cuales el flamenco no podía estar ausente.

Esa afición por el cante, la manifestación cultural menos elitista, llevó también a don Francisco a escribir, entre otras obras de esta temática, los Cantos populares españoles, cinco tomos publicados entre 1882 y 1883, y un libro titulado El alma de Andalucía, que vio la luz en Madrid en 1929, en el que pone a disposición de los lectores varios centenares de letras de coplas y cantes de tema amoroso, comentados y ordenados en apartados como “Ausencia”, “Desdenes” o “Reconciliación”; los escogió entre los más de veintidós mil que llevaba recopilados. No necesito añadir que, de las que he leído, es la obra de don Francisco que más me gusta.

Acompañado por el padre de los Machado, Rodríguez Marín acudía a menudo al café cantante que tenía en la calle Rosario de Sevilla aquel cantaor gigantesco criado en Morón y de padre romano llamado Silverio Franconetti, un hombre tan corpulento que, cuando falleció, según cuentas las crónicas, su féretro tuvo que ser descolgado por un balcón porque no cabía por las escaleras de su casa. En el café de la calle Rosario intimaban con Silverio, se divertían y recogían letras para sus obras. Así que no debemos pensar que Rodríguez Marín se pasó toda la vida entre libros y papeles o que era una persona elitista y con prejuicios sociales. De hecho, y como puede leerse en una excelente obra de investigación del tristemente fallecido Rodolfo Álvarez Santaló, centrada en la labor como periodista de Rodríguez Marín, en su juventud fue un gran defensor de los más necesitados, actitud que le llevó en su madurez a ser mucho más prudente, pues sus denuncias de los abusos de algunos poderosos sobre los humildes le llevaron incluso a temer por su vida.

Los últimos años de su existencia, en los que, en medio de una España dividida y muy violenta, mostró sus inclinaciones por el bando vencedor en la Guerra Civil, que le había librado de la persecución que sufría, han servido de motivo para que, por razones que nada tienen que ver con los extraordinarios méritos de su obra, se le haya arrinconado y apenas se le tenga en cuenta, cuando es uno de los cervantistas y de los folcloristas españoles más importantes de todos los tiempos. Y no lo digo sólo yo; lo dicen voces mucho más autorizadas que la mía, pues nadie hasta ahora ha realizado cuatro ediciones críticas del Quijote, ni siquiera hoy día con los medios informáticos, que tanto facilitan tareas como la suya. Resulta obvio que algunos de sus trabajos como cervantista no han resistido bien el paso del tiempo, pero díganme una ciencia, sólo una, que no pare de progresar.

Todos los que quieran saber más sobre Rodríguez Marín —estas líneas, como comprenderán, no pretenden ser exhaustivas—, pueden leer, entre otras, la obra de Joaquín Rayego Gutiérrez titulada Vida y personalidad de D. Francisco Rodríguez Marín, “Bachiller de Osuna, libro al que debo algunos de los datos que he mencionado. Don Francisco, y con esto acabo, jamás puso la pluma al servicio de unas ideas que no fueran las suyas: ni en su juventud, cuando siendo fuerte defendió al débil, ni en su vejez, cuando siendo débil buscó la protección del fuerte. Sus textos y acciones estuvieron siempre guiados por ideas de humanidad, bondad y justicia, y debe ser un orgullo para todos los amantes de las letras y para todos los ursaonenses en general.

Ya es hora, pues, de que sea restaurada la lápida que acompaña su busto, y que su contenido —OSUNA / A SU HIJO / PREDILECTO / FRANCISCO / RODRÍGUEZ MARÍN / IV-X- / MCMXLIII—, vuelva a ser legible. A día de hoy, y por la pérdida de la mayoría de sus caracteres, el paseante curioso que se acerca a la lápida sólo puede intentar leer unas líneas incomprensibles. Entiendo que desde 1943 ha llovido, y mucho —han pasado setenta años—, pero también que la memoria de Rodríguez Marín, a quien tantos ursaonenses deben el amor por las letras, se merece, por nuestra parte, algo más de atención, de cuidado y de cariño. Es nuestro hijo predilecto.

 

Continuar Leyendo