Presentación virtual de ‘Camino a Puerto Hermoso’

Aquí me tienen de nuevo, disfrutando de la soledad de mi habitación y entregado al desafío de la página en blanco, que más que desafío a mí me gusta ver como invitación. Y eso, precisamente, invitarles, es lo que estoy haciendo ahora. Les estoy invitando a la presentación de una novela.
Vayan pasando, por favor. Eso, con tranquilidad, que hay sitio para todos. No sean tímidos, ocupen la primera fila, que el presentador no muerde ni va ponerles en un aprieto. Perfecto, muy bien. Así. Cuidado con ese señor, que no ve bien. Gracias. Vamos a esperar unos minutos, los de cortesía, como suele decirse, esos dedicados a las personas que se están retrasando en contra de su voluntad. Se trata de encontrar el equilibrio exacto entre el derecho de los que aún no han llegado y el derecho de los que ya están aquí sentados, pues, según las costumbres del lugar, la misma incorrección supondría empezar con puntualidad como retrasar el inicio más de diez minutos. Para amenizar la espera, les dejo con Yerko Fuenzalida Lorca, conocido intérprete de kora, que hoy nos va a deleitar con la interpretación de un tema en la lira tartesia de quince cuerdas, instrumento reconstruido a partir de su representación en una estela funeraria de tres mil años de antigüedad encontrada en Luna (Zaragoza).

Gracias, Yerko, por tu interpretación y por ser poseedor de esa fina sensibilidad, tan necesaria y, a veces, tan rara de encontrar.
Veo que ya está la sala llena, que están ocupados todos sus treinta asientos. Comenzamos.
Hay autores que no son partidarios de la celebración de presentaciones de sus libros. Concentran todo su interés y sus capacidades en la escritura, y todo lo que les distraiga de ella, todo lo que se lo impida, lo ven como algo negativo, una especie de desperdicio de su tiempo. Los hay también, por supuesto, que se sienten seguros escribiendo pero no hablando en público, lo que yo estoy haciendo ahora, y les aseguro que los entiendo perfectamente porque a mí me pasa lo mismo. En cualquier caso, y por el momento, he optado por la postura del autor-partidario-de-las-presentaciones-de-sus-libros y en ello estoy.
Como les decía en la presentación virtual de El proyecto de Mariano, hace ya unos años, tres para ser exactos, cambié mi actividad de investigación en los archivos, que, aunque les parezca mentira, llevaba aparejada una mayor vida social, por el encerramiento casi perpetuo en mi casa para escribir. Como resultado de ello, en estos tres años han visto la luz tres novelas, cada una de ellas de su padre y de su madre, pero todas, de eso me estoy dando cuenta ahora, poseedoras de graves similitudes. Sí, digo bien: “graves similitudes”. Para mí lo parecido, lo similar, no deja de ser un empobrecimiento, una detención, una especie de derrota ante el desafío que tiene ante sí el autor, dueño de la posibilidad de crear un mundo nuevo, diferente, cada vez que escriba un libro. Será que eso, esa creación continua de algo completamente original, es imposible o, simplemente, y ahí le hemos dado, está sólo al alcance de muy pocas personas. Así que, nada, a madurar y a ser consciente de que uno no es Kafka, ni Sánchez Ferlosio. Cada uno tiene sus capacidades, y las mías son las que son, más cercanas, me parece a mí, a las de Marcial Lafuente Estefanía.
Después de esta introducción crítica con mi obra, tan necesaria como justa, paso a hablarles de mi nueva novela, titulada Camino a Puerto Hermoso. Prometo ser breve.
Camino a Puerto Hermoso nació de una costumbre muy necia que tienen algunas familias o, mejor dicho, los miembros de algunas familias: tirar los papeles de los parientes fallecidos. Ignorantes del gran valor que tienen los papeles personales, cada vez mayor por la desaparición de ellos que supone la revolución digital, hay algunas personas que, por desconocimiento de ese valor, o por rencor hacia el fallecido, con el que no se llevaron bien en vida, van y, poco después de su fallecimiento —a veces incluso antes si está en estado terminal y no hay nadie que los reclame—, arrojan a la basura sus cartas, sus diarios, sus reflexiones, la memoria escrita de toda su vida. Ya sé que ustedes no lo harían, sobre todo los que me miran con expresión disgustada, pero los hay. Pues, precisamente, gracias a esa fea costumbre me topé con la historia que cuenta la novela, que estaba relatada, a veces sólo sugerida, en una montoncito de cartas que encontré arrojadas a un contenedor. Como supondrán, las cartas contenían los datos de personas, hechos y lugares reales, en este caso relacionados nada menos que con la Guerra del 36. A la vista de su contenido, ni se me pasó por la cabeza relatar los hechos con los mismos protagonistas, pues no quería tener problemas con nadie. Y ya puestos, pensé también en cambiar los hechos mismos, disfrazarlos desfigurándolos y hacer lo mismo con el lugar y la época, de manera que la ficción pudiera ser aplicable a cualquier guerra de las que ha habido a lo largo de la historia y sigue habiendo en este mismo momento, pues todas poseen unas constantes perfectamente reconocibles, sobre todo las relativas al sufrimiento de la población civil, que padece los daños llamados colaterales, niños, personas indefensas, que se encuentran sin quererlo en medio de una guerra que no es suya y ni siquiera entienden. Animado por esta posibilidad, y contando con la buena base que suponían las cartas, me lancé a construir un relato bélico-pacifista que resultase verosímil y universalizable. Ahí es nada. Si lo he conseguido o no, eso es algo que no está en mi mano decirlo. 
Por hoy no les canso más. Gracias por haber venido. ¿Alguien quiere preguntar algo?
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Boteros 14

La librería del ursaonense Daniel Cruz, sita en la calle Boteros de Sevilla, a cien metros apenas de la Plaza de San Ildefonso y de la casa en la que vivió Rodríguez Marín, está instalada en un espacio diáfano, amplio y luminoso. El inicio de la visita, pues, ya es gratificante en sí mismo. El local ocupa una esquina, exactamente la formada por las calles Boteros y Odreros, junto a la mismísima Plaza de la Alfalfa; esa coincidencia puede hacer pensar en analogías entre el trasiego de vinos y de conocimientos, entre la alegría que suponen para el espíritu la bebida y la lectura de un buen libro, pero ese camino, aunque resulte tentador desde el punto de vista literario, lo dejo para otra ocasión. El caso, y por ahí iba yo, es que al estar en una esquina, el local posee una iluminación que ya quisieran muchos, pues la luz le entra por dos hermosas ventanas, cada una de ellas abierta a una calle. Junto a ellas, un sillón comodísimo en el que uno se sienta con el libro de su interés que ya ha elegido, que sabe que va a comprar, pero que quiere empezar a saborear allí mismo, pues el ofrecimiento de aquellos confortables asientos, situados junto a tan generosas ventanas, resulta realmente incitador. Los libros monopolizan una de las paredes del establecimiento, de doble altura y sus buenos cuatro metros; llegan hasta el mismo techo, como esas bibliotecas que encandilan la imaginación de los lectores y en su día encandilaron la del mismísimo Jorge Luis Borges, cuando creó aquella biblioteca infinita que copió Umberto Eco en El nombre de la rosa, ese lugar donde los fondos bibliográficos y las sorpresas resultaban inagotables. Líbrenme el azar, o el destino, de esas librerías donde los dependientes no le dejan a uno curiosear tranquilo, las típicas librerías comerciales que forman parte de cadenas de tiendas, donde los empleados van uniformados y están pendientes de ti para ver qué necesitas, vendedores que, aleccionados o no por sus jefes, no se paran a pensar que si uno quiere preguntar dónde está tan libro o tal sección ya lo hará, que si no lo hace es porque desea despistarse, perderse en soledad en el universo de libros, de espíritus de escritores, que tiene a su disposición, atento quizá sólo a percibir el aleteo de un alma o de un pensamiento privilegiado que pugna por salir y ser aprehendido por un lector dispuesto a ello. Al entrar en Boteros te encuentras con Daniel, claro está, que te recibe con ese calor y esa simpatía en el trato que no se aprenden, que se tienen o no se tienen, y él las tiene de sobra, y luego te deja hacer, te deja perderte en el bosque de libros que ha creado. Esa es una de las grandes diferencias que suelen existir entre los libreros de genero nuevo y los libreros de lance, su aparente indiferencia ante la posibilidad de vender, pues los segundos te dan los buenos días y siguen enfrascados en su lectura, de manera que uno duda a veces si son los dueños de la librería u otro cliente lector. Algunos, como la inolvidable Mercedes de la sevillana calle Cerrajería, llevan su indiferencia hasta el punto de perderse en la trastienda para tocar en la guitarra por bulerías. O por alegrías. Y te sientes feliz junto a estos libreros, espíritus libres, arropado por ellos y por sus miles de volúmenes, inmerso quizá ya en la lectura del que has comprado porque no te quieres ir, porque estás allí tan a gusto como podrías estar en tu casa.

Hoy día, cuando las formas de comunicación y conocimiento son tan frías y están tan manipuladas gracias a la revolución digital, cuando a pesar de la sensación de libertad que pretenden inculcarnos nuestras vidas se encuentran más controladas y teledirigidas que nunca, encontrar un lugar como la librería de Daniel, donde se mantiene el intercambio libre de ideas y pensamientos, donde puedes encontrar tanto los primeros libros de Sánchez Ferlosio o de Albert Camus o de Cortázar como El itinerario del éxtasis de Athanasius Kircher, o un ejemplar de la edición parisina de 1610 de Opuscula varia antehac non edita del Julio César Escalígero, con la particularidad de estar expurgado por el censor —cuyos comentarios y tachaduras resultan perfectamente visibles—, o incluso la última novela de Julia Navarro, resulta un milagro, como un renacimiento de la cultura profunda al que uno asiste cada que vez que traspasa el umbral de su puerta. La librería de Daniel, y sus semejantes, repartidas por las principales ciudades, constituyen refrescantes oasis en medio de la vulgaridad y de la mediocridad de los tiempos actuales, donde la sociedad, realmente manipulada— qué poco conscientes somos de ello, hay que insistir—, está entregada a un culto irracional a la juventud, la belleza y el aspecto exterior de las personas, y tiene olvidada, como en el desván, la formación del espíritu y del intelecto.

Visite el local de Daniel Cruz, se lo recomiendo con calor, que la vida se nos pasa volando y no podemos dejar escapar las pocas ocasiones que van quedando de disfrutar de lo bueno. Hágalo. Y buena lectura.

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Se nos fue Carlos

Carlos Álvarez-Nóvoa ha fallecido. Tenía 75 años. Era actor. Y era famoso. Todos disfrutamos, incluso nos emocionamos, con su actuación en Solas, película preciosa, necesaria e inspirada, por la que recibió el Goya al “Actor revelación del año” en enero del 2000, ganando nada menos que a un Luis Tosar. Y todos lo seguíamos desde entonces. Nos llamaba la atención su perfil como de caballero antiguo y su voz bien timbrada, de páramo castellano, voz cálida y profunda, que parecía hecha para interpretar personajes del Lazarillo, o del Mío Cid, y para reparar corazones heridos. Quién no recuerda su risa franca, y esa cálida mirada que tenía, sus maneras delicadas, su cabello largo, peinado hacia atrás, como de poeta bohemio, modernista y valleinclanesco. Todo eso, y gracias a la magia del cine, puede seguir existiendo.

Pero hubo un Carlos Álvarez-Nóvoa que es ya irrecuperable, el Carlos que no era famoso y casi nadie conoce porque en aquella época no hacía cine, ni televisión, el Carlos dedicado a la locución de radio, al teatro y a la docencia, incluso a la política en favor de los desfavorecidos, el Carlos que vivió en Osuna, que daba clases de Literatura en el Instituto Rodríguez Marín. Ese es el Carlos que yo más recuerdo.

  Llegó a Osuna cuando este que les escribe tenía dieciséis primaveras, esa edad en la que la sensibilidad está a flor de piel y uno no sabe todavía qué hacer con el cuerpo de adulto en que se ha encontrado metido de la noche a la mañana. Eran tiempos de cambios en todos los sentidos. Franco acabada de morir y la sociedad se sentía incómoda, enfundada en un traje que no le gustaba, demasiado estrecho y demasiado gris. Incluso la policía cambió de color su uniforme por aquellos años, pasando del gris de infausto recuerdo a una mezcla de marrones. “Maderos”, les llamaba la basca de entonces, atenta siempre a salir corriendo para no recibir palos o el chorro violento de los “bucaritos”, aquellos vehículos antidisturbios que disolvían las manifestaciones a manguerazos. Con Carlos llegó a Osuna el cambio, otra forma de ver las cosas, y la sociedad ursaonense, anquilosada por siglos de régimen señorial, lo recibió como lo que era, un soplo de aire fresco que podía ayudar a ventilar unas estancias en las que el aire llevaba dormido demasiado tiempo. Yo lo idolatraba. Una vez le escribí un cuento, un cuento protagonizado por él. Es una ficción llena de verdades, de confesiones sobre mis sentimientos en aquella época, en el año 1977, cuando él daba sus clases en Osuna. No sé cómo, localicé su dirección de correo y se lo envié. Nos habíamos visto unos años antes, en 1998, cuando él había venido a Osuna a un reencuentro de mis compañeros de promoción en el Instituto. Creo que el relato lo escribí poco después. Se lo envié en julio de 2004, y me contestó el mismo día. Carlos era así: a pesar de separarnos veinte años de edad, menos de los que él suponía, me trataba como un igual. Estas son algunas de sus palabras:

 

“Yo también recuerdo con cariño aquel particular año de 1977, año de las primeras elecciones democráticas a las que me presenté como candidato al Congreso, y año que, sin saberlo, tan importante era en mi vida (entonces conocí a Carmen, madre de mi hijo Carlos —que ya tiene 20 años— y de mi Sara (casi diecisiete). El tiempo pasa (creo que tú y yo, los dos, somos Leo y cumplimos por el próximo mes de agosto, claro que nos separan bastantes más de treinta años de ventaja a mi favor). Y aunque los años que vamos teniendo en realidad ya no los tenemos, sí poseemos de alguna manera lo que en ellos fue ocurriendo. Y a mí me han ocurrido muchas cosas bonitas, entre otras haber tenido alumnos como tú.”

 

Le debo mucho. Sobre todo mi vocación por la Literatura. No sé qué hay entre Osuna y Asturias, pero siempre ha habido nexos entre ellas. Uno es el poema “Asturias”, popularizado por el cantante Víctor Manuel pero escrito por Pedro Garfias —“Yo soy un hombre del Sur…”—, ursaonense de adopción. El otro es Carlos, que era asturiano, en cuya tierra había nacido en 1940. Cuando llegó a Osuna a dar clases en el Rodríguez Marín, Álvarez-Nóvoa no era un recién licenciado, bisoño e inexperto. Era licenciado en Derecho, por seguir lo justo la tradición familiar, y en Filología Románica por la Universidad de Oviedo, y de Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla. Había sido locutor de “Radio Oviedo”, de “La Voz de Madrid” y de la Cadena SER. Había interpretado en teatro personajes de Tennesse Williams, de Jean Cocteau, de Bertolt Bretcht, de Sartre, de Valle Inclán, de casi todos los autores más brillantes de la modernidad. También había dirigido innumerables obras teatrales, su verdadera pasión, que seguiría amando durante toda su vida y le llevaría a formar parte, también como actor, de los elencos de las compañías más prestigiosas del país. Había escrito novelas, narraciones breves, obras de teatro, y había destacado en todos los géneros, obteniendo importantes premios. Así, cuando llegó a Osuna era ya una persona con un bagaje cultural casi imposible de alcanzar por el resto de ursaonenses. Además, como enviado por el cielo, vino en aquel año, 1977, justo cuando las primeras elecciones democráticas, tiempo de cambio, de ilusión, cuando la democracia española y nosotros mismos estábamos en plena adolescencia. Llegó a las aulas del antiguo Instituto, mustio y dormido en el sueño de los siglos, y lo despertó y nos despertó a todos nosotros, sembrando la emoción estética en nuestras almas.

En fin. Carlos Álvarez-Nóvoa se merece mucho más que unas cuantas líneas casi improvisadas y escritas a vuelapluma. Fue una persona humilde, tan humilde que sólo se hizo famoso con más de sesenta años, cuando ya no podía evitarlo. Dicen que el talento no se puede mantener oculto, y él lo intentó hasta el último momento.

Tengo que despedirme, Carlos. Descansa en paz, y gracias, de corazón, por haber existido. 

Víctor Espuny

Fotografía: La Nueva España

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Osuna y Manuel Infante

Ahora que ya ha pasado la celebración de los Premios Goya, y “La Isla Mínima”, la película en la que trabaja nuestra Ángela Vega, ha conseguido merecidos premios —nada menos que diez—, quiero hablarles de otro paisano nuestro, ursaonés de nacimiento, cuya obra también merece nuestra atención, nuestro respeto y nuestro reconocimiento. Se trata de Manuel Infante Brieva, nacido a las diez de la mañana del 29 de julio de 1883 en la casa rotulada con el número 6 de la calle Juan de Vera —dato que he podido establecer con tal exactitud gracias a los datos contenidos en el Registro Civil—, y fallecido en París el 21 de abril de 1958. Fue un compositor e intérprete de piano muy conocido en el país que lo acogió como hijo suyo, Francia, donde se casó y desarrolló la mayor parte de su actividad profesional, aunque sus principales años de formación —los de infancia y primera juventud— transcurrieron en España, principalmente en Madrid, donde obtuvo reconocimientos oficiales por su talento interpretativo, como el primer premio del Conservatorio de Madrid (1898) o el primer premio de la Real Academia de Música (1900). De nuestro país, después de haber pasado también por Barcelona, donde recibió clases de Enrique Morera —quien, a su vez, había sido condiscípulo de Isaac Albéniz en las clases de Felipe Pedrell—, Infante, becado gracias a su talento, dio el salto a París, la meca de los artistas de la época, donde compartió espacio físico con personalidades como Picasso o ErikSatie. En la capital francesa trabajó de manera incansable durante años y empezó a publicar sus composiciones, partituras de aire andalucista, que le llevarían a la fama. Quizá sus años de mayor celebridad fueron los treinta. Así, en 1931 aparece como director de la orquesta del Teatro de la Ópera de París durante el concierto del 14 de julio, día de la fiesta nacional francesa. Ese día, y como resultado, sin duda, del gran atractivo que ya tenía la cultura española, la orquesta interpretó a las órdenes de su batuta la “Vida Breve” de Manuel de Falla, el “Canto de España” de Isaac Albéniz y las “Escenas Gitanas”, esta última del propio Infante. Sus obras no empezarían a interpretarse en España hasta finales de los años cuarenta, de la mano del célebre pianista valenciano José Iturbi. Hoy día, la labor de interpretación y divulgación de su obra la está llevando a cabo de manera excelente Eugenia Gabrieluk, célebre concertista de piano española, formada en los conservatorios de Moscú, San Petersburgo y Madrid. A lo largo de su vida, Manuel Infante alcanzó fama y reconocimiento internacionales pero, que yo sepa, nunca ha tenido protagonismo alguno en Osuna, precisamente donde vino al mundo. El tiempo y la sensibilidad de los ursaonenses pondrán las cosas en su sitio.

            Los que estén interesados en conocer más sobre su vida y su obra pueden leer el artículo titulado “Acerca del compositor ursaonense Manuel Infante”, publicado en el número 15 (2013) de la revista CUADERNO DE LOS AMIGOS DE LOS MUSEOS DE OSUNA; existe la posibilidad de leerlo en pdf en la página de Dialnet (http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4736027). En él encontrarán amplia información sobre este insigne músico ursaonés, nacido, curiosamente, muy cerca de la casa donde nacería, ya en 1936, otro célebre músico ursaonés, José Romero Jiménez, más conocido como Pepe Romero. Ambos, pero sobre todo Infante —aún casi ignorado entre nosotros—, necesitan una divulgación de sus obras.

Creo que es propio de sociedades generosas e inteligentes el reconocimiento de la obra de sus hijos más ilustres, y Manuel Infante Brieva, sin duda, es uno de ellos. Ojalá lo veamos.

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Ángela y La isla mínima

Ángela y La isla mínima

Joaquín Aya Abaurre (1955-2007), más conocido como Atín Aya, era un sevillano licenciado en Ciencias de la Educación y en Psicología que, sobre todo, era fotoperiodista y persona, persona de una gran sensibilidad, que dejó miles de imágenes de esos hombres y mujeres cuyos nombres y apellidos no suelen pasar a los libros de historia, de las personas anónimas que construyen día a día el edificio de la vida de las aldeas, los pueblos y las ciudades. Son fotografías donde Aya estudia la distribución de  objetos y volúmenes como si se tratase de cuadros, y donde la luz juega un papel esencial. Por supuesto, son fotografías en blanco y negro. Si el fotógrafo paseaba por Sevilla, fotografiaba al mendigo, al músico callejero, a la carbonera, a la más humilde kiosquera. Si se movía por las Marismas del Guadalquivir, fotografiaba al cazador, al segador, al pastor, al pescador y también, cómo no, esos inmensos paisajes marismeños, donde la horizontalidad condiciona irremediablemente cualquier composición fotográfica. Y Alberto Rodríguez, director de cine sevillano, enamorado de estas fotografías marismeñas de Atín Aya, ha querido darle un homenaje dedicándole todo un largometraje, inspirándose en su obra para filmar una película de cine negro con sabor, paisaje, alma y espíritu andaluces, una película que ha resultado una verdadera obra de arte y en la cual, mire usted por dónde, tiene un papel Ángela Vega, ursaonense, cuya mirada, profunda y escrutadora, llena por completo la pantalla, atraviesa los cuerpos y logra desvelar los secretos más íntimos de las personas. Señora de su isla flotante, Ángela desempeña un papel corto, pero crucial, en la historia.

Cuando tengan tiempo, háganse un favor: vayan a ver esta película y procuren no perderse ni un detalle. Los planos cenitales, alucinados y alucinantes, geniales, altísimos, filmados gracias a la existencia de drones, nos muestran unas perspectivas totalmente nuevas de las marismas. Son planos que muestran la pequeñez y la debilidad de la gran mayoría de los personajes, enfrentados a una existencia cruda y problemática. Por cierto, no lo duden: la Isla Mínima existe, pasé por ella hace un par de días, cerca de los Palacios, volviendo de Cádiz. Mientras conducía, vi algo. Mari Carmen iba dormida y no quise despertarla, pero estaban ahí, los distinguí perfectamente: muy cerca de la carretera, dos hombres con sacos a la espalda caminaban hacia la inmensidad de la marisma. A saber lo que llevaban.

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