Banderas al viento

 

Ahora que mi pulso vuelve a la normalidad, me dispongo a escribir.

Pues eso. Que pico billete y tomo asiento al fondo del bus, reconfortado en la tranquilidad que otorga el trabajo bien hecho y finalizado, después de pasar el día entre textos dramáticos buscando, en cada uno de ellos, sus principales sucesos y concretar sus correspondientes tareas y acciones. Ahora me toca a mí, me digo. Me acomodo en el asiento y respiro, disfrutando de uno de esos momentos en los que nada depende de ti, en los que te dejas en otras manos y el mundo, con sus sindicatos y sus ierrepeefes, sus independencias y sus tapervueres, sus Pesoes y sus Pepés, se quedan ahí, al otro lado de la ventanilla, y no pasa nada. Estoy así, tal cual, tranquilo y razonablemente feliz, dejando caer mis párpados para recrearme en los contornos de una morena de ojos negros —porque así son las morenas como Dios manda— cuando unas voces y risotadas me sacan de mi ensimismamiento. Pardiez.

Abro los ojos, maldiciendo al copón de bullas. Me incorporo en el asiento y cruzo las piernas. Tres tipos se sientan justo al otro lado del bus. Los de las risotadas, me digo, ya que no ha entrado nadie más y como pasajeros tan sólo estamos dos señoras, un joven estudiante y los tres jambos que acaban de entrar. Pirirí, pirirí. Ya estamos. Comienza el concierto. Porque aquí éstos andan con el Blackberry ese que se maneja refregando los dedos por la pantalla y en donde se ve todo a la última definición y tiene para chatear con las marcianas que estén en Plutón, o para ver el careto del último veinteañero que se tira en estos días la Madonna. O sea. Y pirirí, pirirí. El móvil tiene todo lo último, como digo, pero mira qué lástima que no tiene silenciador, ¿verdad?, me entran ganas de preguntarles a los hermanos Dalton. Tres paradas más y no sólo siguen con su concierto, sino que se ponen más cómodos. Pues eso, que se acomodan y para estar más cómodo el más largo de los tres estira las piernas colocando los pies en el asiento de enfrente. Y ya que estamos bien cómodo, pues unas cervezas. Os lo juro, como si estuvieran en el parque del Ejido. Se sacan unas cervezas de una de las mochilas y así, como si nada, las abren y comienzan a beber. Verás tú, me digo, a que me piden un cigarro con tanta comodidad. Pero no, siguen a su rollo. Estos no son del Fortuna o el Lucky. Por las pintas los veo más bien de chicos de pollo, pasta y verdura. Son de un sano que te rilas, los majos. Pirirí, pirirí.

Pero lo mejor de todo, el tuétano del asunto, es cuando cambian la melodía y en lugar de sonar el pirirí pirirí, suena un chunda chunda parecido al que llevan esos imbéciles en sus coches con las ventanillas bajadas y sonando a toda leche. Uno de ellos descuelga y ya quisiera el Pablo Neruda. El tipo pone una voz melodiosa, tranquila, segura, y le dice a la persona al otro lado de la línea que sí, que me gustaría volverte a ver, que para mí también fue algo especial, maravilloso, único, jamás he sentido nada igual, y no se te ocurra cortarte el pelo, que así estás muy guapa, que ya hablamos y nos tomamos algo, que no, que para mí no es sólo eso, que hay mucho más, etcétera. Y mientras dura el etcétera los otros dos se miran y se ríen, juas, juas, mira aquí como se lo monta éste, y qué calladito se lo tenía, sin decirle nada a los amigos, y a eso que cuelga y ya puedes ir contándonoslo todo, detalle a detalle, y el amigo, porque para eso están los amigos, lo cuenta todo detalle a detalle, con pelos y señales, sobre todo con lo primero, y los colegas que no se lo creen, y el otro que sí, que al principio la piba estaba un poco recelosa pero que al final se dejó hacer, y que por aquí y que por allí y que por el otro lado, y los colegas que se parten de la risa, juas, juas, y el prota que no cabe en la camisa de ancho.

Última parada, anuncia el conductor. Aún quedan dos para llegar al centro, le comenta la señora. Las manifestaciones, responde mientras las puertas se abren dejando entrar los primeros fríos de las noches de otoño. Recojo la mochila y me pongo en pie, mientras observo cómo los tres colegas se colocan unas chapas en las chaquetas. Uno de ellos saca una bandera de una bolsa de deporte y se la echa al hombro. Dejo paso a los dos primeros y quedo frente al tercero. Termina su cerveza y, al igual que sus colegas, deja la lata vacía en los asientos del bus. Por un momento, nuestras miradas se cruzan. Suena mi móvil. Pirirí. Le dejo paso y salgo tras él. A pocos metros la plaza está a reventar de gente. Abro el Whastsapp y leo: Álvaro!!! Q tal? Espero un artículo tuyo. Q hay ganas de leerte!!! Je je. Miro hacia la plaza y veo a los tres colegas perderse entre la gente, con su bandera tricolor ondeando al viento. Quizás mañana lo escriba y te lo mande, Fernández. Esta noche me tiembla el pulso.

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Telegrama

(Dactilógrafo. De Benedetti)

 

La infancia es un privilegio de la vejez.

No sé por qué la recuerdo hoy

con más claridad que nunca.

Mario Benedetti.

 

a mi amiga Silvia Romero,

escenógrafa y lectora.

 

Madrid diez del mes julio

mi infancia era blanca y olía a noche mojada

de una blancura limpia y libre

señor presidente en este telegrama su tiempo es oro

yo descubrí del amor en los libros

leyendo mañanas tardes noches

y del valor de la palabra lealtad

mucho antes de cerrar los ojos

le hago llegar un par de opiniones propias disculpe mi atrevimiento

ya había yo comenzado a soñar

pues al ser obediente aplicado

esperaba al final del libro

para leer la última página

mi papá entraba con su pasito corto

su olor desprendía diezhoras servicio sindescanso

encendía la luz y qué tal en la escuela

el Ministerio de Sanidad nos anuncia que

o estás con nosotros o ahí te quedas

y tras marcharse reanudaba mis sueños

y aguantaba en pie hasta el decimoquinto asalto

y desayunaba con el señor Holmes exponiéndole mi problema

y la sombra del castillo de If iba quedándose atrás atrás

mientras en mi boca tan solo existía el nombre de Mercedes

sin embargo y pese a todo

ustedes también tienen un corazón bajo la camisa ministerial

y todo aquel mar era azul y dorado

y el miedo un gigante de un solo ojo

la segunda opinión escueta breve

era tan blanca tan libre la noche

sintiéndonos dueños amos de la calle

hasta altas horas de la madrugada

con nuestros juegos del pañuelo y el esconder

contaban hasta veinte y todo el mundo a esconderse

los mineros no piden caridad ni clemencia

apostábamos quien sería descubierto primero

y nuestros nombres nunca salían a relucir

tan sólo que se cumpla lo acordado

ya que quedaban conmovidos ante nuestras caricias

al refugiarte conmigo en el silencio de mi escondite

mi infancia era blanca y olía a noche mojada

muy señor mío ya lo dijeron otros y aquí no hay disculpas

a hierbabuena y a siesta

usted está para el pueblo no viceversa

a romero y amaneceres

saludamos a usted atentamente

y a descubrir el valor de las palabras.

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El Número Uno, colega

Y es que, quien no se enternezca, es que no es persona. Esos hombres de uno ochenta de estatura, con esa carita de corderito del nórick ultra suave ultra sensible, su pantaloncito por debajo de las caderas y su camisetita pegadita haciendo juego con su gorrita de lana, micro en mano y cantando cositas como yo por ti lo dejaría todo, amor. Tú eres mi mayor tesoro, la más linda. La más preciosa, amor. Biutiful biutiful. ¡Ay! Y después de derrochar kilos de sensibilidad en el escenario va el jurado y le dice que sí, que tú eres el número uno, pichita, que lo tuyo es cantar y que tú naciste para estar encima de un escenario, y que no te baje nadie. Y esto es un hombre, y no lo que hay en mi casa. Y yo ahí plantado, frente al televisor y con el mando a distancia en la mano, preguntándome qué coño hace un tío con camiseta de verano y gorro de lana dando saltitos y refregándose por entre cuatro tipos vestido de smoking y con pajaritas de colores que, de vez en cuando, sueltan un duá-duá al unísono. Y sueltas el mando y te quedas pensando. Y piensas, o intentas recordar, en qué puto momento te equivocaste al escoger tu camino. Glup. Y tragas saliva.

Pero dura poco. Dura el tiempo de apagar la tele, entrar en mi habitación, abrir un libro de Lope o Moratín y comenzar a leer. Y si no hay ganas de lectura, pues me pongo una película de Elia Kazán y allá que se quede el mundo con sus historias, que yo me quedo con las mías. Pero avanza la lectura, o la peli ya va por la mitad y uno piensa en lo afortunado que ha sido, en los hombres y mujeres con los que se ha se cruzado en la vida y los consejos que éstos le han regalado. Porque fue un regalo cuando Ramón, aquél gitano profesor de Espacio Escénico, me aconsejó leer Guerra y Paz, o cuando Rocío, morenaza profesora de Historia de las Artes del Espectáculo, me dijo aquello de “es una historia maravillosa”, y tras la clase salí pitando hacia el kiosco y compré la novela Sinuhé, el egipcio. Y termina la película, o cierras el libro, y eres consciente de que no todos han tenido la misma suerte. Que si la televisión nació con la intención de reflejar e informar de lo ocurrido en el mundo y en la vida de las personas, hoy son las personas —carentes de una base cultural sólida— las que adoptan las conversaciones, los ideales, la vida que aparece en ella. Una peligrosa máquina dirigida por politicuchos y politicuchas de tres al cuarto que dicen a chaqueteados y engominados productores televisivos qué contar y cómo contarlo. Y lo cuentan pero que muy bien. Vaya si lo cuentan.

Pero cada sociedad tiene los políticos, los servicios, los medios de información y la cultura que se merece. Y ésta es la que nos gusta tener. O si no díganme ustedes cómo carajo han estado los chavales obteniendo el título de la ESO con asignaturas pendientes por superar. O cómo se consiente el rollo que se traen las autoescuelas con sus anuncios de “Obtén el carnet de conducir en 24h”. Veinticuatro horas. Glup. Y ahí tenemos a los ciudadanos: chavales y chavalas con un título en la mano conseguido sin ningún tipo de esfuerzo; o los fernandoalonsos con un volante en las manos y diciéndose la carretera es mía, ¿o no? Y esto, por poner un par de ejemplos de los miles que podría poner en la hoja. Ejemplos que están y seguirán estando mientras nos lo sigan dando todo por nuestra cara bonita. Colega.

Por eso, cuando esta sociedad a la que hago mención en esta página me saca de mis casillas, abro un libro para poder escuchar las voces de aquellos hombres que sabían muy bien cómo era el mundo en el que les había tocado vivir. “Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar. Pero el honor…” Hombres y mujeres conscientes de su fortuna y su desgracia, y aceptando ésta sin lagrimitas ni aspavientitos. Hombres y mujeres que, ante ese jurado de guapos y guapas, y tras un tú no eres un número uno, se remangarían las mangas, darían un par de pasos hacia la mesa y los miraría, uno por uno, a los ojos. Buscando eso que no todos conocen, y muy pocos obtienen: Vergüenza.

Álvaro Jiménez Angulo

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Amigos y paces

Pues nada. Que estoy sentado en uno de los bancos de la plaza situada justo debajo del piso en el que resido en Madrid, pensando que bueno, que tampoco pasa nada por estar en la capital del reino un miércoles santo con un libro de Valle-Inclán en la manos —“Tirano Banderas”, concretamente— y un paquete de tabaco como compañía. O sea. Que no hay mal que por bien no venga. O eso creía.

A veces uno tiene suerte y el gilipollas que se te acerca es de los de raza, uno de esos gilipollas que lo llevan en la sangre y que, por mucho que se lo trabaje, lo seguirá siendo toda su vida. Pero estos gilipollas, a medida que la conversación va avanzando, pueden llegar a caerte bien. <<Mira, pues es graciosete, el imbécil este>>, te puedes llegar a decir. Muy distinto es el caso de los dos gilipollas que se acaban de plantar ante mí pidiéndome fuego; un gilipollas y una gilipollas, para ser exactos. Estos pertenecen al GPV (grupo de los gilipollas por vocación): Tipos y tipas que —gracias a un esfuerzo diario—, son cada día más gilipollas a través del desprecio hacia lo desconocido y de un asqueroso y repugnante vanaglorio sobre aquello que creen conocer. Lo malo es que, a diferencia de los primeros —que más o menos los puedes tener localizados—, los vocacionales te asaltan en plan a la vuelta de la esquina, o cuando te dispones a fumar un pitillo y seguir con la lectura, por poner un par de ejemplos.

Le paso el mechero al susodicho para que encienda su petardo, y la susodicha —que ya me ha bicheado bien de arriba abajo, se ha percatado del asento sevillano y me ha dejado claro que el acompañante es su mejor amigo, y como todos sabemos, las chicas no se enrollan con sus mejores amigos—, se sienta a mi lado, coge el libro pasando las hojas y me suelta la frase de buenas a primera: No te pega. La miro a los ojos fijamente, sin responder. Si antes estaba en plan caramelo, ahora se le ha puesto de agüita de limón —me digo, mientras ella recoge la fotografía que ha caído al suelo de entre las hojas del libro. Dicha fotografía es un regalo de mi amigo Jose Luis. En ella aparece la imagen de Nuestra Señora de Consolación de Osuna y, sin importar cuál sea el punto al que me dirija de esta gran ciudad, e independientemente del autor o autora que lea en ese momento, coloco la fotografía entre las páginas del libro y me acompaña allá donde vaya.

Os juro que poco me ha faltado para coger la fotografía, limpiarla con el jersey, pasarle la lengua por el reverso y estampármela en la frente. Plaf ¿Qué, me pega o no, Mariló? Pero no. Dos aptitudes fundamentales —entre otras— para este trabajo son: saber adaptarse a las circunstancias, y el olfato. Y aquí mis colegas huelen que te tiran de espaldas y rebotas. A la Julieta todavía le dura el sofoco y está en plan calladita estoy más guapa. Y la verdad es que lo está, la jodía. Pero el colega, no. Aquí el Roberspiere le ha pegado un par de caladas al petardo y le ha salido la vena Anguita y usted recuerde que no es mi cura, pero yo sí soy su Alcalde. Y como si me conociera de toda la vida, comienza a hablarme de Sevilla, de su Semana Santa, de lo memos —son tela de fino por aquí arriba— que hay que ser para poner esa semana cuando más llueve, de los cofrades y de sus pintas de fachorros, que si las iglesias están vacías durante todo el año y ahora mira, que si el paso no pesa tanto, y que si esto y que si lo otro, y bueno… ahí lo dejamos con su retahíla.

Mi padre tiene uno de este escritor en casa, me dice mientras me devuelve el libro. ¿Teatro o novela? le pregunto. Teatro, responde. Pues será “Luces de Bohemia” —le comento mientras me coloco la chaqueta—. Fue lo único que escribió don Ramón tras luchar en la Guerra Civil en el bando republicano. Perdió una mano en la batalla del Ebro, y se tuvo que exiliar a la Argentina, donde escribió la tal obra. Y la chica, ya totalmente segura, me dice que sí, que ese es el libro y que le gustó mucho. Muchísimo. Le pido el mechero al colega. Este me lo devuelve mientras ella se ofrece a llevarme en su coche. Vivo justo ahí arriba, le digo señalando uno de los balcones. Y con una sonrisa y un guiño, me despido hasta la próxima.

En el ascensor, y mientras grabo la imagen de la chica en mi memoria, recuerdo aquella frase que un manchego le dijo a su escudero: No con quien naces, amigo Sancho, sino con quien paces. O algo así.

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Maricón de España

La verdad es que hubiera ido a verlo, pero he llegado lo menos treinta años tarde. Se llamaba Francisco Moreno García, más conocido como Paco España —Pionero del transformismo y amante de la copla española. A finales del pasado mes de enero falleció en su tierra, Las Palmas, olvidado por todos y en la más absoluta miseria. Aquellos que tuvieron la suerte de verlo en los escenarios de Madrid allá por los setenta, cuentan cómo se llamaba a sí mismo y a otros maricón, no gay ni homosexual. No los he vivido, pero me consta que eran otros tiempos. Y se apellidaba así en los carteles: España. Y con ese apellido guerreó, a su manera, contra los últimos coletazos de una oxidada dictadura.

No es fácil escribir sobre alguien al que no conoces, o conoces muy poco. Pero, desde que me enteré de la noticia, decidí dedicarle unas líneas a éste hombre que, cuando aún no se escuchaban ni leían panfletos demagógicos sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, ni ondeaban banderas de colorines en manifestaciones orquestadas por políticos a los que no hace mucho les importaba una mierda que un hombre fuera apaleado en un callejón por su condición sexual, se colocaba su bata de cola en el camerino, se maqueaba y ajustaba su peluca, cogía el abanico e imitando a su querida y admirada Lola Flores, taconeaba y bailaba en favor de una sociedad anquilosada y cohibida bajo una educación regida por la Iglesia y caducos militares.

Como os digo, poco sé de Paco España. Lo poco que sé es lo que he ido buscando y encontrando en diferentes medios desde que me enteré de su fallecimiento. Algunos videos colgados en redes sociales y algún que otro artículo de reconocidos articulistas que tuvieron la suerte de verlo actuar en el antro Gay Club de Madrid y quisieron rendirle homenaje. Y eso me quema. Me quema porque cada día soy más consciente de que no son pocos los años que llevo rodeado de tipos y tipas acomodados en un izquierdismo de parchís (me como una y cuento veinte), que tan sólo utilizan su mal llamada “memoria histórica” y su “lucha por las igualdades” para su propio beneficio.

Me gustaría haber estado sentado entre ese público que vitoreaba y aplaudía cuando Paco España salía al escenario gritando “Guerra pa mi cuerpo¨, o cuando cantaba eso de “No puedo con la gente que tiene hipocresía¨. Por aquellos días, Paco España encabezaba las salas de Madrid. Eran para él tiempos de trabajo y cariño por parte de un público deseoso de nuevos horizontes. Después, cuando ese público creyó entrever, e incluso algunos hasta llegar, a ese deseado horizonte, Paco España se vio engañado, arruinado y alcohólico. Abandonado por asociaciones de pitos y zambombas que tanto critican a los olvidadizos e hipócritas derechistas.

Paco España ya descansa en paz. Descansa y, probablemente, y si es cierto eso que algunos pregonan, esté por algún antro de los de por ahí arriba —en todo cielo existe su rinconcito de infierno—, taconeando y bailando, produciendo nuevamente carcajadas a un público que tuvo la suerte de disfrutarlo en sus años de gloria en Madrid.

 

Álvaro Jiménez Angulo

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Dos ostias bien guardadas

Os lo juro. Si llega a estar en la puerta del colegio a la espera de recoger al niño de su alma, las dos ostias se las hubiera llevado de pleno. Plás, plás.  ¡Por Dios! ¡Por Dios! ¡Por Dios! Y todo cristo gritando —maestras, madres, hermanos y hermanas mayores—  y llama a los municipales que el monitor de teatro se ha vuelto majara. Pero las dos ostias a mi primo ya no se las quitaban ni con agua bendita. Y aquí paz, y después gloria. O lo que venga.

La cuestión es que aquí mi primo es uno de los que a finales de los 90 le dijo a la parienta que no te preocupes que yo controlo, pero, como bien nos cuentan los entendidos, antes de llover, chispea. Y a la parienta— bien entradita en carnes—, más  que chispear lo que le cayó fue un aguacero de los que duran nueve meses. Y después, para toda la vida. Pero como os digo, esto fue a finales de los 90, a juzgar por la edad que tiene ahora el zagual que trajeron al mundo. Pero aquí mi primo el yo controlo no las pasó canutas, como es lo normal en estos casos. Normal a no ser que tu padre te diga que no te preocupes, que yo  hablo con tal o cual político del ramo o de la rama y en dos días estás en tal o cual despacho trabajando de nueve a dos y de lunes a viernes por y para el pueblo. Es decir: en el ayuntamiento. Tocándote las pelotas y picando (cobrando) horas extras de esas que se echan por las tardes en los ayuntamientos y que el fulano o la fulana se las pasa del servicio a la mesa y de la mesa a la charlita en la puerta con los compadres o compadras. Y al final de mes te quiero ver, Maribel. (Que no todos y todas son iguales, por supuesto. Hay gente que curra) Pero aquí mi primo, no. Si mi primo el yo controlo no las pasó como pavo en navidad, es porque se lo montó por su cuenta. Y no era para menos. Después de un año y algunos días en la construcción marbellí llevando mezcla y ladrillos de un lado para otro, se vio con la suficiente preparación para decir yo me basto y me sobro. Soy maestro albañil. O maestro ferretero, lo mismo dá. Y aquí mi primo se compró una furgona. Le puso el nombre a la empresa; creo que Construcciones Prematuro (apellido de la familia por parte de padre e inscrito en los dos laterales de la dicha furgona). Y se puso a dar vueltas por el pueblo. Carrera arriba y Arco de la Pastora abajo y párate en el Bibemdun (o como se diga) y echamos un café. Y pasó un año y otro. Y el zagalillo p´arriba y aquí mi primo colocando ladrillos a destajo y la parienta que se saca el carnet de conducir (pagado a tuti plen, no como otras criaturas que, para pagarse el puto carnet, tenían que hacerlo poquito a poco, como se va pudiendo). Ay que joderse.

Y de tanto chupar, pues reventó. Me refiero a los ladrillos. Pero mi abuelo Rafael decía un viejo refrán que se me ha quedado grabado en la memoria: “El pobre se acostumbra pronto a ser rico, pero que el rico se acostumbre a ser pobre, eso ya es más complicao”.  Y cuánta razón tenía el viejo. Y cuánto me han ayudado en la vida esos viejos refranes. Pero la otra tarde me acordé de otro consejo de los que me daba mi abuelo Rafael: “Antes de que te dé él a ti, endíñale tú a él”. Y con esa idea salí detrás del zagalillo jurándome que, si mi primo estaba en la puerta y me ponía por embustero una vez más, se las endiñaba. Y es que, desde primeros de octubre pasado, tengo a su zagal como alumno en las clases de teatro que imparto aquí, la capital del reino. Lo apuntó la madre, porque según ella el teatro desarrolla la sensibilidad, y, entre la que ya —según ella— su hijo lleva consigo por gracia de Dios, y la que pueda desarrollar en las clases, pues bueno, que saldrá un artista. Y el zagal, os lo juro por mi colección galdosiana de los Episodios Nacionales, tiene de sensibilidad —al menos dramática— lo que yo de legionario en Ceuta. Pero apuntado está. O estaba. A la segunda semana de empezar las clases tuve que hablar con el padre (mi primo el yo controlo) porque el vocabulario del nene (el zagalillo) no era el más adecuado, y mucho menos en un centro educativo. ¡Pero que cómo que mi hijo!.. ¡Pero que cómo que tales palabras!..  ¡Pero que mi niño!.. Y así hemos estado desde octubre. Cada tres o cuatro días hablando con el padre en la puerta del colegio sobre la actitud del nene en clase. Y el padre que no. Que no y que no y que no. Que mi niño eso no lo dice que mi niño eso no lo hace. Y yo cada día observándolo con más detenimiento. Su BMW  aparcado en doble fila. Su móvil al cinto y bien a la vista. Sus buenos zapatos. Su buena chaqueta. Su amor a la patria en forma de pulsera en la muñeca derecha.

Pero el viernes pasado, respiré. Llegué al colegio y la directora me comunicó que había una baja en la lista de alumnos. Miré la lista y vi tachado el nombre del zagal. Y como os digo, respiré. Aunque, por poco tiempo. Entro en clase y comienzo a poner orden. Alguien me llama desde la puerta. Miro hacia atrás. Y allí lo tengo una vez más, pero esta vez despidiéndose. Álvaro, profe, adiós gilipoyas. Y con su brazo levantado y sus dedos índice y meñique sobresaliendo de los demás, me dijo adiós. Encima de gilipoyas, cornudo. Salí detrás de él y (os lo juro una vez más) si llega estar en la puerta el padre y me lo vuelve a negar, se las hubiera endiñao. Sin previo aviso. Pero no estaba. Me guardo las ostias y pongo el incidente en conocimiento de la directora. Entro al servicio. Me refresco un poco la cara y, al mirarme en el espejo y ver las gotas bajándome por el rostro, no pude evitar una sonrisa. Son los mismos, me digo. Quinientos kilómetros de separación. Otro acento. Quizás incluso otras costumbres, pero de poca importancia. Pero son los mismos. O mejor dicho: es el mismo. Aquí mi primo el yo controlo, con su coche o furgona dando vueltas la Carrera adelante y el Arco de la Pastora abajo pensando que, el dinero, viste al hombre. Madrid u Osuna, poco importa. Me seco el rostro y vuelvo a clase. Los alumnos me esperan. A trabajar.

Álvaro Jiménez Angulo

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De tipejos y tipejas

Amo mi trabajo. Éste ocupa prácticamente el cien por cien de mi tiempo. Lo amo y lo respeto. Si es cierto eso que dicen los tipos guays del paraguays de que una cosa es el amor y otra el respeto, a mí me la pela. Yo no entiendo el amor sin el respeto. Tampoco comprendo cómo algunas personas tienen la poca vergüenza de faltar el respeto a otras a plena luz y durante días, semanas, e incluso meses. Esto me viene a la mente por lo que me ocurrió anoche. Unos amigos y quién escribe decidimos cenar en un conocido restaurante de Osuna. Todo comenzó de manera natural. Pasamos al salón y, tras pedir las bebidas y seleccionar el plato a degustar por cada uno, la señorita encargada de servir nuestra mesa recogió las cartas y nosotros comenzamos con nuestras charlas. A los pocos minutos, llegaron los platos. Yo pedí pescado. No mencionaré el nombre del restaurante. Tampoco el del plato que pedí. Mencionar uno u otro sería poner en negro sobre blanco el nombre de dicho restaurante, y no me agrada que molesten al director de este periódico con cartitas y chomineos como ha ocurrido otras veces. Como os iba diciendo, llegaron los platos y nos dispusimos a comer. Corté un trozo del pescado y, al acercármelo a la boca, el olor que desprendía el trozo no me pudo crear más desconfianza. De cocina no entiendo absolutamente nada. De pescado, menos. A lo máximo que llego es a enharinar boquerones y freírlos. Punto. Pero Jose tiene un olfato de sabueso. Le paso el trozo y, por la arruga de su nariz, deduje al instante que el puñetero pescado me la podía haber liado parda. Para asegurarnos, el trozo de pescado pasa a Carlos y Enrique. Ambos estuvieron de acuerdo. Olor raro para fliparlo mientras te tira de espaldas. Llamé a la señorita, y aquí es donde llega el tema del que os quiero hablar.
Si el pescado estaba en mal estado o no ni lo sé ni me importa estas alturas del melodrama.  Lo que sí sé es que, al salir a la calle y comer en un restaurante, dormir en un hostal o simplemente beber de una fuente pública, me la estoy jugando. Después llegan las reclamaciones y demás historias, pero ya el mal está hecho y no hay vuelta atrás. Pero lo que me tocó los cojones fue la forma en que me contestó la señorita al pedirle que me cambiaran el plato, por favor. ¿Qué le pasa?, me preguntó en tono hosco y chulesco. Huele mal, dijo Jose arrugando nuevamente esa nariz que Dios le ha dado. Y se llevó el plato sin decir ni mu. Pero ahí no quedó la cosa. Siguiendo el consejo de Jose, el siguiente plato que pedí era de carne. No se debe tentar a la suerte. Para acompañarlo pedí un refresco. 7Up. El refresco era para verlo. Fotito al canto y colgarla en el Facebook y el Tuenti. ¿Querrán acabar conmigo como lo intentaban cada dos por tres con los emperadores romanos?, me pregunté. Nos pasamos el vaso de uno a otro para ver el contenido, y no salíamos de nuestro asombro. Le pedí a la señorita que si era tan amble de cambiarme el refresco y, sin decir ni mu, cogió el vaso y a los pocos minutos colocó otro al lado de mi plato. Nuevamente, sin decir ni mu. Y sin que me dijeran ni mu pagamos la cuenta y nos marchamos del restaurante.
Jamás volveré a pisar ese restaurante.  No por el puto pescado. Como dije en el párrafo anterior, me la juego y asumo los riesgos y sus consecuencias. No lo volveré a pisar porque me quema las entrañas cuando veo a esos tipos y tipas que se ponen un pantalón negro y una camisa blanca y ya son camareros y camareras. No lo volveré a pisar porque, para ser camarero y camarera, aparte de trasladar de la cocina a la mesa con una sola mano la ciento y la madre de platos, se debe de tener más cosas (una de ellas vergüenza) y, en ese restaurante, carecen de todas ellas. Tengo amigos y amigas camareros a los que les gusta su trabajo. Personas que con su buen hacer y servicio impregnan de categoría y dignidad la hostelería. Hacen de servir al cliente un trabajo honorable. Y que estos tipejos y tipejas se comparen con ellos confundiendo la dignidad con la mala leche y la cortesía con el compadreo, no es más que el producto de esta mierda de sociedad donde todo hombre y mujer viviente para ser sexy debe de ser como los que salen en Hombres y Mujeres y viceversa y lo pronto que se enamoran los becerros y las chocholoco. Pero ese es otro tema, que quizás trate en el artículo siguiente.

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