FOTOMATÓN

FOTOMATÓN.

y nos besamos como en las películas,

y nos quisimos como en las canciones.

Luis Alberto de Cuenca

Aquella tarde traía una cazadora blanca, el pelo recogido en la nuca. Sus ojos, grandes y negros, lo miraron al sentarse a su lado. Hola, le dijo. Y él comprendió. Y supo que hay cosas que no se sabe cómo ni cuando empezaron, y que quizás por eso no tengan un final. Así que venció el nudo de la garganta, bajó la mirada hacia los folios en los que trazaba las primeras frases de una escena, e intentó seguir trabajando. El silencio de la biblioteca tan sólo era interrumpido por los pasos de alguien que entraba o salía, el teclado de algún ordenador, por el vibrar de algún teléfono móvil. A veces la miraba, otras sentía la mirada de ella en él. Y poco a poco esas miradas comenzaron a coincidir, y tras ellas llegaron preguntas en voz baja, coger juntos el bus al salir, tomar algo en el barrio, y algunas risas tras las respuestas. Dejó el lápiz sobre el folio, sobre una frase sin terminar, y se levantó. Ahora vuelvo, le dijo. Y al mirarse en el espejo del servicio, al sentir cómo sus manos se helaban bajo el chorro de agua fría, terminó la frase recordando el mensaje de WhatsApp recibido meses atrás. Tú y yo en un fotomatón, y en todas apareceríamos besándonos.

Cerró el grifo. Cogió un poco de papel y se secó las manos. Al salir se dirigió hacia la barra del bar y ella estaba ahí, esperándolo, ante una copa de vino blanco y un zumo de naranja. Cogió su zumo y bebió un trago. Aquella noche llevaba un jersey azul marino, el pelo sobre los hombros. Salieron a la calle. Se apoyaron en un coche y se besaron. Y cuando refugió su rostro en el cuello de ella, fue consciente de las cientos de personas que pasaban en la misma dirección por aquella calle. Banderas, pancartas. Un cambio, decían algunos. Caminaron entre la multitud hasta una plaza, la cruzaron, lo agarró del brazo y le dijo ven. Entraron en la cabina, echaron unas monedas y al terminar ella recogió las fotos y las guardó. Déjame verlas, pidió él. Yo también salgo en ellas. Y por un momento creyó que el futuro era aquellos ojos grandes y negros, un cielo despejado, una plaza desierta, y aquella sonrisa. La calidez del vino blanco y la naranja en la boca.

Entró en la biblioteca. Se acercó a la mesa, se sentó en la silla y ordenó los folios para continuar con el trabajo. Aquella frase seguía allí, sin terminar. Cogió el lápiz dispuesto a escribirla, a resolver de una vez aquella escena. Vibró un teléfono, levantó la vista y la vio tecleando para responder al mensaje. Me voy, dijo al levantarse tras recoger sus cosas. Te esperan, ¿verdad? dijo él en un tono más de afirmación que de pregunta. Ya no vas para el barrio. Salió a la calle y el frío de enero le golpeó en la cara. Levantó el cuello de su abrigo y comenzó a andar. Al llegar a la esquina miró hacia aquel portal para verla llamar al telefonillo, esperar unos segundos y desaparecer tras aquella puerta. Observó las luces de las ventanas del edificio un instante, y continuó avenida abajo. Llegó a la parada del bus y siguió caminando. El viento frío se hizo más intenso al llegar a la plaza. Comenzaban a caer las primeras gotas. En la puerta de un bar un grupo de personas hablaban sobre una nueva época, sobre un mundo más justo para todos. Una de aquellas personas le preguntó algo ofreciéndole un papel, pero él se alejó sin responder. Cruzó la plaza y quedó frente a aquella cabina. La estuvo observando durante un tiempo muy largo. Mucho. El frío y el agua le calaban ya la ropa, cuando decidió sacar su teléfono móvil del bolsillo del abrigo para leer el mensaje. No, ahora no lo leas, le dijo ella. Si lo hubieras leído cuando te lo mandé te dejaría verlas. Y sonreía. Ella sonreía. Y estaban allí aquellos ojos negros, aquel cielo despejado, aquella plaza desierta. Un jersey azul marino y el pelo sobre los hombros. Y leyó el mensaje por última vez. Lo leyó por última vez antes de borrarlo. Antes de que la lluvia y el frío le calaran hasta los huesos.  

 

Álvaro Jiménez Angulo.                

                  

 
 
 
 
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FOTOMATÓN

FOTOMATÓN

y nos besamos como en las películas,

y nos quisimos como en las canciones.

Luis Alberto de Cuenca

 

Aquella tarde traía una cazadora blanca, el pelo recogido en la nuca. Sus ojos, grandes y negros, lo miraron al sentarse a su lado. Hola, le dijo. Y él comprendió. Y supo que hay cosas que no se sabe cómo ni cuando empezaron, y que quizás por eso no tengan un final. Así que venció el nudo de la garganta, bajó la mirada hacia los folios en los que trazaba las primeras frases de una escena, e intentó seguir trabajando. El silencio de la biblioteca tan sólo era interrumpido por los pasos de alguien que entraba o salía, el teclado de algún ordenador, por el vibrar de algún teléfono móvil. A veces la miraba, otras sentía la mirada de ella en él. Y poco a poco esas miradas comenzaron a coincidir, y tras ellas llegaron preguntas en voz baja, coger juntos el bus al salir, tomar algo en el barrio, y algunas risas tras las respuestas. Dejó el lápiz sobre el folio, sobre una frase sin terminar, y se levantó. Ahora vuelvo, le dijo. Y al mirarse en el espejo del servicio, al sentir cómo sus manos se helaban bajo el chorro de agua fría, terminó la frase recordando el mensaje de WhatsApp recibido meses atrás. Tú y yo en un fotomatón, y en todas apareceríamos besándonos.

 

Cerró el grifo. Cogió un poco de papel y se secó las manos. Al salir se dirigió hacia la barra del bar y ella estaba ahí, esperándolo, ante una copa de vino blanco y un zumo de naranja. Cogió su zumo y bebió un trago. Aquella noche llevaba un jersey azul marino, el pelo sobre los hombros. Salieron a la calle. Se apoyaron en un coche y se besaron. Y cuando refugió su rostro en el cuello de ella, fue consciente de las cientos de personas que pasaban en la misma dirección por aquella calle. Banderas, pancartas. Un cambio, decían algunos. Caminaron entre la multitud hasta una plaza, la cruzaron, lo agarró del brazo y le dijo ven. Entraron en la cabina, echaron unas monedas y al terminar ella recogió las fotos y las guardó. Déjame verlas, pidió él. Yo también salgo en ellas. Y por un momento creyó que el futuro era aquellos ojos grandes y negros, un cielo despejado, una plaza desierta, y aquella sonrisa. La calidez del vino blanco y la naranja en la boca.

 

Entró en la biblioteca. Se acercó a la mesa, se sentó en la silla y ordenó los folios para continuar con el trabajo. Aquella frase seguía allí, sin terminar. Cogió el lápiz dispuesto a escribirla, a resolver de una vez aquella escena. Vibró un teléfono, levantó la vista y la vio tecleando para responder al mensaje. Me voy, dijo al levantarse tras recoger sus cosas. Te esperan, ¿verdad? dijo él en un tono más de afirmación que de pregunta. Ya no vas para el barrio. Salió a la calle y el frío de enero le golpeó en la cara. Levantó el cuello de su abrigo y comenzó a andar. Al llegar a la esquina miró hacia a aquel portal para verla llamar al telefonillo, esperar unos segundos y desaparecer tras aquella puerta. Observó las luces de las ventanas del edificio un instante, y continuó avenida abajo. Llegó a la parada del bus y siguió caminando. El viento frío se hizo más intenso al llegar a la plaza. Comenzaban a caer las primeras gotas. En la puerta de un bar un grupo de personas hablaban sobre una nueva época, sobre un mundo más justo para todos. Una de aquellas personas le preguntó algo ofreciéndole un papel, pero él se alejó sin responder. Cruzó la plaza y quedó frente a aquella cabina. La estuvo observando durante un tiempo muy largo. Mucho. El frío y el agua le calaban ya la ropa, cuando decidió sacar su teléfono móvil del bolsillo del abrigo para leer el mensaje. No, ahora no lo leas, le dijo ella. Si lo hubieras leído cuando te lo mandé te dejaría verlas. Y sonreía. Ella sonreía. Y estaban allí aquellos ojos negros, aquel cielo despejado, aquella plaza desierta. Un jersey azul marino y el pelo sobre los hombros. Y leyó el mensaje por última vez. Lo leyó por última vez antes de borrarlo. Antes de que la lluvia y el frío le calaran hasta los huesos.  

 

Álvaro Jiménez Angulo.                

                 

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Feliz año, liberales.

Feliz año, liberales.

Les juro que a estas alturas ya  me da igual. O casi me lo da. Con el tiempo he ido comprendiendo que no hay más cera que la que arde, y que es inútil cualquier esfuerzo. Que los imbéciles siempre ganan la batalla, y que el único sistema de no despreciarte a ti mismo como cómplice consiste en escupirles entre ceja y ceja llegado el momento, y encender un cigarro al volvernos para seguir nuestro camino. Porque hay días, o noches como esta última del año, en las que ya no aspiras a nada en absoluto, sino sólo a que este mundo te roce lo menos posible, y el único consuelo es poder quedarte ahí, al margen, con un libro, una idea o una actitud como escudo ante tanto hijo de puta, y ante tantas noches con los ojos clavados en el techo y un cigarro en las manos.

Ayer fue uno de esos días de que les hablo, y empezó con una llamada de teléfono. Venía intentando dormir algo en el autobús que me dejaría en unas cuatro horas en la ciudad de Écija; y en pleno mitad del viaje, rompiendo el silencio, suena el teléfono móvil de uno de los dos jóvenes que ocupaban los asientos del otro lado del pasillo. El tipo lo saca tranquilito de su mochila, y tranquilito le dice a su compadre algo mientras una canción que yo reconozco al instante del grupo Extremoduro (salir, beber, el rollo de siempre, o algo así dice la letra) suena retumbando en todo el autobús. Abrí los ojos y miré al tipo que tenía el teléfono en la mano, me miró, se acercó a la oreja de su compadre para comentarle algo así como qué estará mirando ese gilipollas, y descolgó. La letra de la canción es una mierda, pero os aseguro que es mucho más interesante que la conversación que me tuve que tragar durante los veinte kilómetros siguientes.

Si no es posible dormir camino de Écija, me dije, pues al menos leeremos algo. Saco de la mochila la “Poética” de Boileau, autor francés y uno de los mayores estudiosos de la también “Poética” de Horacio, y nada más leer los primeros párrafos, viene a mi memoria la tarde en la que cedí el paso a un par de chicas a la entrada de un ascensor. Iban cogidas de la mano, veinteañeras, vestían ropa deportiva. Les cedí el paso, como os digo, al entrar en uno de los ascensores del metro de Madrid. Ninguna de las dos me dio las gracias, claro. Subimos al exterior, se abren las puertas, y aquí es cuando una de mis primas carraspeó para despejarse la garganta, se volvió de lado y escupió, justo por el sitio donde me disponía a pasar. Esquivé el escupitajo y me paré. Las vi alejarse, orgullosas, cogidas de la mano. Y es que, pensé mientras grababa la imagen de esas mujeres para futuros personajes de mis futuros textos dramáticos, me parece increíble cómo, tanto el hombre como la mujer, han cambiado a lo largo del siglo XX. Por lo menos, a la hora de retratarnos. Échenle un vistazo al Facebook. Miren las fotos de esos hombres apretujados ante una cámara. Hay de todo, como en botica, pero a mí los que me encantan son los que sacan más de media lengua fuera, poniendo cara de buaggg, en plan malote. Y sus coleguitas alrededor que al ver la foto le dicen jo, tío, tú sí que sabes posar para una foto. O al subirlas al susodicho Facebook, que le dan a la pestañita del me gusta, y hay que ver lo majo que son estos chicos y lo bueno que está Miguel con esa lengua. Porque, como dije hará un par de meses en esta misma página, no hay lobos sin ovejas.

Y ahora, esta última noche del año y con los ojos clavados en el techo, viene la pregunta. O más que pregunta, reflexión. Sé muy bien que el mundo en el que me ha tocado vivir se adapta cada día más a los gustos del tipo del teléfono móvil, de la chica que suelta sus escupitajos donde venga bien. Y en semejante mundo, mantener unas normas de convivencia, una actitud moral distinta, puede llegar incluso a ser peligroso. Te toman por un anticuado, un inútil. Por gilipollas, vamos. Porque lo cómodo es llevar los pies apoyados en el asiento delantero cuando viajamos en tren o en autobús. Lo lógico es soltar el escupitajo donde se tercie si así podemos tener la garganta despejada. Lo atractivo es un hombre o una mujer con la lengua fuera divirtiéndose con los amigos.

Que cada cual puede comportarse como le salga de allí, pues claro. Como también yo puedo escribir y publicar como me salga del mismo sitio, siempre y cuando el director de este periódico no me diga otra cosa. Lo que me quema es cuando utilizan la palabra libertad (se auto llaman liberales), sin respetar la de los demás. Lo que me revienta es cuando utilizan la palabra democracia (se auto llaman demócratas), cuando ni siquiera conocen su significado. Lo que me hace odiarlos es cuando se cubren bajo la bandera tricolor (dicen ser republicanos), cuando ni siquiera conocen su Historia. De ahí que al principio os dijera que casi me da igual, aunque los años vayan pasando y tan sólo me quede este artículo para escupírselo entre ceja y ceja, antes de encender el cigarro.

 

Álvaro Jiménez Angulo. 

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Muxu

Muxu.

Paseo por primera vez por calles del País Vasco. Concretamente el casco antiguo de San Sebastián, Donostia. Me detengo ante la verja de un colegio infantil. El griterío se oye desde el otro lado de la calle. Es la hora del recreo, y los zagales corretean con sus babis de un lado a otro del patio. Corren en grupo, ríen, saltan, escarban en la arena. Es fascinante observarlos funcionar sin ton ni son, como si estuvieran majareta de la cabeza, cuando en realidad se manejan bajo un razonamiento lógico, implacable y exacto. Cuando te miran con esa fijeza tan limpia, y sientes cómo se meten y escarban en tus adentros, no te queda otra que enrojecer, inseguro y confuso. Son honrados en sus juicios, sinceros y tiernos en sus afectos, firmes en sus decisiones. Son lo que los adultos decimos ser, cuando hace mucho dejamos de serlo para siempre.

El caso es que estoy aquí, ante la verja de un colegio infantil. Tras observar a los que se mueven en grupo, busco a los que van por libre, a su aire. Miro hacia aquella niña que dibuja figuras en la arena, al niño que mira atento y pensativo los barrotes de la verja, al que camina de un lado a otro muy serio y contando los pasos, a la niña que salta pisando el suelo como si aplastara cosas que sólo ella puede ver, al que expone su discurso soltando indescifrables sonidos por la boca ante un público imaginario, y me pregunto qué tendrán en ese momento en la cabeza, en qué momento de la vida dejamos a un lado esa ensoñación, esa libertad de obra y de palabra, para convertirnos en adultos razonables.

Baja las escaleras de la mano de su madre seguida por la maestra y un grupo de niñas. Cruzan el patio. Se detienen ante la cancela. Madre y profesora intercambian unas palabras en euskera. La profesora abre la cancela. Madre e hija salen. Las niñas se pegan a la verja para ver marchar a su compañera. Con la cara entre los barrotes gritan su nombre. Arantxa. Arantxa. La madre apunta con algo a un coche aparcado en doble fila y éste hace bip, bip. Arantxa se vuelve y dice adiós con la mano. Las niñas responden al saludo gritando más fuerte su nombre, Arantxa, Arantxa, y lanzando besos con la mano. Muxu. Muxu, dicen con cada beso. El coche arranca y madre e hija desaparecen al girar la esquina. La profesora intenta poner orden, pero las niñas siguen pegadas a la verja. Lanzan besos a la esquina por la que se ha ido su compañera. Muxu. Muxu.

Una de las niñas me ve al otro lado de la verja. Le sonrío. Ella me mira, seria, sin devolverme la sonrisa. ¿Qué estará buscando el españolito este? Me separo de la verja y doy media vuelta para marcharme. Hola. Doy un par de pasos. Hola, se repite a mi espalda. Me paro. Hola, hola. Me giro y siguen ahí, en la verja, pero ahora me miran a mí. Sin acercarme, les pregunto sus nombres. Arantxa está malita, responden. Va al médico. Pronto se pondrá bien y la traerán de vuelta a la escuela, les digo. Pienso en acercarme, pero ellas ya se alejan de la verja hacia el centro del patio. Forman un corro y juegan, ríen, saltan. Construyen su espacio propio, íntimo, en el que cualquier adulto está de más.

Me aparto con sigiloso respeto de la verja. Por callejuelas del casco antiguo de la ciudad me dirijo al punto en el que un coche me llevará de vuelta a Madrid. Y mientras camino, susurro esa palabra, muxu, muxu, y pienso en lo extraño que es la vida, en cómo un hombre puede volver a encontrarse con su sonrisa en un lugar en el que nunca antes ha estado.  

 

Álvaro Jiménez Angulo

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El beso de una pirata

Y sí, fue así, que estaba yo con las rodillas clavadas en el frío suelo de un Corte Inglés de la ciudad de Alcalá de Henares, rodeado de niños y niñas, y madres y padres, cuando sentí una cálida humedad en la mejilla izquierda, y fue tan sólo unos segundos, y al mirar vi su sonrisa de tres o cuatro años, y unos ojos azules bajo un enorme sombrero negro de pirata, y no supe qué decir, y los padres y las madres de mi alrededor comenzaron a reír, y a hacerme preguntas, ¿de dónde eres?, algo por el estilo, y yo tan sólo tenía ante mí unos ojos azules, unos ojos azules bajo un enorme sombrero negro de pirata, y con una calavera.

Entonces lo supe, o quizás lo sé ahora, horas más tarde, pasada ya la medianoche, bajo los arcos de la Plaza Mayor, cuando recuerdo que aquella niña de tres o cuatro años me daba las gracias con un beso, aunque quizás no tanto a mí como al pirata que yo interpretaba en los pasillos de un Corte Inglés, el pirata que segundos antes le había cedido su sombrero, colocándoselo y diciéndole ya eres toda una pirata, una pirata grande, aunque a lo mejor no es así y sí me daba las gracias a mí, con un beso, aunque ya poco importa. Porque tal vez lo supe a lo largo de esta tarde, horas antes de estar bajo los arcos de la Plaza Mayor, cuando recordaba mientras la tarde caía bajo palabras a aquella niña de ojos azules y cómo, mientras te hablaba, yo entregaba mi barco, mi armamento, mi bandera por dejar de ser aquel pirata que, horas antes de estar hablándote al caer la tarde, sintió aquel beso en la mejilla izquierda, mientras los padres y madres le hacían preguntas, ¿de qué parte de Andalucía eres?, por no ser el pirata de zumos de naranja y miedo al frío y a las tempestades, por ser un pirata con cientos de monedas de oro y cobre escondidas bajo cientos de sábanas y colchas, un pirata sin preguntas cuando la tarde terminaba de caer y pasaron por la quilla todas las respuestas.

Pero ahora, bajo los arcos de la Plaza Mayor, ahora que ya ha pasado la medianoche y una espesa niebla cubre los puestos que mañana abrirán para ofrecer decorados de navidad, ahora tan sólo me queda recordar, el intento de recordar una vez más aquel beso cálido, aquellos ojos azules que me miraron por unos segundos bajo un sombrero negro, un enorme sombrero negro de pirata y con una calavera, y para seguir la ruta que marcan estas figuras negras sobre blanco y que, tal vez, me conduzcan hacia el mapa en el que pueda encontrar las palabras para el beso de aquella pirata.

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El aullido de un perro.

El aullido de un perro.

Una mañana, cuando niño, un hombre mató delante de mí a un perro. De una casa en obras cogió un ladrillo, aguardó a que el perro saliera de los bajos de un coche, silbó para incitarle a salir. Cuando el perro salió, el hombre lanzó el ladrillo aplastando la cabeza del animal. Lo oí aullar antes de morir. No paraba de ladrar por las noches y no dejaba dormir, me dijo, zanjando el asunto. Hasta aquella mañana, aquel hombre de pelo negro y anchas espaldas había sido mi amigo. Me contaba cosas de cuando hizo el servicio militar en Tarifa: peleas, borracheras los días de permiso, noches de guardia con tan solo un pequeño transistor como compañía. También me habló de amigos para toda la vida, y de la forma tan dulce con que una mujer te llama cariño en la barra de un puticlub. Nunca, desde aquella mañana, volví a hablar con él. Al vernos lo saludaba con la mano y seguía mi camino. Recuerdo que un día me enteré que se había ido a Valencia a trabajar, y que me pregunté si también allí, al ser molestado en la noche por algún perro, zanjaría el asunto con un ladrillo. Supongo que sí.  

 

Ayer noche, casi veinte años después, sentado en un banco de la calle Huertas de Madrid tuve ante mí a dos tipos parados en una esquina junto a una mujer, y recordé a aquel perro. Ella era latinoamericana, montada en tacones de aguja y con un cuerpo que te quita el hipo y algo más. En las manos, llevaba tarjetitas de color azul para entregar a posibles clientes del local donde trabajara. Por la otra parte, los dos tipos eran de lo españolito de toda la vida: cincuentones, calvos y con barriga cervecera escondida bajo la cazadora de cuero. Dos buenos hombres trabajadores y de su casa que le han dicho a la parienta mira Carmen, que voy con Manolo al bar de la esquina para arreglar un asuntillo de trabajo y lo mismo me tardo, y sin que ellos sepan cómo ni lo hayan pretendido han acabado sobando la cintura a una morena que podría ser su hija en una esquina del centro de la ciudad. Eso es lo que imaginé mientras los observaba moverse alrededor de la mujer, y cómo ésta, con sonrisa encantadora y ágiles movimientos, alejaba las manos de los dos tipos. Entonces, como si me hubieran adivinado el pensamiento, uno de ellos dejó de sonreír y de sobar a la chica para quedarse mirándome fijamente. Empezó a darle toquecitos en el hombre a su compañero y a señalarme. Y entonces fue cuando busqué a mi alrededor una casa en obras.

 

Oí aullar a aquel perro antes de morir bajo aquel ladrillo, y sé que lo seguiré oyendo toda mi vida. Es ley de vida, y hay que aceptarlo. Con respecto a aquel hombre moreno y de anchas espaldas, pues bueno. La vida va pasando, y he visto a muchos hombres y mujeres lanzar ladrillos cuando algo les molesta. La única diferencia está en que algunos lo admitimos –tengo en mis  manos un ladrillo como todo hijo de vecino–, y otros no tiene los cojones o los ovarios suficientes para hacerlo. Se resguardan bajo palabras como solidaridad, compañerismo, paz o amor, sin haber sentido y comprendido nunca su significado, y olvidando otras como supervivencia. Porque si desde aquella mañana desconfié de aquel hombre que lanzó un ladrillo, hoy desconfío de aquellos que dicen dormir con la conciencia tranquila.  

 

Álvaro Jiménez Angulo.        

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A mi madre.

A mi madre.

Jueves treinta de octubre, seis y media de la tarde. Vestuarios de la R.E.S.A.D. Apoyo la frente en los azulejos y me coloco debajo de un chorro de agua caliente que golpea y cae por mi espalda, mientras pienso que, un año más, no he estado junto a mi madre en Osuna, en el sur, para celebrar con ella su cumpleaños. Cincuenta y siete, acaba de cumplir. No importa, me ha dicho hace un momento por teléfono. ¿Tú estás bien? Tal vez he respondido que sí.

 

No crean. Desde el primer día que salí de casa rumbo a una profesión de la que lo desconocía todo, sentimentalismos entre mi madre y yo ha habido los justos. Vivir significa aceptar las reglas del juego, y ella, desde muy pequeña, supo que en esta vida no siempre se puede elegir. Y no se llama resignación, como algunos imbéciles creen. No hay nada que me reviente más que esos nenes que dicen que en esta vida tendrás aquello que mereces, eso de que cada uno recoge lo que siembra. El trabajo diario a la espera de una merecida recompensa que seguro llegará. Pórtate bien, cielo, y espera. Corazón. Pero cuando llevas un tiempo moviéndote a través del confuso paisaje de la vida, vas comprendiendo lo inevitable. Lo real. Porque aquí no se puede estar bien con todo el mundo. Hay momentos en los que eres más rápido y disparas, y otros en los que recibes disparos ajenos. Merecidos o no, poco importa. A eso Copatzin, mi compadre de México, lo llama mochar parejo.

 

Pero hoy, esta tarde, bajo este chorro de agua caliente esas balas con las que podría defenderme y de las que carezco tienen la forma de una mirada. Una mirada tranquila, serena. Y de silencio. También tienen forma de silencio. Ese silencio con el que mi madre observaba cómo construía con mis muñecos de Playmobil una ciudad en el salón de casa de la abuela en las tardes de un verano del sur; esa mirada con la que se quedaba observándome fijamente, atenta al diálogo que yo inventaba entre una señorita venida de las tierras del norte y un hombre apoyado en la barra del saloon que ya nada tenía que perder. Y se quedaba así, como os digo, en silencio. A la espera de que yo notara su presencia y saliera de mi mundo imaginario. Y cuando esto ocurría, yo le pedía un rato más, por favor. Pero ella, sentada en el brazo del sillón, se inclinaba un poco hacia delante. Y yo creía verla sonreír.

 

Ahora debo cerrar el grifo, secarme, vestirme, recoger mis cosas y salir ahí fuera. Pero no puedo. O mejor dicho, no soy capaz. Y al apartar la frente de los azulejos creo ver a mi madre una vez más ahí, sonriendo, a la espera de que yo recoja mis muñecos, cierre el grifo del agua caliente, plante cara a la realidad y salga de mi mundo imaginario. Lo hago y rompo mi silencio (un silencio heredado de ella). Lo rompo para decirle una vez más: Feliz cumpleaños, mamá.  

 

Álvaro Jiménez Angulo.                

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Pepe Carreño, maestro de ajedrez

Me cuenta Amparo que ha muerto Pepe, mi maestro. Llevaba mucho tiempo malo, me dice, y hace un par de noches se fue. Y yo me quedo en el centro de la habitación y con el teléfono en la mano, la toalla alrededor de la cintura, las gotas que resbalan por mi espalda y los ojos clavados en la puerta del ropero tras la que guardo mi tablero de ajedrez. Me quedo así un rato largo. Con esa cara de imbécil que a uno se le pone cuando la vida te golpea a primera hora de un lunes por la mañana.

Muchos de ustedes lo recordarán sentado en primera fila del autobús del pueblo y de charla con Antonio, el conductor. Otros, unos pocos afortunados, lo recordamos bajando las escaleras del colegio público Virgen de Belén, lentamente, colocando por delante las dos muletas que lo sostenían en pie, dejando caer su peso en ellas, y así bajando escalón a escalón cada miércoles a eso de las cuatro de la tarde, para enseñar a jugar al ajedrez a un grupo de chavales que lo esperábamos al final de la escalera. Porque Pepe, junto a Rafael Zurita, era nuestro maestro de ajedrez. Sí. Niños de ocho o nueve años alrededor de un tablero, en silencio, atentos a las palabras de aquel hombre al que nunca le desaparecía la sonrisa de la cara: el peón da un paso, excepto para el primer movimiento que puede dar dos; el caballo es la única pieza que puede saltar a otra; el alfil se desplaza en diagonal; la dama es la pieza más poderosa del tablero ya que es la única que puede mover en cualquier dirección.  

La última vez que lo vi estaba como les he comentado antes, en primera fila y de charla con su amigo Antonio. Cada vez que bajo al pueblo me gusta darme una vuelta a media tarde en el autobús y recordar cuando de pequeño viajaba en el camino de la escuela. Y aquella tarde estaba ahí, y cometí el error de no acercarme a saludarlo. Por no interrumpir y eso. Nos cruzamos la mirada y, como siempre, la sonrisa en su cara. Le hice un gesto con la mano y bajé del autobús. Y ahora, con los ojos clavados en la puerta del ropero y el teléfono en la mano, me levanto del asiento, me acerco hacia él interrumpiendo su conversación con Antonio y le doy las gracias por todas aquellas tardes, por su paciencia, por no permitir nunca que ninguno de los chavales que componíamos aquella silenciosa clase utilizara en los primeros movimientos de la partida el enroque para proteger al rey. Toda partida en la que no se arriesga, nos decía tras pararse al lado de la mesa y observar los últimos movimientos, no merece ser jugada. Y tras esas palabras se escuchaban en la sala el golpe de sus muletas camino de otra mesa, de otra partida, de otros chavales que, como yo, les estaremos eternamente agradecidos por enseñarnos jugar al ajedrez.

 

Álvaro Jiménez Angulo             

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El valor de un hombre

El valor de un hombre

¿Hasta cuándo dura un deseo? No sé si ustedes se han hecho alguna vez esta pregunta. Yo me la hago constantemente, tal vez porque los años van dejando su huella y a cada día que pasa creo en menos cosas; el desengaño sobre el valor y significado hoy día de palabras como honor, lealtad, amor. Recuerdo cuando zagalillo y esperaba con ansia que finalizara el telediario de la noche, cómo me quedaba paralizado ante la pantalla del televisor pronunciando en voz baja frases de diálogos que sabía de memoria de películas como Murieron con las botas puestas, Espartaco, Los siete magníficos o aquella en la que Judá Ben Hur, tras ofrecerle la libertad a su esclava Esther como regalo de bodas de ésta, le dice: si no estuvieras prometida, te daría un beso como último adiós. Si no estuviera prometida –responde Esther–, no habría por qué dar ningún adiós.

Van quedando muy pocas cosas en las que creer, digo, pero una de ellas está formada por dos tablones colocados en la acera de la calle Toledo, La Latina, y tapados con una manta que sirven como soporte a unos cuantos libros de tercera o cuarta mano. Entre estos libros se encuentran títulos de autores como Camilo José Cela, Ramón J. Sender, Pérez Galdós, Isabel Allende, Corín Tellado, algunos textos dramáticos del Siglo de Oro, o novelas del oeste de Marcial LaFuente Estefanía; si levantas alguno para hojearlo, puedes encontrar debajo algo escrito por un inglés o por un americano. El puesto lo regenta Pepe, setentón, tipo moreno y chupaillo, que cada noche de verano, a eso de las once u once y media, coloca el par de tablones, la manta, los libros sin distinción de género o prestigio literario, enciende un cigarro y se sienta en una pequeña silla a ordenar y reordenar los que quedaron en las cajas. Y en una de esas cajas encontré uno de los libros más preciado que forma hoy parte de mi modesta biblioteca. Fue escrito por Truman Capote, y se titula A sangre fría. Tras tomar un par de copas por alguno de los garitos del barrio con el cantautor Jose Ruiz, nos paramos éste y yo ante el puesto callejero. Cruzamos unos saludos, ojeamos un par de libros y al verme Jose interesado por el de Capote sacó un par de monedas de su cartera y las puso en manos de Pepe mientras me decía algo así como: espero que disfrutes leyéndola. Hoy ese libro es uno de los que vuelve a pasar por mis manos cada verano junto a El sombrero de tres picos, Réquiem por un campesino español, Sinuhé, el egipcio y Don Quijote de la Mancha.


<<Morirse debe de ser dejar de caminar>>. Si no recuerdo mal, así termina una de las más bellas canciones de Joaquín Sabina, Balada de Tolito. La recordé hace un par de noches, cuando pasé por aquella calle, paseando por aquella acera y no estaba. Miré hacia la otra acera, por si distraído en mis pensamientos había estado caminando por el lado equivocado. Pero no. Miré mi reloj, y eran más de las doce pasadas. Pregunté al camarero de un bar cercano, quien junto a un chavalillo joven comenzaba a recoger los veladores y, por lo visto, Pepe llevaba un par de noches sin aparecer. Sonrió ante mi cara de pánico, o tal vez porque se me escapara un no puede ser, antes de informarle que en las últimas noches había conseguido sacarle un par de palabras sobre su vida, que me había aceptado un cigarro mientras intercambiábamos pareceres sobre uno u otro autor; conversaciones en las que Pepe, sentado en una pequeña silla y yo apoyado en el capó de un coche, guardó largo silencio tras mi pregunta: ¿Hasta cuándo dura un deseo?


¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar? Y tras responder a mi pregunta con otra, me miró como tan sólo puede mirar quien sabe que es cada hombre el que debe responderse a sí mismo ciertas preguntas. Respuestas que, como los amigos que se marchan de esta vida antes de tiempo, permanecerán en uno hasta llegado el momento de irse con ellos; es ley de vida, y en cada hombre está llegado el momento de mirar atrás, comprobar que se ha envejecido de manera leal, honorable hacia las personas que amas y te aman; combatiendo el vacío de cada día –tengo mis propias armas como cada hombre las suyas- con la sensación de sentir cómo vuelve a la vida un viejo libro entre mis manos.

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Un cigarro a medianoche

El cansancio acumulado por el último montaje y un par de copas de más que llevo en el cuerpo hacen que le pida al taxista que pare mucho antes de lo previsto, ¿cuánto es?, a lo que éste responde: tanto. Pica la tarjeta de crédito, buenas noches y gracias. Un par de callejuelas y ya me golpea el aire fresco en la cara, y se agradece.
Estoy en Plaza de Oriente, tengo ante mí el Palacio Real. Saco un cigarro de la chaqueta y lo enciendo. Todo en silencio. Ni un alma alrededor. Tan sólo el coche de los picolos en la puerta del palacio. No recuerdo la última vez que fumé un cigarro en la calle, a solas. Fumar disfrutando cada calada, me refiero. En ocasiones, para tirar un poco de la lengua y recoger información para algún texto, tener tiempo suficiente para fijarme en detalles del sujeto o sujeta que tenga enfrente, ofrezco un cigarro en la puerta de un garito o invito a una copa dentro. Pero aquellos que me conocen saben que ni acostumbro a fumar en la calle, ni soy hombre de bares. Son tácticas que aplico (como todo artesano en su oficio) cuando se presenta la ocasión y no hay alternativas.
Estoy a solas, digo, en Plaza de Oriente. Un cigarro a medio terminar y el Palacio Real ahí, frente a mí, con el coche de los picolos en la puerta. Y en voz baja sale de mi boca junto al humo de la última calada la frase que llevo bastante tiempo guardando: Nunca imaginé que me avergonzaría tanto de ser hombre. Y me acerco unos pasos más a la fachada del palacio recordando uno por uno los comentarios que he tenido que escuchar esta noche, recordando el certero artículo de Pérez Reverte donde analizaba el ritual varonil de esos tipos alrededor de las tres chicas que entraron en el pub poco antes de cerrar, esas miradas de aquí estoy, pequeña, dispuesto entero para ti, para hacerte esto y lo otro y lo de más allá. Actitudes que toman para demostrar quién es el amo, dueño y señor del corral. Tipejos, que, bien o mal vestidos (el dinero puede dar acceso a una mesa y habitación en el Ritz pero jamás a la dignidad y vergüenza), colocan posturitas, se ensanchan ante el sexo femenino, creyendo que toda mujer que entre por la puerta del local lo hace para caer en su dominio, en sus redes, y que nada mejor les podría haber pasado. También he tropezado (no esta noche) con los hipócritas, los sentimentales, los nenes del corderito del Norick ultra suave ultra sensible que no tienen los cojones suficientes para mirar a los ojos y hablar cara a cara, y todo lo disfrazan de amistad, bondad y buenos consejos cuando están a la espera de un momento de debilidad, del momento oportuno.
En todo terreno, los lobos se extinguen cuando no encuentran presas disponibles. Apuro las últimas caladas del cigarro intentando recordar en qué periódico o libro leí tal frase. Quedó grabada en mi memoria, y es muy probable que, desde aquel momento, empezaran a tomar forma frases sueltas del próximo artículo que trazo ahora en mi mente y que en unas horas pasaré a la pantalla del ordenador. Y es que no puedo negar que algunas lo ponen fácil; aunque me duela, ya que en ese grupo se encuentran compañeras de profesión y amigas. Compañeras y amigas a las que se les pone como agüita de limón ante el malote, el chulo, el analfabeto que tan sólo se preocupa de la puesta a punto de su moto y de su cuerpo; tipos de uno ochenta de estatura y espaldas como armarios que, a la mínima de cambio, reparten ostias a diestro y siniestro en una discoteca o donde se tercie; pero si tienes paciencia y cuidado, si rascas un poco en su corazoncito, llegarás a ver un gran conflicto interno de muy atrás, de cuando sus padres se divorciaron y él, adolescente marginado por la sociedad, se sintió solo y abandonado, y comprendes que todo tiene una explicación, y claro. También están las que por necesidad, por supervivencia, por poner un plato de comida caliente a su hijo y vestirlo, se ven en las garras de jefes hijos de puta, soportando un día sí y el otro también las exigencias de un uniforme que marque sus caderas, y las manos de miserables canallas en su cintura cuando pasan a su lado en los estrechos pasillos de la oficina.
Apago el cigarro dejando la colilla en la mano. Estoy ya a pocos metros del palacio y escucho el abrir y cerrar de la puerta de un coche. ¿Algún problema, joven? Saco un nuevo cigarro de la chaqueta y respondo a la pregunta con otra: ¿tiene fuego? Gracias. Me alejo del Palacio Real camino de casa, preguntándome, entre calada y calada, si el principal problema de éste país radica en lo que plantean esas interminables tertulias televisivas de estos días sobre Monarquía o República. Al pasar junto a una papelera tiro la colilla y el cigarro recién empezado. Al fin y al cabo, me digo, qué sería de un hombre sin sus costumbres.
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Traje y corbata

Han pasado más de veinte años, pero aún recuerdo aquella noche. Estabas allí, joven y dispuesto a todo, con el codo apoyado en la barra y asintiendo con la cabeza a todo lo que te decía mi viejo. Yo te observaba desde la terraza del bar mientras me fijaba en las botas deportivas que llevaban por aquellos días los chavales un par de años mayores que yo, que pasaban camino de la Plaza España y que eran idénticas (o al menos así me lo parecía a mí) a las que calzaba un tal Will Smith, que por lo visto era príncipe o duque de un barrio forrado de billetes, sobrino de un juez y el tipo se las ligaba a todas con un simple nena dame tu teléfono, y lo mismo te llamo esta tarde. Sin más. Pero aquella noche era domingo, y se hacia tarde. En el bar quedaban cuatro y tú seguias en el mismo sitio, atento, sin probar nada del plato y sin llevarte el tubo de cerveza a la boca. No me atreví a entrar, a interrumpir. Cuando los mayores hablan, los niños callan. Pero han ido pasando los años, y en fin. Con el tiempo comprendes que algunas escenas de las que fuímos testigos de niños no nesecitaban ser escuchadas. Los palos que recibes en esta perra vida se encargan de hacerte llegar esas palabras que, en noches como en la que te veía asentir ante las de mi viejo, nos son imprescindibles para mirarse al espejo y seguir adelante.

Poco antes de venirme para la capital del Reino, a principios del dos mil ocho, volví a verte. En aquella ocasión no fue desde una terraza esperando que terminara una conversación, sino desde la barra del Bar Curro mientras tomaba café en compañía de Manuel Fernández, director de este periódico. A diferencia de los hombres que te rodeaban en la mesa con el mono de trabajo puesto, tú vestías pantalón negro y camisa de seda gris. Contestabas al teléfono llamadas importantes que interrumpían las órdenes que dabas a tus empleados, y anotabas meticulosamente fechas, precios y nombres en una abultada agenda mientras mirabas la hora en un grueso reloj que colgaba de tu muñeca. Y comprendí al instante que seguiste a rajatabla los consejos de tus mayores. Que todo había ido sobre ruedas desde aquella noche de domingo. Un final feliz y todo eso que ocurre en las comedias. Y digo comedia porque entre café y café, copa y copa y el ring ring del teléfono, te veía reir al saludar a amigos jefes constructores, jefes pintores, jefes electricistas, jefes fontaneros y demás jefes que entraban y salían del bar rodeados de su cuadrilla de empleados. En casa, tu mujer preparaba un gran banquete para más de doscientos invitados como celebración de la comunión de la niña, y en la puerta un coche grande aparcado recién salido del concesionario o de donde salgan los coches recién comprados. Todo.

Mañana salgo camino de Osuna para pasar el jueves y el viernes santo con la familia y amigos, y tal vez vuelva a verte. Miraré en cada barra de bar, esperando encontrarte ante la tercera o cuarta copa y los dos paquetes de cigarros que me han dicho que te metes entre pecho y espalda cada día, lejos de todo y de todos, sin la menor intención de volver a la realidad en lo que te queda de vida. Te encontraré solo, lo sé, sin el menor interés por quién entra ni quién sale por la puerta, con los ojos clavados más allá del televisor que cuelga pegado al techo y por el que te cuentan que la cosa va a mejor, que Rajoy ha ido a las Americas y a triunfado como la Macarena de Los del Río porque al saludarse con Obama éste le ha dicho que muy bien, compadre, yes yes yes, has tomado las medidas que había que tomar, y eso va a crear riqueza, empleo y caramelos para todos. Pero tú ya no ecuchas. Como tampoco escuchas las revoluciones que proclaman los de la izquierda, con eso de salir a la calle todos juntos y unidos en colectividad con el puño cerrado y todos a una, como en Fuenteovejuna. Para ti ya no hay izquierdas ni derechas. Unos te pusieron el pastel ante tus ojos y te dejaron trincar todo lo que pudiste y más, y otros, que son los mismos pero con distinto collar, te hacen ahora vomitarlo hasta echar la bilis. Hoy, con los codos apoyados en la barra, comprendes. Comprendemos. Te veo mirarte en el reflejo de las botellas colocadas en la estanteria frente a ti y sabes, sabemos perfectamente en qué, cómo y cuándo nos hemos equivocado. Y con todo, te dirás recordando palabras antiguas, no he tenido tan mala suerte como otros. Al menos me queda un traje y una corbata que ponerme el Viernes Santo.

Álvaro Jiménez Angulo

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SIAVASH

Miró al tablero buscando una salida para su Rey, que quedó en jaque y completamente acorralado tras desplazar yo mi alfil de D1 a C2. O lo que es lo mismo: jaque mate. Y como su monitor de ajedrez que soy, y porque lo marcan las reglas, se lo dije. Pero él siguió con sus ojos grises buscando una casilla por la que poder evadirse, o algún peón cercano dispuesto a dejarse acuchillar —porque para eso están lo peones— interponiéndose entre mi alfil y el pellejo de su Rey. Una vez aceptada la derrota, desvió su mirada hacia la ventana y, tras un minuto callado, lloró. A Siavash no le gusta perder, gritó uno de sus compañeros de clase. Me levanté y pedí silencio, dejando a Siavash secándose las lágrimas y buscando en el tablero una salida para su Rey que no encontraría.

Siempre que lo comento terminan diciéndome que en metro llegaría lo menos quince minutos antes, pero a mí, una vez terminada la jornada, me gusta regresar a casa en autobús, enterándome de las noticias del día por los auriculares. Y en esta época del año, más: gente desabrochándose los abrigos tras picar el billete al entrar, las luces al otro lado del cristal coloreando árboles y fachadas de escaparates cargadas de juguetes, y algún que otro imbécil Papá Noel en la puerta de El Corte Inglés quitándole el curro a Sus Majestades de Oriente. Pero así es, me digo. Toda la vida currándotelo año tras año, cada 5 de enero de almanaque yendo casa por casa en camello y con los sacos a cuesta, para que un buen día, unos engominados y encorbatados yanquis coloreen de rojo a un gordinflón, le pongan un gorro y lo suelten en el país de uno al grito de los Reyes Magos son cosa de fascista. Por suerte, algunos comercios no han perdido la costumbre de hacer sonar por los altavoces el arre burro arre, y lo de que la Virgen se estaba peinando y todo eso. Pero con el tiempo, como decía el yayo, todo se andará. Y esa es la palabra que me vino a la mente al ver caer las lágrimas de Siavash: Tiempo. Son ya treinta y dos los años que llevo viviendo en este giratorio mundo y, aun sabiendo que no son muchos, y que la vida me tendrá reservada aún algunas de sus miles de jugarretas, uno mira hacia atrás y recuerda cosas: noches, rostros, quejidos e imágenes que, cuando menos te lo esperas, te saltan a la cara para hacerte recordar. Y vaya que si recuerdas. Recuerdas perfectamente a aquella mujer a medio vestir en mitad de la calle —media tarde y 40 grados a la sombra— recibiendo las bofetadas que su hermano le daba una detrás de otra, plaf, plaf, y las caras de la gente asomada por ventanas y balcones, callados, sin decir nada, ni mu, escuchando cómo gritaba que me mata, que me mata, y todo por asunto de verse con un gachó por las noches. O aquel estudiante de interpretación al que sus amigos, tras decidir seguir con la fiesta en otra parte, dejaron tirado en los bancos de la estación una noche de carnaval en Cádiz, totalmente inconsciente, con restos de vómito recorriéndole camisa abajo y formándole surcos alrededor de la boca. O aquel tipo moreno, con cara de gitano, barba de una semana y ojos enrojecidos de noches sin dormir, al que veía llegar cada mañana al piso que compartía por aquellos días con varios compañeros, y cómo éste preguntaba a uno de ellos si ella le había dicho algo, si podía guardar la esperanza de otra oportunidad para poder comenzar de nuevo con ella, a lo que mi compañero respondía que no sabía nada, que la había visto pero que no habían hablado sobre el tema, pero que no se preocupara, que él era su amigo, su hermano —esto de hermano lo tengo grabado a fuego— y que haría cuanto pudiera por ayudarle a volver con ella, cuando la noche antes, y muchas otras noches después, me costaba trabajo conciliar el sueño entre los gemidos que compartían la ex del moreno y los de mi compañero.

Los recuerdos se agolpan mientras el autobús me acerca a casa. Y parece que nada tienen que ver las noticias que oigo. Pero sí tienen mucho que ver. Unos roban millones con la tranquilidad del que come palomitas en el cine, o cogen el coche tras una fiesta y se meten en carretera puestos de coca y alcohol hasta arriba, y otros se follan a la novia del prójimo y al ver a éste le dicen hola qué tal estrechándole la mano. Y son los mismos. Los mismos tipos que, a la mínima de cambio, tienen la sangre fría de destrozarte la vida, y sin pestañear. Pero al menos, como decía a mi alumno de ajedrez Siavash mientras esperábamos el autobús tras la clase, podremos tener la conciencia tranquila de haber peleado hasta el final, de haberlo dado todo por salvar a nuestro Rey.


Álvaro Jiménez Angulo

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Libertad 8

No puedo ver Madrid con otros ojos, que no sea desde el punto de vista de plasmarlo todo en negro sobre blanco. Camino por la ciudad consciente de que todo aquello con lo que me tropiezo por el camino formará parte de algún texto medio escrito, las réplicas de algún personaje, o el intento de un artículo. En los primeros meses necesitaba de la soledad para poder echar al zurrón aquello que me interesaba. Hoy, ya un poco más curtido en el oficio, puedo prescindir de dicha soledad. Con o sin compañía tomo aquello que me interesa y de lo que no, paso. Y la otra noche, fue una de ellas. De las que se quedan grabada para siempre en la memoria. Y clavada en el gaznate.

Clavada porque sé que debería haberme ciscado en sus muertos allí mismo, al instante y en su asquerosa cara, pero no lo hice. Tragué saliva, como pude, miré a mis dos acompañantes, que conocen al tipo de detrás de la barra, y callaron. Uno miró al suelo y el otro salió a fumar un cigarro. Y el tipo siguió a lo suyo. De un lado a otro de la barra recogiendo y colocando botellas. Como si no hubiera pasado nada. De vez en cuando, al sentir mis ojos en su nuca, echaba una hojeada por si el andaluz al final se rebotaba, sonaba la música y comenzaba el baile. Pero, al igual que ellos, callé; tal vez por Amparo, que estaba con nosotros y era su primera noche aquí, la capital del Reino; tal vez porque no era el barrio ni el día adecuado: 6 de julio, Chueca, día del orgullo Gay, 02:30h y la calle y los garitos a reventar de gente; o tal vez por cansancio, porque son ya tres los años que llevo por estos barrios “progres”, “modernos” y “multiculturales”, y las piernas me tiemblan cada vez más ante tanta basura y demagogia.

Se llama Libertad 8, el garito. Situado en pleno corazón de Chueca. Concretamente en el número 8 de la calle Libertad, de ahí el nombre. Famoso por sus editoriales de poesía y sus conciertos de cantautores. Un rollo en plan cultureta bohemio que te rilas. Ya saben. Uno de estos sitios en donde se congregan los nenes con carita del nórick ultra suave ultra sensible, y las nenas que necesitan que el chico tenga algo especial. Algo así como el Di Caprio en el Titanic pero sin tanto frío y sin que se hunda. Llevo más de una década viendo cómo a mis primos les funciona el rollo de la guitarra, las gotas de lluvia que resbalan sobre los cristales de la habitación y mi almohada que aún guarda tu perfume. Y bueno. Si la cosa funciona, pues por ellos me alegro. Pero no era de mis primos sobre lo que quería hablar, si no de cómo rascando un poco, se encuentra la mierda. Porque mierda es precisamente lo que voy encontrando en esos sitios que se la dan de libertarios, de progresistas. Y no es que me esté volviendo un facha. Pero si así está ocurriendo, es por culpa de contestaciones como la que recibió Amparo tras pedirle al tipo de detrás de la barra de si, por favor, y ahora que va quedando menos gente, podía poner algo de flamenquito, que vengo de Andalucía y es la primera noche que estoy por los madriles con mi gordo. El flamenquito lo vais a tener que buscar los andaluces en menos de un minuto en otro sitio, contestó. Y siguió a lo suyo. De un lado a otro de la barra recogiendo y colocando botellas. Y se llama Libertad 8, el garito. Situado en pleno corazón de Chueca. Concretamente en el número 8 de la calle Libertad. De ahí el nombre.

Pero claro. Pones la TV, o abres un periódico por la sección de CULTURA, y lo ves. Ves a qué llaman ellos CULTURA (lo ponen así, en letras grandes). La Paulina Rubio, la Chenoa o el Justin Bieber y la última serie americana de moda, ocupan sus páginas. O el fútbol, también. Después, cuando estás tomando un par de copas con los amigos en el Libertad 8, o en el Bibendum, los escuchas hablar y tienes que callar. Tienes que callar porque hoy en día resulta que ver y estar al tanto sobre la programación de la MTV, o saber qué grupo o cantante ha sido premiado con un Gramy, es tener CULTURA (también así, en letras grandes).

Defender la Cultura como Memoria, como herramienta para conocer nuestro pasado y poder así comprender en algo nuestro presente. Valernos de la Cultura como vehículo que nos acerque al significado y valor de palabras como honradez, honor o decencia, deberían estar entre los principales objetivos de los políticos, y en el día a día de todo ciudadano. Pero éstos, los políticos, no hacen otra cosa que evitar tales palabras en sus mítines y apariciones por TV, sustituyéndolas por el buen rollito, el todo vale y lo socialmente correcto. Rebajando la Cultura a un nivel en el que ellos se sienten cómodos, tranquilos y seguros. Llevando a toda una generación prácticamente analfabeta a sentirse y ser clase dominante, siendo en realidad, debido a su analfabetismo, la clase dominada (gracias señor Quintero). Un generación moldeada por unos medios de comunicación que los cuida, los mima, haciendo las programaciones televisivas y radiofónicas a su medida. Una generación en la que cualquier impresentable puede colocar la palabra Libertad en la puerta de su casa, y después fumarse un puro.

Han pasado un par de semanas desde aquel 6 de julio. Son las 01:30, y los camareros de los restaurantes comienzan a recoger las terrazas. Cada noche, tras pasar la tarde dándole a las teclas del ordenador, vengo a Plaza Mayor a descansar y a leer. Estas últimos noches, he estado leyendo algunos artículos de don Pedro Garfías, reunidos bajo el título “La voz de otros días”, publicado por Renacimiento. En uno de ellos, titulado “Posdata a un medallón”, dice así:

“No se improvisa una conciencia. Tampoco una sensibilidad ni una cultura. Sería yo el más necio de los hombres, si pretendiese de estas gentes que comprendieran el valor del espíritu, su razón de ser y de perdurar. Pero me creo con derecho a exigirles respeto, fervoroso y humilde respeto, a lo que no comprendan.”

(El eco de Osuna, n. 109, 2 de noviembre 1924)

Álvaro Jiménez Angulo

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Una obra para Paula

Hoy es una de esas noches, por lo que decido dejar el cigarro a la mitad y entrar tras saludar a Jose, el portero. Tras varios disculpas y algún que otro codazo, llego a la barra. Teresa me recibe con una sonrisa y me pregunta qué tal. La lluvia empezaba a arreciar y he decidido meterme en casa, le contesto. Teresa ensancha su sonrisa mientras llena la copa generosamente, y yo disfruto de esa sonrisa casi tanto como ella de mis ojos recorriendo su escotada espalda al volverse para colocar la botella en la estantería. Pago a Teresa y ésta vuelve a su trabajo: sonreír y poner copas. Busco un hueco en el que poder tomarme la copa tranquilo y dejar el abrigo bien a la vista. Lo encuentro. Cojo la copa y me atrinchero en esa soledad que tan sólo te puede dar el rincón de la barra de un pub atestado de gente. Es todo lo que necesito.

Pasa el tiempo y estoy bien, tranquilo, a mi aire, suponiendo que quede algo de aire en el local, que ya es suponer. Por los altavoces suena Se me olvidó otra vez, en la versión del grupo Maná. Levanto la vista y la veo ahí, en el espejo, entre botellas de vodka y licores tropicales. Morena, ojos oscuros. Un cuerpo de los que te quitan el hipo y algo más si te descuidas. Baila con una chica en el reducido espacio que cuatro tipos forman alrededor de ellas. Algo más de dos losetas. Los tipos se lo pasan bien. Se dan codazos uno a otro, y alargan la mano siempre que pueden. El más alto de los cuatro mira hacia el espejo y, si llega a estar unos centímetros más cerca, lo resquebraja. Este ha estudiado el cuadro de Las Meninas, me digo. No tengo el cuerpo para mucha feria, por lo que decido dar otro sorbo a la copa y bajar la vista. Una retirada a tiempo y todo eso. Ya saben. 

Comienzo la segunda, por cuenta de la casa. Un taburete es colocado a mi lado y Paula me dice su nombre al sentarse. Respondo diciéndole el mío. Me pide que le cuente a qué me dedico, el tiempo que llevo en Madrid, de dónde soy, qué libro es el que acabo de guardar en el bolsillo del abrigo, y yo respondo una a una sus preguntas, intentando no mirar las piernas cruzadas que dejan al aire su corta falda, y una vez respondida la última, le pregunto sobre su vida, a lo que ella me responde que en su país estudió interpretación y que le encantaba cómo la miraba bailar, y esto me lo dice puesta en pie y entre mis piernas, dándome cortos besos en la boca, bebiendo de mi copa entre beso y beso, pidiéndome que le escriba una obra para ella, una obra en la que ella sea la protagonista, y entonces bailará para mí, para mí solo, y coge mis manos y las coloca justo donde termina su espalda, y me pregunta si es que no me gusta, y yo le digo que me gusta mucho, y que le escribo no una, las que quieras, pero será mejor que tenga las manos libres, para cuando lleguen tus amigos y las necesite, y ella sonríe mostrándome su perfecta dentadura, y me dice que ni siquiera los conoce. Con mi copa en la mano me pregunta si todos los sevillanos son tan tímidos y formales como yo, y le contesto que sí, que no se puede hacer una idea de lo tímido y formales que somos. Ni la más mínima idea, Paula. Y sonríe y me da otro corto beso, tras beber un trago. 

Jose y yo la observamos alejarse calle abajo. Un abrigo negro echado sobre los hombros y los tacones en la mano. Preciosa mujer, le comento. Y éste, que lleva muchos años cerrando locales de toda clase y maneras, me ofrece un cigarro y dice: sí, preciosa mujer, pero lástima de todo lo que se mete, por lo que no creo que la belleza le dure mucho. No son pocas las noches que no se tiene en pie y la llevo a un taxi; otras, cada dos semanas, algún tipo le hace el favor de acompañarla. Lo poco que gana en Dios sabe qué trabajos se lo gasta en canutos o en empolvarse la nariz. Cuando ya no le quede nada, volverá a su país enganchada a la mierda, y si alguien no espera su regreso, acabará en tugurios de mala muerte dejándose hacer por un pico o por unas copas. Y yo observo cómo Paula se aleja calle abajo. La observo y me pregunto, recordando sus cortos besos, cómo podré escribir algún día una obra a aquél punto negro que se pierde al fondo de la calle.

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In the London y la madre que los parió

Hay días en que las fuerzas se desvanecen y ya no aspiras a nada más, o tan sólo a que este mundo te pise el pescuezo lo menos posible. A quedarte fuera, o al margen, si puedes, para que todo lo que te molesta de ellos, que son al fin y al cabo los que manejarán el cotarro de nuestra piel de toro en pocos años, venga a rozarte lo menos posible. Días en los que darías todo lo que posees por ser uno de esos tipos que se mantienen ajeno y distante de todo; como aquellos que aparecen en las películas del oeste con su caballo, su rifle y su talego al hombro. Refugiarte en tus ideas, tus lecturas, para mantenerte firme en tu actitud ante tanto imbécil que a la mínima de cambio viene a explicarte el cómo y el por qué de las cosas. No son pocas las novelas y artículos que he leído sobre este sentimiento, al que quizás podría denominarse desasosiego, o tal vez melancolía; yo tampoco encuentro la palabra apropiada. No son pocas, como os digo. Y lo que queda.

Así comenzó este año, con uno de esos días. O más concretamente, con una de esas noches: Nochevieja. Dejo la copa en la mesa y, tras darle la razón a la joven que me acaba de soltar un discurso sobre qué es el arte y cómo éste influye o es influido por nuestra sociedad, tomo camino de la cocina dejando en el salón del piso a los invitados de la fiesta con sus copas, sus músicas y sus discursos. Llego a la cocina y, tras abrir la ventana, recuerdo que no tengo un maldito cigarro. Hasta primeros de mes, no cobro. Tras una pregunta que llega a mis oídos desde la puerta, un cigarro aparece ante mis ojos. Pues ya ves, contesto. Aquí con un complejo de paria que me voy de vareta. Nos hemos equivocado, colega, porque acabo de enterarme que la médula del asunto era y es otra cosa muy alejada de lo que hemos venido haciendo hasta ahora, que el arte, la cultura, el estudio y la experiencia que forjan al hombre para el oficio, es algo que no lo hemos rozado ni por asomo, y que las clases que recibiste de Anatomía, Composición, Estética o Perspectiva sirven para la misma mierda que las que recibió tu hermano en su carrera o las que recibí yo en su día de Historia del Mueble, Historia de las Artes del Espectáculo, Espacio Escénico o Literatura en la mía. Incluso tus años de Conservatorio allá en el pueblo, para nada. Y es que hemos estado haciendo el canelo creyendo lanzar mensajes al mundo mediante tu música y mis artículos, mientras éste se partía de la risa. Y no es para menos.

Imagínate el cuadro que componemos. Tú cruzando Madrid de punta a punta un par de veces al día y de lunes a viernes para impartir clases de dibujo, pintura o música, tu hermano de monitor en éste o aquél colegio en los que lo mismo vigila a los nenes en el recreo que enseña época y autor de éste o aquél cuadro, y yo, encajándome cada miércoles en el norte de Madrid para montar “Caperucita roja” con un grupo de pequeños y pequeñas a los que le hace tela de gracia cómo digo “os he dicho sientos de veses que os senteis”. El resto de la semana, ya sabes dónde puedes encontrarme. El 26 te deja en la puerta. O casi. Y en los ratos libres, tu a aporrear el teclado y yo las teclas del ordenador. Caramelo.

Pero estos aporreamientos no nos van a llevar a ningún lado. A cruzarnos Madrid de punta a punta en el cercanías. Poco más. Y no es que lo diga yo porque he visto la luz, que por cierto, tenemos que estar al loro con la factura de Noviembre, que como nos descuidemos nos la cortan, sino que me lo ha dicho la joven con la que me viste hablando en el salón. Ella sabe. Ella vive en London y parla la lengua del comandante Nelson que lo flipas. Por lo visto ha estado viviendo en casa de okupas durante un par de meses, antes de pasarse a una residencia en la que lleva un par de años. Ahí se hizo los pircings que lleva en cada pezón y uno más abajo, en el ombligo, en la residencia. Los veranos los pasa en festivales de música harcore, tecnocore, indicore y algo más que termina en core. Tremendo. Cada verano, entre concierto y concierto, ha conocido a tela de gente de todo el mundo. Lo mismo a anti-sistemas que a miembros de grupos como Lenguas sin Fronteras, Condones sin Códigos de Barras, Achuchones y Refregones por la Paz y algunos más que ahora no recuerda. O sea. Conocer. Comunicarse. Vivir experiencias. Dejarse llevar. El acabose.

La cultura está en London, como dice la joven. O en Nueva York, también. Ahí seguro que triunfamos. Porque aquí, qué podemos encontrar aquí, en un país donde la gente no se pone de acuerdo ni para pedir un café. Solo. Cortado. Con leche. Descafeinado de sobre. Descafeinado de máquina. Para mí un menta poleo. Aquí, como mucho, podemos encontrar a pocos pasos de esta calle, justo esquina con Atocha, el lugar donde se hizo la edición príncipe del Quijote. Y si nos metemos por la calle Cervantes, pasaremos ante el lugar donde vivió Lope de Vega sus últimos años y escribió sus últimas comedias. Por esas mismas calles, hoy denominadas en conjunto Barrio de las Letras, pasearon y moraron Miguel de Cervantes, el citado Lope, Francisco de Quevedo y su enemigo Góngora. En la esquina de la calle León con la calle Cervantes, una lápida señala el lugar en el que, olvidado y en la miseria, vivió y murió el autor del Quijote. Y en la calle Lope de Vega, antiguamente llamada Cantarranas, está el convento de las Trinitarias; el sitio en el que descansan las cenizas de don Miguel, sin apenas homenajes público que lo señale. Por eso, en noches como esta y en ambientes y pisos ajenos, me pregunto por qué mi madre no me parió en London.

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