Hombres honrados

La sonrisa, si cabe, achica aún más los ojos del hombre con nevera colgada al cuello que aparece tras abrirse las puertas del autobús. Bien entrado en los sesenta, deduzco de un primer vistazo. Como indumentaria una sucia camiseta, un agujereado pantalón sujeto a la cintura por una cuerda, unas chanclas con suela de papel de fumar. Agarra con la mano izquierda el oxidado hierro que cumple la función de pasamanos y, sin perder la sonrisa en la cara, extiende la derecha. Una mano pequeña, nudosa, de la que puedo sentir su aspereza al estrecharse con la mía mientras que, impulsándose él desde el suelo y yo tirando desde arriba, logramos que suba los tres escalones con facilidad y rapidez.

Las puertas se cierran. El motor ruge como si de un momento a otro fuera a reventar bajo nuestros pies para, tras un fuerte racheo, continuar la marcha sobre la avenida. El calor es asfixiante. Abro aún más el cuello de la camisa, y dejo a un lado todo aquello que observaba tras el cristal: hileras de ropa colgadas en ventanas de edificios a medio construir, viejos taxis a las puertas de un gran y moderno centro comercial, la niña con mochila al hombro esperando frente al paso de peatones que algún coche (de los cientos que pasan en ese momento) detenga su marcha y poder así cruzar. Dejo todo eso, digo, para centrarme en el abuelo y verlo recorrer de punta a punta el pasillo ofreciendo su mercancía a los viajeros. Pronuncia unas palabras, y levanta la tapadera de su nevera. Algunos lo miran y niegan el ofrecimiento con un leve movimiento de cabeza. Otros siguen a lo suyo, con la vista al frente. Los más jóvenes teclean en el teléfono móvil bien agarrado entre las manos, ajenos a todo y a todos. En su celular, como dicen acá.

Siguiente parada. Me acerco al chófer y le pregunto si es en ésta en la que tengo que bajar. Una más. Muchas gracias. El autobús reanuda la marcha, y yo me dirijo hacia la puerta de salida sin soltar la barra del techo para no perder el equilibrio. Me coloco tras una señora con una cesta colgada al brazo y espero, cuando una voz rasgada dice algo a mi espalda y que no llego a entender. Al volverme están ahí la sonrisa y la nevera abierta. El abuelo vuelve a hablarme, pero en esta ocasión colocando ante mis ojos la palma de su mano con el dedo anular levantado. Una cicatriz cruza esa palma. Meto mano al bolsillo del pantalón. Tanteo unas monedas. Y mientras las siento entre los dedos mis ojos desenfoca la palma para volver a esa sonrisa tan parecida a aquella otra de finales de los noventa, primeras horas de una mañana de enero, a un par de kilómetros de Estepa y los olivos cargados de agua por la lluvia de anoche, cuando las primeras luces del día me dejan ver las ramas manchadas de sangre, el macaco manchado de sangre, el peldaño del banco manchado de sangre. Miro mis manos. La voz del manero me llama. Jiménez, abaja de ahí. De un salto (eran otros tiempos) bajo los cinco peldaños y estoy en tierra. Trae, ordena. Se pone el ducados en la boca, me coge la mano, abre el corte y, soltando la bocanada de humo me dice no es ná, los hombres honraos tienen manos duras, anchas, encallás, y más cuidao, sobre todo a primera hora que se ve poco y los olivos y los bancos aún están resbalosos. Se quita el ducados de la boca, sonríe, y de otro salto vuelvo a lo alto del banco.

Una ligera brisa de aire fresco me despeja. Se cierran las puertas del autobús a mi espalda. El abuelo pasa por mi lado con paso lento, monótono, hacia la otra esquina de la avenida señalizada como parada de autobuses y taxis, en busca de otros clientes, guardándose en el bolsillo la moneda que le he dado a cambio de un frío envoltorio de papel verde. Lo abro. Cojo el palito de madera y saco uno de esos helados de nieve que llaman Pirulo o algo así en España. Lo miro. También de color verde. No lo tome, me dice la señora mientras deja la cesta en el suelo y seca con un pañuelo el sudor de su frente. Seguro está malogrado. Los hacen en su casa, con agua sucia, sin hervir. Bótelo. Se pondrá enfermo si lo toma. Y no dice nada más. Tampoco responde a mi agradecimiento. Coge la cesta, la cuelga en su brazo y se marcha. Gracias, repito, aun sabiendo que ya no puede oírme. Me acerco a la papelera para tirar el Pirulo y justo al soltarlo me arrepiento de haberlo hecho. Miro hacia la parada y lo veo frente a un grupo de turistas que esperan o acaban de bajar de un autobús cargados de maletas y resguardados del fuerte sol bajo anchos sombreros. La tapadera abierta. La sonrisa. Dirijo mis pasos en dirección opuesta y llego a un paso de peatones en el que una niña espera poder cruzar. Un coche, de los  cientos que pasan, se detiene. Me fijo en quién va al volante y veo una cara de hombre pulcramente afeitada y una raya a un lado en el pelo perfectamente colocada. Camisa blanca y corbata negra. Las manos, finas. A primera hora se ve poco y los olivos y los bancos aún están resbalosos, recuerdo esta mañana por segunda vez. Se detiene otro coche. Y otro. Al cuarto la veo cruzar con paso ligero y su carpeta al hombro camino de la escuela.

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Respuesta a un cerdo

Aquí me tienes, imbécil, cumpliendo la palabra dada. Soy yo, en efecto, el sevillano, el mismo que estuvo sentado frente a ti en aquel Cien Montaditos del centro de Madrid, viernes noche en calle Príncipe, ya sabes. Montadito de lomo con pimiento y zumo de naranja. ¿Te acuerdas?, pues el mismo. El hijoputa que se la daba de enterado de la vida respondiendo a tus preguntas con una leve mueca sonriente, un silencio, un trago al zumo. Coger una servilleta de papel, limpiarme la boca, y seguir comiendo. El que miraba la pantalla plasma del televisor —yo, que en mi vida he visto un videoclip de la MTV de principio a fin— pasando muy mucho de tus charlas y de las del resto de tus camaradas sentados a la mesa. El que de vez en cuando —tú llevabas la voz cantante— te miraba durante tres segundos así como medio raro. Ese engreído que, para que cerraras de una vez la asquerosidad que tienes entre la nariz y la barbilla, te dijo poco antes de levantarnos de la mesa aquello de te responderé por escrito. El Pespunte punto es. ¿Me recuerdas ya? Pues eso.

Y a ello me dispongo, a responderte. Nada más entraste en el local ya vi que apuntabas maneras. Nuestro amigo en común, tus compinches y yo llevábamos buen rato sentados a la mesa, porque a diferencia de ti —un par de minutos arriba, un par de minutos abajo— llegamos todos a la hora acordada, cuando te dignaste aparecer con tu paso lento y cargado sobre dos playeras renegridas, unas piernas anchas y peludas asomando por un pantalón corto el cual podría pasar mejor por bañador masculino, y una camiseta con resecos surcos en la parte de las axilas. Por un momento tuve la sensación de que en vez de estar en un bar del centro de Madrid había vuelto a uno de aquellos llanos andaluces en los que se cortan y pelan ajos a destajo. Aquí lo tienes, me dije. Ropa cómoda y fresca para los meses de verano. Dónde carajo se creería que iba a cenar el colega, y con quién. Ya una vez sentado frente a mí pude verte el careto. Treinta y tantos. De mi quinta, año arriba año abajo. Y a pesar del reloj Casio efe no sé cuántos que gastas cogido a la muñeca por dos gomillas de un dudoso color negro, mantuve la esperanza en pasar una buena noche en compañía de mi amigo, de tus colegas y de ti. Porque no hay que dejarse llevar por las apariencias, y lo mismo venías de ayudar a hacer una mudanza, o de trabajar como técnico en algún concierto y la furgoneta te había soltado en Puerta del Sol, o en Antón Martín, y antes de ir a casa preferiste pasarte y cenar con los amigos, por qué no, y pasar un buen rato. Y es que no se puede ir por el mundo juzgando a las personas por el atuendo, Álvaro, hombre. Que eres un mal pensado y un cabrón. Un superficial, como dicen los finolis.

Luego me di cuenta que no. Ya con los montaditos y las patatas en la mesa uno de tus colegas te preguntó de dónde venías, y ni mudanzas, ni concierto ni nada. De la biblioteca, respondiste, como si la duda te doliera en el alma. Y te dolió, no lo dudo. Pero no más que a mí al quitárseme el hambre cuando levantaste una pierna para apoyarla en la rodilla de la otra y tu pie descalzado quedó ahí, a la altura de la mesa. ¿Se puede llegar a tener más mierda entre los dedos y bajo las uñas de los pies? No, cacho cabrón, no se puede. Tragué como pude ayudado por el zumo la pelota de pan y pimiento que se me hizo en la glotis, y ya me disponía a despedirme de mi amigo para largarme cuando tu respuesta a la segunda pregunta de tu compinche me dejó clavado en la silla. A las tías nada más que le van los nenes de gimnasio y con ropa de marca, soltaste por esa cosa con la que engullías la comida. Miré a mi amigo. Él me miró a mí. Y cumplir el ruego de sus ojos me llevó a seguir sentado, callar y desviar la mirada hacia la pantalla plasma del televisor, parando antes durante tres segundos en tu cara. En tu asquerosa cara.

A partir de ese momento empezaste a mosquearte un poco, reconócelo. Incluso te costaba quitarme los ojos de encima, por lo que nuestro amigo en común se quedó sin que nadie le hiciera el más mínimo caso. En la mesa se hablaba de lo que les pone el chichi como agüita de limón a las mujeres, y qué puede saber un gay sobre chichis ni limones, ¿verdad? Vosotros sí lo sabíais, lo sabéis. Sobre todo tú, la voz cantante del grupo. Lo que les gusta y lo que no. Lo que aceptan y lo que rechazan.

Y qué rechazas tú, soplapollas. ¿Acaso cuando vas por la calle te fijas en las que van con el pelo grasoso, las uñas llenas de mierda, o la camisa con más lámparas que la casa de un hebreo? Cuando estás de copas en una discoteca, detrás de quién se te van los ojos. Al ojear fotos colgadas en alguna de esas redes sociales, ¿miras el currículum antes de pulsar sobre la pestañita del Me Gusta? No sé por qué, pero me da a mí que no, que no lo miras. Pero déjame decirte algo más. Detrás de esos bíceps, tríceps, abdominales en forma de tabletitas de chocolate con leche o a la taza y culitos prietos hay —no siempre, pero te aseguro que los hay— un arquitecto, un médico, un astrólogo, un camarero o el recepcionista de un hotel a los que les encanta y disfrutan de su trabajo. Y muchos de ellos conocen y leen a Horacio, Homero, María Zambrano, Nietzsche o Virginia Woolf, por decir unos cuantos. Y tras ocho o nueve horas de biblioteca, o tras la barra de un bar, en lugar de ir a casa para tirarse en el sofá con una cerveza en una mano y un kebab en la otra frente al Juego de Tronos, al Horror Americano o al Brekin Bad o como carajo se escriba eso, hacen un esfuerzo más y se meten en el gimnasio, a sudar la gota gorda. Y llevan una dieta equilibrada, saludable, día a día, cuidando su aspecto para mantener una imagen que les guste a ellos y, por qué no, atractiva para alguna que otra mujer, o algún que otro hombre. Porque de todo hay en la viña del Señor. Incluso cerdos como tú.

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Amparo

Amparo

Hoy me siento como un árbol

que se supiera mujer:

Ya no quebradiza rama

sino rotunda intuición,

y la sólida certeza

de saber dónde es que estoy.

GIOCONDA BELLI

 

Al quedarse dormida dudé por un instante en si estaría o no en lo cierto sobre lo que le había contado: que eran unos gatos quienes se desplazaban de un lado a otro del tejado. La noche era fría, de primeros de marzo, y acostados en un colchón sobre el suelo y tapados con un par de gruesas mantas le pedí que me repitiera, uno por uno, los juguetes que le habían regalado por su quinto cumpleaños, celebrado un mes antes, y una vez repetidos todos se me acerca un poquito más porque mira, nene, me dice, para cuando sea mayor me comprarán unos patines blancos, de bota, pero todavía no porque soy muy chica. Y sus rizos sobre la almohada, y sus ojos cerrándose lentamente —aún un tanto temerosos por los persistentes pisadas sobre las uralitas— dejaban ver cómo, poco a poco, el sueño vencía a la inquietud de saber que aquella noche el papa y la mama debían pasar la noche en un hospital de Sevilla, hasta ir quedándose dormida en aquel salón de casa de los abuelos, no sin antes buscar la mano de su hermano para cogerla y permanecer los dos así, tapados con un par de gruesas mantas y bajo aquel tejado.

Llegaron aquellos patines, a la mañana siguiente debía presentarme en la Escuela Superior de Arte Dramático de Sevilla para las pruebas de ingreso en la especialidad de Escenografía, y quiso acompañarme. Y al salir del aula tras responder a las preguntas del tribunal estaba ahí, con diecisiete años, ojos de un suave castaño oscuro y el pelo sobre los hombros. Sentada en un banco de los situados a la entrada del edificio y con un libro en las manos. Historia de una escalera, de Buero Vallejo. Me senté a su lado y leímos juntos la última escena. Osú nene qué bonito, me dijo, tras leer la palabra “Telón”. Y tras salir del edificio tapeamos en el bar San Eloy, y después callejeamos por el centro de la ciudad —La Campana. Calles de Jesús del Gran Poder, Trajano y Amor de Dios—, y al dejar atrás la Alameda de Hércules, ya en calle Feria, señalé la cancela entreabierta de un viejo portal. Ahí, le dije, hay muchos más. Cruzamos la calle, ella se adelantó acelerando el paso, y por primera vez la vi entrar en una vieja librería.

Hoy, separados por más de quinientos kilómetros y con tanto hijo de la gran puta suelto por esos campos de palio, capilla y estoque, recordarla recorriendo los estrechos pasillos de aquella librería sevillana me tranquiliza. Y Mucho. Porque yo también formé parte de esos campos. Porque estos quinientos kilómetros que nos separan podrán modificar el acento, pero no la memoria. Y porque pasan los años, y al bajar cada verano sigo viendo en vuestros ojos ese asqueroso y cobarde desprecio hacia todo lo proveniente de fuera que huela a Cultura, a cambio y a progreso; a todo aquello que pueda romper esa burbuja creada por una sociedad —la vuestra— con una vida pública marcada y estructurada en torno a las Cofradías y las Hermandades de Semana Santa o del Rocío. Lo demás no interesa. O no da votos, como pensará la alcaldesa. Las exposiciones a los museos llegan con cuentagotas, cuando llegan. El salón de actos de La Casa de la Cultura, en lugar de ser espacio de encuentro con aquello que su mismo nombre indica (Pintura, Música, Arquitectura, Literatura, Teatro, Historia), sirve para que los miembros y miembras y amigos y amigas del Círculo Taurino hablen de sus cosas cada final de temporada. Las librerías subsisten gracias a la venta de libretas, bolígrafos, revistas del Sálvame de lux o como carajo se escriba eso, y de las fotocopias. Las calles, cuando se las mira con algo de intención en mejorar sus fachadas y sus aceras, no es por otro motivo que la pronta aparición por la esquina de la Cruz de guía.

Pero me tranquiliza, os decía. Recordarla pasando los dedos por la cubierta de libros escritos por autores y autoras como Emily Brontë, Bram Stoker, Virginia Woolf, Mario Benedetti, Oscar Wilde, García Lorca, o sus queridísimos Isabel Allende y García Márquez, me produce tranquilidad. Y me da fuerzas. Y confianza. Fuerzas para seguir luchando contra lo que para vosotros es la “Cultura”, y que no es otra cosa que el mantenimiento estructural en sociedad de un andamiaje patriarcal creado y mantenido por hombres: Hermandades Cofrades gobernadas desde sus inicios por hombres; la total negación a que cargos presidenciales sean ocupados por mujeres, o puestos como el de capataz —tan sólo conozco a una mujer que ocupe ese puesto—, o el de costalera bajo un paso; la falta de nombres de mujeres —porque la barbarie no distingue de género— en los carteles taurinos. Y todo ello, claro está, con el consentimiento de políticos analfabetos y analfabetas miserables que, por no perder votos y porque la vergüenza y la segunda parte de Don Quijote de la Mancha les queda muy lejos, no os atan corto y ponen las cosas en su sitio.

La tarde es fría, de primeros de marzo, y estoy sentado en una plaza del centro de Madrid, leyendo. Una niña, de la mano de su padre, patina alrededor de la plaza. Dejo la lectura para observarlos. Y presto aún más atención al escuchar al padre decir desde ahora tú sola, Miriam, y la suelta. La niña se asusta y cae al suelo. El padre la ayuda a levantarse, vuelve a tomarla de la mano para volverla a soltar y la niña vuelve a caer. Y así varias veces. Desde ahora tú sola, le dice siempre. Y mientras la niña cae una y otra vez saco papel y lápiz y doy comienzo a un nuevo artículo recordando aquella noche en casa de los abuelos en la que mi hermana cogió mi mano poco antes de quedarse dormida, y cómo años después aceleró el paso —dejándome atrás— para entrar en aquella vieja librería.

Y así debe ser. Hoy vas formando tu propia biblioteca, con tus propios libros, tus secretos anhelos y tu memoria. Vas formándote día a día en tu profesión, tomando tu camino, construyendo un proyecto de vida. Y ese proyecto —a diferencia de generaciones de mujeres que vivieron su juventud antes de la década de los ochenta, e incluso los noventa— puedes y debes formarlo tú sola, porque es para ti y nadie más. Porque no hablo de formar el proyecto de un hogar, unos hijos, una cuenta bancaria a nombre de tu chico y el tuyo y todo a medias, no. Me refiero a un proyecto en el que, si todo se hace pedazos, porque los hogares lo mismo que se levantan también caen, y miras a tu alrededor y no ves a nadie, tengas para agarrarte y seguir adelante lo más importante que toda persona puede tener: una vida. Y esa vida, la tuya, estará guiada gracias a los libros por la mano de mujeres a las que les fue negado el derecho de aprender a leer por el hecho de serlo; mujeres a las que se les exigía la autorización del marido para poder pedir un préstamo al banco; mujeres que veían cómo sus obras —incluidas literarias— eran firmadas por sus maridos robándole la autoría; mujeres que han vivido —y siguen viviendo— en una sociedad creada por hombres. Y para combatir al patriarcado, nena, tan sólo tenemos una herrmienta, la más hermosa y eficaz: Cultura.

 

Álvaro Jiménez Angulo

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De socialismos y de putas

Lo desenvolvió y se lo metió en la boca. Hizo una pequeña bolita de papel con el envoltorio para –tras un corto recorrido sobre dos tacones de aguja– acercarse a la papelera. En aquel momento el camarero colocaba ante mí un zumo de naranja y, así como hay hombres que pasan las tardes de domingo paseando por las galerías del Museo del Prado contemplando obras de Goya o El Greco, a mí me gusta observar cómo –bien paradas a mitad de calle, bien sentadas en las escaleras de entrada a un centro comercial– mascan chicles las putas.

Tiró la pequeña bolita en la papelera y volvió a su puesto de guardia, a mitad de calle. La tarde era fría, y amenazaba lluvia. La cafetería se llenaba por momentos. Cuatro tipos de unos treinta años cada uno y con aspecto de venir del gimnasio pidieron unos batidos. Siéntense, les dijo el camarero. Los tipos se sentaron en unos sillones colocados alrededor de una mesa y, para cuando llegaron los batidos –chocolate, fresa y dos de kiwi y maracuyá– caían las primeras gotas tras el cristal por el que seguía observando a aquella mujer que, resguardada ya bajo el toldo de unos grandes almacenes, tecleaba en su teléfono móvil.

Que la mujer mantuviera la mirada baja y no pudiera verle el rostro no fue lo que hizo desviar mi atención hacia aquellos sillones, sino la pregunta lanzada en voz alta por uno de los tipos. Y tras la pregunta, la indignación por parte de los cuatro: injusticia, corrupción, una clase obrera cada día más pobre a costa de un mayor enriquecimiento por parte de las clases altas, un IVA cultural por la nubes. Y para todo ello, una solución: cambio. Un cambio, decían, entre trago y trago a sus correspondientes batidos. Chocolate, fresa y dos de kiwi y maracuyá.

Dejé las monedas en el platillo. Cogí mi mochila, me la colgué al hombro y me dirigí hacia la salida. El agua golpeaba con intensidad tras el cristal. Sorteando por un estrecho pasillo los grupos o parejas que buscaban un hueco en la barra al estar todas las mesas ocupadas llegué hasta la puerta. Empujar, decía un pequeño cartelito, y me disponía a hacerlo cuando un golpe sobre mi mochila y el sonido de un vaso contra el suelo hicieron que me girara. Me disculpé, y acepté la disculpa del abuelo. Y antes de volverme de nuevo hacia la puerta, los vi una vez más. Seguían ahí, sentados en esos cómodos sillones. Hablando. Bebiendo. Refugiados de la lluvia que caía sobre una calle que, desde ahí dentro, era ya un conjunto de manchas borrosas tras el cristal.

La puerta se cerró a mi espalda, bajo aquel toldo no había nadie, y eché a andar calle abajo. El frío me golpeaba en la cara, me subí a la altura de los ojos la bufanda, y sonreí. No pude evitar la sonrisa al recordar aquellas tardes de invierno, en el Sur. Todos sentados alrededor de una mesa – compañeros de profesión, amigos, alguna que otra pareja–, y todos con aquellas palabras en la boca: Zapatero presidente. Porque por aquellos “lejanos” días del año 2004, todos mis amigos y algunos conocidos – votantes de izquierda, claro– eran socialistas y querían a Zapatero como presidente. Y lo fue. Al menos lo fue como lo son los galgos de carrera para sus amos: alimentados y cuidados mientras pueden correr y regresan con la liebre en la boca. Unos años más tarde llegó una tal Crisis, se terminaron aquellas benditas becas y el café para todos (nunca vi – en aquellos años del 2004 al 2010– la más mínima preocupación en ninguna de esas personas por el desahucio de alguna familia que no pudiera pagar el alquiler o hipoteca de su casa, como tampoco el más mínimo interés sobre el funcionamiento de la justicia en España, y la palabra Cultura se reducía – y sigue reduciéndose– a series de la HBO y la programación de la MTV), y el socialismo pasó a ser, de la noche a la mañana, un partido perteneciente a la casta. Llegaron nuevos líderes, nuevas promesas, y meterla por la ranura de la urna del PSOE ya no daba ese gustito progresista que sentían la mayoría de sus votantes, con la gran excepción de Andalucía, claro. Porque si la educación escolar andaluza está en el primer puesto de fracaso escolar español e incluso europeo, pues bueno, qué le vamos a hacer; si en los últimos años se ha tirado de la manta dejando al aire casos de corrupción en sindicatos y PSOE, pues bueno, qué le vamos a hacer; que la palabra Cultura en Andalucía –aparte de esas series de la HBO y la programación de la MTV– se reduzca a la Semana Santa y a un par de casetas de feria, pues vale, qué le vamos a hacer. Las ranuras socialistas pueden permanecer abiertas y tranquilas, porque mientras ese partido siga dando empleo por un par de meses al año, seguirán entrando votos. La Sanidad, la Educación, poco importa cuando se tiene para un traje de chaqueta para el Viernes Santo y una entrada para la corrida de toros.                 

Final de la calle. Siete minutos para el próximo autobús, marcaba la pantalla. Me resguardé de la lluvia bajo la marquesina de la parada, saqué de la mochila mi libreta de notas y me disponía a escribir cuando sentí que alguien se paraba frente a mí. Hola, me dijo. Levanté la mirada y aquella mandíbula se movía suavemente, sosteniendo algo entre los dientes y la lengua, mientras hablaba de tiempo y de dinero. Miré por segunda vez la pantalla. Cinco minutos, indicaba. Y al volver la vista a mi cuaderno para escribir aquella pregunta que llamó mi atención en la cafetería, vi como caía al suelo un chicle usado. Ahí lo tengo, me dije. Ahí está la imagen que dará pié a un próximo artículo para El Pespunte, o quizás para un texto dramático y un nuevo montaje. Porque al fin y al cabo, la política no es más que el reflejo de esa sociedad que le permite sentarse en los sillones del Congreso.  

 

Álvaro Jiménez Angulo 

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QUINCE AÑOS Y UN DÍA

QUINCE AÑOS Y UN DÍA

Entré en casa. Recorrí el pasillo hacia el dormitorio, cogí el pomo, y abrí la puerta. Los recuerdo ahí: entre las sábanas, dormidos bajo un aire cargado, algo separados el uno del otro. Cerré la puerta y la atranqué con una silla. Entonces me dirigí hacia el desván y la garrafa de gasolina seguía en el mismo sitio. Regresé a la puerta del dormitorio, desenrosqué el tapón de la garrafa, y encendí una cerilla. Bajé las cinco plantas en el ascensor y al salir a la calle me senté en la acera. Poco antes de que llegara la policía, dejé de oír los gritos de mi marido y aquella mujer.  

La periodista queda callada por unos segundos tras la respuesta, con la mirada fija hacia la mujer sentada frente a ella. Una mujer de unos treinta años, morena, con un corte de pelo muy corto —el mismo corte que gastaban las anteriores mujeres a las que ha entrevistado meses antes en aquella sala de una penitenciaría del Estado—, la cara muy redonda, y los ojos muy vacíos. El cámara, buen conocedor de las estrategias de su oficio, nos acerca el rostro dejándonoslo en un primer plano. Pero nada tiembla en ese rostro. Nada nos hace pensar que esa mujer se arrepienta de lo hecho, aunque ello la haya llevado a ser condenada a muerte.

Miro el reloj y éste marca las catorce y cincuenta de un miércoles por la tarde. En diez minutos comienza la clase de Guión. Termino de un trago el zumo de naranja, cierro el táper, lo guardo junto al cuchillo y tenedor en una bolsa y lo meto todo en mi mochila. Me levanto mochila al hombro y tiro en la papelera más cercana la cáscara de la fruta que he tomado como postre. Al volverme veo que me he dejado el móvil en el banco, con los auriculares enganchados. Lo recojo y desbloqueo la pantalla. El rostro de la mujer sigue ahí. El pelo muy corto, los ojos muy vacíos. Aquí hay algo, me digo. Vuelvo a sentarme en el banco y pulso el play para continuar viendo la entrevista por mi teléfono móvil. ¿Le gustaría dejar un mensaje a su hija para cuando ésta sea mayor de edad y pueda verlo si lo desea?, pregunta la periodista. La mujer mira hacia la cámara. Mira hacia la cámara y sonríe. Yo escribo una palabra en mi cuaderno y, tras escribirla, la subrayo. Suerte.

Porque tal vez consista en eso, en tener suerte. Un día puedes llegar a casa una hora antes de lo acostumbrado, o un día antes de lo previsto tras un largo viaje de trabajo, recorres el pasillo hacia el dormitorio, coges el pomo, y abres la puerta. Y será en ese momento cuando, a tu espalda, sientas cómo esa suerte a la que me refiero te pone una mano en el hombro, te aprieta, baja contigo las cinco plantas, te lleva al bar más cercano y le pide a Paco, o a Manolo, que ponga sobre la barra una botella y un par de vasos. Y esa chorrada de no poder fumar bajo techo, nos la pasaremos un poco por allí. Y durante toda esa tarde y parte de la noche la suerte se quedará ahí, en silencio, tomando los tragos a tu ritmo, pasándote los cigarros encendidos, uno tras otro, levantará la mirada  y en el espejo verá a los clientes salir por la puerta agachándose bajo la chapa que ya estará a media altura, la desviará hacia Paco, o a Manolo, lo mirará muy fijo mientras echa en cada vaso el último resto de la botella, y Paco o Manolo en lugar de abrir la boca para decir señores estamos cerrando, colocará otra en la barra y comprenderá.

No sé si ustedes tienen cerca ese tipo de suerte, o si tan siquiera la han conocido alguna vez. En mi caso compone canciones de amor con la guitarra o el piano, y en verano da conciertos en la Casa de la Cultura de Osuna. Se llama Jose Ruiz y, como dijo no sé quién sobre la amistad, me conoce y aún así es mi amigo. Pero de imbécil sería creer que en nuestras manos tendremos siempre las mejores cartas para jugar la partida, ese apretón en nuestro hombro que nos ayude a bajar las cinco plantas. En este tapete verde por el que transcurre la vida cada uno debe jugar con las cartas que el Destino le haya dado y, en la mayoría de los casos, ante esas inevitables jugadas que la vida te presenta a bocajarro y sin vaselina, uno debe jugarlas solo. Así lo marcan las reglas. Así lo acepto. Porque la vida va pasando, observo lo que ocurre a mi alrededor, y soy consciente de que algún día —y ese día Jose no estará a mi espalda, aunque él quisiera— podría ser yo quien recorra ese pasillo, quien coja ese pomo, y quien abra esa puerta. El único consuelo es poder apreciar en el tipo que se levanta de entre las sábanas y bajo un aire cargado algo de eso que nuestros abuelos llamaban decencia ante señoras, y cojones entre caballeros; decencia para no buscar palabras para viles excusas, cojones para aguantar en pie y sin dejar de mirarte a los ojos y ver cómo éstos se llenan de angustia y desesperación.  

Miro el reloj y éste marca las quince y veinte de la tarde, la periodista da por terminada la entrevista, y las imágenes que aparecen a continuación en el video me hacen subrayar una y otra vez la palabra escrita en mi cuaderno. Y la subrayo mientras sonrío. Y sonrío porque me siento muy feliz al ver cómo la periodista se patea durante casi año y medio (año y medio reducido a cinco minutos en un perfecto trabajo de edición y montaje), despachos de jueces, fiscales y demás profesionales relacionados con la justicia. Y tras ese año y medio, consigue su objetivo. La pena capital ha sido sustituida por veinte años y un día de prisión, los cuales pueden ser reducidos a quince y un día si la reclusa demuestra un buen comportamiento. Como guinda del pastel, al ser trasladada de una prisión de máxima seguridad a una de segunda podrá ver y estar con su hija dos fines de semana de cada mes. Resulta inevitable el pensar, sobre todo por el país en el que han transcurrido los hechos, que la periodista ha introducido algo más que papeles burocráticos para firmar en dichos despachos. Me refiero a gruesos fajos de billetes uno encima de otro, claro. Por qué la periodista ha decidido dar ese paso o si ha sido algo planificado por la producción del programa, no lo explican en el video. Éste termina con un plano de la mujer sentada en la cama de su celda, con la mirada fija en la pared de hormigón e indiferente a las palabras de despedida de la periodista. Fin. La imagen se funde a negro. Apago el teléfono. Lo guardo en el bolsillo de la chaqueta. Recorro el pasillo hacia la clase de Guión y, poco antes de llegar a la puerta imagino, pasados esos quince años y ese día, a esa madre y a su hija paseando por un algún parque de su ciudad, o en la cocina de su casa preparando una cena que disfrutarán juntas. Y eso hace que me sienta muy feliz, mucho, y preguntarme —poco antes de abrir la puerta para entrar en clase— si algún día esa mujer de pelo muy corto y ojos muy vacíos podrá dejar de oír los gritos de su marido y aquella mujer.   

 

Álvaro Jiménez Angulo.      

           

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Tougher Than the Rest

                                      Tougher Than the Rest

Ocurrió una noche de agosto, en las chabolas del Lejío. Mucho calor y la gente sentada en la puerta, de charla. También un niño de ocho o nueve años, con los ojos clavados en una tapia de poco más de un metro de altura. Una tapia que, al caer la tarde, cuando los niños salían a la calle para jugar, éstos la sorteaban sin detenerse en su carrera, saltando por encima de ella uno tras otro. Pero aquel niño no podía evitar frenar, tener que echar el cuerpo en la tapia, pasar una pierna, deslizar el cuerpo hacia el otro lado y pasar la otra, para continuar corriendo junto a sus compañeros, que ya le llevaban una gran ventaja. Salta como las niñas, le decían. Y aquella noche de agosto, mientras los mayores charlaban de sus cosas sentados en la puerta, el niño corrió con todas su fuerzas hacia la tapia y, al llegar a ella, se impulsó en el aire. Al abrir los ojos sintió unas manos fuertes levantarlo del suelo, un gran dolor en la cabeza, y el sabor caliente y espeso de la sangre en la boca.

 

No acostumbro a tomar más de un par de copas en bares o plazas. Al igual que el tabaco, me gusta en mi habitación, a solas, sentado en el suelo y con la espalda apoyada en la pared. Pero esta noche de sábado, un grupo de compañeros del teatro despedimos a mi compadre Copatzin, que vuelve a su tierra, México, y claro. Un par de chupitos de tequila junto a varias copas y  el estómago vacío me hacen salir del local en busca de aire fresco. Me apoyo en una esquina de la calle Lavapies, intentando recuperar algo de sensibilidad en la garganta y maldiciendo al tipo que inventó el tequila y a la madre que lo parió, cuando sale del local uno de mis compañeros y se pone a mi lado. Me ofrece un cigarro, que rechazo. Te gusta mucho ese hombre, ¿verdad? Y mi compañero se queda con el cigarro en la mano, mirándome muy fijo, y sin responder a mi pregunta. Qué se habrá creído el dramaturgo de los fulares, leo en sus ojos. Y es que no somos amigos, ni mucho menos. Nunca hemos coincidido en un montaje. En cuatro años apenas hemos cruzado un par de palabras. El uno del otro tan sólo sabe que él es del norte y yo del sur. Nada más. Y cuando comienzo a responderle a su mala cara con una sonrisa, saco de mi bolsillo un billete de veinte euros y le digo: Toma. He visto cómo gastabas lo que tenías invitando a un par de rondas. Cógelo, entra ahí y dile que lo invitas a comer unos trozos de pizza en Sol. O parad un taxi y largaros a un sitio de la ciudad en el que nunca hayáis estado. Un paseo por el viaducto, una de esas cafeterías veinticuatro horas donde podáis hablar tranquilos, qué se yo. Los dos somos del oficio y sabemos bien qué hacer cuando un personaje quiere algo de otro tras varios intentos: un cambio de espacio y tiempo, para ver las cosas de manera distinta.

 

Mañana salgo para Toledo. No tengo una hora prevista, por lo que tampoco tengo prisa en acostarme. Así que pongo algo de música en el ordenador, me siento en el suelo, coloco a un lado el cenicero y apoyo la espalda en la pared de mi habitación dispuesto a fumarme el cigarro que he cambiado por un billete de veinte euros. Y entre calada y calada, recuerdo. Recuerdo hermosas tardes ante un tablero de ajedrez, con mi maestro Pepe Carreño;  y tranquilas mañanas, cuando tenía quince o dieciséis años, en las que me saltaba las clases —bien solo o bien con un colega— y me  perdía por algún polígono para fumar un par de porros; o aquellos meses trabajando en el campo, con los dieciocho cumplidos, plantando garrotes, cargando pollos o cogiendo aceitunas, cayéndome toda la lluvia encima, la ropa empapada y hasta las rodillas de barro, con el dueño de las tierras a pocos metros —el hijoputa del señorito— bien calentito dentro de su Land Rover y sin quitarme los ojos de encima; recuerdo cuando llegaron los primeros ataques de ansiedad —poco antes de cumplir los veinte—,  y llegaron para quedarse; y cuando entré por primera vez en un teatro, trabajando como técnico de sonido, y decidí quedarme en él para siempre; y las miles de horas en la biblioteca del pueblo, la prueba de acceso para la carrera de Escenografía en Sevilla, y la primera vez que escuché en boca de unos actores aquellos diálogos que escribí durante un largo verano en Madrid.

 

En la habitación comienza a sonar la voz de Bruce Springsteen. Well it’s Saturday night / You’re all dressed up in blue. El teléfono vibra. Un mensaje. Apago el cigarro. Abro el mensaje. Una foto. Y en la foto aparecen dos tazas de café, dos cruasanes y una servilleta de papel en la que hay algo escrito. Refriego los dedos por la pantalla para acercar la servilleta y leo: 04:36, 15-02-15. Muchas gracias, sevillano. Dejo el teléfono en el suelo. Lo leo una vez más: Muchas gracias, sevillano. Y sonrío. Sonrío porque todo empezó allí, en aquel pueblo de Sevilla. Una noche de agosto, con los ojos clavados en una tapia. Ni el ajedrez, ni los porros, ni las licenciaturas han hecho una mínima huella en mí comparado con aquella tapia. Tampoco la ansiedad. Mucho menos el teatro. Subo un poco el volumen de la música. If you’re rough enough forlove / Baby I’m tougher than the rest. Recuerdo las palabras de un viejo amigo ya fallecido que luchó en la Guerra Civil: Puedes intentar borrar el pasado de tu memoria, y tal vez puedas lograrlo. Pero jamás lo borrarás de tu mirada. Y pienso quién sería yo hoy de no haber corrido hacia aquella tapia. Cómo sería mi vida, cuál mi oficio. Quién me acompañaría esta noche, suponiendo que alguien me acompañara. Pero ya poco importa, creo. Para bien o para mal, en una biblioteca, trabajando en el montaje de un texto dramático, de copas con los amigos, disfrutando de un paseo por el centro de alguna histórica ciudad o de obras de arte por los pasillos del Museo del Prado, siempre, esté donde esté y haga lo que haga, habrá en mí un niño sevillano corriendo con todas sus fuerzas hacia aquella tapia de las chabolas del Lejío.   

 

Álvaro Jiménez Angulo   

 

 

 

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