La foto del cubano

Me la ha enviado una amiga por whatsapp, tras una corta conversación sobre mascarillas patrióticas y mascarillas de colorines, y sobre los ciento y pico de imbéciles que aparecen en las noticias del telediario refregándose unos con otras y otras con unos en discotecas y botellonas. Y fíjense. No soy hombre de acumular fotos. Apenas si guardo un par en el teléfono, ninguna en mi ordenador, y mucho menos de las impresas y ordenadas en bonitos álbumes que acaban olvidados en el fondo de algún cajón. Pero algunas quedan dentro al contemplarlas en la pantalla. Dentro de uno. Quiero decir que hay ciertas imágenes que, incluso pasado un largo tiempo tras borrarlas del teléfono, vuelven una y otra vez a primera línea apareciendo entre las páginas del libro que tienes esas semanas entre las manos, entre escena y escena de una película a media tarde, al girar la próxima esquina, o tras apagar la luz de la mesita de noche al dar por finalizada la jornada. Imágenes en color o en blanco y negro que nos recuerdan lo más canalla y vil de la condición humana en estos días en los que aún resuenan los ecos de los aplausos en las ventanas, y los mensajes y canciones de juntos venceremos.

La foto fue tomada en Cuba, a finales de los años sesenta o principios de los setenta del pasado siglo, con Fidel Castro ya instalado como amo y señor del territorio. En el centro de la imagen camina un joven con paso firme y decidido, pelo moreno y largo que le cae sobre los hombros, y vistiendo pantalón ajustado y camisa de color llamativo. Este joven cruza una plaza o avenida entre las filas del pasillo formado por un grupo de hombres y mujeres de distintas edades y aspecto. Pero lo que atrae mi atención de la escena no es el estrecho pasillo por el que el joven es obligado a pasar, sino las miradas y gestos de la multitud que camina alrededor: señoras con apariencia respetable, hombres que bien podrían pasar por caballeros y admirables padres de familia, y algunos muchachos y muchachas de unos quince o dieciséis años. Y todos, absolutamente todos, ríen e insultan al joven que camina con la frente bien alta haciendo caso omiso a esos insultos y miradas de desprecio, al maltrato con que es tratado por la muchedumbre reunida en esa plaza o avenida para ver camino del juzgado o de la prisión al último detenido acusado de maricón.

Cada cual tiene sus ideas sobre la gente. En lo que a mí se refiere, con los años he llegado a la conclusión de que toda mujer u hombre muestra su verdadero rostro en el momento de tener que afrontar su cobardía. Porque si hay algo de lo que puedo estar seguro, es que a todos nos llega (más tarde o más temprano, pero llega) uno o varios momentos en la vida en el que sentimos un temblor en las piernas que nos impide dar el siguiente paso en el camino que queremos o debemos recorrer, o una sequedad en boca y garganta que dejan atragantadas las palabras con las que responder a una amenaza u ofensa. Llegado ese momento, cada uno lucha contra el temblor o la sequedad como buenamente puede, y continúa hacia adelante. Y como toda lucha que todo hombre o mujer mantiene consigo mismo o consigo misma, es digna de respeto, e incluso en algunos casos de admiración. Pero hay una forma de intentar vencer la cobardía a la que no consigo encontrarle justificación posible. Hablo de esa gentuza que participando en la humillación al vencido buscan disimilar u ocultar sus propias sumisiones. Los que pretenden demostrar su adhesión a tal o cual causa (la causa vencedora o políticamente correcta en ese momento, naturalmente) prestando su celo, su presencia y su risa al linchamiento fácil, en grupo, sin riesgos. Los mirones que se reúnen en calles, avenidas o plazas para vociferar y reír al paso de un hombre por un estrecho pasillo, pretendiendo así lavar su propia cobardía y su vergüenza.

Los he conocido en el tajo, trabajando, y entre clase y clase, mientras cursaba mis dos licenciaturas. Me he cruzado con ellos en grandes y pequeñas ciudades, a uno y otro lado del Atlántico, y también aquí mismo, en las calles del pueblo. Porque todos esos canallas que se ríen del joven de la foto siguen entre nosotros. Algunos ya abuelos o abuelas, cobrando la paga y cumpliendo sus últimos años en la cálida compañía de su familia. Otros están atentos a un cambio en la dirección del viento: los y las periodistas que hoy alaban en diversas tertulias televisivas y radiofónicas la declaración de un diputado o ministro de turno al que ayer acusaban de poco menos que de embustero y de ladrón; los profesores y profesoras en colegios e institutos hablando a los alumnos y alumnas sobre los cientos y cientos de asesinados enterrados en cunetas por toda España, y durante los nueve meses que dura el curso no hacen la más mínima mención (aun conociendo los hechos) a ese extenso trozo de tierra que lleva por nombre Paracuellos; los y las artistas que en aquellos meses del 2003 gritaban ¡No a la guerra! (y ni fui ni seré yo quien grite o apoye lo contrario), pero cuando estos mismos artistas eran preguntados en años anteriores o posteriores a ese 2003 por las más de ochocientas personas asesinadas por heroicos gudaris (y entre las personas asesinadas se encuentran niñas y niños menores de doce años), podíamos ver cómo algunos o algunas sufrían un repentino cambio en el color de la cara, a la par que les resbalaba la mierda por el pantalón abajo hasta los tobillos. Otros, y otras, con su habitual desvergüenza, miraban a derecha e izquierda buscando a un conocido, y al encontrarlo se despedían con esa asquerosa sonrisa que los y las caracteriza y diciendo al periodista el socorrido lo siento, pero te tengo que dejar.

Me los encuentro en muchos lugares, y también les oigo hablar. Oigo a esos nenes que acusan de machismo a la derecha y a la extrema derecha (y no seré yo quien defienda lo contrario), pero lo que estos nenes no recuerdan, o no quieren recordar, es cómo hasta hace pocos años pagaban cincuenta euros y la cama aparte para aliviarse, o cuando junto a sus amigos llamaban por medio de números publicitados en internet a mujeres profesionales del estriptis procedentes de países latinoamericanos, y a cambio de una cantidad de dinero reunido entre todos regalaban los servicios de estas mujeres a un amigo en su fiesta de cumpleaños. Me los encuentro, como digo, y también me las encuentro y las oigo hablar a ellas. Oigo a esas jóvenes que no piensan acudir a la manifestación contra la violencia de género, porque eso, según ellas, es un tinglado montado por podemitas y progresistas. Y estas jóvenes, que no se han visto (y probablemente nunca se verán) en la necesidad de responder en una entrevista de trabajo a la pregunta de si piensan quedarse embarazadas, y que además tienen por compañero a un buen marido que no le pega dos ostias un día sí y el otro también y tampoco las obliga abrirse de piernas cada vez que a él le apetece o meterse en la boca ese trozo de carne que le produce arcadas (como sí le ocurre a otra muchas mujeres), pues estas jóvenes, como digo, están tan tranquilas en sus confortables casas, muy orgullosas de su hombre, quien cada noche, después de cenar, lava los platos mientras ellas ven desde su cómoda sofá Sexo en Nueva York o alguna serie por el estilo, donde aparecen mujeres guapas y estupendas que quedan una vez en semana para comer en un restaurante del centro de la ciudad y contarse sus vidas sexuales, porque en ese tipo de series sí que se muestra la realidad de la mujer en su día a día, y no en los libros y artículos escritos por esas feminazis como Nuria Varela, Yadira Calvo, Virginia Woolf, o Emilia Pardo Bazán.

Y ahí seguirán, lamiéndoles las botas a los sucesivos ministros, contando la Historia de este país de manera sesgada, mirando hacia otro lado ante el dolor y el sufrimiento que padecen miles de mujeres en todo el mundo… Y sólo cuando se produzca un cambio en la dirección del viento y el ministro de turno pierda su poder, o sea políticamente correcto o rentable hablar de los fusilados y fusiladas en todos los bandos y de los coches bomba y los tiros en la nuca, o cuando se presente en la puerta de su casa el rostro de una hermana o el de una hija señalado por las marcas que deja la violencia machista, entonces sí. Entonces saldrán a la plaza o avenida para formar el pasillo y apoyar lo que hasta ayer mismo criticaban, bien apretados y dándose codazos unos a otras y otras a unos para salir en la foto.

 

Álvaro Jiménez Angulo

Imagen: Freepik.

 

El Pespunte no se hace responsable de las opiniones vertidas por los colaboradores o lectores en este medio para el que una de sus funciones es garantizar la libertad de expresión de todos los ursaonenses, algo que redunda positivamente en la mejora y desarrollo de nuestro pueblo.

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De puertas adentro

El muchacho vio cómo el hombre, con su metro ochenta de altura, se situaba al lado de la enorme pantalla de televisión para decir con su voz campanuda: <<Aquí es donde yo veo cada tarde la carrera ciclista.>> Frente a la enorme pantalla, un no menos enorme sofá, y dejando entrar la luz y la suave brisa de aquella tarde de junio del año 2001, la puerta corredera que da acceso a la terraza, desde donde se podía contemplar una maravillosa vista de la costa andaluza.

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Al otro lado del Atlántico

Tras tomar aire hizo la pregunta: << ¿Qué te hemos hecho nosotras para que nos trates con tanto odio?>> Clive apartó la mirada de la chimenea para dirigirla hacia la mujer que acababa de preguntarle. Piel blanca y suave, manos entrelazadas, rostro afinado,la mujer que veía cada tarde al volver de la oficina recorriendo los pasillos de casa, cruzando de una habitación a otra con pasos cortos y pisar silencioso. Pero aquella figura quedaba muy lejos al sentir sus ojos escarbándole por dentro.Desvió la mirada apurando el resto de la copa y la dejó en la mesa. Se acercó a la ventana para cerrarla. Ya con el pestillo en una mano vio cómo al otro lado del cristal desaparecía la luz de la tarde, y escuchó una voz llamándolo desde el jardín. Clive. Clive. Y aun sabiendo que no era cierto, que todo era producto de su imaginación, del alcohol ingerido durante cada día de los últimos años,pegó su frente en el cristal,miró hacia abajo, y su amigo Maurice estaba ahí, de pie sobre aquel césped recién cortado de aquella mañana de principios de verano, con su limpia sonrisa y su camisa de estudiante de Cambridge y su jersey sobre los hombros, llamándolo, invitándolo a saltarse las clases e irse los dos, juntos, a bañarse a las aún demasiado frías aguas del lago, o a recorrer en bicicleta los caminos de las extensas campiñas inglesas. Y sonrió. Sonrió de un modo lento, doloroso, pero sonrió, mientras cerraba lentamente la ventana, y mientras sentía la mano de su joven esposa posarse en su hombro.

Película de 1987, basada en la novela homónima escrita por E.M. Forster y dirigida por James Ivory. La historia se sitúa en la Inglaterra de principios del siglo XX, y arranca una mañana en la que Clivey Maurice se conocen al iniciar ambos sus estudios en la universidad de Cambridge. Maurice es un joven que gusta del boxeo, montar en bicicleta y practicar el piragüismo; Clive pasa sus días entre música clásica y literatura. Tanto uno como otro disfrutan de una holgada posición económica y apuntan maneras hacia una prometedora carrera profesional. Y sus vidas se conducen plácidamente por ese camino hasta dar comienzo entre ellos una relación de más que amigos. Tras un tiempo de citas a escondidas, Maurice apuesta por luchar y gritar lo que sienten a los cuatro vientos; Clive opta por ocultarlo y amarse espiritualmente, de un modo platónico. La situación aún se complica más cuando un amigo y compañero de Cambridge es condenado y encarcelado por un tribunal tras haber sido detenido por la policía mientras practicaba con otro hombre en un oscuro callejón conductas indecorosas, no propias de personas educadas y de familia respetable.Tras conocer la noticia que aparece en la portadade todos los periódicos, Clive propone a Maurice buscar dos buenas muchachas de su clase social y casarse. No resultará difícil, ya que ambos tienen hermanas que frecuentan fiestas, teatros y demás reuniones sociales. Maurice se opone tajantemente, pero el miedo hace a Clive mantenerse en sus trece, y llega el día en el que Maurice acude como invitado a la iglesia para ser testigo de la boda de su amigo. Maurice siente cómo se queda solo, toca fondo, y decide acudir a psiquiatras para curar su enfermedad. Teme acabar como Oscar Wilde. Pero llegado este momento más bajo para Maurice es cuando el señor Forster toma una clara posición y apuesta por el futuro, haciendo aparecer frente a Maurice un joven de clase baja, un criado sin estudios ni educación que, tras unas noches de amor a esas horas en las que todos en la casa duermen,propone a Maurice viajar al otro lado del Atlántico, comenzar una nueva vida juntos, amarse y vivir.

En esta historia se muestra un mundo que termina y otro que comienza a nacer. Un mundo en el que las diferencias de clase comienzan levemente, muy levemente, a difuminarse. ¿Quiénes sobreviven en este nuevo mundo? En sus manos dejo -ya sea por medio de la novela o por la película- conocer el final. Sí decirles antes de terminar este escrito que el señor Forster escribía por y para mostrar senderos y caminos de libertad a mujeres y hombres que, víctimas de una educación sexista, androcéntrica, machista y patriarcal, no conocen o no se atreven a vivir de otro modo que no sea tras ventanas cerradas.

Álvaro Jiménez Angulo

 

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Famosas, famosos, e Internet

Un izquierdista de fachada, dice. Tras oír la frase me giro con cautela hacia atrás en el asiento y veo a dos chicas de unos diecinueve o veinte años. Dialogan mirándose a la cara, a los ojos, sin teléfonos móviles ni ordenadores en las manos.Visten sudaderas y pantalón de color negro. Botas, a lo militar. Con las carteras, los apuntes y los abrigos sobre las piernas, son dos estudiantes que vuelven de clase un viernes al terminar la tarde. Mientras tanto, el frío y el txirimiri quedan al otro lado del cristal al cerrarse las puertas, y el autobús reanuda la marcha para, en unos diez minutos aproximadamente, llegar a la próxima parada.

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Hombres honrados

La sonrisa, si cabe, achica aún más los ojos del hombre con nevera colgada al cuello que aparece tras abrirse las puertas del autobús. Bien entrado en los sesenta, deduzco de un primer vistazo. Como indumentaria una sucia camiseta, un agujereado pantalón sujeto a la cintura por una cuerda, unas chanclas con suela de papel de fumar. Agarra con la mano izquierda el oxidado hierro que cumple la función de pasamanos y, sin perder la sonrisa en la cara, extiende la derecha. Una mano pequeña, nudosa, de la que puedo sentir su aspereza al estrecharse con la mía mientras que, impulsándose él desde el suelo y yo tirando desde arriba, logramos que suba los tres escalones con facilidad y rapidez.

Las puertas se cierran. El motor ruge como si de un momento a otro fuera a reventar bajo nuestros pies para, tras un fuerte racheo, continuar la marcha sobre la avenida. El calor es asfixiante. Abro aún más el cuello de la camisa, y dejo a un lado todo aquello que observaba tras el cristal: hileras de ropa colgadas en ventanas de edificios a medio construir, viejos taxis a las puertas de un gran y moderno centro comercial, la niña con mochila al hombro esperando frente al paso de peatones que algún coche (de los cientos que pasan en ese momento) detenga su marcha y poder así cruzar. Dejo todo eso, digo, para centrarme en el abuelo y verlo recorrer de punta a punta el pasillo ofreciendo su mercancía a los viajeros. Pronuncia unas palabras, y levanta la tapadera de su nevera. Algunos lo miran y niegan el ofrecimiento con un leve movimiento de cabeza. Otros siguen a lo suyo, con la vista al frente. Los más jóvenes teclean en el teléfono móvil bien agarrado entre las manos, ajenos a todo y a todos. En su celular, como dicen acá.

Siguiente parada. Me acerco al chófer y le pregunto si es en ésta en la que tengo que bajar. Una más. Muchas gracias. El autobús reanuda la marcha, y yo me dirijo hacia la puerta de salida sin soltar la barra del techo para no perder el equilibrio. Me coloco tras una señora con una cesta colgada al brazo y espero, cuando una voz rasgada dice algo a mi espalda y que no llego a entender. Al volverme están ahí la sonrisa y la nevera abierta. El abuelo vuelve a hablarme, pero en esta ocasión colocando ante mis ojos la palma de su mano con el dedo anular levantado. Una cicatriz cruza esa palma. Meto mano al bolsillo del pantalón. Tanteo unas monedas. Y mientras las siento entre los dedos mis ojos desenfoca la palma para volver a esa sonrisa tan parecida a aquella otra de finales de los noventa, primeras horas de una mañana de enero, a un par de kilómetros de Estepa y los olivos cargados de agua por la lluvia de anoche, cuando las primeras luces del día me dejan ver las ramas manchadas de sangre, el macaco manchado de sangre, el peldaño del banco manchado de sangre. Miro mis manos. La voz del manero me llama. Jiménez, abaja de ahí. De un salto (eran otros tiempos) bajo los cinco peldaños y estoy en tierra. Trae, ordena. Se pone el ducados en la boca, me coge la mano, abre el corte y, soltando la bocanada de humo me dice no es ná, los hombres honraos tienen manos duras, anchas, encallás, y más cuidao, sobre todo a primera hora que se ve poco y los olivos y los bancos aún están resbalosos. Se quita el ducados de la boca, sonríe, y de otro salto vuelvo a lo alto del banco.

Una ligera brisa de aire fresco me despeja. Se cierran las puertas del autobús a mi espalda. El abuelo pasa por mi lado con paso lento, monótono, hacia la otra esquina de la avenida señalizada como parada de autobuses y taxis, en busca de otros clientes, guardándose en el bolsillo la moneda que le he dado a cambio de un frío envoltorio de papel verde. Lo abro. Cojo el palito de madera y saco uno de esos helados de nieve que llaman Pirulo o algo así en España. Lo miro. También de color verde. No lo tome, me dice la señora mientras deja la cesta en el suelo y seca con un pañuelo el sudor de su frente. Seguro está malogrado. Los hacen en su casa, con agua sucia, sin hervir. Bótelo. Se pondrá enfermo si lo toma. Y no dice nada más. Tampoco responde a mi agradecimiento. Coge la cesta, la cuelga en su brazo y se marcha. Gracias, repito, aun sabiendo que ya no puede oírme. Me acerco a la papelera para tirar el Pirulo y justo al soltarlo me arrepiento de haberlo hecho. Miro hacia la parada y lo veo frente a un grupo de turistas que esperan o acaban de bajar de un autobús cargados de maletas y resguardados del fuerte sol bajo anchos sombreros. La tapadera abierta. La sonrisa. Dirijo mis pasos en dirección opuesta y llego a un paso de peatones en el que una niña espera poder cruzar. Un coche, de los  cientos que pasan, se detiene. Me fijo en quién va al volante y veo una cara de hombre pulcramente afeitada y una raya a un lado en el pelo perfectamente colocada. Camisa blanca y corbata negra. Las manos, finas. A primera hora se ve poco y los olivos y los bancos aún están resbalosos, recuerdo esta mañana por segunda vez. Se detiene otro coche. Y otro. Al cuarto la veo cruzar con paso ligero y su carpeta al hombro camino de la escuela.

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Respuesta a un cerdo

Aquí me tienes, imbécil, cumpliendo la palabra dada. Soy yo, en efecto, el sevillano, el mismo que estuvo sentado frente a ti en aquel Cien Montaditos del centro de Madrid, viernes noche en calle Príncipe, ya sabes. Montadito de lomo con pimiento y zumo de naranja. ¿Te acuerdas?, pues el mismo. El hijoputa que se la daba de enterado de la vida respondiendo a tus preguntas con una leve mueca sonriente, un silencio, un trago al zumo. Coger una servilleta de papel, limpiarme la boca, y seguir comiendo. El que miraba la pantalla plasma del televisor —yo, que en mi vida he visto un videoclip de la MTV de principio a fin— pasando muy mucho de tus charlas y de las del resto de tus camaradas sentados a la mesa. El que de vez en cuando —tú llevabas la voz cantante— te miraba durante tres segundos así como medio raro. Ese engreído que, para que cerraras de una vez la asquerosidad que tienes entre la nariz y la barbilla, te dijo poco antes de levantarnos de la mesa aquello de te responderé por escrito. El Pespunte punto es. ¿Me recuerdas ya? Pues eso.

Y a ello me dispongo, a responderte. Nada más entraste en el local ya vi que apuntabas maneras. Nuestro amigo en común, tus compinches y yo llevábamos buen rato sentados a la mesa, porque a diferencia de ti —un par de minutos arriba, un par de minutos abajo— llegamos todos a la hora acordada, cuando te dignaste aparecer con tu paso lento y cargado sobre dos playeras renegridas, unas piernas anchas y peludas asomando por un pantalón corto el cual podría pasar mejor por bañador masculino, y una camiseta con resecos surcos en la parte de las axilas. Por un momento tuve la sensación de que en vez de estar en un bar del centro de Madrid había vuelto a uno de aquellos llanos andaluces en los que se cortan y pelan ajos a destajo. Aquí lo tienes, me dije. Ropa cómoda y fresca para los meses de verano. Dónde carajo se creería que iba a cenar el colega, y con quién. Ya una vez sentado frente a mí pude verte el careto. Treinta y tantos. De mi quinta, año arriba año abajo. Y a pesar del reloj Casio efe no sé cuántos que gastas cogido a la muñeca por dos gomillas de un dudoso color negro, mantuve la esperanza en pasar una buena noche en compañía de mi amigo, de tus colegas y de ti. Porque no hay que dejarse llevar por las apariencias, y lo mismo venías de ayudar a hacer una mudanza, o de trabajar como técnico en algún concierto y la furgoneta te había soltado en Puerta del Sol, o en Antón Martín, y antes de ir a casa preferiste pasarte y cenar con los amigos, por qué no, y pasar un buen rato. Y es que no se puede ir por el mundo juzgando a las personas por el atuendo, Álvaro, hombre. Que eres un mal pensado y un cabrón. Un superficial, como dicen los finolis.

Luego me di cuenta que no. Ya con los montaditos y las patatas en la mesa uno de tus colegas te preguntó de dónde venías, y ni mudanzas, ni concierto ni nada. De la biblioteca, respondiste, como si la duda te doliera en el alma. Y te dolió, no lo dudo. Pero no más que a mí al quitárseme el hambre cuando levantaste una pierna para apoyarla en la rodilla de la otra y tu pie descalzado quedó ahí, a la altura de la mesa. ¿Se puede llegar a tener más mierda entre los dedos y bajo las uñas de los pies? No, cacho cabrón, no se puede. Tragué como pude ayudado por el zumo la pelota de pan y pimiento que se me hizo en la glotis, y ya me disponía a despedirme de mi amigo para largarme cuando tu respuesta a la segunda pregunta de tu compinche me dejó clavado en la silla. A las tías nada más que le van los nenes de gimnasio y con ropa de marca, soltaste por esa cosa con la que engullías la comida. Miré a mi amigo. Él me miró a mí. Y cumplir el ruego de sus ojos me llevó a seguir sentado, callar y desviar la mirada hacia la pantalla plasma del televisor, parando antes durante tres segundos en tu cara. En tu asquerosa cara.

A partir de ese momento empezaste a mosquearte un poco, reconócelo. Incluso te costaba quitarme los ojos de encima, por lo que nuestro amigo en común se quedó sin que nadie le hiciera el más mínimo caso. En la mesa se hablaba de lo que les pone el chichi como agüita de limón a las mujeres, y qué puede saber un gay sobre chichis ni limones, ¿verdad? Vosotros sí lo sabíais, lo sabéis. Sobre todo tú, la voz cantante del grupo. Lo que les gusta y lo que no. Lo que aceptan y lo que rechazan.

Y qué rechazas tú, soplapollas. ¿Acaso cuando vas por la calle te fijas en las que van con el pelo grasoso, las uñas llenas de mierda, o la camisa con más lámparas que la casa de un hebreo? Cuando estás de copas en una discoteca, detrás de quién se te van los ojos. Al ojear fotos colgadas en alguna de esas redes sociales, ¿miras el currículum antes de pulsar sobre la pestañita del Me Gusta? No sé por qué, pero me da a mí que no, que no lo miras. Pero déjame decirte algo más. Detrás de esos bíceps, tríceps, abdominales en forma de tabletitas de chocolate con leche o a la taza y culitos prietos hay —no siempre, pero te aseguro que los hay— un arquitecto, un médico, un astrólogo, un camarero o el recepcionista de un hotel a los que les encanta y disfrutan de su trabajo. Y muchos de ellos conocen y leen a Horacio, Homero, María Zambrano, Nietzsche o Virginia Woolf, por decir unos cuantos. Y tras ocho o nueve horas de biblioteca, o tras la barra de un bar, en lugar de ir a casa para tirarse en el sofá con una cerveza en una mano y un kebab en la otra frente al Juego de Tronos, al Horror Americano o al Brekin Bad o como carajo se escriba eso, hacen un esfuerzo más y se meten en el gimnasio, a sudar la gota gorda. Y llevan una dieta equilibrada, saludable, día a día, cuidando su aspecto para mantener una imagen que les guste a ellos y, por qué no, atractiva para alguna que otra mujer, o algún que otro hombre. Porque de todo hay en la viña del Señor. Incluso cerdos como tú.

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