Lametones en la herida

Cuando el verano del 76 se disponía a morir, comencé a tachar en el almanaque los días que pasaban hasta finiquitar el compromiso patriótico: El servicio militar. Meses  antes,  mientras cenaba  «sopas al cuarto de hora» en el cuartel  San Fernando de Sevilla, entablé amistad con un soldado catalán que compartimos literas y  tantas cosas inútiles.   

En un par de ocasiones me acompañó hasta Osuna haciendo auto stop. No escatimó elogios para la reflectante cal de las casas y el sillaroso patrimonio de mi pueblo. El color y el clima de Osuna en septiembre le fascinó.

«He ahí por qué no sabe igual una copa de fino aquí que en Sant Vicenç dels Horts» le dije.

Una tarde bajamos la calle Migolla vestidos de soldados y nos detuvimos en la alameda. Un grupo de jornaleros de Osuna ondeaban banderas andaluzas  reivindicando acabar con los surcos de miseria que aún seguían sembrados «post mortem» del dictador. Los ursaonenses allí convocados no superaban el medio centenar.

«Demasiados conventos para tan pocos feligreses» le dije a mi amigo al oído. «Mica en mica s,omple la pica». Algo así como: «gota a gota se llena el barreño» respondió él.

Por un momento dudamos en detenernos para oír el discurso, no era aconsejable. Asistir o participar  de cualquier acto político, ilegal o no, podía ser castigado seriamente. Debido a que la policía militar (PM) en Osuna era inexistente y los cercanos municipales no tenían competencias, nos permitimos escuchar el mitin junto al cervantista Rodríguez Marín.

Un regate de la memoria me impide recordar el nombre de pila del seguidor de «Cristo, Marx o el Ché Guevara» que,  subido en un pollete, vociferaba la necesidad de remover la tierra calma. Sé que era un descamisado (bendecido por Diamantino García) de esos que brotaban como las amapolas en los barbechos de la campiña: Paco Casero, Manuel Gordillo, Diego Cañamero… o quizá algún incauto del recién fundado Partido Andalucista (PA) intentando inocular en la venas del campesinado los ideales de Blas Infante.

Lo cierto es que oímos a un líder de buena retórica llamado a liberar del yugo latifundista a los jornaleros que, miserablemente, seguían sometidos a precarias condiciones laborales. Todo parecía indicar que era el momento de curar la herida sangrante, que había llegado la hora de echar andar por la senda progresista que iba a llevar al andaluz dormido a ser lo que fue en Andalucía.

Con la cartilla en el bolsillo, mi amigo catalán me despidió con una reflexión manida: «El día que tu pueblo se dé cuenta del potencial de esta tierra recuperaréis la dignidad y la soberanía andaluza». «El conformismo es la peor derrota» dijo. Es por eso que aquellos paisanos de puños cerrados en la alameda me congratularon. «Ojalá los jornaleros andaluces se apliquen la cultura de la queja que se emplea del delta del Ebro para arriba», pensé.

Tres años antes de comenzar a marcar el paso ya había emigrado a Cataluña. Pertenezco al último envío franquista en masa a la región dónde se encontraba la brújula que indicaba el buen norte para los progres andaluces. Aquí me integré sin perder de vista a mi pueblo (es de ignorancia supina pensar que es incompatible).

Ha pasado mucho tiempo y nunca más supe del amigo catalán. Sin duda tendrá colgado en su balcón la bandera republicana. Es evidente que el franquismo dejó la piel del toro llena de perdigonazos y, desde entonces, todos a quejarse de las secuelas de la cacería. Hasta los hijos de los verdugos se quejan.

Y quiero hablar de los beneficios o no de las quejas.

A la izquierda radical de Cataluña: ERC, CUP…  no le interesa que la herida franquista cicatrice a cualquier precio y aprovechan los lametones en la misma para marcarse objetivos estratégicos. Sirva como ejemplo el secesionismo.

Lo conseguirán o no (yo no quiero) pero si alcanzan el «paraíso» continuarán quejándose (es genético) aunque sea para que el Barça, en tal caso, siga jugando en la liga de las estrellas… Lograr objetivos es dar pasos adelantes, progresar…, también es una victoria sobre el pensamiento facha que aquí elevan a la categoría de un orgasmo.

La altura de mira política de IU, SAT, SOC…,  partidos y sindicatos llamados a echar a andar al jornalero y dignificar las peonadas en el campo, no levanta un palmo del suelo y cuya meta marcada es la de importarles un mojón que Andalucía ostente el farolillo rojo en la clasificación de ámbito social en Europa. Ahí donde la «renta básica» se rechaza.  Y es que progresar no es sinónimo de recibir. La partida  de los Gordillos, Cañameros… sigue rentabilizando las quejas y lamentos sin cambiar ni una coma del originario guion populista: «La tierra no tiene dueño…, es para quien la trabaja».

En la alameda comenzó un cuento aún sin acabar. Y la verdad del cuento son los lametones retóricos en la herida para que siga húmeda, sin más objetivo estratégico que ser los maltratados franquistas mejor aceptados de España. En la hoja de ruta solo se oye el lamento consolador de su pasado convertido en una peligrosa adicción que acarrea el conformismo de los que le siguen.

Cuarenta años después, gracias al oportunismo y al aplauso mediático que produce la utopía, Diego Cañamero se sienta en un escaño en Las Cortes de este país. La «casta pura» se aliña con el modelo transversal.  Ahora toca ponerle el cascabel al gato. O lo que es lo mismo:  «a ver cómo le explica Pablo Iglesias al «bandolero de la campiña» en qué consiste el progreso».

¡Ah! El clima,  que tendrá el clima, amigo.

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Aquí no paseamos pájaros

Iba sentado en un autobús  por Barcelona, cuando  un  joven entabló una conversación  con un colega por el móvil.  Un saleroso acento argentino  y  el tono elevado,  hizo  que participásemos de la charla casi todos.  Explicaba la experiencia  que estaba viviendo por aquí. 

De pronto dijo:  » Pibe aprieta el orto o te cagarás  de  risa cuando te diga que  acá  pasean  a los pájaros».  «Que si  boludo, créeme, en España pasean a los pájaros en jaulas por la calle…» Desconozco si el esfinter anal del amigo soportó la guasa; aquí  hubo quien se llevó  las manos a la entrepierna para no mearse.  

Reírse de su sombra no es patrimonio de todos. El desliz ornitológico  del argentino  provocó en otros  arañazos en el ombligo: «Ni esto es España ni los catalanes  paseamos pájaros…»  Se escuchó. Lo dijo en catalán: «Ni aixó es Espanya ni els catalans passeig ocells». ¡Faltaría más! 

Se trataba del «Rufián» de turno. Un  modelo creciente de ciudadanos sectareos abrazados al manifiesto «Koiné» (el catalán como única lengua hasta en Teruel), tan rebuscado y hartible como  «Ian Gibson» con la causa de lorca.  

El visitante «acharado» apagó el celular.  En la mirada   noté la necesidad de saber, no solo  acerca de «pasear  pájaros»,  también de las  xenófobas cartas de presentación de quienes solo ríen ante el retrato  de Lluis Company.

 Ni me dedico al estudio  de las aves  ni a silvestrar  canarios  es mi hobby, pero me crié en Osuna y algo de pájaros sé… (Incluidos los alcaravanes).  

Es en el extrarradio barcelonés dónde se da vida a la costumbre de «pasear pájaros». La afición o hobby no es exclusivo de los andaluces. Pero me quedo corto si nombro solo a diez  ursaonenses, casi todos jubilados,  que salen de sus casas  por la fresquita balanceando  un par de jaulas  hasta  un  parque del barrio.  

Las ramas de los árboles se convierten en percheros y escaparates para las docenas de jilgueros, canarios, verderones…. Es fundamental analizar la armonía de los trinos y el atractivo estético del plumaje para diferenciar, por ejemplo, al macho de la hembra,   así cómo para evaluar si tal o cuál pájaro reúne condiciones para concursos de canto y colorido. 

Un trozo de historia de quienes se embarcaron para sacar adelante a los suyos  lejos del sur. Andaluces que, como  consecuencia  del roce con el simpático caganet y el sabor de la calçotada,  ya no tienen el acento de origen a la orden del día  y  cargan con la sensación  de no ser ni de allí   ni de aquí.  De allí porque la referida integración en la lejanía conlleva un impuesto para el que no vuelve. De aquí  porque para algunos siempre hubo sequía de predisposición para aceptar, como cosa de todos, las costumbres sin barretinas.  

Sé de catalanes que guardan «como oro en paño»  la receta de una ardoria (salmorejo) y pegan  el culo a una silla para escuchar tres fandangos de Huelva.  Y no  son pocos los mentecatos  que aún  no concilian el sueño pensando en que los andaluces vinimos a comernos  el pan de payés. Es sorprendente la ligereza con la que se pretende infravalorar cualquier tradición asociándola a  malas prácticas  por tener otro estilo de vida. 

Generalizar no es correcto,  aunque en el ámbito político tengo dudas.

No recuerdo ni un solo líder catalán,  o de Iznájar,  que rehuyera hacerse la foto de rigor  con un catavinos y el sombrero cordobés en  «La Feria de Abril de Barcelona», por ejemplo. Un invento de sentimientos andaluces ajenos a un soberanismo que andaba a gatas. Apiñados como los estorninos, acudían con el séquito a mostrar una  empatía tan seca como la mentira. 

Cuando contar historias de andaluces en Cataluña parecía ya finiquitado y asumido el rol: els altres catalans…» aparecen éstos  (en  España todavía) y matando.  El «hecho diferencial»  regresa. 

Una bandada de pájaros se han instalados en el Ayuntamiento de Barcelona para dar rienda suelta al sentido racial  del factor RH genético.   Les ha venido un subidón y con la recortada apuntan a las costumbres,  al pescaito frito  y los toldos a rayas de La Feria, endureciendo  requisitos y  poniendo zancadillas con  asuntos de idoneidad etc, etc… 

Para Ada Colau, «adalid de meonas y fornicadores en el metro», el sentido común es un razonamiento sin vigencia,  hay que contemplar el incivismo  con total naturalidad. No asi la «seña de identidad andaluza» que  afea la ciudad y  no es un bien que se deba proteger. 

Aceptamos que a la señora alcaldesa y los suyos no se les apetezca  hacerse  un selfis entre faralaes  bajo el cielo catalán. Vale que el discurso trolero corresponde al guión: «Las costumbres y tradiciones andaluzas  también son de aquí,   vuestra cultura es nuestra cultura….»  Estamos curado de espanto. Y hasta vale que el vecino,  el President  Puigdemónt, declinase tomar un rebujito o una cañita fresquita.  Con educación pidió agua:  «Sisplau, del Montseny…. De Lanjarón no».  ¡Ay gorrión!

 Lo que no vale ni es de recibo, es  que  la vara de mando con vestido y  «pinta de olerle la almeja» se ponga a barrer los derechos  adquiridos  dando escobazos desafiantes:  ¿Por qué silbáis…?  Pues porque  el millón de andaluces en Cataluña  encuentran  su más viva esencia en la cultura de sus  costumbres y tradiciones… ¡Charran! 

Pronto será un delito ecológico coger espárragos en la montaña de Collserola. Cobrar impuestos a los andaluces por «pasear pájaros» está en estudio.  ¡Al loro!

«El pájaro de arriba ha de cagarse en el pájaro de abajo».

¡Qué castigo! Como Sísifo, vuelta a empezar.  El andaluz en Cataluña está  condenado a cargar con la pesada piedra  por culpa de politicos  estúpidos. 

Llegó mi parada y me bajé del autobús.  No sin antes volver a escuchar: «Ni esto es España ni los catalanes paseamos pájaros…» 

Sí, es cierto. Tampoco es necesario. Los  pájaros de aquí son de cuenta y se la saben todas.

Antonio Moreno Pérez

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¡Que bote San Arcadio!

El verano pasado acompañé a unos amigos hasta Las Canteras de Osuna. Quería que se empaparan de Historia de mi pueblo. No pudo ser. Estaban cerradas al público. Solo perros había. 
«Aquí en lo alto el solano se las trae», «Cuando el Lorenzo aprieta para que te cuento», «Tampoco es un negocio rentable…». Escuché por los alrededores.
En su día me pareció fantástico que Raphael, José Merce, Vargas Llosas… dejaran la impronta artística y cultural. Ahora la actividad (según cuentan) se limita a alguna que otra ceremonia y convites de bodas esporádicos.
Igualmente felicito que se abran (según leo) dos salas de museos aprovechando la repercusión mundial de «Juegos de Tronos» a su paso por Osuna ¡Claro que sí!  Hay que potenciar el turismo.
¡Que bote la alcaldesa!
Los lectores se preguntarán: ¿A qué viene esto? 
Pues viene porque, sin ser pescador ni venir de familia de pescadores, de vez en cuando me gusta lanzar un anzuelo a ver que pesco en Osuna.  
El día veintidós me ubiqué prontito con la caña en el río de gente en la calle Espartero. Y no se hizo esperar. Al cebo picó una buena «pieza», un buen hilo argumental.
Ahí había gente eufóricas y radiantes de una felicidad que compartí en la distancia con las personas conocidas y familiares agraciados.
Admito que a mi no me ha tocado la lotería. Y afirmo que nunca se apoderó de mi un nivel de euforia más allá del que produce el premio de una pedrea.
Unos días en Osuna casi nunca me dieron para todo lo que quise, ya fuera entre cirios y saetas, degustando rebujitos en la Feria o escondido del sol de agosto que castiga sin piedad y el mundo se detiene con el infatigable canto de las chicharras. 
Ahora ya no. Ahora las redes sociales acercan ipso-facto los acontecimientos y diagnostican con rapidez la temperatura ambiental estés donde estés. 
Para contar lo que sigue he esperado, por un lado, la cercanía del día del Patrón y rendir tributo a las gachas que solía saborear en cualquier día y mes del año.
¡Por dios! Nunca olvidaré el punto sabroso de mi madre y la generosidad para complacerme cada vez que iba a verla. 
Por otra parte, debía esperar al sorteo del Niño, no fuera que San Arcadio la liara otra vez. La leyenda urbana se habría derrumbado, más que huevos gordos, nuestro Patrón los tendría cuadrados. 
Ocurre que la sensación de alegría (euforia) tiene varias lecturas, no se exterioriza por un igual como cuando se consigue el dinero fácil.
Me parece lógico que los afortunados, entre frases entrecortadas por la emoción, anécdotas y pataitas por bulerias incluidas, pidieran compartir la alegría con el Patrón en agradecimiento: ¡Que bote San Arcadio! ¡Que bote San Arcadio!
La mayoría de expresiones resultaron ser tan simples como el mecanismo de un chupe. Del todo comprensible. Otras no tanto. 
Ahí va una: «Ésto es lo más grande que le ha ocurrido a este pueblo desde la concesión del hospital». Y con ironía trillada recalcó: «Si no llega ser por el hospital el pueblo estaría cerrado». ¡Ahí va…! 
No seré yo, ni nadie con dos dedos de frente, quien ponga en duda que la llegada del Hospital a Osuna no fue un logro importante para  la calidad de vida ursaonense, ¡faltaría más! Pero el antónimo de cerrado es abierto.
En el año setenta y tres, pongamos por caso, Osuna no era un pueblo cerrado de persianas bajadas. Con el puñetero solano, en ocasiones, lo parecía. Osuna tenía tanta vida que sobraba. Si bien era un pueblo confinado al campo y, en menor volumen, al sector servicios en pleno siglo XX. 
Osuna era un pueblo rácano en cuestiones de apoyo emprendedor a quienes no compartían la condición miserable de encerrarse en la rutina sin contar con las posibilidades.
Es verdad que hoy nadie va a misa cogido de la mano, hoy es cristiano quien le da la gana, pero tampoco veo que Osuna sea el paradigma del cambio. Pienso que ahí crece una idiosincrasia autóctona. 
Mis inquietudes por mi origen me viene desde que me fui. Allí dejé amigos, una gran familia y un pueblo con 17.800 habitantes, más o menos. A día de hoy a muchos de los amigos los perdí de vista y, lamentablemente, la familia ya no es tanta.
No ocurre lo mismo con la cuantía de habitantes empadronados. Cuarenta y dos años después el censo poco o nada ha variado; Osuna no alcanza los 18.000 habitantes a pesar de las expectativas del hospital. Un estancamiento que no se ha producido en localidades cercanas. 
¡Que bote San Arcadio!
Y ahora ¿qué? ¿Será la lluvia de millones el revulsivo para el despegue emprendedor tantas veces reclamado en Osuna? ¿Será el pelotazo de Navidad la coyuntura para que la sociedad haga piña y los ursaonenses sientan apegos entre sí…?
«Junts fen país» dicen los catalanes.
El escritor y diplomático Octavio Paz dijo: «Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas le ha inyectado el veneno del miedo… el miedo al cambio». 
Añado: también las inoculadas de pasotísmo y escasa predisposición.
Está bien que nuestro Patrón bote de alegría, pero no el de Écija. En Osuna no hay cine. 
¿Tendrá San Arcadio los «santos cojones» de reconvertir al votante de izquierdas (por ejemplo) que sin rubor responde al perfil conformista, al antihéroe feliz de alcaparrones, tagarninas y  triquiñuelas para pasar el día?
Los guiños para cobrar el Per, o que la paguita por una minusvalía en «entredicho» esté exenta de ser investigada, no dice mucho en favor de un pueblo abierto.   
¡A ver!: El Patrón tiene los huevos gordos no cuadrados. 
¡Que bote San Arcadio! Aunque la cultura de base y la educación de principios en Osuna a muchos les importe un pepino y sea una asignatura pendiente. 
Sería fantástico ver y oír  a escolares en excursión pidiendo que bote el Sr. Francisco Valdivia (Por ejemplo) ante su escultura maravillosa que engrandece el rico patrimonio de Osuna en Las Canteras.
¡Ah! Las Canteras es una propiedad privada… ¡Vaya!
La Historia y el arte de mi pueblo seguirá custodiado por una jauría de perros. ¡Que boten los socialistas!
¡Ah, no! ¡Que bote San Arcadio! El patrón de los huevos gordos para alegría de los huevones. No es lo mismo.
¡Feliz día de San Arcadio!
 
Antonio Moreno Pérez
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No tocayo, tú no

En un intento de clasificar los desaires de algunos a veces me pierdo en la desagradable tarea de ubicarlos. A saber qué se chuta esta gente, qué se fuman… Sea lo que sea es de mala calidad, una porquería. Deberían atender los efectos contraproducentes. 
Solo dije que Oriol Junqueras, presidente de ERC y alcalde de la localidad barcelonesa de Sant Vicenç dels Horts, no es creíble y se ha dado una vuelta de rosca más en la barretina. El hombre de peso en el Ayuntamiento (y en la calle Balmes) es un político «avinagrado» que necesita de la provocación constante. La última: «Junqueras insinúa desalojar el Cuartel de la Guardia Civil del pueblo para realojar y atender las necesidades sociales». 
¡Y ahora voy y me lo creo!. 
Y como no me lo creo, pues ¡hala! a taparle la boca al incrédulo enemigo.
Porque éstos ciudadanos de la tribu secesionistas son así, los más de izquierda, demócratas y solidarios, los que están en posesión de la verdad. Es lo que debe pensar un amigo virtual, con los conocimientos justos para pasar el día, que ha tenido a bien eliminarme del Facebook.
El motivo: Opinar diferente. 
La orden de alejamiento a mi libertad de expresión no es consecuencia de la calima que éstos días tiene asfixiadas a las cotorras argentinas de Las Ramblas. Más bien tiene que ver con la bajada del termómetro soberanista que, paradójicamente, está incendiando los ánimos de una banda que insiste en que Ítaca no pertenece a Grecia. 
Admito que me jode sobremanera, no solo que me dejen con la palabra en la boca, sino que me despidan con un mantra manido: «No entiendo cómo se puede ser emigrante y de derecha». 
Al tratarse de un personaje virtual, sin más identificación que una pegatina del burro catalán en su perfil, las opciones de respuestas o de echártelo en cara son escasas. ¡Ya me gustaría! 
Sin necesidad de acudir al diccionario de Pompeu i Fabra lo rebosaría de improperios en su lengua: «Aguanta espelmas», «cap de suro», «cagalló…», Cabe la posibilidad de que el «cagameló» fuera un tonto útil de Algamasilla del Alba, con lo que acudiría al castellano cervantino: «Traidor» «gualtrapa», «asqueroso…» ¡Con su roña se acueste!
¿Qué ocurre cuando el que te da con el portal online en la cara es un paisano localizado, cuando el autor del churrete es de la misma quinta y juntos compartimos la infancia entre sillares milenarios?. 
Mi amigo real y tocayo nos confirmamos la amistad después de muchos años olvidados.
Hago memoria: «No sabía que eras de Rajoy» Antonio. «No tocayo, más bien soy de Albert Rivera… Lo considero un político de talante moderado que apela el pregón sensato en pro de la unidad de España. Un hijo de emigrantes que no se arruga a la hora de mantener a raya los pensamientos totalitarios de la plebe independentista en Cataluña….» le respondo. 
Mi amigo real es algo desmemoriado. Olvida que ámbos compartimos sentimientos de izquierdas y los dos fuímos víctimas de los efectos depredadores de la dictadura. En una panorámica de la memoria veo pasar rostros ocultos de aceituneras y montículos prehistóricos de cisco. Aún recuerdo los mocos y lágrimas confundidas de niños de Osuna jugando al tejo…
¡Ah! Mi amigo olvida que juntos nos reímos con la demostración de grandeza que tiene la gracia ursaonense: «Si quieres comer lentejas vota a Miguel de la Teja». 
Ahora intento caminar por la senda de los modelos sociales tolerantes. Es lo que digo: Al que no le gusten los toros que no vaya… No sé por qué hay que prohibirlos.  Él, mi amigo y tocayo, galopa a lomo del caballo de la demagogia de la izquierda recalcitrante y no reconoce moderación en la derecha.  
¡Ah! ¿De Alber Rivera? «¡Tanto monta!». Y «¡zas!» Emulando al líder onubense, Antonio Maíllo, acudió al dichoso mantra que anula los argumentos que no se quieren oír: «No entiendo cómo puedes ser de derecha siendo emigrante». 
¡No tocayo, tú no!.
El líder comunista andaluz me parece una persona culta y valiente, muy valiente. Declararse abiertamente homosexual en el ámbito político lo es. Me alegra una barbaridad que goce de su libertad sexual con un gobierno de derechas.
A lo que voy. Tengo que hablar con mi amigo y tocayo. No me gusta la ley mordaza, ni cualquier otra maniobra que calle o silencie. Tampoco la libertad enjaulada de Cuba o Marinaleda.
Es posible que se dejara llevar por las emociones ideológicas del momento. El Sr. Maíllo acababa de arribar a la presidencia de IU en Andalucía para insuflar con un brochazo de cal repelente la fachada comunista. Sospecho que ahí comenzó mi amigo a anidar el feo gesto de eliminar ondas compartidas en la red de internet.
Aún conservo un léxico bastante auténtico de Osuna y alrededores. Podría practicar con mi amigo y tocayo, e irritarle los tímpanos con adjetivos de la tierra: «Papafritas» «andoba» «esnortao» «merdellón….» Otra alternativa sería dejar el asunto correr, total, tanto tiempo sin saber nada de él, y él nada de mí.
¡Qué va! Nada de lo dicho siento ni voy a proceder. Sé lo que mi amigo fuma y dónde ubicarlo. No voy a permitir que la laguna de años le haga una trastada a los recuerdos. 
 
Antonio Moreno Pérez
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Vergüenza ajena

Ya pasó el Día de Andalucia. Y un año más mi vecino, andaluz como yo, no ha desaprovechado la ocasión para sacar del armario una bandera andaluza. Puntual y feliz acudió, con la enseña verde y blanca cubriéndole la espalda, a un evento organizado para la causa.

Su pasión por la misma le viene desde que el uso de la razón se apoderó de él en un pueblo de la vega del Guadalquivir. No faltó la reflexión para recordar las pelusillas que en otros tiempos suscitaba la convivencia en Cataluña.

De entre las virtudes del pueblo catalán siempre admiré el compromiso de las gente para defender unidos y orgullosos el lugar donde vieron la vida, para ensalzar los valores de cualquier rincón de su tierra, su historia y, sobre todo, el respeto por los símbolos que les representan. Era cuando el nacionalismo rabioso aún se encontraba bajo siete llaves.

Nada es igual en la actualidad. La aventura a Ítaca ha desnortado los sentimientos hacia la senyera, ahora es un instrumento rentable para los políticos con el único fin de tapar los tejes y manejes corruptos.

Para uno que tiene sentimientos empadronados, le duele que gran parte de la sociedad catalana caiga en el esperpento de olvidar las tradiciones de paisanajes y confie en la ideología de políticos antipatriotas, políticos que elegimos para solucionar problemas y necesidades básicas con los pies firmes en el suelo.

La tristeza se apoderará de ellos como se apodera del gato en la séptima vida. De mí, la vergüenza ajena ¡Meins banderas y més «cullons»!

Y digo yo: ¿Por qué sufrir cuando son otros los que hacen el ridículo? ¿Qué importa si Juan y Medio rebusca en Canal Sur las miserias de los mayores más ignorantes, o que un cordobés en tanga se suba a un púlpito a sermonear la lectura del Evangelio? Pues no, no es así. Es el precio de tener el corazón compartido.

Ocurre que los idiotas no los escoge uno. De ahí que no sea aconsejable escupir hacia arriba. Cuando menos te lo esperas adquiere protagonismo un capullo del arriate socialista (es el caso) y te hace que la existencia sea menos llevadera. Enarbolar la bandera andaluza, como si un «abertzale» fuera, en el Congreso de los Diputados es de chiste que se culmina con las risotadas y aplausos de la bancada.

Todo sea por continuar dejando caer la fina lluvia cautiva hasta calar de falso amor por la bandera a pánfilos subsidiados, o empapar de ego a tragaollas de un partido que olvidaron que el buen uso de la misma era el ideal de Blas Infante.

Ahí no se va a hacer el payaso. La elevada tasa de paro o la marcha de los jóvenes al extranjero no es un número circense, ni esa bandera se usa como parapeto para lo que no se quiere oír. Es una infamia encubrir con la bandera los parámetros actuales de corrupción: Eres, Formaciones inexistentes, el camelo del Per… No, esa no es  la bandera de ladrones, ni de pederastas o cretinos que nunca han hecho nada por nadie y viven impermeables  ante cualquier tragedia de la vida.

Esa es la bandera de andaluces universales de cualquier ámbito que vivieron para Andalucia y no para vivir de ella, de trabajadores y personas excelentes que besan sin remilgos o donan sangre para alimentar vidas. Es la bandera de los que cogimos el tren de ninguna clase y seguimos mirándola con el rabillo del ojo.

Más respeto por mi vecino y por los que sentimos la emoción humana de la vergüenza ajena, que una bandera límpia no se ondea con las manos sucias, ni  representa a políticos que, posíblemente, hasta se limpian el culo con ella en la intimidad.

 

¡Ah! ¡Más cojones mi arma!

 

Antonio Moreno Pérez

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El culo perfecto

Perdonen el titular un pelín ordinario en vísperas de Navidad. Así es, de culos trata el artículo, y no son bíblicos. Culpo de ello a mi bar de cabecera por no tener el periódico como de costumbre. En el revistero encuentro un ejemplar atrasado de Interviú con un amplio contenido de posados de culos femeninos en su interior.
En la portada el más sugerente: el despampanante pan dulce (que dicen los italianos) de Susy Gala. «¡Qué culo!» Pensé al ver el bello trasero de la bailarina premiada por tener el mejor «culo de España». Nada que objetar al veredicto del jurado afortunado, solo pedir que pasen rápido a trámite mi currículum, puedo aportar interpretaciones enfocadas en el tamaño: «No es lo mismo un culo grande que un culazo». 
De un tiempo a esta parte la perfección de cuartos traseros viene tomando la delantera a los pechos como objeto del deseo. El culo de la cordobesa lidera el repertorio de «culazos» raciales que dilatan las pupilas en la revista semanal. Un culo perfecto y exitoso capaz de bailar el reguetón, la danza del vientre, la samba…. y el vito vito si quiere.  
Ocurre que el éxito de un culo no necesariamente es sinónimo de perfección. La historia se nutre de episodios de culos que, lejos del modelo perfecto de Interviú, han enriquecido la vida sexual en pareja y artística de fotógrafos y pintores. Véase el culo de Gala mirando al mar, no el de la Susy, el de la musa de Dalí, sin ser un culo perfecto contribuyó al amor mágico y apasionado. El artísta lo llevaba en su cartera antes de plasmarlo como un culo de éxito.
No confundír otras versiones de culos imperfectos, es el caso del «culón verbenero». Es otra historia. Éste se contonea por el escaparate callejero empinado como el de una gata en celo, cuyo éxito consiste en dislocar a una presa débil para atrapar, sin rubor, al «culo de mal asiento» de turno que se desubica del lado correcto de otra mujer. ¡Ay, culos, culos! 
Recuerdo el origen de mis gustos adquiridos, de cuando mis deseos tempraneros acudían a la picaresca para avistar culos recatados con refajos… Culos mutados debajo de un vagón de tren o insinuados aljofifando el sardinel. El culo era el secreto mejor guardado. No era fácil  acariciarlo, basta recordar la mano deslizándose y el tortazo que recibía al llegar donde la espalda termina. Y más naturales, los culos eran más naturales. La bailarina advierte que sus nalgas no son 100% pata negra del Valle de los Pedroches, deja caer que el triunfo de su culo se debe, en parte, al sometimiento quirúrgico… ¡Ah! «mano de santo», sostener ese encanto de retaguardia es milagroso.
El culo es el atributo con más seudónimos y el principal destinatario de piropos que conozco. Leo que a Susy le hace reír uno: «tienes el culo más apretado que los tornillos de un submarino»…. Aún es del agrado de alguna mujer que se dirijan a ella con palabras hilvanadas para la adulación sexual antes que por su belleza interior. Observando tales excelencias corpóreas de la chica no me imagino a nadie  diciéndole: «te comería tu corazón solidario». 
Dios me libre de piropear con mal gusto, o manifestar un estilo grotesco sin el consentimiento; no es de caballero, ni femenino tampoco, y como mínimo merece la patada en el culo. Con sinceridad pienso que Susy Gala tiene en su culo la región más perseguida y deseada de su anatomía. Y no tengo duda de que, al igual que Ronaldo tiene sus piernas aseguradas, ella tendrá las dimensiones armoniosas de su culo a buen recaudo en alguna aseguradora, a salvo del acoso de un «viejo verde» de poca monta o aficionaillos del «culo veo, culo quiero».
Claro que en los centros cerebrales no manda nadie y todos los culos caben, incluido el «culón miserable» la imaginación y el gusto es propiedad de cada uno. Pero ¡ojo con el escaneo mental de enclenques tangas que se pierden en los perfectos culos de Interviú! La obsesión en dosis incontroladas tiene efectos secundarios que alertan las sospechas: puedes pasarte el día llamando «circulo» a la peña de amigos, «vehículo» a tu coche o «espectáculo» a una obra de teatro ¡Es que…!
Vuelvo al comienzo: No es lo mismo un culo grande que un culazo, a mí me lo parece. Pero ¿Cómo se evalúa un culo? ¿Se mide para puntuar? ¿se toca? ¿Cómo se logra la perfección…?  Ansío conocer las bases y participar en un concurso de culos.
Y como en este País todo va de culo, siempre habrá alguien que no comparta la exposición y me llame «caraculo» ¡Ah! ¿como cuál?. Quizás no me lo tome como una ofensa.
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