Aquellas aventuras

Entre los escritores que contribuyeron a conformar el imaginario infantil y juvenil de mi generación se encuentra el escocés Robert Louis Stevenson (1850-1894). Todos conocemos La isla del tesoro (1883), que empezó a escribir —según cuentan— para entretenimiento de uno de los dos hijos de Fanny Osbourne, su esposa—, y El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (1886), uno de los relatos fundacionales del género de terror fantástico. Pero la obra de Stevenson no acaba ahí, ni mucho menos.

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El ser y la Covid-19

El ser y la nada se ha transformado por ensalmo en El ser y la Covid-19. Un microorganismo venenoso ha invadido y ocupado el inmenso espacio de la nada y le ha usurpado el nombre. Nada quedaba más estético y “profundo”. COVID-19 suena a cápsula espacial para explorar Marte y no a microbio impertinente que te escanea la fisiología para empeorarla. Y siendo terriblemente insignificante ha conseguido tener género ambiguo como las grandes magnitudes de este planeta: el mar, la mar; el calor, la calor; el Covid, la Covid. Y además está tomando hechuras de era histórica: a.C y d.C empiezan a significar antes del Coronavirus y después del Coronavirus.

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Marilyn: la rubia que quiso ser mujer

Dicen que ninguna mañana del año falta una rosa en su tumba común de un cementerio civil. Las rosas se entienden entre ellas. Entienden de su belleza exhibida y mercadeada sin escrúpulos. Entienden de su fugacidad. Entienden de su vulnerabilidad. Entienden del porqué se marchitan sin que ya las acosen las miradas. Y es que las leyendas relucen, brillan por fuera, pero por dentro reina la descomposición. Igual que un nicho. Igual que un sepulcro.

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