Oído absoluto

La Casona de Calderón

Hoy les traigo una biografía novelada de Olivier Messiaen (1908-1992), compositor francés conocido por una música muy personal basada en la naturaleza,  la mística religiosa y ciertos ritmos propios de músicas no occidentales. Fue maestro de importantes compositores de vanguardia. Sus obras orquestales de madurez están pensadas para formaciones integradas por coros y secciones instrumentales tan variadas y numerosas que, a menudo, los teatros donde van a sonar necesitan ampliar el espacio escénico a costa del número de espectadores. Su composición más célebre, sin embargo, es un cuarteto para piano, clarinete, violín y violonchelo. Fue compuesto en el campo de concentración alemán en el que pasó unos meses tras caer prisionero, el Stalag VIII A de Görlitz. Parece que entre los guardianes había melómanos que le facilitaron algo su trabajo —viejos instrumentos, papel pautado, un lápiz, algún mendrugo de pan— y entre los compañeros de cautiverio músicos capaces de enfrentarse en esas condiciones inhumanas al estudio y a la interpretación de la obra. La composición se titula Cuarteto para el fin del tiempo (Quatuor pour la fin du temps) y fue estrenada en el mismo campo de concentración en enero de 1941, acto para el cual los alemanes distribuyeron invitaciones entre los guardianes y los prisioneros, como si el estado en el que se encontraban todos allí fuera de absoluta normalidad. Imagínense el hambre de meses, el frío del invierno en Silesia, un barracón atestado de prisioneros macilentos y sucios sentados tras una primera fila ocupada por guardianes bien abrigados y nutridos y, por último, un escenario improvisado donde se sientan los músicos, desgarbados, demasiado delgados en unos ásperas ropas prestadas. Piensen en las condiciones de los campos de concentración, en lo que debían padecer y sentir los prisioneros. Intenten ponerse en situación. Y ahora, si les interesa, escuchen la obra y déjense llevar por la música. El cuarteto y sus partes están explicados en el capítulo 35 (pág. 163 y ss.) Oído al Abismo de los pájarosAbîme des oiseaux—, el tercero de sus ocho movimientos. La composición expresa una angustia indescriptible de otra manera. Contaba Messiaen que jamás sería escuchada con tanta comprensión como lo fue el día del estreno. Mala época, aquella.

Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975) ha escrito una auténtica obra de arte. Durante sus más de trescientas páginas, a menudo densas, sin apenas concesiones a nada que suene a comercial, nos relata la vida de una persona ciertamente hiperestésica conducida por unos padres muy cultos hacia la realización de una irresistible vocación artística. Haciendo uso de un narrador cuyo punto de vista está sabiamente desdibujado y de unos saltos espacio temporales apoyados en elementos ajenos a la marcación del tiempo, como el canto y la presencia de los pájaros, Cuenca Sandoval introduce al lector en distintos episodios y escenarios, todos cruciales y conmovedores: el ahora de un niño, poseedor de un oído absoluto, sentado ante las cumbres nevadas de los Alpes; la cruel existencia de los prisioneros de los campos de concentración; la viciada atmósfera del París ocupado, donde los judíos fueron perseguidos y, a veces, detenidos gracias a los llamados colaboracionistas. Cuenca Sandoval se introduce en la piel de Messiaen, una persona poco dada a cualquier acción que lo alejase de su rutina creadora, a cualquier heroicidad. Aquejado de un fuerte sentimiento de culpabilidad por no haber ayudado a personas que le pidieron socorro, el lector vive con el compositor el miedo a ser identificado con los alemanes, pues en realidad, y gracias a sus extraordinarias dotes musicales, había sido protegido por ellos, naturales del país de la música por excelencia, de las tres B, dice el autor: Bach, Beethoven, Brahms. El protagonista aparece como un ser imperfecto, creíble, lo que hace aún más atractivo al personaje. Los últimos capítulos, dedicados a la llegada de la muerte al cuerpo de Messiaen, son realmente antológicos.

Una lectura recomendable para melómanos y lectores exigentes.

 

Mario Cuenca Sandoval, El don de la fiebre, Barcelona, Seix Barral, 2018.

 

Imagen: Invitación para el estreno de Quatuor pour la fin du temps repartida en el campo de concentración de Görlitz. Obsérvese el título, mal escrito. (Fuente: Badinguet 42 / CC BY-SA).

 

Víctor Espuny

 

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