Nuck

Tuve un amigo con el que jamás hablé. Solo nos mirábamos. Me buscaba, me huía, recorría conmigo las calles. Él sabía lo que le gustaba que le hiciese, por eso venía a pedírmelo. Insistía. Como los buenos colegas, era pesado con sus aficiones. Le gustaba jugar siempre a los mismos juegos. Él portero, yo futbolista. No se cansaba nunca, esperaba a que yo diese de mano, a que dijera uve, a que le anunciara que le tocaba divertirse solo. Entonces se tumbaba, y me sacaba la lengua. Era cansancio, pero a mí me gustaba pensar que era chulería. Dormía mucho, como si nunca hubiese dejado de ser un bebé. Lo único que le hacía despertarse era el olor del pan tostado. El cabrón aparecía soñoliento, lleno de legañas, por la oscuridad del pasillo, a paso lento, contoneándose. Llegaba a la cocina, y allí, delante de todos, se estiraba como un acordeón, bostezaba como si el mundo le cupiera en la boca. 

Tuve un amigo con el que jamás hablé, pero con el que siempre me entendí. Le gustaba esperar en la puerta de la ducha. Custodiando el baño, escuchando carnavales o el monólogo de Alsina, con su pelota entre las patas. Cuando llegaba el momento, bajábamos a la calle. Esperaba nervioso a que me liase el cigarro, y, cuando ya lo tenía encendido, galopaba Marqués de Zafra hacia abajo tirando de mí. Llegaba al Parque de la Fuente del Berro, sus dominios, y se colocaba frente a mí. Me miraba, moviendo frenéticamente el rabo que no tenía, y me suplicaba que le sacase la circunferencia roja. Cuando la veía, se desbocaba. Me río yo de Gareth Bale y de Usain Bolt. Mi compadre era rápido como un rayo, pequeñito pero habilidoso, humilde pero elegante. Su madre, mi abuela, le ponía abrigos que resaltaban la clase que tenía. Con ella echaba las largas mañanas, preparando la comida, recibiendo a gente. El mamón no solo era guapo, también tenía don de gentes. 

Tuve un amigo con el que jamás hablé, pero con el que discutía. Éramos tan camaradas que nos insultábamos. Yo lo llamaba hijo de puta, él me gruñía. Pero lo hacíamos con cariño, nunca nos hizo falta pedirnos perdón. Yo llegaba al kelly, y él estaba allí en la puerta. Se espatarraba y me ponía la barriga para que le acariciase. Después, se piraba a sus quehaceres y al rato volvía. Su escondite predilecto era debajo de mi cama, yo imaginaba que le gustaba espantarme los fantasmas, limpiar el cuarto de espectros para que pudiera dormir tranquilo. Alguna noche, se quedó atrapado allí y me tuvo que pegar un par de toques para que le abriera. Otras, cuando yo llegaba tarde, iba a la esquina del salón y le acariciaba. Ni puta gracia le hacía, refunfuñaba, se quejaba de la hora. 

Tuve un amigo con el que jamás hablé, pero con el que tenía la mayor de las confianzas. Aunque su padre es del Madrid, él se hizo bético por mí. En su collar, le puse una pulsera de las trece barras que él lucía vacilón por las aceras. Los domingos, se ponía muy nervioso cuando yo encendía la televisión. Si el partido estaba jodido y yo gritaba más de la cuenta su incomodidad crecía y, entonces, se ponía a masturbarse con los cojines. Ya les he dicho que había confianza. Era mi broder, un pana de bandera. Tranquilo, atento, siempre sonriente. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que lo vi ladrar. No buscaba nunca pelea, su único objetivo era la felicidad, la suya y la de los de alrededor. 

Alguna vez, cuando estaba de bajona o contrariado, aparecía. Sigiloso, entraba y se tumbaba a mis pies. Me chupaba, buscando lamerme las heridas invisibles. Recuerdo cuando decretaron el confinamiento que me tuve que ir a Sevilla. Él se quedó en Madrid, con mis abuelos. Cuando estuve en mi casa, dejé, por pereza, un par de días la maleta sin deshacer. El día que la abrí, entre una camiseta y un polo, me encontré su juguete. Era detallista el condenado, un tío de verdad. Los animales nobles no hablan, sienten. No dicen, hacen. Esta semana se ha pirado y fue bueno hasta para eso. Se marchó haciendo lo que más le gustaba, cerrando los ojos mientras sonreía al lado de sus dueños. Tuve un amigo con el que jamás hablé, fue tan amigo mío, que quiso ahorrarme el amargor de la despedida. Se llamaba Nuck, y era un perro único. Hoy le dedico estas líneas a él, y a las dos personas que le leían todos los sábados El Pespunte. Nos vemos, hermano. Yo me encargo de llevarte la pelota roja allá dónde estés.

Santi Gigliotti

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