No lo olvide, usted también fue joven

La Casona de Calderón

La semana pasada Violeta cumplió dieciocho años y tuvo que hacer una criba entre sus amigas para elegir quienes eran las cinco que venían a su casa a celebrarlo. En julio, después de haber terminado la ebau, se fue a un bar a tomarse algo para festejar que había finalizado con éxito una etapa que había ocupado doce años de su vida. Nada de discotecas, nada de viajes. Acto seguido, un agosto descafeinado. Conformado por breves episodios de felicidad intermitente, por trazas de una ilusión de marca blanca, por el veneno de una rebeldía a cuentagotas, que antes de estrenarse ya estaba caducada. Un descanso capitalizado por sucedáneos de una libertad tan efímera que poco o nada tenía que ver con aquella premisa que utilizaba a modo de jaculatoria durante los atracones de libros y apuntes “será el mejor verano de mi vida”.

Ahora una universidad online, donde el aula es su habitación y sus compañeros de facultad pequeños recuadros en la pantalla del ordenador. Las tardes, dado que se han suspendido los entrenamientos de voleibol, las pasa al teléfono con Sandra lamentándose e imaginándose lo que estarían haciendo si la situación fuera normal y sobre todo rememorando anécdotas, noches y momentos que les hacen borrar los malos augurios que las persiguen. Por la noche, Violeta se tumba en la cama con el móvil y barre Instagram de arriba a abajo. Ella es de las que siempre ha pensado que los momentos hay que disfrutarlos y sentirlos al máximo y que la influencia del móvil es un estorbo cuando se pretende vivir al cien por cien un acontecimiento. Sin embargo, ahora viendo las instantáneas y los vídeos que publica la gente en las redes sociales, siente un poco de envidia de no tener una galería plagada con todos aquellos recuerdos de los que antes hablaba con Sandra. Del que no se olvida es de Julio, con la luz ya apagada y justo antes de dormir revisa su foto de perfil de WhatsApp y cierra los ojos con el interrogante de si habría ocurrido algo entre ellos si todo hubiera seguido como estaba.

Aunque no lo crean, el nuestro es un universo complicado, compuesto por cascadas de incertidumbres, por vírgenes parajes, por el esquizofrénico solsticio de nuestra estabilidad. Estamos poseídos por hormonas juguetonas, por amores, por odios, por inseguridades, por interrogantes. Por deseos de ver lo que queda en el horizonte. Estamos de mudanza y no tenemos ni la casa construida. Estamos afianzando el suelo de la amistad, pintando las paredes del sentir, alicatando el techo de nuestras convicciones. Hacemos equilibrio en el acantilado de las primeras veces, damos palos de ciego a una piñata que en el fondo es una bomba, llevamos la vitalidad y la diversión fluyendo por el cauce de nuestras venas. Somos jóvenes, impacientes, osados, rebeldes, temerarios, atrevidos.

Cargamos la cruz de la inconsciencia pero tenemos ganas de gritar ante la injusticia, andamos con la cabeza embotada, despistados. Pero también queremos con la pureza de al que todavía le quedan muchas cosas por ver, simplificamos la operación y celebramos como nunca el resultado, pecamos con ganas y nos arrepentimos con fuerza. Nunca esperamos a encontrarnos con las piedras, las buscamos y nos golpeamos con ellas. Luego las echamos a la mochila y presumimos del trofeo. Hasta que un día debe ser que la mochila pesa tanto que se rompe y al romperse nos convierte en adultos y hace que de repente se nos olvide que fuimos jóvenes.

Tiene que ser verdad que eso pasa, porque parece que los adultos de España nunca fueron jóvenes. Nacieron ya maduros. Jamás rompieron un plato, nunca bebieron alcohol, tampoco se enamoraron de la persona equivocada, ni llegaron tarde a casa. No estuvieron donde no tenían que estar y menos aún se lanzaron a probar los suculentos bocados de lo prohibido. O sí, lo más probable es que sí, pero al traspasar esa línea y convertirse en adultos fueron alcanzados por una amnesia fulminante que les impide recordar que como todas las personas, ellos no son más que la suma de sus errores y sus vivencias de juventud. Resulta terriblemente ventajista querer endilgar todos los males que nos acosan a la conducta insensata de los jóvenes. Pedir responsabilidad no solo es lícito sino que además es necesario, echar balones fuera y demonizarnos no solo es injusto sino que además es egoísta.

A todos estos oportunistas desmemoriados, les pediría que antes de volcar todo el peso de la culpa sobre la juventud en general, cerraran los ojos y se esforzaran en rememorar aquel período  que vivieron entre los dieciocho y los veinte años. Puede que algunos se vuelvan a ver con pelo, quizás otros con menos barriga, a lo mejor incluso han mejorado con los años, pero lo importante del ejercicio es que vuelvan a ese tiempo donde fueron libres y empaticen con los chavales que vivimos esa fase de nuestra vida con la libertad recortada. Solo así, empatizando y poniéndonos cada uno en la piel del otro conseguiremos salir reforzados de este naufragio. No hay peor referente que el que no es capaz de escuchar y comprender a su heredero, no hay peor heredero que el que no respeta a sus mayores.

Por eso, con todo el respeto les quiero decir que duelen las acusaciones, porque no todos somos unos maulas y unos inconscientes. Quizás los más irreflexivos fueron los que pensaron que no habría problema con tener a los chavales más de seis meses encerrados. Deberíamos remar todos hacia la misma dirección y utilizar nuestras fuerzas en achicar aguas antes de que se hunda este barco. Tirar a los grumetes por la borda no sirve de nada, martirizarlos tampoco. Es más que injusto seguir señalando a personas como Violeta, sobre todo viniendo de usted, que no se olvide de que un día fue joven.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Unsplash.

 

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