No es nuestra guerra

Seré sincero, mi indiferencia ante lo de Queipo de Llano es tres veces más grande que el Arco de la Macarena. Si a alguien le ha servido para cerrar alguna herida, de verdad que me alegro. Y si alguien se ha indignado y ha puesto el grito en el cielo, lo animo, seguro que dentro de una semana se le pasa. Personalmente, me da exactamente igual, quizás lo único que siento es una profunda pereza al ver cómo otra vez se vuelve a elevar a debate nacional la maldita guerra civil. Que yo entiendo que la gente que vivió aquello tuviese sus cuitas, sus odios, sus rencores. Que yo entiendo que en la posguerra hubo gente que pasó un maldito infierno. Que yo entiendo que unos ganaron y que otros perdieron, que yo entiendo que los que perdieron sufrieron y los que ganaron digan que con su ganador supremo no se vivía tan mal. Pero ya, hasta ahí llega mi comprensión.

Tengo 21 años y estoy harto de la maldita competición de quiénes fueron más hijos de puta, llevo desde chico viviendo una historia de unos y otros, de buenos y malos, de bandos que rehúsan extinguirse. No hay empresa más cobarde que seguir con una guerra después de que se hayan enterrado las hachas. En los dos armarios hay muertos, y yo paso de pegarme toda la vida viendo qué armario es más grande. Máxime cuando no hay que ser muy listo ni muy viejo para darse cuenta de que este debate estéril no es más que una patraña que el politiqueo patrio utiliza para seguir dividiéndonos, sobre todo cuando sirve para que una panda de chupópteros instrumentalice los fantasmas de antaño.

No quiero participar en este partido de tenis en el que la bola desgastada del pasado pasa de un lado de la red al otro, no quiero, como lúcidamente ha dicho Alfonso Guerra, boxear con fantasmas. No viví aquello, no participé de aquello, mis coetáneos tampoco. Hablan de cerrar heridas los que disfrutan abriendo las cicatrices, hablan de patriotismo los que hacen distinción entre españoles. He nacido en el siglo XXI, mis padres crecieron al calor de la transición, llevo toda la vida escuchando las bondades de aquellos hombres que fueron capaces de aparcar sus diferencias y mirar al futuro. Pero todo aquello parece que acabó. Ahora los que hablan del futuro no saben hacerlo sin mirar hacia el pasado y, los demás, somos tan gilipollas que les compramos el marco. Nos dividimos para que unos pocos venzan.

Los que claman por la libertad nos quieren vender que todos los españoles nacemos con una marca definida. Unos hablan de cunetas, otros de Paracuellos. Llámenme superficial, pero prefiero vivir de mi presente que de mis antepasados. No tengo apego hacia gente que ni mis padres conocieron, me la trae al pairo en qué bando luchase mi tatarabuelo. “Quien no conoce la historia está condenado a repetirla”, y un carajo, en este país se moldea la historia para inculcársela a los que no la vivieron a sabiendas de que ese es el caldo de cultivo perfecto para que la repitamos.

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Te hablo a ti, Antonio, me da mucha pena cuando extiendes el brazo y cantas el Cara al sol orgulloso. Te hablo a ti, Laura, me entristece cuando te exaltas y das discursos en Twitter sobre las atrocidades que se cometieron antes de que nacieran tus padres como si las estuvieras sufriendo ahora mismo. Somos hijos de los 2000, hemos crecido en paz, viendo Phineas y Ferb y Art Attack, comiendo Phoskitos y Bollycaos, jugando al juego de los ladrillitos en la Black Berry, colgando nuestras mierdas y memes en las redes sociales. No caigamos en la puta radicalización que nos quieren vender, no perpetuemos unos bandos que no son los nuestros. Sigamos con la guerra entre los de Cola Cao y Nesquik, cerveza y tinto. Que esa maldita tentación no llegue a nuestra isla. Vivamos de los vivos.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
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