Negra, lesbiana y futbolista

Era una mujer joven, negra, lesbiana y futbolista. Capitana de las Banyana Banyana (Las chicas), la Selección Nacional de fútbol femenino de Sudáfrica. Deportista muy estimada y célebre en su país. Reconocida centrocampista. Creadora de un equipo de fútbol formado exclusivamente por lesbianas. Luchadora incansable por la vindicación de los derechos de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales. Mujer frente a frente con el mundo en pos de la libertad. Y su nombre era Eudy. Eudy Simelane. Encontraron su cuerpo, semidesnudo, en las cercanías de un arroyo, en Kwa Tema. Fue asesinada, apuñalada y agredida sexualmente por una veintena de hombres el 28 de abril del 2008.

Simone de Beauvoir lo dejó bien claro: <<No se nace mujer, se llega a serlo. >> Se llega a serlo porque el género es una construcción social. La filósofa francesa expone claramente en su obra El segundo sexo cómo las mujeres han vivido –y viven– bajo el papel impuesto por hombres que han determinado cómo debe actuar y pensar toda mujer desde la infancia hasta la vejez para ser reconocida y tratada como tal. Porque el hombre ha sido –e insiste en seguir siéndolo– el centro del mundo. Quien impone la medida y la autoridad. Lo que viene llamándose en términos académicos androcentrismo: el varón como medida de todas las cosas. (Y si tienen dudas sobre lo dicho, vayan y abran los libros de Historia, o recorran los pasillos de cualquier museo, o indaguen sobre quiénes ocupan los principales despachos del poder político o económico. O echen un vistazo a las tertulias sobre literatura o deportes. Apesta a colonia Jacq´s que tira para atrás.)

Ángel del hogar. Las mujeres españolas tenían que ser ángeles de su hogar. Ángeles sensibles y vulnerables a los que hay que cuidar y proteger en casa. De niñas y adolescentes, por el padre; de adultas, por el marido. Y toda mujer tenía que ser obediente, abnegada, sumisa y cariñosa. Siempre dispuesta y disponible para los cuidados y atenciones que requiera cualquier miembro de la familia. Una mujer como anhela toda madre para su hijo. Porque qué será de mi hijo de mi alma y mi corazón si se arrejunta con una muchacha que lo único que ha hecho en su vida ha sido estudiar una carrera, cursar después un máster, perfeccionar su inglés, pero no sabe freír un huevo y ni mucho menos planchar una camisa. Déjate de tantos estudios, y mejor una mujer que sepa llevar una casa como Dios manda, como se solía decir. (Una mujer sin vida propia, sin vida privada ni pública. Una mujer que vive las veinticuatro horas del día por y para los demás. Una mujer sin proyecto personal para su futuro. Aunque sobre todo esto, se dice menos.)

¿Qué sucedía con aquellas mujeres que no estaban dispuestas a ser obediente, abnegada, sumisa ni cariñosa? Muchas solteras fueron encerradas en un convento. Otras, no corrieron mejor suerte. Me refiero a las que no encontraban novio no porque no se le arrimara gachó, sino porque a ellas lo que les gustaba –y así lo mostraban– era bañarse en el río con su amiga, o ir al cine de verano con su amiga, o hacer lo que les saliera del coño con su amiga sin tener que dar cuentas a nadie. Y por actuar así, libres, las llamaban locas, taradas, y todo con en el beneplácito de no pocos científicos. Y pasado el tiempo, cuando ya no era “solución” admitida el convento ni el centro para enfermas mentales, dejaron de ser mujeres. Porque claro, toda hembra que no deseara ser como aquella rubia del anuncio de colonia, vestida de cuero y montada en una gran moto, e ir bajando la cremallera para dejar ver su escote mientras confiesa a la cámara que busca desesperadamente a un tal Jacq, toda mujer que no lo deseara, decimos, podía ser cualquier cosa, pero cualquier cosa, menos una mujer.

Irantzu Varela lo dice bien claro: <<Ser lesbiana es desobedecer los mandatos que el sistema capitalista y patriarcal nos ha impuesto a las mujeres. >> Algunas personas responden a esta frase diciendo que hoy las lesbianas ya se pueden casar. O tener hijos, si lo desean. Y sí, es cierto. Pero también es cierto que en la vida pública, en la calle, en la cultura, en los medios de comunicación, los gestos de amor, o de cariño, o de coqueteo que se visibilizan son los de las parejas heterosexuales. Las que cumplen las normas heteropatriarcales. Porque en este país, España, a las lesbianas no se les prohíbe entre ellas el amor, el cariño, ni tampoco coquetear, pero siempre y cuando lo hagan en bares “para ellas”, o en su casa, o en su cama, en la intimidad. No delante de la gente, y mucho menos ante los ojos de niños y niñas. Y eso, es violencia. Porque –como bien dice Irantzu– que te pidan esconder lo que eres, lo que sientes, lo que deseas, a quién quieres o a quién amas, es violencia. Y actuar en contra de lo impuesto por el heteropatriarcado a lo largo de los siglos, se paga. Se paga en muchos sitios con la vida, y en todos, con el cuerpo.

Itziar Pascual lo cuenta en unas páginas sobre el proceso de escritura de su obra titulada Eudy: <<Eudy es la historia de una mujer luminosa y libre. >> Conocí la historia de Eudy gracias a su texto dramático. La historia de Eudy Simelane. Mujer negra, lesbiana, futbolista. Mujer asesinada por su orientación sexual, por salirse del guion prescrito para su vida: novia, esposa, madre, heterosexual, sumisa, obediente, mujer sin ideas ni proyecto para su futuro… A todo dijo no, y fue una mujer luminosa, libre, fiel a sus sentimientos y su libertad. Una mujer que se negó a que el hombre fuera centro y medida de todas las cosas. Y lo pagó con su vida aquel 28 de abril del 2008, asesinada por un grupo de hombres que la violaron bajo lo que se llama en Sudáfrica violaciones correctivas (corrective rape), eufemismo que refiere la violación de mujeres lesbianas realizadas por hombres con el propósito de modificar su orientación sexual.

En los colegios. Me gustaría que cada 26 de abril –Día Internacional de la Visibilidad Lésbica–, o cada 28 del mismo mes, el texto Eudy se leyera en los colegios. Leído y comentado por niños y niñas desde ocho o nueve años, a los más mayores. Pero creo que no es ni será así por mucho tiempo. Porque que yo sepa, en los colegios no se dice palabra sobre el Día Internacional de la Visibilidad Lésbica. Los maestros y maestras no dicen nada. No dicen nada porque no saben, o porque callan. Y callan no vaya a ser que algún padre o madre se moleste porque a su hija o hijo le hablen sobre lesbianismo. Sobre el amor, la pasión y el sexo entre mujeres. Y probablemente, alguno de estos padres que se molestaría mucho si a su hijo o hija de su alma le hablaran sobre lesbianismo, sea el mismo que aprobaba años atrás con sus carcajadas y asentimientos de cabeza cuando algún tipo comentaba sobre las protagonistas de la película Thelma y Louise que, a esas dos histéricas, lo que les hace falta es un buen macho que les quite las tonterías.

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Si no me salen mal las cuentas, hace catorce años que Eudy Simelane fue asesinada. Más de una década después, su nombre no se menciona ni en colegios, ni en institutos, ni en universidades. Tampoco en bibliotecas. Y diré algo más antes de terminar este escrito: Eudy fue asesinada en Sudáfrica, en el 2008, dos años antes de que los futbolistas españoles ganaran en aquel país el mundial de fútbol. Creo no equivocarme si digo que los niños y niñas que en el día de hoy están en los colegios conocen el nombre de alguno de aquellos futbolistas. Espero de todo corazón que pronto conozcan el nombre de Eudy Simelane.

Álvaro Jiménez Angulo

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