Monotema

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Hace ya unas cuantas décadas, cuando empezaron a popularizarse los receptores de radio —Carrusel Deportivo data de 1952—, el futbol pasó a ser un elemento primordial en nuestras vidas. La información futbolística ocupaba entonces solo las tardes de los domingos pero hoy nos llega a todas horas y por todos los medios posibles. Se han creado plataformas audiovisuales que compran los derechos de retransmisión de los partidos pagando cantidades suficientes para convertir el balompié en un enorme negocio para unos pocos y en un entretenimiento soso y nada enriquecedor, más bien lo contrario, para la mayoría. Desde la llegada de Internet las casas de apuestas han empezado a hacer también su agosto debilitando la frágil economía de los más jóvenes, potenciales ludópatas desde que encienden cualquier dispositivo y la publicidad les asalta. En otras zonas del mundo tienen más peso el baloncesto, el béisbol, el críquet o el rugby, pero en todos lados intentan adormecer las mentes de la misma manera.

Lo que hace un siglo era algo reservado a personas acomodadas de cuerpos bien descansados, el sport —la esgrima o el tenis del siglo XIX—, se ha convertido en la práctica generalizada de mil y un deportes. Hasta los médicos los aconsejan, aunque ellos hablan de un ejercicio moderado y proporcionado a la edad y a las condiciones físicas de cada uno. Nuestro cuerpo está diseñado para moverse, repleto de articulaciones y músculos que conviene ejercitar. El sedentarismo, pues, no es bueno, de acuerdo, pero de ahí a convertirnos en deportistas compulsivos hay un amplio trecho. La sociedad de consumo nos empuja a ello. Hasta el corredor, perdón, hasta el runner, que lo único que precisa para correr son unos zapatos flexibles y algo que tape sus vergüenzas —en la antigua Grecia ni siquiera eso llevaba—, necesita hoy día un reloj especial que mida sus constantes vitales, el esfuerzo que realiza, los kilómetros que lleva recorridos; un móvil, por supuesto; casquitos inalámbricos; unos geles vigorizantes sin los cuales el organismo no puede, de ninguna manera, ya se sabe, desarrollar todo su potencial; bebidas isotónicas remineralizadoras; una riñonera; barritas energéticas; unas zapatillas con placa de fibra de carbono para absorber los impactos contra el suelo y cuidar las articulaciones; unas mallas; unas calzonas encima de las mallas; braga para el cuello; gafas de sol, visera, protección solar; manguitos; cortavientos; una camiseta de tejido ligero fabricado con comblusterol® u otra palabreja semejante y no sé cuántas cosas más. Y eso si hablamos del deporte que menos complementos necesita en teoría: si se trata de otros como el pádel o el ciclismo, ni les cuento. Todas esas supuestas necesidades no son tales y solo contribuyen a que cueste más trabajo llegar a fin de mes, a tener peor calidad de vida, paradójicamente. Resulta absurdo pasar el tiempo trabajando para comprar cosas que no necesitamos en realidad.

Tanto hombre como mujeres, queremos estar guapos, delgados y atléticos. Brazos bien torneados, hombros musculosos, glúteos y pechos firmes y abdomen tipo tableta de chocolate se han convertido en nuestros anhelos últimos. Para lograrlos dedicamos varias horas semanales a entrenamientos extenuantes, nos apuntamos a gimnasios, buscamos a un entrenador personal, perdón, a un personal trainer, nos inscribimos en carreras populares por doquier, en masa, disciplinados, la cabeza baja, pendientes solo de llegar a la meta en buenas condiciones y, si es posible, antes que los demás. Esas reuniones, las concurridas carreras populares, recuerdan las tablas de gimnasia multitudinarias de las exhibiciones nazis o norcoreanas, el ciudadano entregado a la causa de la salud de su cuerpo como muestra del cumplimiento de un deber cívico y de la obediencia ciega al líder bien amado. Hoy día esa obediencia incondicional la debemos a unos cánones de belleza impuestos que obligan a pasar por estudios de tatuaje, quirófanos, piscinas cubiertas, gimnasios y clínicas dentales, porque esa es otra, sin una sonrisa perfecta se supone que no eres nadie. Una esclavitud estética más.

Hay que abrir los ojos. Resulta lamentable ver tanta vitalidad derrochada, tanto culto al cuerpo y tan poco cultivo de la mente. Si dedicáramos libremente a la formación intelectual la mitad de horas y recursos que dedicamos a ver partidos o a conseguir unos pectorales bien torneados o un vientre plano, seríamos conscientes de muchos otras cosas y el mundo funcionaría de otra manera. Quizá hasta mejor, quién sabe.

 

Imagen: Demostración atlética en Núremberg, Alemania (1938). (theatlantic.com).

 

Víctor Espuny

 

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