Miradas

La Casona de Calderón

Decía el genial Orson Welles que es imposible hacer una buena película sin una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta.

Lo más sencillo y lo más complicado a la vez es la mirada y la forma de mirar, dependiendo de eso sabremos ver o no. Desde la revolución industrial la manera de mirar del hombre a su mundo interior y exterior ha sufrido un proceso de uniformidad y estandarización que se ha agudizado con la era digital y que, evidentemente, tiene sus beneficiarios con sus pingües beneficios. En este caso y, valga la paradoja, el célebre discurso social de la igualdad se nos desmorona, si desviamos su único y auténtico camino, el ético y jurídico. En la sociedad que nos están decantando cada vez existe un menor contrapeso entre las miradas industriales, prefabricadas, en serie -así miramos muchos-, las miradas que sólo le son útiles al mercado, y las miradas artesanales, profundas, sutiles, trabajadas, tersas, poéticas, diferentes, que son precisamente las que construyen nuestra humanidad y el arte. Es la diferencia radical entre observar con unas gafas graduadas por las consignas y estímulos externos -delicadamente impuestos- y tener un acelerador de partículas en la mirada.

Somos esencialmente espacio y tiempo y quien no admita estas coordenadas terrenas está equivocando aquí y ahora su rumbo y su hoja de ruta. Pese a nuestra evolución política y nuestros logros socioeconómicos, la realidad cruda y diaria ha sido motivo de lucha y compromiso en todas las épocas, en la nuestra también, porque la realidad es más poderosa y traicionera que la Historia escrita y sus victorias y el lenguaje políticamente correcto le hace un flaco favor a la realidad cruda y diaria de muchas personas, además de ser un lenguaje hipócrita que estafa a la sensibilidad y a la autenticidad del género humano. Consigue su propósito, la pulcritud lingüística, pero contempla la vida con anteojeras y pontifica una visión artificial de las cosas que no pasa de la morfosintaxis. La tragedia la podemos convertir en una ridícula tragicomedia de poca monta cuando determinados señores/as instrumentalizan estúpidamente el lenguaje y su gramática. El lenguaje no hay que tocarlo, que da calambre. Lo que hay que tocar y hasta zarandear son las conciencias.

El único lenguaje certero y fidedigno que merece nuestra credibilidad sigue siendo el arte, que es el lenguaje virtual más antiguo, más sincero y el más sano, porque nunca ha olvidado que nuestras coordenadas irrefutables son espacio y tiempo, y a ellos se ha entregado para elevarlos y sublimarlos. El arte para con el tiempo persigue la eternidad. Para con el espacio el intento de hacer del alma humana un contorno, una geografía creíble y reconocible dentro de un entorno concreto. Por eso, don Quijote se pasea eternamente con su altruismo por los paisajes de La Mancha, aunque nunca hubiera un don Quijote que se paseara por allí.

Siempre he pensado, y en eso comulgo con el poeta y Premio Cervantes Antonio Gamoneda, que la cultura de la pobreza, la cultura de la austeridad, te hace mirar con otros ojos la configuración del mundo. Ahora está de moda hablar de términos como empatía y empatizar, que no es otra cosa que mirar con respeto y ternura la llaga, la herida, muchas veces mortal, del semejante que sufre, que sufre antes de que lleguen los legisladores y los jueces, antes de que lleguen los médicos, antes de que llegue la compasión masiva, antes de que lleguen los homenajes institucionales, los minutos de silencio. Antes de que lleguen todos los hombres canónicos y oficiales para certificar nuestras convenciones y convicciones, antes de todo eso, por allí, posiblemente ya habrá pasado un artista que haya clavado su mirada con otra óptica, una mirada con raíces, con ganas de quedarse, que cierra los ojos del rostro, abre el tercer ojo de la estética y deposita sobre la realidad descarnada su dolor bello, el dolor bello del artista que toca con las yemas de los dedos el aire que sangra sin aliento desde hace tiempo y nadie lo ve. Y lo plasma en su entraña más extraña para hacernos llegar más íntimo y elocuente el sufrimiento de los demás. No nos interesa qué sangra, para eso están los informativos y los telediarios, sino cómo sangra y ha sangrado esa brecha infinita que va de la humillación al asesinato. En el arte bien hecho, cuando va más allá del spot publicitario politizado hasta las trancas, hay una pedagogía implícita para todos los públicos. Contra el veneno de la violencia y de la barbarie, el arte no cura, no juzga, no erradica la realidad emputecida de mucha gente, pero nos purifica y nos revela como mirada otra, como mirada nueva posible: la legítima y tan reivindicada diversidad se funda en la mirada y en la forma de mirar, sin distinción de colores, etnias, sexos y especies; el resto es puro juego, pura moda, pura diversión.

El artista verdadero es el que antes del dinero cincela el credo. El que antes de la subvención y el caché del gaché pone los genes de la inspiración sobre el compromiso sin estridencias ni autobombo porque posee una viscera insólita que le late con hondura en el intelecto y mantiene operativos los códigos de conducta de la dignidad y esa fe ritual en sí mismo que tiene el creador. El buen artista no está obsesionado con los premios, porque los premios no se ganan, se dan. Lo que se gana es el prestigio, aunque sea con los premios o a pesar de ellos, por una forma de mirar y comunicar que es semilla y no producto oficial, que es manufactura con denominación individual de origen y no mercancía flamante de los mass media.

Ante el embrutecimiento, la vulgaridad y el achabacanamiento generalizados que nos cercan, y que raro es el día que no se manifiestan, conviene recordar, a modo de corolario, aquello que afirmó un hombre que vivió la Edad de Plata de la cultura española, el intelectual y ministro socialista Fernando de los Ríos: la estética es el recto camino hacia la ética.

Francis López Guerrero

 

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