Mínimo común múltiplo

La Casona de Calderón

De un tiempo a esta parte se están introduciendo en nuestro lenguaje cotidiano una serie de términos y expresiones que hasta hace cuatro días desconocíamos, y que dudo mucho que sepamos bien lo que significan aún, pero las usamos cual expertos en economía: primas de riesgo, agencias de calificación, pasivos financieros, eurobonos, ibex… y ni te digo cuando tales términos son en otra lengua: stock options, subprime, lockout, trust

Uno hace un esfuerzo poniéndose al día en toda esta terminología tecnicista, pero aún así tengo que reconocer que cuesta. Sin embargo, términos que nuestros maestros intentaron inculcárnoslos con determinación en nuestra infancia, y aún hoy siguen en los temarios escolares, pasan hoy desapercibidos, como el mínimo común múltiplo (m.c.m.), que no es sino el menor número natural que es múltiplo de dos o varios números naturales. La mínima expresión de coincidencia de una serie infinitesimal de números.

Pues bien, tal y como se está poniendo la cosa, al final creo que vamos a tener que recurrir más al m.c.m. para poder hacer frente a los que se nos viene encima. Nos encontramos por un lado con un Gobierno con mayoría absoluta parlamentaria (con el apoyo de poco más del 30% del total censo electoral), dispuesto a ejercer sus facultades con determinación, sin que le tiemble el pulso, ni siquiera frente a estudiantes menores de edad armados con libretas de espiral; haciendo “las cosas como Dios manda” (Rajoy dixit). Y por otro con una ciudadanía cada vez más oprimida, con serios problemas económicos para llegar a final de mes, siquiera a mediados, con más de 5 millones y medio de parados y en aumento, que debe empezar a sacudirse el miedo con el que intentan convencernos de lo necesario de las medidas, y que se está dando cuenta que es un error seguir los dictados de quienes nos metieron en la crisis para salir de ella.

Se avecinan tiempos de lucha por defender derechos sociales y civiles que costaron mucho obtener a nuestros abuelos y abuelas, a nuestros padres y madres, y a nosotros mismos. Pues bien, busquemos puntos comunes y no distantes, ideas que nos unan y descartemos las que nos separan, hagamos un esfuerzo de convergencia y coincidencia.

Hagamos causa común con los movimientos sociales emergentes y con el movimiento sindical, tan necesario. Incluso con los sindicatos mayoritarios, que llevan un tiempo con el norte perdido pero que tan influyentes y decisivos fueron en la transición democrática y en la consecución de muchos de esos derechos que ahora pretenden arrebatarnos. No hagamos ascos a convocatorias de huelgas y movilizaciones justificando que provienen de barrigas agradecidas, porque hay muchos y buenos sindicalistas tanto en UGT como en CCOO. No le hagamos el juego a la derecha y su cohorte mediática, tan sibilina y audaz que lo mismo te vende una subida en el recibo de la luz como el despido libre como la mejor de las soluciones.

No caigamos en las manipulaciones gubernamentales, que identifican sin identificar alborotadores en movilizaciones como las recientemente acaecidas en Valencia, para justificar una salvaje y desproporcionada intervención policial, propia de tiempos que creíamos ya pasados. Mucho me temo que esto es un aviso de lo que se nos viene encima.

Pero no tengamos miedo, no debemos temer a la fuerza porque nosotros no necesitamos recurrir a ella para defender lo nuestro, porque nuestras armas son más poderosas que cualquier gas lacrimógeno o cualquier lanza-pelotas. Nos ampara la razón, y tenemos la obligación histórica y moral de defenderla.

Busquemos el mínimo común múltiplo, y hagamos cierta la sentencia del fabulista Esopo: LA UNIÓN HACE LA FUERZA.

Carlos Querol

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