Milagro en abril

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Aunque pueda parecer producto de la imaginación, el relato que les traigo hoy está basado en hechos rigurosamente ciertos.

La tarde amenazaba lluvia. A pesar de ello, y fiel a ese compromiso con la salud que solemos adquirir a partir de los cincuenta, cerré el libro y salí a caminar. No llevaba ni una hora en la calle cuando comenzó a llover. Primero fueron goterones dispersos y pesados pero pronto llegó una lluvia fuerte que dejó las aceras vacías. La tarde se volvió oscura, casi noche, algunos coches encendieron las luces. No quería ponerme como una sopa —había olvidado el paraguas— y me refugié bajo el toldo de un café, donde había algunas mesas libres y muchos viandantes cobijados como yo. Todos mirábamos hacia arriba y esperábamos que escampara mientras nos observábamos de forma más o menos disimulada. El café estaba situado en un cruce de calles importantes, anchas, por las que corría el tráfico de automóviles y autobuses urbanos, incesante a pesar de la lluvia. Cinco minutos después volvió la luz de una tarde nublada, lo que parecía un diluvio se convirtió en una lluvia fina, amable, y solo nos quedó esperar que cesara del todo para aventurarnos a salir de allí. Entonces me fijé en él.

Era un hombre ya hecho, superaba seguro los cuarenta, que caminaba por la acera del otro lado de la calle, hacia el paso de cebra situado justo frente al café y nosotros contemplábamos de perfil. Antes de empezar a cruzarlo, miró a izquierda y derecha y vio un turismo ancho y de color gris que se aproximaba por su izquierda pero confió en que frenara, como suelen hacer los conductores cuando llegan a un paso de peatones ocupado por alguien. No fue así y el coche lo embistió. Los que estábamos atentos abrimos mucho los ojos y proferimos exclamaciones de sorpresa y dolor. El accidente era inminente. Hubo algunos que apartaron la mirada para no contemplar el atropello. Afortunadamente no fui uno de ellos y asistí al prodigio. Justo cuando el coche iba a barrerle las piernas, y a convertirlo en un pelele ingresado finalmente por urgencias con varios huesos rotos y una larga recuperación por delante, el peatón se echó sobre el capó y lo golpeó con todas sus fuerzas. Ese sonido, que todos oímos a pesar del ruido del tráfico e hizo volver la cara a muchos pensando que la tragedia se había consumado, fue en realidad producto del impacto que hicieron las palmas de las manos del presunto atropellado al apoyarse con toda la fuerza de que disponían sus brazos en el capó y poder salir, gracias a una asombrosa pirueta gimnástica, de la trayectoria del vehículo. El peatón consiguió caer de pie, equilibrado y completamente indemne a más de un metro y medio del costado del coche. Fue algo extraordinario, como si el hombre hubiera trabajado toda su vida en un circo o estuviera habituado a realizar complicadas acrobacias, ejercicios de suelo, o de salto de potro, de un gimnasta olímpico. El conductor, un hombre mayor de aire despistado y gafas de gruesos cristales, le pedía disculpas y se interesaba por su estado. Decía —cosa curiosa e insolidaria a más no poder— que por favor le dijera que estaba bien, que no iba a poder vivir con el sentimiento de culpa por haberlo atropellado; esa era su principal preocupación. El peatón, que en ese momento era el héroe de todos nosotros, le dijo, solamente, y sin alterarse lo más mínimo, que no cogiera el coche si no sabía conducir y, después de darnos las gracias por el interés que todos demostrábamos por su estado de salud —todos habíamos acudido como un solo hombre desde la terraza del café—, acabó de cruzar el paso de cebra ante el tráfico detenido y siguió su camino como si nada. Era un hombre alto, moreno, de piernas largas y caminar acompasado. Todos lo seguimos con la vista, muchos aún sobrecogidos, hasta que se perdió entre la gente, que había vuelto a tomar las aceras. Mirábamos a un resucitado.

Y, en ese momento, volvió el sol, radiante, haciéndose un sitio entre las nubes.

 

Imagen: sp.depositphotos.com.

 

Víctor Espuny

 

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