Mientras pasaba todo

Cuando Yolanda estrenaba su Sumar, en El Salvador alguien contaba capirotes y ordenaba tramos. En el momento en el que el pibe del cerebro lleno de helio decidió reivindicar a nuestra generación echando por tierra a los que le precedieron, un grupo de chaveas escuchaban con atención lo que les contaba una abuela sobre lo que habían cambiado las cosas. Mientras todos los tuiteros de nuestro país se rasgaban las vestiduras cargando contra las imberbes declaraciones del tiktoker, Jesús Despojado avanzaba a sones de Virgen de Los Reyes. Desnudando corazones, recortando el clima con los pies. Cuando los tambores de guerra se consolidaron haciéndose formación, estaba pasando La Paz por el Parque de María Luisa. Cuando el susurro se convirtió en arenga, aquí se esperaba al silencio blanco. Cuando por la noche se repetían los totales en los telediarios, la gente buscaba al misterio de La Cena.

Mientras había personas enfrascadas en si Echenique estaba en una clínica pública o privada, San Gonzalo reviraba a las puertas del Hospital Infanta Luis y los enfermos sacaban sus manos por las rendijas de las ventanas. Mientras en los museos de toda Europa se refuerza la seguridad para proteger el patrimonio, un carajote, porque se puede ser activista pero antes ser carajote, tenía la feliz idea de plantarse, pancarta y linterna en mano, delante del Cristo de la Expiración. La broma le duró lo que tardó en identificarle la cuadrilla de costaleros del Museo y un atento Guardia Civil. Fueron al suelo con él. Tos por igual. Y hubo unanimidad: si quieres pinta los leones del Congreso, escribe mensajes en redes hasta que se te caigan los dedos, pero con los pasos no nos jodas la marrana. Aquí la devoción es una línea roja que conviene no traspasar.

Mientras Trump era imputado ante una gran expectación y escenificaba delante de sus fans su indignación por la persecución que dice sufrir, en Sevilla, Jesús se presentaba ante el pueblo. Mientras se reavivaba la polémica de Ana Obregón y la gestación subrogada, la Virgen de la Candelaria congelaba la noche por los Jardines de Murillo. Mientras se hablaba de que la NASA va a volver a la luna 50 años después, por las bullas se rumiaba lo de los 17 pasos y el Santo Entierro Grande. Mientras se hablaba de lo de la entrada de Finlandia en la OTAN y las amenazas del Kremlin, por las calles se calculaban los retrasos y se cronometraban los parones. Mientras Sánchez se retrataba con Meloni, Morenatti disparaba oleos con su cámara. Reinterpretando lo de siempre como nunca. Mientras el Madrid le daba la estocada al Barça, Longinos clavaba su lanza por San Martín. Mientras pasaba todo, la nada no tenía manera de reprocharle nada.

Mientras la vida seguía como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, Sevilla metía la cabeza en su precioso caparazón. Hipnotizada ya por la primavera, la ciudad se volvió a desenganchar del mundo. Y decidió vivir en lo suyo. Las murallas se cerraron, y no existió más ruido que el que se creó dentro. La porfía es un bien artesanal. No hay tiempo para Juegos de Tronos cuando hay que abordar la problemática de las sillitas, no caben enredos más allá de que se enganche un palio en la Carrera Oficial. Ya les digo que aquí se puede acabar el mundo, que habiendo salido La Macarena y el Gran Poder, probablemente se daría por bueno. Pero no, que aún quedatela que cortar, que ya les dije que aquí después de lo bueno, viene lo mejor. Que tras el rezo viene el disloque.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

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