Mi mundo. Mi radio.

La UNESCO proclamó en 2012, que el día trece de febrero es el día mundial de la radio. Me atrevo a decir que la radio ha marcado nuestras vidas. Todos los que vivimos en esta época nacimos cuando la radio ya existía. Bueno, todavía quedarán algunas personas que vinieran a este mundo antes de que en 1924 el éter en España se empezara a llenar de ondas y frecuencias.

Mi vida siempre estuvo pegada a la radio. Los primeros recuerdos que vienen a mi memoria son los de la hora del Ángelus. Mi abuela Carmen, a las doce de la mañana, encendía una radio de válvulas y yo me quedaba embelesado escuchando la oración del Ave María de Schubert.  Aquellas voces eran como de terciopelo y mí me causaban una sensación que nunca he podido recuperar. Años después supe que aquella emisora que mi abuela se apresuraba a sintonizar a diario, era Radio Nacional de España.

En casa de mis padres siempre hubo una radio. Mi madre hacía las tareas de la casa con el fondo de las tardes de Romero y su tocadiscos flamenco o escuchando el mítico consultorio sentimental de Doña Elena Francis, y así seguía hasta la hora de El Parte de TVE. Yo veía los dibujos animados en la televisión den blanco y negro, o hacía los deberes, o salía a la calle a jugar a la pelota si el tiempo lo permitía.

Antes de irnos al colegio por la mañana, mi casa ya olía a hogar. El informativo matinal que salía del transistor y el café inundaban la atmósfera. Ese sonido tan especial de la onda media se pegaba al zumo de naranja que nos preparaba mi madre y al babi azul y blanco de los colegios nacionales del franquismo.

La Transición democrática la vivimos a golpes de informativos y mañanas radiofónicas con Luis del Olmo y con Iñaki Gabilondo. Las terribles mañanas de los atentados terroristas y, sobre todo, la noche tenebrosa del 23 de febrero de 1981, donde todo el país estuvo pegado al transistor, al aguardo de las noticias que llegaban desde Madrid. La imagen de mi padre preocupado, pegado a la estufa, sin televisión y la voz de la radio, es algo que permanece en mi retina como un tesoro de vida. La compañera que nada pide y que siempre alivia, hizo de aquella noche la que hoy conocemos como la de los transistores. Decir radio es decir radionovelas, tan apreciadas por las amas de casa, en aquella sociedad tan dividida entre hombres y mujeres. La sensación de que el tiempo se ha detenido la tuve una vez cuando vi a mi abuela cosiendo sentada en una silla de nea, en su alcoba. Era un agosto de canícula extraordinariamente tórrida en las calles de Osuna; empezaba la tarde y las casas en esos se vuelven penumbra, mi abuela sentada sobre una silla de nea y el aire que parecía que se dormía con la voz de la radionovela del cuadro de actores de Radio Madrid.

Julio César Iglesias, el sabio Luis Carandell, Eduardo Sotillos, Miguel Angel García Juez, Julia Otero, José Luís Balbín, Antonio Herrero, José María García, Manuel Campo Vidal, Concha Gª Campoy, Fernando Delgado, Ricardo Fernández Deu o Magín Revillo fueron voces inolvidables de los años ochenta y noventa. La buena de Julia sigue siendo una de las grandes de nuestro país. Muchas tardes conecto con su gabinete para aprender de sus tertulianos y tertulianas. Cultura, Historia, Política, Sociedad y  tantos y tantos temas de los que aprender, que es una delicia pasar la tarde con personas tan interesantes. 

Angels Barceló, Pepa Fernández, Carlos Alsina, Carlos Herrera, Javier Pino, Carles Francino, mi admirado José Guerrero Yuyu de Canal Sur, y tantos otros que me dejo en el tintero, son hoy día las voces de nuestras vidas y las que recordarán los que hoy son nuestros hijos, si ponemos un poco de empeño y sabemos transmitirles las esencias de la radio. Los viejos periodistas y comunicadores como Juanjo Millás, Labordeta, Forges, Jose Mª Iñigo, José Luís Garci y los nuevos que aterrizan, como Marta del Vado, son parte de mi mundo. Son mi radio

 

© Juan Zamora Bermudo

Foto: wiki commons images

 

QUÉ MÁS DA

Le agradezco con otra sonrisa su mentira piadosa porque qué más da. Qué más da que me cuenten que todo va a salir bien, si sabemos que todo tiene un final. Qué más da si le quitan al alquitrán al tabaco, el plomo a la gasolina, si el cielo es de verdad o es un decorado de cartón piedra. Qué más da si gusta este relato o si se queda en el olvido, como todos  los que creé. Qué más da si al final soy yo quien sufre la quimioterapia y sonríe siempre que le mienten. Después de todo, qué más da si todavía sigo aquí.

 

© Gaelia 2020



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