Memorias de un estudiante amnésico (y 26)

Los últimos cursos de facultad fueron los más fáciles y entretenidos. De un día para otro aparecieron por la Fábrica de Tabacos alumnos pertenecientes al programa Erasmus, entonces en sus inicios (se había creado precisamente en 1987). Nuestro mundo se amplió. Los compañeros ya no eran solo de Villanueva del Ariscal o, si me apuran, de Badajoz. Los había de Colonia, de Maastricht, de Trieste o de Hørsholm, personas que hablaban un español muy divertido y venían con ganas de pasarlo bien. Muchas de ellas interpretaban su particular tesis de Nancy senderiana, enamoradas de una tierra que ha quedado alojada para siempre en su corazón.

En la facultad de filología tuve excelentes profesores. Algunos de ellos fueron el centro de un artículo titulado Aulas, aparecido en este medio hace un par de años. En él recordaba a Rafael Cano Aguilar, Trinidad Barrera, José María Barrera —ursaonenses los tres—, Gema Areta Marigó, el llorado Rafael de Cózar (1951-2014) y Ángel Yanguas, recordado también en esta serie. Pero hubo muchísimos más, algunos entrañables. Recuerdo a Mercedes de los Reyes, una profesora que, según decían, había pasado por todos los niveles docentes, desde el colegio a la universidad, cosa que solo es explicable en alguien amante de verdad de la docencia, de esos que resultan imprescindibles para formar un país. La tuve en segundo de carrera, en Literatura Española. Era morena, delgada y vestía de forma desenfadada pero con estilo. Mercedes estaba entusiasmada con lo que enseñaba y era capaz de transmitir ese entusiasmo casi sin proponérselo. Les pongo un ejemplo. Estábamos dando las cántigas de amigo galaico-portuguesas, formas medievales de poesía amorosa, cuando un día apareció con ella un desconocido que se sentó entre nosotros como si fuera uno más. No sabíamos quién era y él tampoco hablaba con nadie. La clase transcurría con normalidad y ya lo habíamos olvidado cuando Mercedes le dio pie para que comenzara a leer. Resultó ser un lisboeta que trabajaba de lector de portugués de la Escuela de Idiomas. No sé ahora, pero en 1989 no era fácil en Sevilla tener acceso a la lengua portuguesa, ese tesoro de sonoridad lingüística. Nadie lo esperaba. Cuando aquel hombre empezó a leer con la entonación y las pausas adecuadas —Se vistes meu amigo / o por que eusospiro?—un estremecimiento de emoción recorrió la clase, como si una memoria ancestral de la que no éramos conscientes nos hablara y se deslizara, sin avisar, por nuestra espalda. Fue una experiencia única.

En primero y segundo, en las asignaturas correspondientes al área de Filología Italiana —especialidad creada en Sevilla muy poco antes, en 1985—, recibimos clases de Miguel Ángel Cuevas. Era Miguel Ángel alto, moreno, delgado y vestía con sobria elegancia veronesa. Personalmente, le tomé mucho aprecio. Viendo el interés que tenía por su asignatura me recomendaba lecturas fuera de programa para saciar mi curiosidad. Él me abrió las puertas de la rica literatura italiana de mediados del siglo XX —Italo Calvino, Giorgio Bassani, Natalia Ginzburg, Carlo Levi, Cesare Pavese, Elsa Morante Alberto Moravia, Pier Paolo Pasolini…—, autores que me trasladaban a una sociedad y una historia únicas, las de un país colocado en mitad del Mediterráneo, de orografía apabullante y de cultura formada por una rica fusión de elementos griegos, latinos, centroeuropeos y orientales.

En quinto —era ya el curso 1992/1993 porque me había entretenido un año tomando apuntes en distintas clases de Geografía e Historia—, tuvimos a Jorge Urrutia en Literatura Española del Siglo XX. Era Urrutia de estatura mediana y frente despejada. Solía vestir con americana o traje y corbata, quizá para asistir después de clase a alguno de sus importantes compromisos. Había sido alumno de Dámaso Alonso y Alonso Zamora Vicente, por lo que podía pensarse que servía de puente o correa de transmisión de los conocimientos y el rigor de Menéndez Pidal o Américo Castro y, ahondando más, delos miembros de la importante intelectualidad del XIX español. Además, había tenido la indecible suerte de nacer en una familia de escritores. Su padre era Leopoldo de Luis (1918-2005), poeta y antólogo de la poesía social de posguerra, y Francisco Umbral su tío. Los dos eran hermanos de padre, hijos de un abogado cordobés muy inquieto culturalmente. Las clases de Urrutia eran magistrales pero discontinuas porque viajaba sin parar para pronunciar conferencias e impartir cursos en otras universidades. Entonces nos dejaba en manos de alumnos de doctorado, todos de cualificación, a su lado, decepcionante, algunos de cualificación decepcionante en términos absolutos. Urrutia nos descubrió, a mí, al menos, la saga de los Machado, sobre todo a su abuelo, Antonio Machado y Núñez, intelectual krausista afincado en Sevilla. Fue Machado Núñez médico, zoólogo y paladín de las teorías de Darwin; imagínense qué aislamiento social podía suponer esto en la España de mediados del XIX.

Otro de los profesores que dejaba huella era la doctora Catalina Fuentes. Impartía Semántica Española, asignatura cuatrimestral de la especialidad. La profesora Fuentes se conducía de manera considerada con los alumnos y era de mirada inteligente y profunda. Sabía escuchar. Supo ver en mí cualidades que ni yo mismo veía y me animó con firmeza a seguir mi vocación. Le estoy muy agradecido.

Y ya acabo. Antes de hacerlo quiero recordar a varios profesores que no he podido mencionar hasta hora por servidumbres narrativas. A las clases de Pepe Márquez, Juan Prieto, Antonio Lara y Estaban Ganga acudí en un algún momento de mi infancia y mi adolescencia en Osuna. A todos debo conocimientos y el amor por la lectura, sobre todo a Pepe Márquez, maestro mío particular durante años.

Veo el tintero ya casi vacío pero me viene por asociación de ideas una música colegial que tenía olvidada y pespunteó mi infancia.

Cuando tenía cuatro o cinco años acudía todos los días al colegio Santa Ángela de Osuna, donde recibí las primeras clases de mi vida. El edificio era otro. Su entrada estaba situada en la esquina del solar más cercana a Santo Domingo, en plena curva de la calle Cueto. Pasabas el sardinel y el zaguán y recorrías un largo y ancho pasillo que acababa en uno de los patios de recreo. Antes del final de ese pasillo se abría a mano derecha un arco sobre dos escalones que daban paso a un corto pasillo acabado en un patinillo lleno de macetas. Justo al final de este otro pasillo, y enfrente de una de las puertas de la capilla, se hallaba la portería, y en ella sor Carmen, la hermana portera. Era sor Carmen una monja casi anciana, cariñosa y habladora, que hacía encajes de bolillo. Sentada a una mesa camilla donde apoyaba el cojín para su labor, sor Carmen pasaba incansablemente, y siguiendo un orden de lógica inalcanzable para cualquiera menos ella, los palillos en los que acaban los hilos que iba trenzando para dar forma, con ayuda de alfileres, a encajes primorosos. Los palillos, pequeños cilindros de madera, iban chocando unos con otros y llenando de una música sutil todos los alrededores del patio, un rumor amable que se colaba por las ventanas de las aulas donde nosotros, niños inquietos y, a veces, ensimismados, comenzábamos a vivir.

El delicado sonido de esos palillos sigue ahí, en mis recuerdos, a pesar de la amnesia selectiva que he padecido siempre. Sin él mi vida hubiera sido otra.

 

Imagen de afundacion.org.

 

Víctor Espuny

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