Memorias de un estudiante amnésico (20)

La empresa con la que había viajado a Dublín había sido fundada por unas sevillanas muy satisfechas de su estancia en Dublín para aprender inglés, idioma que ya en los años sesenta todo el mundo de mente práctica consideraba imprescindible. Existía un nicho de mercado, el de centros donde se impartiera enseñanza reglada en español, con programas homologados, en un entorno de habla inglesa. Ese nicho estaba esperando personas emprendedoras. Ellas lo ocuparon.

Por la mañana, muy temprano, furgonetas de nueve plazas recogían a los estudiantes y los trasladaban a la sede del colegio. Este estaba situado en mitad del campo, al final de un camino que ascendía por colinas desde las que se divisaba el océano, de un gris plateado y melancólico. El colegio se componía de edificios modernos rodeados de prados de intenso verdor donde pastaban ovejas irlandesas, animales grandes y lanudos de roncos balidos. Desde el principio me sentí a disgusto allí. Había un número considerable de alumnos muy mal educados, carentes de empatía, muy indisciplinados, que se entretenían sacando de sus casillas a los profesores, personas mayores, en su mayoría cansadas de la docencia. Aquellos gamberros eran buenos ejemplares de niños de papá, acostumbrados a tener todo lo que deseaban y a realizar su santa voluntad en detrimento de la de todos los demás. Algunos había con coche propio, a veces deportivos de marca, muy caros. No hice amistad con ellos. Después de un par de semanas conseguí de las directoras que me trasladaran a una academia de inglés en el centro de la ciudad. Allí conocí a mis verdaderos compañeros.

Pero el mejor, el más divertido y amigable, era Cristóbal Martínez, el supuesto corresponsal del Eco de Nájera y otras cabeceras riojanas. Cristóbal era el típico amigo ocurrente, lúcido, de inagotable buen humor, compañero de juergas y largas conversaciones frente a unos vasos de vino. Él me habló de una proyección de Cría cuervos de Saura que iba a tener lugar en una facultad de letras, no recuerdo ahora de qué confesión religiosa; (conviene tener presente la división, a veces más que teórica, existente en Irlanda entre protestantes y católicos). La proyección se llevó a cabo en un edificio moderno alejado del centro, no en el célebre Trinity College, complejo de arquitectura neoclásica y larga tradición docente. Una vez finalizados el coloquio y la proyección, Cristóbal me presentó al profesor universitario de Literatura española responsable del acto. Se llamaba Venancio Aranda (nombre ficticio). Era soriano, de corta estatura, ojos pequeños, patillas de boca de hacha y calva cubierta por una boina escocesa pero sobria, de cuadros oscuros. El profesor Aranda vivía solo y se divertía dando fiestas españolas. En ellas hacía una paella —le salían mejor que bien, o eso nos parecía a nosotros (hartos como estábamos de patatas cocidas)—, y no se cansaba de sacar botellas de vino español. En una de aquellas fiestas escuché por primera vez a Juan Rulfo leyendo Pedro Páramo, Aranda lo tenía en un LP, una experiencia única, sobre todo a altas horas de la madrugada y con unas copas de más. Acabada la noche Cristóbal me restituía a casa de Peter y Wendy, donde intentaba llegar a mi habitación sin despertar a nadie, empresa casi imposible si tienes que subir una de las escaleras de madera enmoquetada típicas de las islas británicas: todas crujen.

Coincidí con el profesor Aranda en el vuelo de vuelta a España. Nos sentamos juntos en el avión. Para olvidar el miedo a volar, y porque era alcohólico, se bebió una de las botellas de whisky que acababa de comprar «para la familia». Al llegar a Barajas iba completamente borracho. En la cola de pasaportes montó un gran escándalo porque consideraba que los funcionarios trabajaban con demasiada lentitud. Pobre hombre. En realidad, era una persona muy infeliz, demasiada soledad mal digerida.

Algún tiempo después, mientras veía en mi casa un programa de La Clave, el espacio de Luis Balbín célebre por la libertad con la que se hablaba en aquellos primeros ochenta, volví a encontrármelo, esta vez entre los invitados a un debate. Estaba perfectamente sobrio y sus intervenciones fueron brillantes. Nadie en mi casa me creyó cuando dije que lo conocía. Cosas que pasan.

 

(Continuará).

 

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Oveja posando junto a los acantilados de Slieve League, en el condado de Donegal (istockphoto.com).

 

Víctor Espuny

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