Memorias de un estudiante amnésico (17)

En el curso 79/80 los profesores del instituto Rodríguez Marín seguían siendo en parte los mismos de mi estancia previa. Francisco Olid Maysounave se había jubilado el año anterior tras haber sido director del Instituto desde 1943. Hombre de fuertes convicciones y una arraigada vocación por el estudio de las humanidades, su fallecimiento, ocurrido en 1983, a los setenta y cuatro años, fue recogido por el diario El País. Creo que este hecho da idea de la cantidad de amigos y admiradores que dejó en este mundo, diseminados por partidos, cofradías y asociaciones de todas las tendencias. Su lugar sería ocupado por Juan Juárez Moreno, profesor de Historia del Arte en COU. Estepeño, persona de maneras educadas y buenos sentimientos, albergaba dentro de su corta talla un corazón grande, generoso y comprensivo, ideal para lidiar con estudiantes y profesores durante aquellos años convulsos. Recibíamos sus clases en la Girona, ese aula situada frente a la Capilla que posee en sus paredes frescos pintados, según la tradición, por la mano del mismísimo don Juan Téllez-Girón, IV conde de Ureña. Juárez, profesor e historiador, jubilado hace años, acostumbraba entonces a entregar el día del examen a cada alumno un pliego en blanco tamaño folio con un garabato a color completamente irrepetible en una de las esquinas, de manera que dificultaba enormemente dar el cambiazo con pliegos ya escritos. Su recuerdo no puede ser más agradable. Era una persona amable.

En Literatura tuvimos a Paco Arroyo. Era este profesor de buena estatura, de cara y gafas redondas. Se había criado en Las Palmas, creo. Acostumbraba a vestir siempre de negro con un toque de color, como un pañuelo rojo atado al cuello. Desde la revista Tururú, y en sus clases, difundía las corrientes de pensamientos más modernas y transgresoras. Como buen artista de vanguardia, defendía la comicidad y el juego en la obra de arte. Cansado de poemas de corte tradicional, propugnaba la escritura y el recitado de composiciones dadaístas, que se esforzaba en dramatizar con los alumnos en las aulas y en el patio. El movimiento dadaísta contiene un germen contracultural interesante y enriquecedor, muy rompedor en el momento y el lugar de su nacimiento —Zúrich en 1916— y aun en la Osuna de 1980. Arroyo intentaba mostrarnos el camino hacia la libertad creativa, pero nosotros no estábamos en el mejor momento de la vida para comprender sus explicaciones. De hecho, dejamos pronto de asistir a sus clases, molestos por la insistencia que tenía en sacarnos a la pizarra o en utilizarnos en sus incomprensibles recitales. Llegado junio, en su asignatura obtuve un Muy Deficiente. Fui a hablar con él a la sala de profesores. Me recibió con frialdad. No estaba satisfecho. Lo entendí perfectamente y le pregunté qué podía hacer para aprobar en septiembre. «Bien», me dijo. «Toma papel y lápiz y apunta: Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos; San Manuel Bueno Mártir, de Miguel de Unamuno; Divinas palabras, de Ramón María del Valle-Inclán y Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Te vas a leer esos cuatro libros y me vas a presentar un trabajo original sobre cada uno de ellos». Salí de la sala de profesores sabiendo que podía aprobar la asignatura. Sé que Arroyo no buscó esas lecturas pensando en mí, eran las obligatorias, pero no pudieron estar mejor seleccionadas. No sé si aún vive este profesor, pero desde aquí le doy las gracias: libros como Tiempo de silencio cambiaron mi manera de ver la literatura y me abrieron las puertas de las novelas más transgresoras.

El curso aquel acabó para mí de forma agridulce: en septiembre me quedó Historia del Mundo Contemporáneo y tuve que volver a repetir con una sola asignatura.

 

(Continuará).

Póster de la matiné Dadá celebrada el 28 de enero de 1923. Obra de Theo van Doesburg. La influencia que la estética dadaísta ejerció en el diseño de El Paleto 2ª Época parece clara.

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Víctor Espuny

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