Memoria e historia de dos hombres

La Casona de Calderón

Escribió hace ya muchos años el chileno Vicente Huidobro que el adjetivo, cuando no da vida, mata. Pero, erre que erre, nos empeñamos en seguir adjetivándolo todo, lo que significa que, si no reforzamos la esencia significativa de los nombres, no hacemos más que restarles vida. Hubo una época en que la palabra crimen parecía menos terrible si no se acompañaba del adjetivo execrable o que la sequía no debiera preocupar si no era pertinaz. En estos días de pandemia se nos promete que, si somos estrictos en el cumplimiento de determinados requisitos, alcanzaremos la nueva normalidad; ¿tan mala era la que vivíamos para desear otra diferente? Con y sin pandemia, antes y después de este coronavirus que nos ha invadido, es innegable que hemos acabado atrapados en la trampa tendida por quienes quieren convencernos de que nuestro lenguaje, lo más preciado que tenemos, porque es lo que nos permite entendernos con nuestro entorno, no solo ha de ser inclusivo —¿acaso no posee todo su nombre claro y preciso?—, sino que ha de soportar una doble adjetivación, pues al no parecer suficiente que sea correcto, se le pide que esa corrección sea política.

En este proceso de adjetivaciones forzadas, la memoria no ha resultado indemne. Por eso, hace ya un tiempo que se nos coló que tenía que ser histórica, sin reparar en la tautología que encierra tal expresión, puesto que, si la memoria es la facultad de retener y recordar el pasado y la historia es la narración de los hechos pasados dignos de memoria, es imposible imaginar una memoria que no sea histórica. Solo podemos recordar el pasado y solo podemos relatar la historia de ese pasado, punto inevitable en que confluyen memoria e historia.

Recordemos los versos de Quevedo, Ayer se fue; mañana no ha llegado; / hoy se está yendo…; ¿quién, según esto, será capaz de hacer memoria, de relatar la historia, de un futuro que no existe? No tenemos más que pasado y a él debemos ser fieles para que nunca el futuro nos señale con su dedo acusador por haber sido desagradecidos o mendaces, bien por querer ocultarlo, bien por falsearlo.

Sabiendo, pues, que ese futuro incierto será un juez implacable, juzguemos el pasado con la mayor objetividad de que seamos capaces. Me siento ahora como el hombre aquel que Azorín, desde la torre de la catedral de una ciudad castellana, descubría con su catalejo sentado en uno de los balcones que daban a la plaza. Lo pinta en actitud meditativa, con el codo apoyado sobre el brazo de un sillón y la cabeza descansando sobre la palma de la mano; sus ojos, dice, parecen velados por una profunda tristeza. Pero yo no soy ese hombre. No siento nada de tristeza; reconozco, eso sí, que me envuelve la nostalgia.

Miro, más que veo —no olvidemos que siempre será mejor mirar que, simplemente, ver— una imagen. Es la reproducción de un collage cuyo autor, si mis fuentes son fiables, que lo son, es Cristóbal Martín. Un patio con su claustro. En el centro, un aljibe. Al fondo, en una esquina, el arranque de una escalera, y junto al aljibe, sentados, dos hombres. A uno de ellos me gustaría haberlo tratado de modo directo, pero solo poseo las referencias que de él me llegaron a través de mis hermanos mayores. Al otro me honro de haberlo tenido como profesor. A él me unió un roce más cercano y cordial. Quienes conocimos a esas personas y nos movimos en ese lugar, cada día quedamos menos,los reconoceremos. A los más jóvenes puede que no les suenen sus nombres, pues ambos murieron hace ya años. No obstante, me puede la obligación de no silenciar sus nombres: don Alfredo Malo Zarco, a la izquierda, fallecido en 1963, y don Francisco Olid Maysounave, en 1983.

Cuantos se relacionaron con ellos pueden dar fe, al menos eso quiero creer, de la fama de hombres buenos que los aureolaba. Buenos en el sentido que Antonio Machado otorga al adjetivo y buenos en su tarea docente. Ideológicamente distantes —don Alfredo llegó a Osuna en 1941, creo, desterrado y “castigado” tras la guerra civil, al instituto “Francisco Rodríguez Marín”, del que don Francisco, cercano a la Falange, sería director desde 1943— nunca les afectó tal distanciamiento, porque en lo humano y afectivo se sentían muy próximos.

A veces, sin embargo, atavismos y conductas que debiéramos haber desterrado hace tiempo, resurgen en nosotros. Ese viejo proverbio —considerado chino por unos y árabe por otros, aunque su origen importe poco— que aconseja sentarse al umbral de la puerta para esperar el paso del cadáver del enemigo, se abre paso de modo alevoso en nuestras conciencias. No sé si es el tradicional cainismo de que se nos acusa a los españoles. Sea lo que sea, lo cierto es que, con más frecuencia de lo deseable, asistimos a un triste espectáculo en que los actores cambian fácilmente de opinión y criterio según los aires que soplen. Me gustaría llamar la atención sobre el hecho de que don Alfredo Malo y don Francisco no fueron en ningún momento ni enemigos ni adversarios. La calidad humana de uno y otro les ayudaba a no dejarse arrastrar por esas cuestiones.

Pero a uno de estos dos hombres de la imagen le tocó sufrir un injusto acoso en aquellos tiempos próximos al momento que refleja la imagen. Nada importó que don Alfredo fuese un hombre íntegro, un sabio, un magnífico profesor, un heredero fiel de los métodos de la Institución Libre de Enseñanza. Importaba más que era un rojo, un republicano, un faccioso. Y lo pagó con la destitución de su cátedra, su destierro a Osuna y una reducción de sus haberes.

Al otro, el acoso le ha tocado en tiempos más cercanos; creo, no lo puedo asegurar, que lo está sufriendo todavía. No importa que fuese un hombre íntegro, un magnífico profesor, un prestigioso abogado. Importa solo el hecho de su cercanía a la Falange, lo que se maneja en detrimento de su trayectoria personal y de sus esfuerzos para que Osuna no perdiese su instituto. Los mismos documentos que se esgrimen contra él, fáciles de encontrar, muestran quién fue don Francisco Olid con independencia de su afiliación política.

La Ley de la Memoria Histórica debería ser instrumento para la justa reparación y para la necesaria reconciliación (soy consciente de que adjetivo), nunca excusa para revanchismos no siempre justificados. Si se quedara en eso último, estaríamos prostituyendo la esencia de la memoria y la de la historia, que son la misma cosa.

Mirando esta imagen de Cristóbal Martín pienso que, allá donde estén, estos dos hombres buenos seguirán apreciándose; porque, a ellos, ningún interés mezquino los hizo modificar su criterio. Porque en sus espíritus no cabía, pruebas hay, ni el rencor ni la revancha.

Anastasio Álvarez

 

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