Más de un Alsina

Hay muchas maneras de responder a las afrentas, pero pocas tan redondas como la de Carlos Alsina este jueves en antena después de que, desde “Hoy por Hoy”, en un desacertado capote al todavía presidente, se le acusara de soltar “soflamas mañaneras contra Sánchez faltando a la verdad”. Alsina podría haberlo dejado correr haciéndose el despistado o haber optado por entrar al trapo como elefante en cacharrería y cargar, en legítisima defensa, contra su compañera Àngels. Pero no, ni se calló ni perdió los papeles, abrió el micrófono con todo su temple y su retranca, luciendo una sonrisita que perfectamente habrían podido dibujar dos Barcelós con Coca Cola, y le devolvió la pelota a la pelota con uno de esos elegantes reveses a una mano que nos regalaba Federer por estas fechas en Wimbledon. 

Sin grandes algaradas ni derrapes innecesarios, ordenó cronológicamente los hechos, con la razón y el argumento en la mano, e invitó a la locutora a fusionar los estudios de radio para mantener un debate sobre periodismo. Él no quiso formar parte de las acusaciones de una profesional a otro profesional en plena campaña electoral. Se limitó a llevarlo al terreno que le incumbe, el de la información, y desvistió en directo la mentira sin agitarse. No es cosa menor enfrentarse a un ataque interesado, ser capaz de rebajar los decibelios sin entrar en ese bucle de cuchillos volando por las ondas. Dice más el sosiego que el cabreo, la tranquilidad que el enfado, la risa que la réplica. Alsina se situó en ese hoy inédito punto intermedio entre la indiferencia y el cuerpo a cuerpo, un lugar desde el que se puede defender la credibilidad sin necesidad de esconderse ni de dar golpes encima de la mesa. Retrató a Barceló, la dejó al descubierto, sola en su trinchera ideológica, y le lanzó un guante que dudo mucho que recoja. 

En tiempos de lonas y cerebros huecos, de políticos prometiendo en campaña sancionar y expulsar a periodistas, de papeleras gigantes e intentos de nazis que se quedan en machacas de discotecas de tres al cuarto, se echa de menos en la clase política de este país ese temple razonable del que tiene igual de claro que el camino no es ni el silencio ni participar del juego polarizador de los que han encontrado en el odio, la confrontación constante y la mentira un nicho de mercado.  Se añora esa capacidad de bajar el suflé del que desde la tranquilidad es capaz de darle la vuelta a la tortilla sin poner perdida toda la vitrocerámica. Está claro que el periodismo no es la política, aunque haga tiempo que algunos como Pablo Iglesias hayan trabajado por desdibujar esa línea, pero ahí ha estado Alsina para plantarse en los medios de esta campaña electoral y dar dos lecciones: no hay mejor manera de responder a un infundado desprecio que desde la serenidad y no hay mejor pregunta que la directa: “¿Por qué nos ha mentido tanto, presidente?”. Se admiran mucho las cerillas en tiempo de oscuridad, los faros en mitad de la niebla, la calma entre tanto despiporre. Faltan Alsinas en los medios, faltan Alsinas en la política.

Santi Gigliotti
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