Marilyn: la rubia que quiso ser mujer

La Casona de Calderón

Dicen que ninguna mañana del año falta una rosa en su tumba común de un cementerio civil. Las rosas se entienden entre ellas. Entienden de su belleza exhibida y mercadeada sin escrúpulos. Entienden de su fugacidad. Entienden de su vulnerabilidad. Entienden del porqué se marchitan sin que ya las acosen las miradas. Y es que las leyendas relucen, brillan por fuera, pero por dentro reina la descomposición. Igual que un nicho. Igual que un sepulcro.

Su nombre real era Norma Jeane Baker. Tenía 36 años y, por el contrario, no tenía toda la vida por delante. La vida se la habían desguazado en pedazos sin junturas posibles. Su fallecimiento sigue siendo un enigma. Unos afirman que se produjo como consecuencia de una sobredosis de somníferos, otros retuercen la historia y fantasean, y afirman que fue asesinada por el Servicio de Inteligencia Norteamericano por saber demasiado acerca de los asuntos de la Casa Blanca. Homicidio o suicidio, la muerte trágica de Marilyn es el final congruente y proporcional de una vida turbulenta y tormentosa. Todo el mundo quiso aprovecharse de una rubia platino a la que consideraban inocente y bobalicona, desde el productor más insignificante hasta el presidente de los EEUU. Todo el mundo quería llevarse a la cama un cuerpo escultural que apetecía ser tomado. Pero nadie, o casi nadie, supo amar a la Marilyn íntima, a la Marilyn sensible y desdichada. Es el drama y el encarecido precio que debe pagar la mujer objeto, una sex-symbol, adorada por el público y endiosada por los hombres. Una chica californiana, anónima y rellenita, que moldearon hasta transformarla en un prodigio de sensualidad. Pero debajo de la piel y de su erotismo había una mujer neurótica y depresiva, insegura y temerosa. La maquinaria deshumanizante de Hollywood, la falseó, la sobó y la destruyó, para hacer con ella un maniquí, un modelo de belleza fotogénica, de imagen colosal y perfecta para el cine. Marilyn ya estaba dentro de esa maquinaria y era imposible dar marcha atrás, no consiguió salirse del círculo vicioso y éste acabó devorándola, no sin antes haberla devaluado como un fetiche sexual y machista. Marilyn Monroe murió asustada y desvalida, murió de soledad, de frío humano, murió sin afecto reconocible. Le dijo no a la vida cuando al otro lado de la aduana de la carne y de los sentimientos verificó que la soledad es el resultado no erróneo de haber querido a tanta gente con la inocencia de un ángel. Lo tenía todo y no tenía nada. Tuvo a sus pies a todos los hombres, y en realidad no tuvo a ninguno. Tuvo muy complicado creer y confiar en los roles masculinos: el padre, el esposo, el amante, el amigo. Ni siquiera pudo concebir un hijo en el que fundar una creencia. Murió consumida por la desesperación y la tristeza. Murió sabiendo que no había sido amada después de haber malgastado tanto amor ingenuo hacia los hombres y haber pasado por experiencias matrimoniales y relaciones que resultaron nefastas. Desde el popular jugador de béisbol Joe Dimaggio, hasta el exquisito dramaturgo Arthur Miller, pasando por el glamuroso John Kennedy; ninguno supo pulsar a la auténtica Marilyn, ninguno supo llenar su vacío psíquico y emocional. Nadie supo ennoblecer su maltrecha feminidad. Quizá estaban demasiado ocupados y pendientes de su vanidad humana. Bueno, si queremos ser justos, en realidad, todos estamos demasiado vigilantes y pendientes de nuestros planes y de nuestra vanidad como para ocuparnos de otras vidas que están fuera de los límites sacrosantos de nuestra cabeza.

Norma Jeane Baker murió como mueren muchas mujeres, incomprendida, frustrada, arruinada espiritualmente y arrecida de pena, sin el aval de llamarse Marilyn Monroe.

Aunque sepamos que el cuento de hadas nace del lodo y se desvanece como un sueño podrido en el lodo, Norma Jeane Baker representa el símbolo moderno de los sueños. Marilyn nos da derecho a soñar. Sin familia que la cuidase. Hija de una madre esquizofrénica y de padre desconocido, una niña de orfanatos y centros de acogida que alcanzó el estrellato y la celebridad cinematográfica.

Aunque sepamos que Norma Jeane Baker se acostaba sola y apenada en el triste dormitorio de star system de Marilyn Monroe, a la que detestaba, porque ya sólo la comprendía el Nembutal. Aunque sepamos y podamos sentir que en la soledad de su cuarto ya sonaba The sound of silence antes de que existiera la canción. Aunque lo sepamos, Norma Jeane Baker nos crea el deber irrenunciable de soñar. Los seres humanos necesitamos una historia que dé sentido a nuestra vida, que de por sí ya sabemos que está limitada por la muerte.

Hoy, nuevamente, en un cementerio civil de Los Ángeles, en un nicho común y como todos los días del año, no faltará una rosa fresca llena de ternura y comprensión, dedicada a una rubia de bote sensible y culta que quiso ser mujer. Dedicada a una extraordinaria actriz de comedias, bella y atractiva para la cámara como ella sola.

Francis López Guerrero

Comentarios

AUTOR