Máquina de dinero

Qué bonito era de chico dar con la idea de la máquina del dinero. Pensar que los adultos eran tan capullos que no habían caído en la cuenta de que solo había que imprimir más papel pintado. O ni siquiera, tan solo había que trincar los billetes esos que venían en el maletín del Monopoly y darles validez. Una satisfacción bonita la de sentirse genio entre mediocres, porque qué es un genio si no el que es capaz de hacer de lo complejo una cosa paladeable para todos, y qué es un niño si no una máquina de simplificar conceptos adornados, de aterrizar lo concreto en lo universal. A esa edad se abren horizontes que luego son esquilmados por la realidad. Una realidad cruda a la que nos preparan las madres: “¿Tú que te crees que el dinero crece de los árboles?”. Ostras, es buena idea. Ahí piensas que quizás los mayores no es que no tengan propuestas brillantes, sino que simplemente se han convencido de que son irrealizables.

Luego te vas dando cuenta de cómo funciona el mundo. Ay, que frase más resultona esa de “así funciona este negocio”. Y llegan palabras cómo capitalismo y según dónde hayas nacido le otorgas una línea cromática más clara u oscura en tu cabeza. Y luego ves que hay trabajos más y menos duros, y te das cuenta de que para algunos trabajar es opcional y que para otros no trabajar es un tormento. Y caes en la cuenta de que la máquina del dinero ya existe, que somos las personas. Y suspendes economía, pero te quedas con alguna cosilla. Y luego compruebas que según quien te explique la economía hablas de cosas distintas. Y ves que el dinero está ahí, en tus relaciones sociales, sobrevolándolo todo, como un espía en el bolsillo. Y lo ves en la ropa, en las botas de fútbol, en el bar, en la puerta del súper, en los coches, en la señora que ves por la calle limpiando el portal todas las mañanas.

Y luego te explican que el dinero también puede ser negro, y tú ni siquiera sabías que podía ser blanco. Y te intentas más o menos enterar de qué es eso del paro, la inflación, el IPC y todas esas cosas que te suenan más aburrida que una clase de inglés un viernes a última hora. Y ese mismo viernes, de borrachera, uno se las da de intelectual y propone debatir sobre si el dinero da la felicidad. Y muchos dicen que no, y son los que más dinero tienen. Y la conversación acaba desembocando en política, y se habla de impuestos, y de lo público y lo privado, y te imaginas al político al lado de la máquina del dinero, custodiándola. Y sientes que estás a favor de lo que defiende uno, y luego también de lo que defiende el otro. Uno te habla con la entraña y te conmueve, el otro lo hace con la cabeza y usa ese tipo de palabras de la gente que está segura de tener razón. Y como no puedes opinar una cosa y la contraria te cargas otro cubata. Y que, si los que más tienen pues que aporten más, y que si eso no es justo. Y a ti sobre el papel lo justo te parece lo primero, pero piensas que es demasiado sencillo para ser real y que así no funciona el mundo.

Y ya está, con esa frase ya has dado el paso, no tienes ni idea de qué va todo esto, pero aceptas que el mundo siga dando vueltas, y que lo haga propulsado por el dinero. Ese que hace que haya familias que se peleen, el que pone barreras entre las personas, el que las compra, el que hace que la sombra del interés siempre esté sembrando la duda. Y piensas que ojalá vivir sin dinero, pero luego vas a comprar tabaco y pagas con dinero. Y fumas, y piensas en un bosque con árboles de billetes. Y te sabes ya máquina, así que solo deseas encontrar una fábrica en la que por lo menos te apasione producir. Luego en lo que se lo gasten o adonde se lo lleven los que la custodian te joderá, más si va para el mercado de lujuria, carne y tiros de politiquillos de poca monta, pero te limitarás a vivir y a pensar que hay muchos pobres con dinero y el corazón en bancarrota.

 

Santi Gigliotti
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