Luis Padrique

No todo hay que defenderlo confrontando, sobre todo lo que se tiene claro. Cuando tienes una idea y estás seguro de ella, no hace falta alzar la voz. Basta con sonreír, con divertirte, con disfrutar.  Cuando entras a discutir con el que cuestiona tu plan es que no estás tan seguro de él, cuando tienes plena confianza, respondes a las críticas tranquilo y sosegado, dándote el lujo de manejar la ironía, sabiendo que la balanza del tiempo se decantará a tu favor. El tiempo es el mejor argumento, el futuro siempre tiene la razón. El que cree en sí mismo arriesga y no piensa en el qué pasará, piensa en el que puede hacer para que pase.

Hay dos cosas poderosísimas en estos tiempos corrompidos por la ultracorrección: la seguridad y la personalidad. Ahora que se compran los argumentarios al peso y se vende el alma por ser una copia de la última copia, ahora que un corazoncito en una red social crees que te otorga una legitimidad absurda, que la transgresión se ha convertido en traición. Ahora, ser capaz de observar el mundo sin las gafas de ninguna doctrina sino con la cámara de tus ojos desnudos, entraña una completa locura.

Todos estamos entregando nuestra esencia sin ni siquiera luchar por ella. Por eso, cuando alguien es fiel a su sello y lo reivindica resulta tan llamativo. Suena peregrino porque ser fiel a uno mismo es una cosa que esta sociedad cobarde, blanda y acomplejada no entiende. Y no lo entiende porque está inmersa en una victimización constante. Y esa victimización es tan tóxica e hipócrita que los que dicen padecerla luego son los que la espolean. Tener personalidad es aceptar que te critiquen, que te insulten, que te falten al respeto, que te pongan en duda. Tener personalidad es creer, sin fanatismos, en lo tuyo, absorber lo bueno de cada persona y ser capaz de darle tu toque, incorporarlo en ti, a tu manera. El conocimiento es una pringá que hacemos con lo bueno de cada persona. Tener personalidad es rectificar cuando te equivocas, caerte y aprender, asumir riesgos y responsabilidades, saber que la gloria y el fracaso serán tuyos.

Pero nadie quiere cargar con esa responsabilidad, nadie quiere entender que la presión es parte del show. A todo el mundo le gustaría haber apostado fuerte cuando ve que las cosas le salen bien al que se atreve. Cuando eso pasa, el loco se convierte en visionario, el suicida en creador y el arrogante en héroe. Siempre es igual. Y todo por la maldita costumbre de empeñarnos en teñir de negro a la oveja de azul marino. Esta semana nos hemos dado cuenta de que esos vaticinios maniqueos solo definen al que los lanza.

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Porque no, stremear no era hacer el vaina, stremear le ha servido a un tipo sin complejos para meterse a todo un país en el bolsillo. Lo rompedor, al principio, siempre es muy fácil de ridiculizar, después engancha, y al final es una genialidad que acaba copiando hasta el que se cachondeaba. Porque no, la inteligencia y la estrategia no les pertenece a los hombres serios y presumiblemente elocuentes. No, no es incompatible descojonarse, salir en bici y fomentar el buen rollo con ser competitivo. No, lo mejor no se hace siempre con los mejores, lo mejor se puede construir con un engranaje perfectamente heterogéneo, compuesto por gente joven y con hambre.  No, hacer un equipo no es esperar a que se alineen las estrellas, muchas veces es reclutar soldados fieles que tengan claro cuál es su tarea. Puede ser que Luis Padrique y sus muchachos no salgan campeones, pero ya han hecho una cosa más importante que ganar una copa; se han ganado el respeto de los que no confiaban, han sido valientes. Llegarán a donde lleguen, pero yo estoy montado en el patinete de Lucho.

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