Luces de Navidad

De pequeño pasaba las Navidades en Rota y volvíamos a Sevilla para la cabalgata de Reyes. En esos días, íbamos a visitar a la familia de mi madre en El Puerto y a disfrutar de la tarde entre historias y pestiños. Recuerdo la vuelta por la carretera que bordea la Base Naval y nuestro interés por ver las casas americanas. Siempre me llamó la atención su exagerada iluminación, exactamente igual a la que veíamos en las películas.  

Me ha venido a la cabeza el recuerdo al observar, estos días, la “guerra” entre ayuntamientos por ver quién ofrece la mayor iluminación, más bombillas o el espectáculo más llamativo. Esto, unido al hecho de que hay ciudades y pueblos iluminados desde mediados de noviembre, me hace pensar que, como en tantas otras cosas, hemos perdido el norte. Da igual que hablemos de grandes o pequeñas ciudades, da igual el color político, en todas hay una coincidencia general en la exageración.

Quizás, lo peor de todo es la despersonalización. En la mayoría de los casos, la misma iluminación podría servir para Navidad, una feria, el carnaval o cualquier fiesta local. Los árboles ya no son abetos, ni son verdes, ni, por supuesto, tienen una estrella que guíe, mucho mejor si están llenos de bombillas, colorines o formas extrañas con las que inundar de fotos las redes sociales. 

Pistas de hielo, espectáculos de luz y sonido, atracciones de feria o dj con música del momento para la inauguración del encendido. El espectáculo congrega a mucha gente y da la sensación de que nuestras calles están llenas de vida y que todo se gestiona con maestría.

Decorar la ciudad tiene, a mi entender, el sentido de ayudarnos a preparar el ambiente para lo que se avecina. Posiblemente el confundido sea yo, y esa decoración refleje, mejor que nunca, la Navidad que hoy vivimos. 

Reconozco que, en mi inocencia infantil, aquellas luces americanas, que veía desde el coche, me encantaban. El paso de los años me ha hecho descubrir que debemos buscar otra luz, otro ambiente y otro sentido a estos días. Guste o no, en Navidad celebramos lo que celebramos, que en un pobre establo un Niño nació para ser luz del mundo. Lo demás son lucecitas. 

Viendo cómo está el mundo, sobran luces en las calles y faltan oraciones que nos traigan la paz. La primera Navidad cambió el destino de la humanidad y quizás nosotros podamos intentar recuperar un poco de aquello. Ojalá supiéramos llenar de luz nuestras calles sin que nadie tuviera que darle a un botoncito. Esa sería la mejor luz de la Navidad.

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