Los niños, los más perjudicados

Lamentablemente, hace unos días escuchamos en el telediario cómo una madre había matado a su hija para evitar que ésta se pudiera ir con su padre tras varios años de juicio. Por desgracia, los sucesos familiares violentos son muy comunes hoy en día. Ira mal regulada, frustración, tristeza, miedos y, sobre todo, un profundo deseo de venganza son los principales elementos de un volcán que acaba estallando y cuya lava arrasa llevándose por delante todo lo que encuentra, incluso a los más inocentes, los niños.

Resulta paradójico que justo a las personas que más tenemos que proteger, sean las más perjudicadas. ¿Qué sociedad estamos creando para que justo sean los más pequeños e indefensos los que más sufren por nuestros actos? ¿Quiénes nos creemos que somos para sentirnos con el derecho de acabar con la vida de otras personas, en muchos casos, niños?.

Cuando nos convertimos en padres, adoptamos una gran obligación en todos los sentidos. Pues tenemos el deber de cuidar de unas nuevas personas mientras crecen y son lo suficiente maduras y capaces de valerse por sí mismas. Son nuestros hijos, sin embargo, eso no nos da el derecho de poder maltratarlos, tratarlos de cualquier forma o incluso, acabar con sus vidas.

Tenemos el deber de cuidarlos física y emocionalmente, pero NO los poseemos. No son objetos que tenemos y que podemos manejar a nuestro antojo ni sobre los que podemos verter toda nuestra rabia. ¿Acaso lo haríamos con una persona extraña y desconocida? Precisamente porque son nuestros hijos y porque son importantes para nosotros debemos cuidarlos y mirar por su bienestar por encima de nuestros deseos y venganzas personales. Pues en caso contrario, “las otras partes no se saldrán con la suya”, “no serán felices”, pero nosotros y, sobre todo, los más pequeños, tampoco.

Actuar por venganza solo nos aliviará a corto plazo, en cambio, las consecuencias pueden ser permanentes y sin vuelta atrás. ¿De verdad vale la pena dejarnos llevar por nuestras emociones de un momento dado, arruinando nuestra vida y la de nuestros hijos, en vez de buscar una forma serena de resolver la situación lo mejor posible para todas los implicados? ¿Acaso no se merecen que nosotros, sus padres, seamos las personas que mejor los cuidemos y mejor ejemplo les demos?

Paula Morales Olivares

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