Los barberos de Sevilla: psicólogos con tijeras

De donde yo vengo, el pelo no te lo puede tocar cualquiera, el alma tampoco. En mi tierra muchos psicólogos te reciben con las tijeras en la mano, te abren las puertas de su consulta con la hospitalidad de los viejos amigos, te escuchan como escuchan la radio, te responden como responden los sabios, sin dejar de trabajar.

Hay un resquicio de Sevilla, que de hecho estoy convencido de que es el que mantiene a muchos sevillanos vivos, que está conformado por unas pocas calles vírgenes de tiendas de souvenirs, unos cuantos de bares de tiza en barra y caña derrapando y un puñado de barberías que se niegan a sucumbir a la moda de las peluquerías-escaparates para hípsters.

En mi ciudad te bautizas dos veces, una en la iglesia con el cura y la otra con tu barbero. Él es la primera persona que te toca la cabeza, siempre te lo recordará mientras te está acomodando el asiento y te coloca la capa. Entrar en el local de Chano es cruzar una puerta hacia un submundo envasado al vacío entre cuatro tabiques. Cuelgan cuadros de Semana Santa de las paredes, Fiestas de Primavera, suena flamenco en la radio. La gente espera su turno hojeando revistas de hace 10 años o hablando con Manuel Chano, trianero e intelectual del sentido común. Un coach de los de antes. Muy pocas veces lo he visto quedarse en blanco en una conversación, siempre tiene algo que aportar, una visión interesante que añadir y sino una mirada atenta que te hace sentirte importante. Una barbería es el puticlub de las conversaciones, pagas al barbero para que te hable y te escuche. Son unos profesionales, nadie lo hace como ellos.

Cerca de allí, a unos diez o quince minutos a pie, llegando a la Alameda entre establecimientos de comida rápida, supermercados y un pintoresco sitio donde te ponen por delante un tazón de cereales con leche azul, qué movida, nos encontramos en la calle Amor de Dios con la peluquería de Manuel Melado, que puede presumir de llevar en pie desde 1927. El dueño, que le da nombre al local, porta corbata y tirantes y va peinado y rasurado con la pulcritud del que predica con el ejemplo, ¿qué es eso de que ahora te pele un tío que va con aspecto desaliñado? Es como si te atiende un dentista con las paletas separadas. Yo no me fiaría. Manuel te atiende como solo te puede atender aquel que ama su oficio, con elegancia. Además, cuenta con el plus de ser la voz que ha formado parte de la banda sonora de muchas de las personas que pasan por su oficina. Él, aparte de ser escritor, compositor y poeta ha sido el ventrílocuo del Real Betis Balompié, el que ponía las palabras a los sentimientos de esos “béticos del universo” a los que llamaba a filas antes de los partidos.

La foto que encabeza este artículo es la prueba fehaciente de que esa Sevilla diferente que se resigna a echarse en el olvido sigue viva, que aún colean sevillanos que mamaron de la teta de lo diferente. En la instantánea posan un locutor de radio que a su vez es torero, un peluquero del que ya conocen el palmarés y un periodista que escribe como pocos y que ha sufrido por muchos, uno que se ha encargado de ponerle el acento al Giraldillo y de subrayar en negrita nuestras virtudes y nuestras miserias, nuestro encanto y nuestra fealdad. Un ejemplo a seguir para todos los que aspiramos a decir algo escribiendo. Lo decía antes, Sevilla mantiene a muchos sevillanos vivos. Esta todopoderosa ciudad, para algunas cosas es odiable y repulsiva, pero otras veces es cuna de amores y personas que no dejan a la gente en la estacada y que se encargan de romper con esa otra Sevilla de los engaños, las traiciones y la envidia que tanto daño le hacen a la verdadera. Lola, por ejemplo, es Sevilla, una mujer que es ciudad y  que acompaña los pasos de noche, esa farola que sostiene y a la vez te ilumina. Isaac y Manuel también son Sevilla.  Me quedo con las palabras publicadas el otro día en Facebook por el psicólogo de las tijeras: “estaba cortando el pelo y poniendo en orden sus ideas”. Porque eso es lo que hacen los peluqueros del sitio de donde yo vengo, acariciar nuestros pensamientos y poner en orden nuestra cabeza.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti

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