Locuras y corduras

Si al descarado materialismo/utilitarismo de una sociedad le añadimos el puritanismo incontrolado, el resultado vital puede ser deplorable y empobrecedor. Cuando el pensamiento crítico se inviste de disidencia y de benefactor de la humanidad en nombre del progreso moral para al final terminar de catálogo autoritario y de dogma encorsetado e histérico, supremacista, el siguiente paso es la caverna del troglodita, que es todavía más oscura que la caverna de Platón. El silogismo escolástico exprés y visceral -amén de cortedad antropológica- revela inmadurez intelectual y una gran incapacidad para entender y digerir el carácter contradictorio de la vida humana. Todos somos hijos de un contexto sociocultural y con sus tensiones y distensiones se van fraguando nuestras conductas.

Habría que descolgar el Guernica del Reina Sofía y desmantelar su museo de Málaga. Picasso era un déspota varón y un maltratador de mujeres. Habría que retirarle el Nobel de Literatura a Pablo Neruda por haber despreciado y abandonado a su hija enferma. Bond, James Bond, es un icono de la cultura popular creado por Ian Fleming. Pero es machista, muy machista. Habría que prohibir sus novelas y películas. El poeta Rafael de León, derechón, monárquico y homosexual. Qué herejía, lo natural y lo políticamente correcto es ser homosexual y muy progresista. Rousseau, alma mater de la inteligencia y de la sensibilidad contemporáneas, se desentendió de sus cinco hijos y los entregó a la asistencia pública. Habría que eliminarlo de los planes de estudios por indigno. Séneca, el moralista con toda su grandeza estoica, era un vil plutócrata explotador y un latifundista de la Bética que vivía rodeado de esclavos. Marco Aurelio sometió a las tribus germanas, el muy tirano. Habría que censurar sus Meditaciones y bajarlo del pedestal privilegiado de filósofo y sabio. Y así podríamos seguir hasta el bucle infinito y más allá. Desmenuzar con rigorismo el comportamiento de los muertos y analizar e interpretar el pasado con los ojos y los oídos del presente es un dislate, léase también incultura. Nuestros ancestros vivían y pensaban de otro modo. Veían y oían de una manera distinta. Nos están vendiendo una nueva fórmula populista (van unas cuantas) que piensan que ayuda y esclarece: un continuo ajuste de cuentas justiciero con el pasado para solucionar los males del presente. Visto y tomado así, viviríamos en perpetuo escándalo con los hechos pretéritos, en una estéril dialéctica recriminatoria con la Historia. Estaríamos en constante modo Caifás con rasgadura de vestiduras. Estaríamos asumiendo una vindicación detrás de otra. Pensado y sentido así, todas las mujeres engañadas y ofendidas por sus maridos deberían derribar las estatuas de Martin Luther King a causa de sus más que posibles adulterios. ¿Qué historia es esa que nos han contado de un negro adúltero diciendo bonitos discursos en pro de la igualdad y de los derechos civiles? Esos discursos hay que romperlos con furia, en desagravio más que justificado por muchas mujeres (negras y blancas). Pero si vituperamos al hombre nos pueden acusar de racistas, pero si no defendemos a las mujeres humilladas seremos antifeministas. Es una pena que Luther King no hubiera sido esquimal y mujer. Si rastreamos en su biografía y conseguimos que sea así podríamos reescribir los viejos textos. Lo del I have a dream es lo de menos y en Groenlandia hubiera tenido menos repercusión. Claro, que para entonces seguramente se habría constituido ya la Asociación mundial de maridos agraviados, que se manifestarían los viernes por la noche y celebrarían su propio aquelarre del despecho quemando en grandes piras todos los libros y ediciones de Madame Bovary, Ana Karenina y La Regenta: ¡por adúlteras! Qué locura de Historia o la Historia puede ser una locura en manos de los hombres. Ya solo los hermanos Marx podrían ponerle cordura.

Hay locuras salubres y cultas, productivas, como la de Hölderlin o Nietzsche -la locura del intelecto y de lo sensitivo-. Que parten de nuestra escisión intrínseca, como la de que en veinticuatro horas se pasa del día a la noche y viceversa. Las de saberse contradictorios y fragmentarios. Las de reconocerse exhalados y lanzados al oficio de vivir con los pertrechos que te dan las épocas y las circunstancias personales. Son las locuras de la cordura. Porque la etimología de cordura -del latín cor-cordis- viene a significar lo que tiene corazón. Lo que se dilata y se contrae en afortunada y equilabrada contradicción para mantenerte vivo. El buen juicio y la sensatez del corazón que es la locura que se infarta o te infartan como le ocurrió a don Quijote cuando el mundo real le impuso sus valores y sus reglas. No considerarte hijo de tu tiempo y lugar también lleva a una razonable locura y además con la mentalidad actual te lo pueden diagnosticar de trastorno esquizoide.

Y existen locuras destructivas, agresivas y aniquilantes por dentro y por fuera, muchas veces inoculadas por labortatorios ideológicos y asistidas por la absolutez rígida de una verdad. Son la cordura de las locuras. Que redimen a base de abominaciones y que son una clara venganza contra el complejo oficio de vivir, que pretenden simplificarlo o reducirlo a esquemas fijos y maniqueos, como una secta cátara actualizada: lo puro por lo puro. Locuras igualmente contradictorias, porque presumen de pacifismo y filantropía pero no dudan en utilizar medios intimidatorios y violentos. Porque promulgan la libertad y la igualdad, pero lo que hacen es incitar al odio y en su paroxismo pueden conducir al exterminio como demuestra la ciencia de la Historia.

Contradecirse es atributo categórico humano. Somos duales por naturaleza y por antonomasia. Lo otro es Un mundo feliz, la falsa moralidad y la hipocresía. Por otra parte, una ficción distópica cada vez más apreciable y palpable entre nosotros.

Podemos hacer tabula rasa de todo, pero más temprano que tarde tendremos que fabricarnos otra tabla en que apoyarnos como animales escindidos y simbólicos que somos. Y si queremos, la podemos hacer más pulida y bruñida, pero surgiran nuevos detractores y otros tribunales inquisitoriales que la quieran ultrajar o condenar. Y cuando los salvadores del alma humana descubran nuevamente el fuego del Paleolítico, habrá que recordarles que eso sirve para incendiar un bosque y también para calentarse y no pasar frío. Y si nos lo proponemos para iluminar la oscuridad. Maldita contradicción: herida luminosa, luz herida.

Francis López Guerrero

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