Lo que pega

La Casona de Calderón

Una de las mayores putadas de esta vida es sentir unas ganas irrefrenables de ser feliz en un momento poco oportuno. Experimentar una dicha plena y toparte con otros que hace poco que la extraviaron, o peor aún, con algunos que ni se acuerdan de lo que se sentía cuando los protegía la armadura del positivismo, ese escudo, muchas veces irreal, que nosotros construimos como defensa ante nuestra apatía. Hablo de esos días cuando todo te parece bien, cuando aprecias cómo la taza bosteza debajo de la cafetera y posteriormente observas cómo se diluye el azúcar en la espuma del café, poco a poco, como si los granos se resistieran a acabar en la parte de abajo, y piensas que has ganado la primera batalla, que has conseguido endulzar el amargor a golpe de cuchara, y no te importa dar vueltas y más vueltas con tal de que el primer sorbo del día sepa rico. Temporadas en las que albergas una alegría abrumadora, justo cuando los demás han entrado en depresión, cuando a tu alrededor todos han decido callarse, cuando nadie lleva una sonrisa suelta. Pero tú sigues en tu burbuja y mueres de placer con gilipolleces como la que he narrado del café, deleitándote con momentos intrascendentes, destilando una plenitud de mañana de sábado. 

Son momentos en los que nos esforzamos en mostrarle a todo el mundo la suerte que tenemos, aferrándonos a mantras que olvidamos lo mal que nos sientan cuando somos nosotros los que estamos en el lodazal y nos viene el coach de turno a restregarnos en la cara su ímpetu porque nos unamos a sus ganas de pintar arcoíris sobre la bruma. En eso nos convertimos cuando queremos hacer gala de nuestra bonanza, en tocapelotas redichos que niegan la certeza de que hace apenas dos días no reunían las fuerzas suficientes para hablar con alguien sin enseñarle los dientes, en esa influencer que desde el inmenso sofá, de su inmenso salón, en su inmensa casa, le revela a sus millones de seguidores un lunes por la mañana en tono confidente que hoy se ha levantado sin ganas de nada, para continuar en la siguiente stories diciendo que de todas formas luchará por sacarle la parte buena al día, porque ella es de ver el vaso siempre medio lleno, culminando la arenga con un “espero que hagan lo mismo mis guerreras”. Posteriormente, estoy seguro de que se desmaquilla y vuelve a la cama con el convencimiento del trabajo bien hecho, con el orgullo de que el papel que representa en la sociedad es imprescindible. 

Somos unos yonkis de la felicidad impostada, cuando el único camino para ser feliz es el haber estado antes triste. Nadie sonríe sin haber llorado, nadie conquista sin pasar vergüenza, nadie muere sin haber vivido. Son peajes que hay que estar dispuestos a pagar, sino la sonrisa solo será una mueca empática que disfrace una mala ostia reprimida, el enamoramiento un vínculo de conveniencia tan blando como el esfuerzo que lo soldó y la vida una mentira que culminada dará paso a la inexpresión más inquebrantable. La muerte no permite ni matices, ni expresiones. La felicidad debe ser fugaz, jamás ha de convertirse en hábito. O dicho de otra manera, hay que disfrutar de estar triste, cultivar la desgracia para luego exprimir esos momentos en los que realmente tenemos ganas de partirnos la caja hasta que asomen esas otras lágrimas, las de la carcajada real. Ese grito que pellizca las abdominales y se contagia con una mirada. 

Me parece contraproducente esa incipiente costumbre de esconder bajo la cama nuestra aflicción. Es necesario defender el legítimo derecho de estar triste, apagado o alicaído. La desgracia, el infortunio y la injusticia existen, ahí tienen todas las canciones, películas, cuadros y fotografías que las reflejan. Suele decirse que cuando el creador anda peor, mejor es la obra. Sería absurdo pintar una playa en calma, teniendo un tsunami en el interior. No digo que haya que convertirse en un pesimista irreductible, pero odio eterno a la felicidad de careta. Soy partidario de intentar revertir cuanto antes la pena, aunque amo con fuerza la melancolía por todo lo que me ha dado. En la noria de los sentimientos un día estás abajo, besando la lona y otro día estás arriba, exultante. Es ahí cuando sientes que vas a contracorriente, cuando piensas que el universo se ha conchabado para ensuciar tu alegría. Tus amigos están de bajona, las calles tienen horario y lees en Twitter que ha muerto el Diego. Es una putada querer ser feliz en un momento poco oportuno. Y el 2020 lo es. Hoy andaba contento, no me siento culpable. Mañana o pasado volveré a estar triste, que ahora mismo es lo que pega. Probablemente haya alguien que tenga ganas de echarse unas risas. Intentaré contagiarme de su ánimo. Así es como funciona esto, sin hashtag ni palabrería barata, el buen rollo no se impone, se contagia (eso sí que no pega ahora).  

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Unsplash.

 

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