Libros, ¡y venga libros!

Las bibliotecas no quieren libros. (Y esto no es una crítica, ni un reproche, ni una denuncia de nada.) En la última a la que he llamado preguntando si aceptan donaciones, me han dicho que no quieren enciclopedias y, con respecto a lo que no son enciclopedias, que según, que tienen que ver en qué estado están los libros para aceptarlos o no aceptarlos.

Es lógico, las bibliotecas tampoco tienen sitio y, el que tienen, no lo quieren ocupar con libros en mal estado, libros amarillentos, con manchas de humedad, cagadas de moscas, roídos, medio apolillados, medio desarmados,… Hay que comprenderlo. Pero yo no soy capaz de enterrar un libro mío en el contenedor azul, por muy viejo y deteriorado que esté y por mucho que se reencarne en otra vida. Pero si lo hicieran en una biblioteca, si en cualquier biblioteca a la que yo los hubiese llevado, haciendo un expurgo, haciendo sitio,… los echasen en el contenedor azul, yo no me enteraría, y “ojos que no ven, corazón que no siente”, es decir, yo no sufriría. Por eso –y no sé si tomarme en serio a mí mismo- creo que las bibliotecas deberían o podrían asumir esa función empática y solidaria y compasiva y piadosa de recoger los libros y aplicar la eutanasia a aquellos que lo necesiten.

Otra opción es quemarlos, pero si los quemo me igualo en bellaquería con los inquisidores y tiranos de toda laya que alguna vez lo hicieron, ya sabemos por qué. (Se me viene a la memoria “El Quijote”, donde también lo hicieron, se supone que en bien del enajenado hidalgo.) Además, si los quemo, me pueden multar severamente por hacer fuego en la estación o el lugar inadecuado.

Yo, como Alonso Quijano, también voy a perder la cabeza, pero no por tu amor –como decía aquella canción- ni por leerlos, sino porque no sé qué hacer con ellos, no sé qué hacer con tanto libro. ¡Venga libros! No tengo desván, no tengo trastero, no tengo sótano,… No me gustan los libros metidos en cajas, me gustan que las cosas se usen,… No hago más que darle vueltas al tema, no dejo de decirme y preguntarme si es que mi casa es muy chica, si es que no les doy su sitio a los libros, esto es, si les dedico poco espacio, mi me he gastado demasiado dinero en libros, si he utilizado poco las bibliotecas públicas,… Me siento culpable porque me estresan, porque me agobian, porque quiero echarlos de mi casa,… ¿Me estoy volviendo loco?

Cuando yo era joven quería tener una biblioteca, quería tener una Biblioteca –así, con mayúscula-, quería tener UNA BIBLIOTECA –así, con mayúsculas, peliculera, novelesca-, quería tener un pedazo de biblioteca –no “una pedazo”, como dicen algunos-as incorrectamente-, quería tener todos los libros, de todos los géneros, de todos los autores,… Ahora, sólo quiero “llevármelos puestos”, esto es, leerlos. Hace unos días, por ejemplo, conseguí hacer un hueco en mi biblioteca. –No les voy a decir cómo.- Un hueco pequeño, sólo una balda. Y no crean que lo he llenado rápidamente con más libros. Lo tengo vacío. Tiene detrás la pared blanca, la blanca pared. Y es como una ventana. Es claridad, es luz, es alegría, es como el silencio frente al ruido. Yo miro con indisimulada satisfacción ese hueco, y me da cierta paz de espíritu.

No hay quien quiera libros. Hay quien intenta venderlos por Wallapop; no sé qué éxito tendrán. Yo tengo tan poca experiencia con estas cosas modernas que, hasta hace poco, creía que wallapop era para buscar pareja. Antes, una enciclopedia, tener una enciclopedia, era una revolución; hoy, tener una enciclopedia es un engorro, un tostón. ¡Cuánta gente se quiere quitar de encima una enciclopedia! Antes, el que no tenía una enciclopedia o no la usaba, “estaba en las nubes”, hoy, las ciencias han adelantado que es una barbaridad y todo está en youtube, en google, en internet, hoy todo está en “la nube”.

Antonio G. Ojeda

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