Las rosas del condenado

La Casona de Calderón

En la película “Heat”, Neil McCauley, un frío y calculador atracador interpretado por Robert de Niro, hablaba de que para ser un buen delincuente es necesario no poseer nada de lo que no te puedas desprender en diez segundos. Para jugar en el filo de la navaja resulta crucial no tener la necesidad de mirar atrás cuando haya que huir, estar libre de cualquier carga que nos haga sentirnos culpables si llega el maldito día, que siempre llega, que te den caza. Solo los que están dispuestos a pagar ese peaje llegan a ser los mejores en el oficio. Pero seamos sinceros, aunque haya mucho bandido sin escrúpulos y sin aparente moral, son muy pocos los que de verdad no tienen ninguna atadura que los haga, al menos, fantasear con tener una vida normal apartada del riesgo. Hasta los gánsters más listos y laureados tienen su talón de Aquiles, que casi siempre viene a ser el mismo; el amor. El amor amansa a las bestias, el amor cambia a las personas y en contrapartida, el amor es capaz de hacer vulnerable hasta al sujeto más poderoso.

En la peligrosa tarea de delinquir, enamorarse es la trampa más común. Con ella te expones al chantaje y a la extorsión, por no hablar de ese sentimiento de responsabilidad, que, de un momento a otro, se cierne sobre las espaldas del criminal, ni te cuento si te ha dado por formar una familia. Ya no estás solo, ahora hay gente que te espera en casa, el borde del acantilado lo paseas tú, pero de forma indirecta también lo hacen otros, que, aunque no tengan nada que ver, son tus cómplices. Aquí entra la frase manida, pero no por ello menos cierta, de que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Eso es lo realmente jodido del que vive en el trapecio de lo prohibido, que llega un momento en el que cuando se lanza la moneda al aire y uno se encomienda al azar, tanto la cara, como sobre todo la cruz, ya no solo afectan a su futuro, sino que lo hacen también al de las personas que más quiere. Y en este juego, no hay marcha atrás, el fallo y el descuido siempre se paga con la cárcel.

Algo parecido le debe estar pasando a Luis Bárcenas, un tipo que trampeó hasta la extenuación en una España donde era fácil trampear. Un caballero trajeado y ambicioso, que como les suele pasar a los de su calaña, se creyó más listo que nadie, mientras que, en realidad, no era más que una simple marioneta en manos de otros más poderosos. La codicia no es buena compañera de viaje y siempre termina por desactivar el instinto y la atención que son más que necesarios para no pisar la mina del engaño. Ocurre que estás tranquilo porque tienes pruebas de que tu golfada atiende a un fin mayor, los tienes cogidos por los huevos, guardas pruebas, pero de repente no solo no los tienes cogidos, sino que además te arrancan la mano. Ahí es cuando te das cuenta de que siempre hay delincuentes más ávidos, peces más gordos, leones con los colmillos más afilados, que pecaste de ingenuo. Miras alrededor y ya no hay nadie, te han cercado, y en la jaula no estás solo, sino que también está la que comparte tu cama. Hiciste tu pecado extensible a los tuyos, es ahí cuando te quieres morir.

Soy incapaz de no guardar una pizca de compasión y pena por esos pobres diablos que tiraron su vida a la basura, por supuesto, si no han matado a nadie. Aquellos que probaron su propia medicina, los estafadores estafados, los que se quedaron con cara de tontos mientras veían como su vida se desmoronaba. Hasta los más sinvergüenzas aman, a su manera, pero lo hacen. Es una especie de amor a la siciliana, y ojo, que estas personas no son leales a casi nadie excepto a sus mujeres y a sus hijos. La única línea roja del mafioso siempre es su familia y su contradicción es la de poder estar preso de alguien y a la vez poder condenarlo. De ahí que, con su Rosalía en Alcalá Meco, Luis esté maniobrando a la desesperada, intentando tirar de una manta vieja y raída, intentando hacer lo imposible no para salvarse a él, sino para sacar a su mujer. El amor es jodido, el amor sin libertad y culpable lo es más.  Y esto, lo queramos o no es una historia de amor triste y enfangada por el parné, pero de amor. ¿Adónde van las flores del condenado? Feliz San Valentín.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Pinterest.

 

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