Las mujeres de mi vida

Muchas mujeres pasaron por mi vida. Algunas –pocas diría yo- me enamoraron y se quedaron en mí para siempre. Otras, cuyos nombres ya ni recuerdo o solo me suenan vagamente, pasaron por mí de oídas. Y perdonen estas confesiones tan personales, quizás tan poco apropiadas para este momento y lugar, quizás más apropiadas para altas horas de la madrugada con unas copas en el cuerpo y un vaso en la mano. Tal vez haya sido el reciente Día de los Enamorados el que me ha provocado estos recuerdos.

Quizá la mujer que más amé fue Angie. No sé dónde ni cuándo conocí a Angie, pero llegó para quedarse, fue un amor a primera vista –aunque sería mejor decir “a primera oída”; nunca había sido yo muy de Rolling, es más, entre mis cientos de cintas cassette y discos, sólo había una de los Rolling, de 90 minutos, y nunca supe qué contenía pues comenzaba con un tema muy ruidoso y, cada vez que la ponía, la quitaba enseguida; pero Angie fue un descubrimiento total, una pasión tranquila que, todavía hoy, perdura en mí.

Me enamoró aquella Bonnie Tyler, con su corazón destrozado; y no porque yo tuviese el corazón destrozado –que no sé si lo tenía por aquellos entonces por un mal de amores-, ni porque entendiese lo que decía Bonnie, sino porque ella lo decía de una forma preciosa y con mucha fuerza, a tumba abierta.

Tampoco entendía lo que me decía Janis, que, al igual que Bonnie, era extranjera; ni falta que me hacía; nunca quise saberlo, nunca intenté averiguarlo; ni una sola frase, ni un solo verso; pero me gustaba escucharla, con aquella voz… indefinible, tal vez impregnada de dolor.

Exactamente lo mismo puedo decir de aquella Sara, de Dylan, de la cual, por no saber yo inglés, no entendía absolutamente nada; pero me daba y me da igual, porque de Dylan me gusta todo.

Daniel Magal me habló de una mujer que tenía cara de gitana, cuyos negros cabellos cubrían su cuerpo, que era dulce y apasionada y de la cual, al igual que Daniel, yo también me enamoré cuando la vi bailando tan llena de amor.

Recuerdo a Yolanda, la de Pablo, intensa, emotiva y eterna. Recuerdo a Melina, a la que conocí por Camilo, aquella cuyos ojos reflejaban el dolor y su alma el amor. También a ti te recuerdo, Amanda, la de Víctor, aquel que ponía los pelos de punta en cuanto pulsaba la guitarra; Víctor fue asesinado, brutalmente asesinado, como tantos otros; Amanda era aquella obrera que corría, con la sonrisa ancha y la lluvia en el pelo, a la fábrica donde trabajaba Manuel.

Dicen que todas las mujeres se llaman María; pero todas las María no son iguales. Yo conocí a dos María. Recuerdo a aquella María, portuguesa, que era la alegría y la agonía que tiene el sur, aquella María que cantaba y penaba por un amor desgraciado, aquella María cuyos suspiros se escuchaban desde Ayamonte hasta Vila Real en las noches de luna y clavel. A mí me gustaba esta María y, sin embargo, no así aquella María que era tan caliente y fría que lo mismo daba un pasito palante que daba un pasito patrás.

Conocí a Lola; no estuve bailando con ella la otra noche, ni le dije que era para mí la única Lola, ni la besé en la cara, ni la besé en la boca, ni me dijo que yo ya no la quería,…; la verdad fue que no me hizo dar brincos, porque yo era muy joven para ella, yo, en 1968, era todavía un niño.

Un día apareció por mi vida Magdalena, aquella que decía “¡Bésame, nadie nos mirará, y si miran que sufran, que no te pueden besar!”; y decía “¡Bésame, dame tu corazón, soy un alma en pena,! Pero lo nuestro no llegó a nada, no me iba, no llegamos a formalizar relaciones, no era mi tipo, yo no era un alma en pena ni había en mi vida nubes grises.

Me gustó Penélope, la de Joan Manuel. Me gustó Pilar, la que fue el río que apagó la sed de Víctor Manuel. Me gustó Soledad, la de Emilio José, aquella criatura primorosa tan tierna como la amapola, que vivía como otra cualquiera en la aldea donde naciera. Conocí a Julia, la de “a pesar de los pesares”. Me gustó Jeanette, que sí que era una criatura primorosa que me atraía como un canto de sirena cuando me cantaba con aquella inocencia etérea y aquella vocecita; me decía que era rebelde porque el mundo la había hecho así y porque nadie la había tratado con amor; y, yo, cuando eso decía, la comprendía; y, cuando me decía “¿por qué te vas, por qué te vas?”, yo me acongojaba, porque yo no quería irme a ningún sitio, es más, yo no quería separarme de su lado, porque ella era de ese escaso grupo de criaturas celestiales cuyo reino no era de este mundo duro y grosero; la suya era una rebeldía chiquita, como la de un pajarillo aterido, la de un pececillo en una pecera o la de un niño triste.

Todo lo contrario es esta Maruja Limón que se me viene de pronto a la cabeza. ¡Qué alegre era! Era la mujer perfecta para ir con ella a la feria, a una boda, a cualquier fiesta; no solo para ir, sino para ir y marcarse un bailecito con ella. ¡Ay, dónde fueron tus cantares, Maruja Limón, y tu blusa de lunares! ¡Ay, Maruja Limón, hazme caso y no pongas nunca cerrojos en tu corazón! Conocí a Cecilia, la de “señora de su señor, amante de un vividor”. Conocí a Mari Trini, a la que le cayó una estrella en su jardín. Conocí a Ella, la inigualable Fitzgerald.

Pasaron por mi vida sin pena ni gloria –con todo el respeto lo digo- aquella Noelia que conocí gracias a Nino, y aquella Gloria, campo de sonrisas y aventura de mi mente, de mi mesa y de mi lecho, y aquella otra Magdalena, que me decía “que luego me llamarás, que mañana será tarde y entonces no me tendrás”; tampoco cuajó nada con esta Magdalena, no reunió los puntos necesarios para hacerme tilín.

Y lo de Juanita Banana, la Ramona, la Chatunga, Macarena,… y alguna otra, no fueron encuentros, fueron encontronazos. Pasaron por mi vida con desagrado.

Antonio G. Ojeda

 

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