Las formas importan

¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos? Es la famosa pregunta que un día le hicieron a Leopoldo Abadía. Su respuesta me gustó: “no pienses qué mundo dejas a tus hijos sino qué hijos dejas a este mundo”. Centra el tiro y sitúa a los padres en el foco de la cuestión. 

Que tenemos el mundo boca abajo no es noticia, pero ello no puede ser excusa para justificar la falta de educación y formación. Todo lo contrario, debe ser motivo de lucha frente a la adversidad.

El último informe PISA, que conocimos antes de Navidad y que, quizás por las fechas, pasó un poco inadvertido, ha ofrecido un resultado desastroso. Los datos obtenidos son los peores de la última década con una importante bajada tanto en Matemáticas como en Lengua. El presidente de la RAE, entre otros, ha mostrado su preocupación por las carencias objetivas en comprensión lectora y fluidez verbal, las lenguas extranjeras y la marginación de las clásicas, y ha indicado algunas propuestas que podrían ayudar a las competencias de los alumnos. 

La falta de estabilidad en las leyes educativas -cada gobierno quiere dejar su sello- y la politización de éstas no ayudan a desarrollar un proyecto educativo a largo plazo. Como era de esperar, frente a la reflexión y propuestas de la Academia, la respuesta del Ministerio ha sido más propia de hincha de futbol que del responsable de la materia en nuestro país. Y es que la Educación, ya lo sabemos, se ha convertido más en motivo de pelea que de consenso.

No obstante, y siendo importante lo académico, considero que tenemos un déficit aún mayor en otros aspectos. La educación tiene otras aristas, mucho más profundas, que no recogen los informes. Hemos perdido lo que siempre hemos llamado educación, respeto o buenas maneras. Lo hablamos la semana pasada en lo relativo a las leyes y al Gobierno, pero podemos aplicarlo a cualquier otra materia. La confianza ha sustituido al respeto, la cercanía a la consideración, el talante a la obediencia. La manera de comportarse, hablar o dirigirse a otros dista mucho de la que ejercían nuestros mayores y nosotros mismos de pequeño. No se puede tratar igual a un amigo o familiar que a una persona mayor, un cliente o un desconocido. Las formas importan. Hoy, los buenos días, las gracias o el por favor brillan por su ausencia. Por no hablar del sentido de la caballerosidad, del que nuestras hijas no son conscientes ante el miedo de alguno a que lo linchen en público. Determinadas fórmulas de respeto son muy necesarias en una sociedad que ha perdido las referencias.

Hay una educación que no se aprende en los libros ni se vota en el Congreso. Es algo que se recibe en casa, que se ve reflejado en los padres y se cuida en el día a día de la familia. Nuestros hijos serán parte de lo que nosotros somos, de lo que nos vean y les transmitamos. Una sociedad se construye desde el ejemplo. Esa es la mejor educación que hoy podemos ofrecer a nuestros hijos.

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