La tienda en casa

La Casona de Calderón

Me quedé traspuesto en el sillón después del almuerzo en los primeros días soporíferos de esta primavera-verano, y vi, así como entre tinieblas, así como en sueños, como entre visillos, como entre telarañas –o musarañas, vete tú a saber-, a un tío afilando una tarjeta de crédito en un aparatejo; no, no un aparatejo para recargar tarjetas de crédito, si fuese para recargarlas de pasta gansa sería un invento magnífico.

Y, después, vi a un tío –quizás el mismo de antes- cortando tomates con dicha tarjeta de crédito. Y el mismo tío –o quizás, otro- cortando un taco de carne congelada –ahora con un cuchillo-, dura como una piedra, que yo estaba por decirle: “Déjala que se descongele y, luego, ya si eso, la cortas fácilmente.”

Pero la cosa fue a peor, porque de la carne se fue al zapato. Primero, afiló el cuchillo con ese aparatejo y, una vez que el tío había afilado el cuchillo, hacía rebanadas sin problemas un zapato. Una lástima de zapato, porque parecía un zapato nuevo o, al menos, en buen estado; era un zapato marrón que parecía de piel, flexible,… Pero, supongo que eso era lo de menos porque, ¡qué duda cabe que tener en casa un aparato que te permite destrozar o hacer rebanadas con extrema limpieza un zapato, es de lo más práctico! Supongo que a Chaplin –o, mejor dicho, a Charlot- le hubiese venido de película –nunca mejor dicho-, y también le hubiese venido muy bien a Norman Bates, el que regentaba aquel motel en aquella película, Psicosis.

Pues ahí no quedaba todo, porque me pareció entender que, además, si llamabas para comprar el aparatejo y tu llamada era de las primeras 300, te ofrecían un segundo aparatejo por la mitad de precio. De locura, ¿no? Porque, si tener un aparatejo de esos en casa ya debe ser una maravilla, tener dos debe ser un flipe total.

Me removí un poco en el sillón, abrí los ojos y pensé que aquellas visiones serían los efectos de la digestión. Y es que, con estos calores y con la cabeza ya medio ida por el confinamiento, no se puede abusar del condumio ni del bebercio. Pero juro que no había tomado ni gota de alcohol comiendo. La mente juega unas pasadas muy raras.

Aquellas imágenes me trajeron a la memoria al tío de la Feria -hace muchos años de aquello-. Supongo que la asociación para traerme a las mientes ese recuerdo son las técnicas publicitarias. Solía ponerse –al menos, allí lo vi yo un año- más abajo del Arco de la Pastora, esto es, como ya en el recinto ferial, pero no en el meollo de las casetas y los cacharritos, porque el hombre necesitaba ser escuchado sin excesivos ruidos ni molestias para pregonar y vender su mercancía.

Aparcaba su gran furgoneta pegada a la acera derecha, abría las puertas de atrás y se subía, así la furgoneta le hacía de estrado o escenario y las cajas con las piezas le hacían de escenografía. Y, así, iba sacando piezas, de una en una, desliándolas con cierto misterio y cierto suspense de su fino papel color garbanzo y desgranando ante el público que se iba parando las lindezas y ventajas de cada pieza, que podía ser una esbelta negra con pareo y algo en la cabeza, un caballo bayo –o de otro pelaje-, un pastor alemán sentado y con las orejas tiesas, una Santa Cena, un angelito o una pareja de angelitos tocando el violín, un Niño Jesús en su canastilla para ponerlo en la mesilla… y no voy a decir que “y mil piezas más”, porque igual no eran muchas más.

Y, cuando ya la pieza deslumbraba al auditorio con su lustroso policromado y el auditorio se había imaginado la pieza luciendo en algún lugar de su hogar y el hombre tenía las riendas de la atención de los oyentes con su verbo, decía: Pues no voy a pedir por ella diez mil pesetas, ni siquiera, señoras y señores, voy a pedir cinco mil pesetas, ni tres mil ni dos mil ni mil quinientas, el que me dé por ella mil pesetas, se la lleva, el que me dé por ella tan solo mil pesetas, se lleva para su casa esta hermosa / preciosa / fabulosa / fantástica,… Pero, todo, con mucho más requilorio de como un servidor lo ha contado aquí.

Eran piezas de escayola, porque yo creo que la marmolina y la pasta de resina no se conocían o no se trabajaban todavía. Y en algunas o muchas casas de Osuna –y juraría que de España entera- había una figura de estas adornando muebles-bar, aparadores, cómodas,…

Por cierto, ¿se ha inventado ya el aparatejo para pelar pepinos? Algo me suena.

Antonio G. Ojeda

 

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