La revolución del silencio

Ahí estás tú, querido silencio. 

Sereno, tranquilo, sonriente. A veces corro tras la vida antes de encontrarme contigo, esperando a acabar tal proyecto, tal viaje, tal cosa… pensando que así seré más digna de mirarme en tu espejo. Sin embargo, sé que nuestros encuentros siempre son en el momento perfecto, como escribió el maravilloso Julio Cortázar: “andábamos sin buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. Todo lo que hicimos antes nos condujo al ahora. Nuestros padres, el lugar que ocupamos en nuestra clase, las canastas encestadas a base de técnica o a golpe de codo, la primera vez que dijimos “no estoy de acuerdo” o, “sí lo estoy”, sin miedo al qué dirán, sin el deseo de aprobación más allá del de uno mismo. Aquí estamos, tú y yo, con nuestros sueños, los que compartimos y, los que mantuvimos y mantenemos en mágico secreto.

Cuando era niña te vivía (y te vivo) como un espacio precioso donde me sentía a salvo. A salvo de no crecer si ello significaba dejar entrar a una adulta tan ensimismada en la masa que se olvidara de que somos por encima de la construcción ficticia, de la máscara cotidiana. Sin embargo, en algún momento dejé entrar a esa adulta y, con la adulta, el ruido, uno ensordecedor que te empuja a un lado. Estimado lector, estimada lectora, ¿ha sentido ese bullicio incesante que le arrastra a uno a vivir su vida sin que sea el protagonista de la misma? Ortega y Gasset afirmó “el hombre-masa es el hombre cuya vida carece de proyectos y va a la deriva. Por eso no construye nada, aunque sus posibilidades, sus poderes sean enormes”. Entendiendo por proyecto uno tan magnánimo, como aquel aparentemente “pequeño”, el que a cada cual lo haga feliz.

Querido lector, querida lectora, su poder es enorme, no importa la edad que tenga. Somos adultos, pero fuimos niños y el tiempo es una curva cuántica que se encuentra en el presente. Cuando miro a mi hijo de dos años, que es un ser humano por encima de cualquier proyección narcisista que yo tenga como madre, que lo observo con todo ese amor, pero también sabiendo que es hijo no solo del presente si no del futuro, contemplo como toca, juega con las plantas y es revelador cómo mantiene una conversación alquímica con la presencia. Sus manos apilan las piedras juntos a unos palos y a una flor construyendo una nueva fortaleza en el jardín, única y genuina. Por eso, creo que el silencio acaba por darnos un proyecto, algo más grande que uno mismo, por eso es poderoso. Y ahora que la algarabía social y la polaridad es tan fuerte, su presencia es más necesaria que nunca. El silencio permite hablarnos sin maquillajes y, también, hacernos más fuertes para lidiar contra el ruido. Porque estar en silencio es una onda expansiva que hace carne el deseo propio y no el heredado, la identidad, pensarnos más allá de todos esos de ahí que meten bulla para que la paz sea imposible, para que la confusión nos haga sugestionables.

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Querido lector, querida lectora, son poderosos. Apuesto a que, si cada uno de nosotros estuviera en silencio apenas diez minutos al día antes de comenzarlo, apreciándose, respetándose, su reinvención individual sería tan inmensa como todo el polvo de estrellas que fuimos miles de años antes del big bang y la revolución bondadosa, uno a uno, sería imparable.

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