La plaza Mayor de Osuna (XII)

Esta fotografía debió ser tomada alrededor de octubre de 1943. El señor que aparece en ella es el autor del busto de Rodríguez Marín, Enrique Pérez Comendador (Hervás, 1900 – Madrid, 1981), uno de los escultores más prestigiosos de la España de posguerra. Al contrario de colegas como Pablo Gargallo (1881-1934), de gran modernidad en sus producciones —recuerden su escultura El profeta—, Pérez Comendador era partidario de la figuración y el academicismo más estrictos. En cierta forma vino a ocupar el lugar dejado por el marchenero Lorenzo Coullaut-Valera (1876-1932), sobrino del escritor egabrense Juan Valera y autor de obras muy conocidas, como la Glorieta de Bécquer del parque de María Luisa de Sevilla.

Gracias a la política de becas existente en la primera mitad de los años treinta, Pérez Comendador pudo pasar en Roma más de un lustro, temporada larga y provechosa, a juzgar por sus creaciones. El busto de Rodríguez Marín fue una de sus primeras obras tras la vuelta de Italia. En la época de su realización, el escultor era catedrático en la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Tras la jubilación en ese puesto, ocupó el de director de la Academia Española de Bellas Artes de Roma, la misma institución de la que había recibido la beca y el mismo puesto que habían ocupado personalidades de la talla de Ramón María del Valle-Inclán o del célebre escultor Mariano Benlliure.

Parejo y Cañero Intermedio fijo

En cuanto a Rodríguez Marín, hace ya un tiempo se cumplieron los ciento cincuenta años de su nacimiento, que tuvo lugar el 27 de enero de 1855, y el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, obra que estudió de forma apasionada y a la que dedicó trabajos de admirable erudición. Rodríguez Marín siguió la línea de los cervantistas que le precedieron, como Diego Clemencín —preceptor del X duque de Osuna y del príncipe de Anglona, su hermano— o del asidonense Mariano Pardo de Figueroa, conocido como «Doctor Thebussem». Sus eruditos comentarios a la obra magna de Cervantes no se adecuan a las últimas corrientes de crítica literaria —extremo señalado por los estudiosos actuales— pero constituyen eslabones imprescindibles en la cadena de transmisión de los conocimientos cervantinos.

Los méritos de Rodríguez Marín son muchos, algunos de ellos poco conocidos. Fue director de la Biblioteca Nacional entre 1912 y 1930, lo que supone, desde 1712 hasta la fecha, el segundo periodo de tiempo más largo de toda la historia de la institución. También fue miembro de la Real Academia de la Lengua, donde ingresó en 1907.

Está fotografía corresponde aproximadamente a ese año. En ella contemplamos a una persona de expresión satisfecha, incluso arrogante, la correspondiente al hijo del dueño de un modesto taller de sombrerería de Osuna que, con sólo cuarenta y dos años, ha conseguido algo que ni se había atrevido a soñar. Su irrefrenable vocación por el estudio de la historia y la literatura, amén de una cuidada red de contactos, le abrirían muchas puertas. Todo empezó siendo niño y en su Osuna natal, cuando don José Rodríguez-Buzón y el Padre Morillo, un cura un poco loco que guardaba, cuidadoso, los documentos antiguos en tinajas de barro, despertaron en él el amor por las letras.

Durante los treinta y seis años en los que perteneció a la Real Academia, Rodríguez Marín tuvo de compañeros y, por lo tanto, de colegas a Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Ramiro de Maeztu, Pérez Galdós, Antonio y Manuel Machado, Azorín, Unamuno, Pío Baroja, Benavente, Ortega y Gasset y Menéndez Pidal, entre otros. Cuando lo citamos, pues, estamos nombrando a uno de los intelectuales españoles más importantes de las primeras décadas del siglo XX.

También recibió el nombramiento de presidente del comité ejecutivo del Tercer Centenario de la Muerte de Cervantes y, por tanto, fue responsable directo de la construcción del conocido Monumento a Miguel de Cervantes que se encuentra en la plaza de España de Madrid, obra en la que también tuvo una actuación destacada el escultor Coullaut Valera citado más arriba. Vale la pena detenerse igualmente en la faceta de Rodríguez Marín como estudioso de los cantos populares. Esta pasión le llevó intimar en su juventud con personajes como Luis Montoto, Joaquín Guichot, Antonio Machado Núñez y Antonio Machado Álvarez, los dos últimos abuelo y padre de Antonio Machado; Machado Álvarez, que firmaba sus trabajos como Demófilo, fue el fundador de los estudios sobre folklore en España y amigo personal de Rodríguez Marín. Es muy probable que este ejerciera influencia también sobre el hijo de su amigo, niño que andando los años se convertiría en uno de los mejores poetas que ha dado Andalucía (y ha dado muchos). Si comprueban las fechas, verán que en 1883, cuando los Machado se van a Madrid, Rodríguez Marín tenía veinticinco años y el hijo de su amigo sólo ocho.

Esa afición por los cantos populares en general, y por el cante flamenco en particular, una de las manifestaciones culturales menos elitistas, llevó a Rodríguez Marín a escribir, entre otras obras de esta temática, los Cantos populares españoles —cinco tomos publicados entre 1882 y 1883— y un libro titulado El alma de Andalucía (1929), en el que pone a disposición de los lectores varios centenares de letras de coplas y cantes de tema amoroso, comentados y ordenados en apartados como «Ausencia», «Desdenes» o «Reconciliación»; los escogió entre los más de los más de veintidós mil que llevaba recopilados. Acompañado por el padre de los Machado, Rodríguez Marín acudía a menudo al café cantante que tenía en la calle Rosario de Sevilla aquel cantaor gigantesco criado en Morón y de padre italiano llamado Silverio Franconetti (1831-1889), el mismo cuyo féretro —esta es una de esas improbables anécdotas históricas que solemos repetir sin apenas juicio crítico— hubo que descender con ayuda de poleas por un balcón porque era imposible, dada su corpulencia, bajarlo por la estrecha escalera del inmueble donde había fallecido; algunos hablan, incluso, de la contribución de una empresa de traslado de pianos. En aquel café intimaban con Silverio, se divertían y recogían letras para sus obras. Así que no debemos pensar que Rodríguez Marín pasó toda la vida entre libros y papeles o era una persona altiva, de experiencias limitadas por prejuicios sociales. De hecho, en su juventud fue un gran defensor de los más necesitados, actitud que le llevó en su madurez a ser mucho más prudente, pues sus denuncias de abusos de algunos poderosos de Osuna sobre los humildes —principalmente el marqués de la Gomera— le llevaron incluso a temer por su vida. El insigne polígrafo ursaonense jamás puso la pluma al servicio de unas ideas que no fueran las suyas: ni en su juventud, cuando siendo fuerte defendió al débil, ni en su vejez, cuando siendo débil buscó la protección del fuerte. Sus textos y acciones estuvieron siempre guiados por ideas de humanidad, bondad y justicia.

Aquí lo contemplamos poco antes de morir y posando para Enrique Pérez Comendador. Su expresión, la mirada fija en el objetivo, parece la de alguien débil y asustado, necesitado de protección. Como puede deducirse del aspecto de la estancia, el joven escultor había trasladado sus enseres a la casa o el despacho del anciano don Francisco, que ya saldría muy poco a la calle. Ambos posan para el fotógrafo junto a un esbozo, a escala menor, del busto que se colocaría en Osuna poco tiempo después. El retrato de Miguel de Cervantes, personaje cuya obra dio sentido y soporte a la vida del «Bachiller de Osuna», preside la escena.

 

Después de haber dedicado a nuestro hijo predilecto toda una entrega de la serie, la semana que viene volveremos a la plaza, entonces llamada de España, a nuestra entrañable Alameda.

(Continuará)

 

Los interesados en la biografía del polígrafo ursaonense tienen a su disposición, entre otras muchas obras, el artículo escrito por Joaquín Ráyego Gutiérrez para el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, disponible en versión electrónica. Dicho artículo es un resumen de los amplios conocimientos del señor Ráyego sobre Rodríguez Marín, expuestos con amenidad y rigor en su libro Vida y personalidad de D. Francisco Rodríguez Marín «Bachiller de Osuna», publicado por la Diputación de Sevilla en el año 2002.

 

Las fotografías de esta entrega de la serie La plaza Mayor de Osuna provienen de la Biblioteca Nacional de Madrid, la Fototeca Municipal de Osuna y la página de alamy, como se deduce de las marcas de agua.

 

Víctor Espuny

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