La plaza Mayor de Osuna (VII)

Parejo y Cañero Intermedio fijo

En esta imagen podemos ver la solución que se dio al destrozo producido por la caída de la espadaña de San Francisco: se tapió el espacio que ocupaba la portada renacentista, en realidad el acceso a la capilla de la Virgen de las Angustias, y en el lugar que ocupaba la portada del XVIII, que servía de acceso a la iglesia, se construyeron dos muros que bajaban de nivel para acomodarse a las dimensiones de una cancela de regular tamaño. La imagen, de muy poca resolución pero sin duda interesante, tiene que ser anterior al desarrollo de la zona industrial del oeste de la localidad, iniciado sobre 1915. También se advierten en ella los claustros de San Francisco, reconvertidos en plaza de abastos desde el siglo XIX, y el imponente volumen de la iglesia, que estuvo en pie hasta que parte de su techumbre se hundió en los años cuarenta y dejó el templo en estado ruinoso, abocado a la desaparición. El suceso tuvo lugar durante la noche del seis de diciembre de 1944, fecha localizada durante la lectura del libro de actas de una de las hermandades que tenía su sede en San Francisco. Contamos con el testimonio de alguien que aquel día dormía justo al lado de los muros de la iglesia, en una casa de la Carrera. Según este señor, entonces adolescente y hoy —2021— nonagenario de memoria intacta, sobre las once de la noche de aquel día le despertó un temblor de tierra acompañado por un ruido ensordecedor. Algo denso y persistente invadió el aire. Al principio pensó que era humo procedente de un incendio, pero pronto distinguió el olor característico del polvo generado por el derribo de un edificio construido con sillares. Hasta el amanecer nadie pudo ser consciente de la naturaleza y la magnitud de lo ocurrido.

Aunque no hubo heridos, aquella noche se dieron situaciones muy apuradas, incluso de pánico. Tal fue el caso de una familia que vivía en la Carrera, justo al lado de la puerta de acceso al templo existente frente a la calle Martos; esta puerta, y su portada —cuya traza podríamos reconstruir con ayuda de fotografías—, estaban situadas donde hubo una oficina bancaria hasta hace pocos años. El desplome de la iglesia había producido también el de la escalera que en el interior de la vivienda familiar daba acceso a los dormitorios de los hijos, los cuales tuvieron que descender a la calle con ayuda de cuerdas, poleas y personas fuertes y arriesgadas. Otro señor me relató el episodio de la recuperación de una de las imágenes más importantes del templo, situada en una zona que había quedado muy insegura. Justo después de haberla puesto a salvo, todo el muro donde se encontraba se vino abajo. Por unos segundos nadie resultó herido.

Seis años más tarde, en febrero de 1950, en el número 16 de El defensor, periódico ursaonense cerrado de manera fulminante pocos meses después — Juan J. Rivera Ávalos, su director, se había atrevido a publicar «Pan y catecismo», de Fernando de Soto y Oriol, artículo donde se denunciaba la precaria situación de los jornaleros ursaonenses—, se lee: «El pasado día 10, según anunciamos, salió a subasta ante Notario el solar que ocupara la hermosa iglesia de San Francisco, que antaño desempeñó importante papel, habiéndose celebrado bajo sus naves interesantes capítulos de la Orden Franciscana. Queda aislado e independiente el almacén o capilla de la Hermandad de las Angustias, que abrirá nueva puerta a la Plaza de España, para instalar allí convenientemente el culto a tan venerada imagen».

Y ahora, volvamos a las primeras décadas del siglo XX.

Esta fotografía tiene que ser posterior a 1928, cuando se coloca el reloj del Ayuntamiento. Prestemos atención a la acera del Casino. Era distinta, mucho más ancha y con una curva pronunciada. El acuerdo de estrechar y alinear esta acera con el arco para facilitar el tráfico rodado, de cierta importancia ya en esa época, fue tomado el 14 de junio de 1936. El proyecto y el presupuesto de la obra se aprueban en la sesión del 16 de julio del mismo año pero la obra debió llevarse a cabo después, quizá en el transcurso de la Guerra Civil —en 1937 se realizó una reforma de la plaza Mayor que veremos más adelante— o en los años siguientes. Si pasan por allí, y se fijan en el suelo, verán la señal del antiguo trazado de la acera en una hilera de adoquines.

En cuanto a los coches que aparecen en la imagen, objetos aprovechables para datar fotografías, el único que puede identificarse, y de manera aproximada, es el situado en primer plano. Según personas entendidas, parece un Ford T de 1926 y fabricación española. La penuria económica sufrida hasta comienzos de los años cincuenta prolongó la vida útil de los vehículos adquiridos en los años veinte y principios de los treinta. Estos circularon durante décadas. Como puede comprobarse en páginas especializadas, la matriculación de automóviles en la provincia de Sevilla durante los primeros años cuarenta apenas llegaba a las cien unidades anuales. Los Ford, primeros automóviles fabricados en cadena y dirigidos a un público amplio, eran mucho más baratos que los coches europeos, como el Hispano Suiza, vehículo este último que sólo poseían personas muy acomodadas. El Ford de la imagen tenía veintiún caballos y llegaba a alcanzar los setenta kilómetros por hora, una temeridad para las carreteras de entonces.

No fue fácil la vida en la Osuna de aquella época. Era tanta la necesidad y la falta de trabajo que los alcaldes del periodo republicano, impotentes ante el terrible paro obrero que existía, se veían obligados a repartir vales de pan entre las personas que se congregaban en la plaza Mayor y pedían trabajo. Así se recoge en las Actas Capitulares de las sesiones celebradas el 16 de octubre del 1931, el 11 y el 23 de marzo del 1932, el 4 de mayo del mismo año, etc. El alcalde que más tiempo gobernó el municipio en aquel complicado periodo histórico fue Manuel Rodríguez García, propietario de una carpintería situada en el número 11 de la calle del Cristo, llamada oficialmente Francisco Largo Caballero desde el 17 de junio de 1931.

Durante la República, en consonancia con los tiempos, Osuna se moderniza. Entre 1931 y 1936 se instalan por primera vez buzones de correos, se obliga a las farmacias a especificar en el exterior cuál es la que está de guardia, se crea una sala de maternidad en el hospital, se colocan carteles de zona escolar en los sitios adecuados para que los conductores tengan cuidado con los niños, hay un intento de soterrar la línea eléctrica que pasaba junto a la Colegiata, etc. En reunión del cabildo municipal celebrada el 29 de diciembre de 1934, y a propuesta de Antonio Rodríguez Berraquero, primer teniente de alcalde, se acuerda «la instalación de unas luces en el Sepulcro de los Duques de Osuna, teniendo en cuenta los numerosos turistas que visitan dicho lugar». La localidad ursaonense era ya un atractivo destino turístico. Imaginemos a aquellos esforzados viajeros intentando disfrutar de la capilla del sepulcro o esforzándose en leer las inscripciones del panteón en esas condiciones, sin apenas luz. El descenso a la cripta debía ser realmente sobrecogedor. Precisamente en esos años, y en Buenos Aires, pronunció Federico García Lorca su célebre conferencia Juego y teoría del duende (1933), donde menciona «la cripta de la casa ducal de Osuna» como uno de los lugares emblemáticos de la dramatización de la muerte en España, un país donde un muerto «está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo». Nadie, por ahora —si no recuerdo mal—, ha podido probar la estancia de Lorca en la localidad ursaonense, aunque su mención del panteón ducal invita a pensar que el poeta granadino fue uno de aquellos visitantes y bajó a la cripta casi a tientas, dispuesto a enfrentar sus fantasías a la realidad en penumbra del pequeño Escorial de Osuna.

 

(Continuará).

 

Fotografías provenientes de la Fototeca Municipal y de una web de coleccionismo.

Víctor Espuny.

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