La plaza Mayor de Osuna (VI)

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Contemplamos una de las pocas fotografías de la plaza Mayor tomadas de espaldas al Ayuntamiento antes de 1923. Ese año, como ya comentamos, se empezaron a colocar los primeros adoquines en las calles ursaonenses, precisamente en la superficie comprendida entre las Casas Consistoriales y la esquina de la calle San Francisco. Aunque no se aprecia con claridad, parece que las bellas portadas del convento de San Francisco que miraban a la plaza ya han desaparecido: lo que se advierte es un muro basto —parece de mampostería—que no corresponde al que veíamos en ese lugar con anterioridad a la caída de la gran espadaña del convento, la misma que destruyó las portadas. Con todas las prevenciones, pues, podemos afirmar que la foto fue tomada después de 1906. También apoya esta datación el tamaño de los árboles. En cuanto a los edificios de la Carrera, han cambiado casi todos.

 

 

Ya existía la farmacia de Manuel Calle, cuya entrada, muy cercana a la calle Martos, podemos observar de cerca en esta foto compartida en las redes sociales. Atendiendo a la ropa que lleva el transeúnte y, sobre todo, al anuncio de una marca de compresas higiénicas que se advierte en el escaparate de la izquierda, esta foto resulta mucho más reciente de lo imaginable, pues la marca en cuestión nació a finales de los años setenta; quizá la fotografía se realizase poco antes de la reconstrucción del edificio y la modernización del establecimiento, que perdió, con ella, una decoración en madera sobria y elegante, una estética de establecimiento comercial casi decimonónica de la que apenas quedan muestras en la geografía española. Pero volvamos a comienzos de siglo XX.

Según me contaron personas mayores hoy desaparecidas —los ancianos, esos manantiales de memoria a los que conviene escuchar—, la trastienda, o rebotica, de esta farmacia era lugar de reunión de personas influyentes en Osuna. Dicha rebotica tenía una puerta a la Carrera con un sardinel muy alto, tanto que era posible sentarse cómodamente, echarse hacia atrás y escuchar las conversaciones de los allí reunidos. Por esta razón, para que nadie, haciéndose el borracho o el dormido, pegara la oreja a la madera y descubriera secretos o estrategias de la política local, la parte baja de la puerta estaba atravesada por largos clavos cuyas puntas asomaban a la calle e impedían a los indiscretos espiar al prójimo. Eran otros, aquellos tiempos.

Volviendo a la primera fotografía, en ella se aprecia el inmueble que ocupaba el solar donde años después se levantaría el edificio que hoy conocemos como Casa Gaona, situado en la confluencia de la Carrera con la calle Nueva. Era una casa muy distinta a la que existe hoy, que parece construida siguiendo el estilo imperante en la época de la Exposición Universal de 1929. De ahí que podamos suponer que la sencilla fachada que contemplamos con dificultad en esta fotografía existió al menos hasta finales de los años veinte. En fotos tomadas durante la Segunda República la fachada actual ya estaba construida. Lo veremos más adelante.

De vuelta a la plaza Mayor, en la esquina donde en otras imágenes antiguas se levanta un quiosco de bebidas, aparece una especie de trípode que recuerda el armazón que soporta la polea para sacar agua de un pozo, posibilidad aceptable por la memoria que tenían personas muy mayores de la existencia de un pozo en el mismo lugar. El quiosco se surtiría de dicho pozo.

 

 

Aquí lo vemos. La imagen debe ser más antigua que la precedente: distinguimos con claridad los mismos naranjitos con tutores de madera que contemplábamos en las fotos anteriores a 1906. El fotógrafo buscó una composición con intención artística: la posición de las personas no parece casual. El vestuario de los dos adultos, de color blanco, nos invita a pensar que la foto fue tomada en verano. Lo más interesante de la imagen, al menos para mí, es el hombre que va encima del borrico, transporta cántaros y se hace sombra en los ojos, quizá para mirar extrañado al fotógrafo y su equipo, personaje y material poco habituales en las zonas rurales. Su entrada en el encuadre no parece prevista por el fotógrafo, pero su presencia, casi carnal, nos trae un secular olor a esparto y el frescor de las cántaras colmadas de agua de la cercana Fuente Nueva. Hace más de cincuenta años, hasta donde llega mi memoria personal, aún era habitual ver en casi cualquier punto de la geografía española, y en Osuna también, desde luego, cuadros parecidos al que presenta este aguador. Los cambios sufridos por los modos de vida durante el último medio siglo resultan extraordinarios, razón que acentúa el valor documental de estas imágenes.

En cuanto al quiosco, pudo haber seguido en ese lugar, aunque de manera intermitente  —quizá estacional—, hasta comienzos de los años treinta. Según se lee en las Actas Capitulares, exactamente en la perteneciente a la sesión del 14 de mayo de 1931, cuando ya se habían celebrado las elecciones que hicieron posible la llegada de la Segunda República y gobernaba el municipio una comisión gestora con Francisco Cáceres Nieto a la cabeza, se acuerda, y cito literalmente, «que desaparezca, por razón de ornato, quedando al mismo tiempo expedita la vía pública y haciendo posible el adoquinado de la superficie que ocupa, el aguaducho existente en el ángulo Nordeste de la Plaza de la Constitución». Aguaducho, palabra hoy en desuso, vale por puesto donde se sirve agua y otras bebidas refrescantes que, por lo común, alberga un armario para colocar y guardar los vasos; tanto la palabra como los establecimientos fueron muy populares en el Madrid de la Restauración.  Recordemos una imagen de la primera entrega de esta serie en la que se apreciaban botijos colocados en su mostrador. (En otra publicación —aparecida en el blog El sendero perdido—he identificado erróneamente este quisco con una construcción efímera levantada en la esquina sudeste de la plaza, justo delante de la puerta del Ayuntamiento).

 

 

La datación de esta imagen, de un interés excepcional desde el punto de vista humano, puede resultar confusa debido a su encuadre. Dado que el fotógrafo seleccionó un espacio que excluía las bellas portadas de San Francisco, un primer impulso puede hacernos pensar que fue tomada después de 1906. Así lo pensé en un primer momento y lo defendí en algunas publicaciones anteriores al descubrimiento, en el archivo de la Casa Velázquez de Madrid, del álbum fotográfico de la misión de los arqueólogos franceses en Osuna (1903). Esta imagen forma parte de él. Lleva por título La grand place.

Vamos a detenernos en la protagonista de la imagen. Cerremos el foco. Parece una mujer mayor pero quizá no llegue a la cincuentena; está avejentada por la vida de trabajos y renuncias que ha llevado. Va hacia una fuente. Lleva en las manos un cántaro, ahora vacío, muy pesado a la vuelta. Sus ropas son humildes, su coquetería al vestir ninguna: ya no está ella para esas cosas. Es una mujer trabajadora, una de las madres y abuelas que se dejan la vida por sacar adelante a sus hijos, la única persona inmortalizada en la imagen que hace algo útil por los demás. El resto, todos hombres, se pasea, juega o toma el agradable sol de invierno.

Ampliemos de nuevo el foco.

Al fondo, a los pies de la espadaña de la Concepción, se observa una construcción de color claro y tejado a dos aguas ya vista en otras fotos. Se trata de «El Delirio», un establecimiento donde se servían vinos, aguardientes y refrescos. Este humilde local, construido con tablas, puede observarse con detalle en una de las fotografías del álbum de los arqueólogos franceses. Por las mañanas también vendían jeringos, palabra muy ursaonense hoy casi olvidada, como bien recuerda el profesor Ramírez Olid. Está emparentada con el nombre del útil que los generaba, la jeringa, y esta, a su vez, con un instrumento musical tan antiguo como la siringa, de origen griego clásico (σῦριγξ, -ιγγος). Ya ven si tienen historia los ursaonenses jeringos, palabra usada también en otras poblaciones andaluzas.

Un componente fundamental en el paisaje urbano actual de la plaza Mayor de Osuna es, sin lugar a dudas, la casa situada cerca de su ángulo noroeste, la última que nos encontramos a nuestra derecha si nos encaminamos hacia la calle Sevilla. Dicha casa fue edificada en el estilo imperante a finales de los años veinte y principios de los treinta al que nos referimos antes al hablar de Casa Gaona. Son productos de este estilo otras casas de Osuna —localizadas, por ejemplo, en la calle del Cristo y en la plaza Cervantes—, pero ninguna alcanza la excelencia artística que esta posee. Los historiadores del arte lo denominan estilo regionalista. Como ya habrán advertido, dicha casa estaba aún sin construir en el momento de la foto y su solar ocupado por una casa baja, de corte tradicional.

(Continuará).

 

Imágenes provenientes de la Fototeca Municipal, las redes sociales y el libro Osuna retratada. Memoria fotográfica de la misión arqueológica francesa de 1903, de José Ildefonso Ruiz Cecilia y Pierre Moret (eds.), Patronato de Arte y Amigos de los Museos de Osuna, 2009.

 

Víctor Espuny.

El Pespunte no se hace responsable de las opiniones vertidas por los colaboradores o lectores en este medio para el que una de sus funciones es garantizar la libertad de expresión de todos los ursaonenses, algo que redunda positivamente en la mejora y desarrollo de nuestro pueblo.

Comentarios

AUTOR

Quizás también te interese…