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La montaña allanada (agua pasada)

La montaña allanada (agua pasada)

Me levanto temprano, pero con las ideas confusas. Voy de un lado a otro sin saber qué hacer. Me gustaría escribir algo, pero no hay tema, y si no hay tema no hay artículo, nada que ofrecer a potenciales lectores. Me veo con un boli en la mano (quise decir un ordenador)  y empiezo a teclear algunas palabras sin sentido y abandono.

Me aburre el tedio y la inactividad me exaspera. Empiezo a ponerme nervioso y busco un movimiento que me sosiegue. Pienso qué y, de repente, se me vienen a la mente una multitud de cosas a las que estoy obligado a responder. El carnet de conducir hace seis meses que caducó a causa de mi estado aún no recuperado por completo. La batería del coche no tiene carga y éste yace en el garaje sin uso ya casi un año por el mismo motivo, y la ITV espera durante varios meses su hora. Y todo a sólo unos escasos días de emprender la huida a nuestro “paraíso veraniego”.

Me da vértigo pensar que el día señalado  llegue sin haber puesto a punto todos los detalles y con ello defraudar las esperanzas e ilusiones de la familia y las mías propias.

Siento entonces un desgarro emocional que me saca de mi torpor y me insufla el deseo vehemente de ponerme en pie  y buscar soluciones efectivas.

Empiezo por donde debo, es decir, por el carnet, para lo que me dirijo  con toda diligencia al Centro de Reconocimiento Médico de La Cruz Roja. Allí no me reciben con entusiasmo precisamente. Me miran y me ven como un viejo decrépito incapaz de poner pies en pedales ni manos en un volante.

-Pero usted tiene… ¡y se cree capaz de conducir!

– No lo sé, pero para eso estoy aquí, para que usted me lo diga.

Salí de allí con un “Apto” en mi flamante carnet provisional en espera del definitivo y, a continuación, me dirijo a la oficina de MUFACE donde un atento empleado me tramita una diligencia.

Llevo la documentación del coche a un taller para que un mecánico lo recoja  y me lo ponga a punto y listo para pasar ITV.

Ahora también yo necesitaba mi “ITV” personal y me puse en manos del peluquero.

Aunque algunos me llaman “el hombre de acero inoxidable” os aseguro que no es cierto. De acero sólo tengo unos clavos en el fémur y, por lo demás, soy de carne que flaquea y de huesos con artrosis. Así que me senté en un bar con unos amigos y me tomé un café y un bien merecido descanso.

Lo que esta mañana se me presentó como una montaña, resultó ser un ligero montoncito de arena que, con un par de puntapiés, quedó allanado.

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Y ¿para qué escribo todo esto? Pues nada, ya lo dije al principio, porque me aburre  la indolencia y me horroriza la ociosidad. O algo así.

Enlace: Clica aquí.

Antonio Palop Serrano

 

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