La lengua, patrimonio íntimo

En la lengua no cabe la política ni el odio. Ni el odio político ni la política odiosa que emponzoñan la vida pública. Politizar la lengua es vulgarizar nuestro destino que, por otra parte, es el signo omnímodo de nuestro tiempo: la vulgarización del presente, obviando el pasado y despreciando el futuro, que sólo es admisible como revelación y revolución tecnológicas.

La lengua es el continente de la cultura, que es el despertar del hombre, como afirmaba María Zambrano. Sólo le cabe eso: cultura, desperezarse de la somnolencia y de los dogmas sociales. Porque en la lengua está incluido todo, como en los viejos sarcófagos de los pueblos antiguos estaban incluidas la muerte, la vida, la fecundidad y hasta se incorporaban elementos obscenos. Un sarcófago primitivo es más integrador que cualquier mente ultramoderna. La politización de la lengua es su vulgarización. Su manipulación gratuita es su desacralización y, en consecuencia, el estrangulamiento de la cultura.

El lenguaje es limitativo en la forma (afortunadamente), pero expansivo como un universo en el fondo (por suerte). Convertirlo en lo contrario es como poco un sacrilegio. Es un milagro prehistórico que se hace cotidiano, por eso es sagrado y hay que preservarlo de cualquier trivialidad. Porque en la lengua está incluido todo, el primer vagido y el último llanto, el canto más remoto y el desgarro más reciente. Solamente los seres del desespero tienen adquirido el derecho a violentar la fonética y las reglas gramaticales en nombre de la justicia y la igualdad. Únicamente ellos tienen la potestad de dotar a las lenguas de moral y de sentido ético, si es que eso se puede hacer. Fernando Pessoa expuso que hay que decir lo que se siente exactamente cómo se siente, con claridad, si es claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso; ya que hay que comprender que la gramática es un instrumento, no una ley.

La lengua siendo comunal, es íntima y personal. Siendo legal y pública, es propia y coto privado del pensamiento. Cuando estaba rodando Amarcord, Federico Fellini declaró que el fascismo histórico estaba derrotado hacía muchos años y lo que había que vigilar era el fascismo dentro de nosotros.

Me enseñaron a pronunciar las palabras con babeo verdemar y verdecielo de cosmos, como un desagüe cántico de verdor en vez de alfabeto; las palabras hay que conquistarlas, viviéndolas, aseguraba Borges en su libro El tamaño de mi esperanza. Signo oral que calienta como el fuego. Signo escrito que depura y purifica como el agua. Palabra de agua en el fuego. Palabra de fuego en el agua. El principio de todo es el agua y por el fuego empezamos a ser civilización. Código mar y quemadura, con las pausas de sus ahogados y sus herejes. Vocablo río. Palabra Jordán navegable hasta el sol. Verbo horno que panifica los pensamientos y transforma la mente en una hogaza espiritual. El abecedario pueril es cama y patria, es tálamo y Estado; y en manos de algunos, burdel y tiranía. Cuerpos impresos en la letra erguida. Voces reconocibles en el fonema que vive en el aire. La lengua, criatura hermafrodita que me permite amar y amarme. Macho generoso y portentoso. Hembra inmensa y receptora. Animalito indefenso preparado para ser tempestad y planeta. Preñez vitalicia de encuentros, enclaves y descubrimientos. Te llevo en el claustro materno que no tengo, en la matriz masculina de los afectos. Soy mujer para la tierra y hombre para los sueños.

Francis López Guerrero

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Fotografía: Unsplash.

 

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