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La imagen de una ciudad

Los episodios de inseguridad ciudadana vividos hace unos días en Sevilla con motivo de la final de la Europa League resultan ya reiterativos y no debemos dejar que la dictadura de la actualidad sepulte hechos tan graves en la papelera de las noticias.

Al día siguiente del partido, el diecinueve de mayo, cuando el sol hacía bien patentes las consecuencias de la invasión sufrida por la ciudad, la mayoría de los periódicos hispalenses se lanzó a justificar la celebración de la final en Sevilla. Los dos argumentos más repetidos eran de índole económica: la visibilidad que el evento ha dado a la población—pésima en este caso, por cierto— y el ingreso en el capital de la ciudad de sesenta millones de euros. Curiosamente, esta cifra, basada en simples estimaciones, ya había sido mencionada por los portavoces de los empresarios hosteleros unas semanas antes. Podemos aceptarla, estar de acuerdo con ella, a pesar de la dificultad de su cálculo, pero a nadie escapa que ese dinero solo ha llegado a los bolsillos de dichos empresarios, que luego lo invertirán en Sevilla o donde mejor les plazca, faltaría más. El ciudadano de a pie no ha percibido cantidad alguna. Y aunque lo hubiese hecho: ¿cuánto vale su dignidad?

No sé si el lector anduvo por Sevilla el día previo al partido o el mismo día de su celebración, sobre todo por el centro. Las calles habían sido tomadas por hordas de individuos vociferantes que circulaban sin ningún respeto hacia los demás, procurando solamente dejar bien claro el seguimiento de unos colores. Eran más de ciento cuarenta mil. A pesar del número de bares, tomar algo resultaba casi imposible. Los camareros, que esas jornadas cobraban —imagino— lo mismo que cualquier otra, se encontraban completamente estresados y desbordados por las peticiones de los hinchas. Según la prensa, durante esos días se consumieron trescientos mil litros de cerveza más de los habituales. Imagínese.

Había ido al centro el día diecisiete para asistir a la misa por el eterno descanso del gran fotógrafo José Manuel Holgado Brenes, fallecido el pasado diecisiete de abril. Se celebró en la iglesia de la Magdalena, grande, espaciosa y bien dotada de elementos de megafonía. Aun así, los gritos y los desafinados himnos futbolísticos interpretados por los hinchas dificultaban la escucha de las palabras del sacerdote y el recogimiento necesario en un acto como este, dedicado a la memoria de alguien tan pacífico y educado como José Manuel, cuya obra, por cierto, está pidiendo a gritos su inclusión en el Museo Andaluz de la Fotografía, donde se custodiarían, de manera adecuada, sus impagables imágenes de ciudadanos sevillanos anónimos, esos que nunca reciben homenajes aunque constituyen la verdadera savia de una ciudad.

Continúo. Para el partido tuvieron que ser apartados de su puesto habitual, y mandados a Sevilla, más de cinco mil policías de refuerzo, no pudiendo impedir —los puntos calientes eran muchos—, las batallas campales ocurridas el día diecisiete en el Paseo de Colón y el día dieciocho en la Puerta la Carne. Esta fue la más grave. La policía no pudo preverla, incluso fue víctima: un coche patrulla se vio envuelto en ella y sus ocupantes, impotentes ante un disturbio provocado por cientos de hinchas rabiosos, tuvieron que protegerse detrás del vehículo. La peor parte, o al menos de la que más constancia ha quedado, se la llevó el pasaje del autobús de Tussam rodeado por los combatientes. Como el chófer no podía cambiar de sentido y huir con la facilidad de los automovilistas, el vehículo quedó atrapado. El peligro de que atentaran contra el autobús era cierto y sus ocupantes vivieron uno de los momentos más angustiosos de su vida. Las grabaciones efectuadas en el interior del vehículo lo dejan bien claro. Algunos medios sevillanos han intentado quitar importancia a este enfrentamiento diciendo que solo duró dos minutos, como si la brevedad temporal de la comisión de un acto violento fuera garantía de su levedad. Los Jardines del Prado de San Sebastián, de Murillo, del Cristina, el Parque de María Luisa, la Plaza de España fueron depredados por una invasión parecida a la marabunta. Algunos elementos de la Plaza de España, la bella obra de Aníbal González restaurada hacía poco tiempo, fueron usados como trampolín desde los que arrojarse a la ría y destrozados por esos desaprensivos, individuos descerebrados y sumamente incívicos; discúlpenme, pero no encuentro otras palabras. La Alameda de Hércules quedó convertida en un pestilente basurero. Las personas mayores y los niños caminaban por la calle realmente asustados. Daños colaterales de la celebración de la final fueron los sufridos por los ciudadanos usuarios de los trenes que el día antes, y el mismo día de la final, tuvieron que emplear la línea entre Málaga y Sevilla, los ursaonenses, por ejemplo. Me consta que vivieron el peor viaje de su vida, obligados a compartir el reducido espacio del vagón con decenas de individuos provenientes del aeropuerto y la ciudad malagueños que gritaban y vociferaban como si estuviesen locos y no paraban de beber y de ensuciarlo todo, mezclados, ciudadanos e hinchas, en espacios reducidos y de ventanas impracticables, los vagones, de donde era imposible escapar. Algún ciudadano, realmente saturado, tuvo que renunciar al viaje y bajarse en Marchena.

Aparte de las ganancias de los hosteleros, dígame, por favor, algo bueno para lo que haya servido la celebración del dichoso partido en la ciudad hispalense. Y yo me pregunto, nos preguntamos todos: ¿No nos asiste ningún derecho? ¿Tendremos que volver a soportar algo así? ¿Es esta la propaganda que Sevilla quiere?

 

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Hinchas en los Jardines del Prado de San Sebastián (Foto: Joscha Bartlitz).

 

Víctor Espuny

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