La huella de la corrupción

Parejo y Cañero Intermedio fijo

Había un tiempo en España en el que los delincuentes eran héroes, o, mejor dicho, donde los héroes delinquían. Una España post-transición en la que la concordia era real y todo lo que nos podía separar pasaba por falso. Una España castiza y moderna a la vez, que iba desde la gomina de Mario Conde hasta los anillos de oro de Gil, un país que no solo creyó en Robin Hood si no que anhelaba ser como él. En aquella época la empatía aún estaba nueva, a estrenar y las envidias tenían su dosis de razonamiento. Me encantan las personas que son capaces de detectar y reconocer la audacia ajena, aun sabiendo que el sujeto en cuestión no es santo de su devoción. Si robar se había convertido en un arte, una gran parte de los españoles eran capaces de separar al artista de la obra y reconocerle su labor.

Antes, los bandidos tenían un caché, todo el mundo se olía lo que había detrás de sus fortunas y sus éxitos, pero ver a uno con su traje de raya diplomática y su piquito de oro, o a otro en su jacuzzi rodeado de tías en bolas, hacía que la sociedad les profesara una admiración y una simpatía que solo pueden desprender figuras que saben conjugar el morbo clandestino del mal y la satisfacción exitosa del bien a la perfección.

No quisiera hacer una oda a la España de mis padres, que ya he visto como se las han gastado los pro España2050 con Iris Simón, pero la verdad es que estaría bien vivir en un país menos acomplejado, donde no hubiese una rigidez moral como la de ahora, donde la corrección política no fuese la pistola cargada que nos apunta a las sienes las veinticuatro horas del día como es ahora, donde las nuevas libertades no se convirtieran en caballos de batalla contra los demás, sino que fuesen recibidas como verdaderas conquistas y no como el inicio de nuevas guerras.

Volviendo a la delincuencia, nosotros ahora tenemos a Villarejo que sería la representación opuesta de los personajes de antes. Un policía controvertido, un espía que ponía su inteligencia al servicio de los que la requiriesen, un tipo del que se sabe poco o nada y que se movía entre las sombras de las altas esferas de la sociedad como pez en el agua. Un corrupto al servicio de los corruptos, otro estilo y otra manera de cabalgar las irregularidades. Probablemente, el comisario de la boina y el parche sea una de las personas que posea más información delicada de este país. Sus cuadernos, un batiburrillo de garabatos, apodos y siglas, son como las negritas de Umbral, si no apareces en ellos es que no fuiste nadie. Por eso, cuando detuvieron al policía tembló la cúspide de nuestro país, porque en esos cuadernos y en esas cintas que guardaba con celo había una lista de nombres mucho más importantes que la que pueda dar cualquier seleccionador nacional

Jefes de estado, dirigentes y partidos políticos, directivos de grandes empresas, no quedó un rescoldo ni un eco del poder que no fuese registrado por Villarejo. Una persona que ahora descansa entre rejas pero que cada vez que sale a declarar a la Audiencia Nacional es capaz de hacer que le tiemblen las canillas a más de uno, un ajedrecista a distancia que desde su chabolo sigue moviendo fichas.

El ejercicio de delinquir, aunque está siempre mal, también es susceptible de producir admiración. Hay una curiosa relación entre lo nauseabundo de los delitos y lo misteriosa y emocionante que puede llegar a ser la figura de un mafioso. Mientras Conde y Gil eran mafiosos de otra época y representaban a la perfección el ambiente que se respiraba en aquella España, Villarejo es el sujeto que acapara todos los valores de nuestra resquebrajada sociedad. Su actividad se desarrolla en el silencio, su manera de poner contra las cuerdas a alguien es recordarle lo que dijo, su ambición es confrontar y hacer caer a todo el que pueda. Tengan claro que el devenir y la deriva de este país tienen mucho que ver con lo que hizo y hace Villarejo. Cada generación es hija de sus bandidos, y él es el nuestro.

Santi Gigliotti
Twitter: @santigigliotti
Fotografía: Agencia EFE.

 

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