La Crítica y los críticos

El libro de este mes, un breve pero profundo ensayo sobre arte, fue redactado por el pintor y escritor murciano Ramón Gaya (1910-2005) en Roma en 1975 y publicado en España más de veinte años después. 

Don Ramón Gaya, le pongo el don aunque dudo que a él le gustara, demuestra en este texto una penetración realmente admirable, capaz de dar forma a las intuiciones que alguna vez hemos tenido los demás, simples mortales. Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica), escrito con una prosa cuidada, muy rítmica, da a los críticos de arte un rapapolvo con el que se puede disfrutar muchísimo. No es mi intención hablar desde un punto de vista personal sobre el asunto pero, la verdad, no me queda otra.

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Desde que tengo memoria, manos y ojos he dedicado parte de mi tiempo a intentar expresarme y he admirado a los que también lo hacen por pura necesidad creativa. Es como si tuvieran dentro un ente, invisible por supuesto, poseedor de una fuerza infinitamente mayor que la suya que les obliga a dar forma a algo. Son simples vehículos de esa potencia casi sobrenatural. Esta es una idea muy antigua, relacionada desde hace milenios con la inspiración y el mundo de las musas. Gaya va mucho más allá y menciona al creador como vehículo involuntario de esa fuerza, elegido por ella entre el resto de personas, todas creadores potenciales. Todas menos los críticos.

Siempre que creamos algo hay alguien más o menos cerca de nosotros que le pone un pero, que lo analiza, lo pesa, lo mide, que intenta explicarlo, que le busca defectos, etiquetas, que lo encasilla. Algunas de esas personas llegan a encontrar en la actividad crítica su forma de vida y se convierten en personajes poderosos porque hay muchos que siguen sus opiniones, que los leen, que los escuchan. Los críticos, en realidad, son seres ridículos, en el fondo creadores frustrados que descargan en los creadores —criaturas aladas que no pisan el suelo por el que pasan de tan etéreas y a veces débiles—, la malignidad generada por esa frustración. Bien. No es de recibo, suena petulante, que yo me considere incluido en el grupo de los elegidos, de los creadores, pero de hecho es lo que hago desde siempre. Y conste que soy consciente de que me comporto un poco como crítico cuando escribo estos comentarios sobre lecturas pero poseo una faceta creadora mucho más fuerte que esta, la de escritor de obras de ficción, de la que me siento mucho más orgulloso. Gaya, por cierto —debo puntualizarlo—, no centra el análisis del libro tanto sobre el crítico como sobre la Crítica, sobre la existencia misma de una actividad que según él ya nace hueca y alejada del genuino proceso creativo. El crítico es una persona que se declara entendido, que dice entender, pero resulta incapaz de comprender. Su mismo afán de analizar, de juzgar, le impide un verdadero disfrute de la obra de arte. Es incapaz de acercarse a ella de manera relajada y plenamente receptiva.

Ramón Gaya tiene ideas propias y las expone con lucidez. Considera los tratados de historia del arte mamotretos ilegibles que se producen por acumulación y a los que nadie parece capaz de replicar (él sí lo hace, claro). Así, le parece que sobran en ellos las obras de Poussin o dos famosísimas obras de Manet —Olympia y Le déjeuner sur l’herbe—, «obras cumbres de la mixtificación, de la suplantación» (pág. 38). También reprocha, y ahí no puedo estar más de acuerdo con él, la fama que poseen obras como La venus de Milo y, sobre todo, La Gioconda, y la menor atención dedicada a otras de mayor mérito, mucho menos visibles debido a intereses ajenos a su valor artístico. Leyendo esas líneas uno no puede dejar de reflexionar sobre el gregarismo y la falta de criterio de las miles de personas que a diario se agolpan ante el cuadro de Leonardo en su sala del Louvre e intentan autorretratarse con el cuadrito de fondo, que si son más de las once de la mañana será imperceptible al fondo de las sala, las mismas que pasan luego junto a la impresionante Victoria de Samotracia sin mirarla siquiera.

El texto posee mucha más profundidad y muchas otros hallazgos que prefiero no contar para estimular su lecura. Todas sus páginas resultan luminosas, capaces de hacernos ver la realidad de la cultura de una manera muy distinta a como siempre la hemos visto. Las palabras de Gaya son un soplo de frescor, de naturalidad, espontáneas, puras como podrían ser las de un niño, un niño muy leído pero niño al fin.

Y aunque me comporte como un crítico, muy satisfecho en este caso, recomiendo encarecidamente su lectura.

Víctor Espuny

 

Ramón Gaya, Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica), Valencia, Pre-textos, 2001.

Imagen: Homenaje a Velázquez. Las Meninas (1996). Museo Ramón Gaya (Murcia).

 

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