El ser y la Covid-19

La Casona de Calderón

El ser y la nada se ha transformado por ensalmo en El ser y la Covid-19. Un microorganismo venenoso ha invadido y ocupado el inmenso espacio de la nada y le ha usurpado el nombre. Nada quedaba más estético y “profundo”. COVID-19 suena a cápsula espacial para explorar Marte y no a microbio impertinente que te escanea la fisiología para empeorarla. Y siendo terriblemente insignificante ha conseguido tener género ambiguo como las grandes magnitudes de este planeta: el mar, la mar; el calor, la calor; el Covid, la Covid. Y además está tomando hechuras de era histórica: a.C y d.C empiezan a significar antes del Coronavirus y después del Coronavirus.

Un misterio por descifrar. Un problema muy serio por resolver. Se mete un bichito ignoto en el cuerpo, y contagia a raudales, asfixia, y hasta mata. Y pone boca abajo el mundo mundializado y ridiculiza a la macroeconomía y a un estilo de vida y globaliza a su manera y nos empuja a someternos a condiciones y restricciones hace un año impensables y deja a la existencia desnuda y pobre, como un niño africano enfermo, frente al espejo fatuo de las seguridades y las garantias, consensuadas y sancionadas por ley. Pero la naturaleza no sabe ni entiende de leyes de especies inteligentes. No sabe distinguir el bien del mal. No se atiene a los afectos y no es compasiva. Es amoral. Y los gobernantes y dirigentes no pueden ni deben imitarla. No se deben reproducir por otros caminos sus ciclos y sus inercias, que han encontrado asimismo una encarnación perfecta en la inconsciencia de una parte de la sociedad civil (jóvenes y no tan jóvenes). Provocar una desescalada precipitada para salvar la economía y la hacienda del largo y cálido verano en detrimento de la salud pública y de vidas humanas ha sido emularla y repetirla. Sin humanismo y ética la política es inviable y pierde por completo su espíritu originario de servicio al ciudadano. Se convierte en una chapuza interesada, en una componenda peligrosa, en otra superstición más que se cree sus propias mentiras y artificios. Por otra parte, nos cuesta trabajo imaginar que el tercer mundo puede penetrar en el primer mundo de improviso por un resquicio no programado por ninguna aplicación móvil y colonizarnos material y mentalmente. Eso nos descoloca y nos desazona y, sobre todo, nos perturba la idea de tener que agarrar la piedra de las superfluidades y lanzarla contra el espejo de las apariencias y las poses partidistas y romperlo en añicos. Detrás de ese espejo se esconde el rostro verdadero de la democracia: sanidad y educación públicas por arrobas y de calidad y asistencia social.

De igual modo, la emergencia de esta pandemia devastadora no debe ocultarnos la realidad de la escuela actual -lo de presencial o telemática es secundario-. La hemos vaciado de cualquier misión social y cultural y hemos hecho de ella un contenedor multiusos, con fachada de sistema, relleno de hojarasca burocrática y que sólo sirve para evaluar, calificar y clasificar. Por tanto, a la hora de reorganizar las escuelas y las universidades, y a la misma altura de las mascarillas, los desinfectantes y las distancias de seguridad, necesitamos a las arrumbadas humanidades y, ciencia, mucha ciencia anticipativa y curativa. Para volver a conquistar y ocupar dignamente el espacio y el tiempo de la nada o del COVID-19 y dotarlos de pulso humano y humanitario. Para que el ser se construya decentemente y con perspectiva. Esto sí que sería la implantación en toda regla de una nueva normalidad.

Las prisas occidentales y el culto a la ostentación y a la novelería hicieron que nos olvidáramos de amar a las cosas pequeñas y cotidianas. Valiosísimas, pero sin percibir. Y, sin embargo, nos hemos tenido que acostumbrar a convivir por fuerza con lo pequeñísimo e imperceptible y con el territorio que nos marca.

Resulta que la verdad ha crecido al revés: diminuta y microscópica. Pero se nos ha hecho gigantesca delante de nuestra rutina. Y nos creemos que no existe. Y se agazapa y se abalanza. Y fastidia y duele y hasta puede ser mortal, como todas las verdades. Ilusión y esperanza son dos principios activos básicos para la supervivencia, es decir, el descubrimiento de una vacuna.

Francis López Guerrero

Imagen: Freepik.

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